Amor de sol y sal
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Capítulo 1
Carmen
¿Sabéis eso de ir a comprar algo en concreto al supermercado y al final volver sin lo que ibas a buscar?
Pues así me siento con respecto a mi vida.
Como si llevase toda mi existencia yendo a buscar algo que siempre me dejo olvidado en algún estante perdido del supermercado de la vida.
Lo peor de todo: ¡que ni siquiera sé lo que busco!
Me han dicho muchas veces que voy un paso adelante, que hago demasiados planes, y quizá sea por eso por lo que me siento así, porque, cuando una lo planea todo y algo se va a freír espárragos, su mundo entero se despatarra.
Mi hermana, Marieta, decía que estaba en plena «pitopausia».
Es una palabra un poco fea, pero me hacía gracia oírsela decir, me aliviaba en cierto modo pensar que esos cambios en él eran cosa de la edad y las hormonas y no de un verdadero hastío hacia mí.
A veces nos engañamos poniéndole un nombre gracioso a las cosas para no pensar en la honda realidad que abarcan.
Sea como fuere, mi exmarido fue descuidando los asuntos cotidianos, yo metí la cabeza en el trabajo para no pensar en que todo lo que habíamos construido durante años estaba a punto de irse a pique.
Pero un día, agotada por sus ausencias y su apatía, lancé una pregunta inmensamente tonta, aunque necesaria, por más que, en el fondo, supiera la respuesta.
Dicen que una mujer vive el duelo de su relación cuando aún está en ella, y yo iba ya vestida de negro y llevando flores a la tumba de nuestro amor. Aun así, pregunté:
—¿Crees que estamos bien?
Él sostenía el casco de la moto en las manos.
Negro, como el tinte que le daba a su pelo un aire de maniquí de los de antes, esos que tenían hasta ojos de cristal.
Ahora son bastante más asépticos, pero en otra época no me habría querido quedar encerrada de noche en un centro comercial lleno de maniquís.
Eso empezaba a parecer él: un hombre de plástico.
Y, a pesar de eso, sentía aún miles de cosas cuando lo miraba.
Qué extraños son los sentimientos, ¿no? Se plantan en una y se agarran como una mala hierba.
—Claro que estamos bien, Carmen. —Se encogió de hombros—. ¿Por qué no íbamos a estarlo?
—Porque apenas pasamos ya tiempo juntos.
—Ah, es que ya sabes que… me siento un poco asfixiado últimamente. Se me pasará, ya lo verás. —Me acarició la barbilla como quien acaricia a un gato al que quiere contentar—. Quiero vivir sin más, sin idear tanto, dejarme llevar por la vida.
—Hazlo conmigo. Sal conmigo. No sé…, hagamos planes juntos, como antes.
—Es que no quiero hacer planes —dijo ceñudo—. ¿No te das cuenta? Tú no sabes dejarte llevar. Ese es el problema.
—Antes lo hacía, ¿te acuerdas? Así que lo intentaré. Por ti, por nosotros.
—No te rayes. Solo dame tiempo. —Posó un frío beso en mis labios.
No sé cuánta distancia hay desde Málaga hasta el otro lado del Estrecho, pero así de lejano sentí ese beso.
Mientras lo veía marcharse, apoyada en el marco de la puerta, pensé que pocas cosas dolían más que un «Dame tiempo», más que ver como alguien que tanto significa para ti se va perdiendo como un barco en el horizonte.
Sin embargo, aún no sabía que había otra cosa que dolía mucho más que eso.
No lo supe hasta un mes después, cuando entendí que ese «dejarse llevar por la vida» realmente significaba «dejarse llevar lejos de mí».
Tan lejos como para pedirme el divorcio.
Recuerdo haberle preguntado si había otra persona, porque a veces es más fácil buscar la causa más allá de la propia relación; sin embargo, me contestó muy seguro que no, y le creí.
Ese día, me aferré más a los planes que nunca. No dije nada. Solo cogí una agenda y empecé a apuntar en ella todas las cosas que tenía que hacer para empezar a gestionar nuestro divorcio.
Viví aferrada a esa lista durante un año entero. A esa lista y al trabajo. En ese, en mi propio negocio, nadie me cuestionaba que hiciera planes y lo llevase todo al milímetro. Cuando el barco se hunde, uno debe agarrarse a cualquier parte, aunque sea a un clavo ardiendo. Y yo me agarré al trabajo.
El día en que llegaron los papeles definitivos del divorcio, tras firmarlos con el mismo ánimo con el que firmaría una sentencia de muerte, Marieta me obligó a coger unos días de vacaciones.
Además de mi hermana, es mi socia. A menudo es más consciente de lo que necesito que yo misma, así que le hice caso.
Divorciarse es una cosa jodídamente rara.
De repente, te acuerdas de todas las cosas buenas por las que te casaste con él y ni una sola de las malas.
Hasta te parece que todo puede ser perdonado, que esas ilusiones que había cuando os enamorasteis están vivas en alguna parte, que saldrán de la tumba en la que pretendiste enterrarlas como si fueran zombis de película.
Primero una mano, luego el brazo, más tarde, el cuerpo entero.
Caminan hacia ti a lo Thriller de Michael Jackson.
Chillas, como esa pobre chica del video, y corres en sentido contrario.
Pero es como en esas pesadillas en las que, por más que corres, no puedes huir.
Entonces, las ilusiones se agarran a tu pecho como una gripe.
Malditas ilusiones. Son peor que un virus.
Encima no hay vacuna ni medicamento que las quite.
Solo el tiempo y la aceptación. Así que, cuando te divorcias, tienes que pelear con ellas y con tus recuerdos para recordarte todo lo que iba mal.
La falta de comunicación, los silencios, el sexo escaso y, a veces, hasta aburrido.
Ya no recordaba que el único polvo del que había disfrutado fue el que echamos antes de decirme que quería el divorcio.
Una despedida, de la que aún no tenía noticia, envuelta en sudor, jadeos y culpabilidad en la que se entregó más que nunca.
Podría haberlo ahogado con la almohada allí mismo, pero ir a la cárcel no entra en mis planes.
El recuerdo de ese polvo me hizo sentir, de nuevo, como una mierda.
Más traicionada si cabe. Definitivamente, necesitaba chocolate como para enterrarme en él, así que, el primer día de esa libertad impuesta, me largué al supermercado.
Con el vacío que deja no tener la cabeza puesta en el trabajo, una parte de mí trataba, una vