Amor de sol y sal Capítulo 2
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Capítulo 2

Nilo

De todos los lugares del mundo en los que pensé que volvería a ver a Carmen, el pasillo del supermercado, y más concretamente el de las conservas, no es uno de ellos.

Quizá, en algún sueño de mi adolescencia, me había imaginado un encuentro romántico en el pasillo de los discos.

Sí, he vivido esa época en la que uno los probaba en esa hilera de auriculares que todo el mundo se ponía y que nadie se preocupaba de desinfectar.

Se ve que algunos pensaban que las bacterias de los años noventa eran como los ovnis: una cosa de ciencia ficción.

El caso es que allí estaba. ¿Cuántos años tenía la última vez que la vi?

No lo sabía; quizá sí, pero no quería recordarlo.

Hay muchas cosas de nosotros que cambian con el tiempo. Se nos quita ese aire infantil del rostro, pero, a grandes rasgos, cuando has pasado toda tu infancia y buena parte de tu adolescencia con otra persona, es fácil reconocerla por más que tenga casi cuarenta años, los mismos que yo.

—Nilo… —Me miró pasmada.

No sabía qué decir. No sabía por qué lloraba.

Ni tampoco sabía qué hacer. Si abrazarla, si darle dos besos, si secarle las lágrimas como cuando éramos niños y ella lloraba porque alguna ola había barrido su castillo de arena.

Solo podía mirarla. Perderme en sus iris oscuros, tanto que casi se confundían con la pupila, pensando en la de veces que los había echado de menos.

Hubo un tiempo en el que, mirar esos ojos, me daba la confianza necesaria para seguir adelante.

Así que, en todos estos años, siempre que un problema me había trabado las ganas, cerraba los míos y pensaba en ellos. En los ojos negros de Carmen.

—Es muy buen tomate —se me ocurrió decir, y lo señalé.

Si existe un ranking de cosas estúpidas, esa sería la mayor de todas.

Pestañeó, frunció ligeramente el ceño. Separó los labios como si fuera a decirme algo; sin embargo, los plegó de nuevo.

Los plafones de luz del supermercado pintaban sus ojos de motas blancas y brillantes.

Los tenía puestos en mí, perdida, seguramente, en algún pensamiento sobre el pasado.

O quizá perdida en la idea de estamparme el bote de tomate en la cabeza, por aquello que pasó.

El tiempo siembra arrugas pero no borra las heridas del pasado, y ella debía de seguir molesta a pesar de todos esos años.

O quizá no, quizá todo aquello ya había quedado atrás y podíamos, de alguna manera, tener una relación cordial.

Inspiró aire profundamente. La medalla de oro de la Virgen del Carmen que su padre le regaló en su comunión seguía con ella. Subió y bajó con su pecho. Recordaba aquella primavera como si hubiera sucedido ayer mismo. Recordaba casi más cosas de su vida que de la mía. Y eso era extraño.

Miró hacia mi derecha, donde estaba mi carro de la compra. Había en él unos cuantos vasitos de arroz precocinado, papel higiénico, helado de chocolate, aceitunas, zumo de manzana y agua mineral.

—Lo sé, lo compro siempre —soltó de golpe.

Ya casi no recordaba qué le había dicho.

—Ah, sí, el tomate… —dije al caer.

—El tomate, sí. —Se sorbió las lágrimas y metió el bote en su carro—. Perdóname, tengo prisa, además, se nos va a descongelar el helado.

—El helado medio derretido está más bueno, ¿no crees?

¿De verdad estábamos teniendo esa conversación? ¿Después de tanto?

Se metió un mechón de pelo descolocado tras la oreja, y dijo:

—A ti siempre te han gustado las cosas a medias, Nilo Rubio, así que no me extraña.

Habría preferido un navajazo antes que esas palabras. Cómo escocían.

Empujó el carrito, presta a alejarse de mí.

—Carmen… —Corrí para ponerme delante de ella—. Carmen, espera.

Tuve que echar el trasero hacia atrás y combar el cuerpo para evitar que me diera con él. Me miró con sumo disgusto.

—No quiero salir en las noticias como la loca que se llevó por delante a un tipo con un carrito de la compra. Apártate.

Sus manos se aferraron con firmeza a la barra. Vi en sus ojos la firme intención de embestirme con él, como esos miura que patean el suelo. Carmen siempre había sido arrolladora en muchos aspectos, aunque nunca imaginé que ese fuera uno de ellos.

—Tenemos que hablar.

Levantó las cejas.

—No, tú tendrás algo que hablar, porque yo no.

—Por favor. —Aferré el carro por la parte que casi me tocaba—. Si he vuelto a Málaga, es porque tengo algo que tratar contigo. Algo importante.

—Pues puedes volver a dondequiera que hayas estado todos estos años, porque no voy a hablar nada contigo. ¿Sabes eso que dicen de «o aportas o apartas» ?, pues no estás aportando nada, así que apártate —empujó el carro, di un paso atrás—. Apártate, porque te juro, Nilo, que…

—Es sobre el negocio —corté de golpe, y ella frenó—. No es sobre nosotros, Carmen, te juro que no quiero molestarte con nada que tenga que ver con nosotros.

Su mirada se apagó un poco. Una parte de mí, quizá estúpida, pensó que se había desanimado al saber que no quería hablarle de nosotros, porque, en el fondo, ella tampoco me había olvidado. A pesar de lo que había sabido sobre su vida. Uno siempre tiende a hacerse esperanzas aunque sean tontas.

—¿Y, si es sobre el negocio, qué haces aquí? —Miró alrededor—. No es lugar para tratar nada así.

Creo que ni ella misma lo pensó al decirlo.

—Pues… lo mismo que tú, comprar. —Me rasqué el cogote—.

No pensé que te vería aquí, qué quieres que te diga.

No entraba en mis planes encontrarte en el pasillo de las conservas, después de tanto tiempo.

Estas cosas pasan de un modo distinto en las películas y en las novelas, ¿no?

Bueno, en las que lee mi hermana pasan de un modo algo más turbio, la verdad.

—Mejor no pregunto. Solo dime: ¿Nefer está bien?

—Sí.

—Pues dale recuerdos, ella no tiene la culpa de tener un hermano imbécil. ¡Y no vengas más por aquí! Hay muchos supermercados en Málaga, este es el mío.

Casi me dio la risa. Pero ella era así. No le gustaban las medias tintas.

—¿Ahora vas a dividir la ciudad en dos con cinta americana para decirme dónde puedo ir y donde no? —Me crucé de brazos—. ¿Como en las series de televisión cuando hay un divorcio?

—Pues mira, no sería mala idea. Y si vuelves a mencionar la palabra divorcio, te llevo a la sección de limpieza y te hago beber lejía.

—¿Por qué?

—Porque te quemaría el esófago y así dejarías de hablar —resopló.

—No. —Reí, a pesar de todo—. Por qué te molesta esa palabra.

Su mirada vagó por todas partes; sus manos apretaron la barra del carro.

Volvió a respirar hondamente. Aquella medalla bailó en su pecho, brilló bajo las luces blancas.

La musiquilla de megafonía reprodujo la icónica melodía del super.

El ruido de las ruedas de un carro, de esos que funcionan mal, rechinó en algún pasillo adyacente.

Una pareja, a unos pasos, discutía sobre qué caldo de verduras era mejor.

Me sentía en medio de un sueño extraño, una versión surrealista, a lo Lynch, en tanto que aguardaba una respuesta por su parte.

Pensé que jamás lo diría; sin embargo, contestó:

—Cristian y yo nos hemos divorciado, Nilo.

Tragué saliva. Me supo, curiosamente, a lejía, y me quemó la garganta igual que ella.

Esa noticia era fuego para mí. Pero un fuego que, en contra de hacer arder más altas que nunca las hogueras donde había lanzado mis ganas de olvidarla, las apagaba.

Esos recuerdos, esos sentimientos, sobrevivían entre las ascuas.

Su matrimonio era lo único que durante todos esos años me había frenado los pies para regresar a buscarla, ahora que esa barrera había caído, me preguntaba si sería capaz de frenarme a mí mismo sin una excusa.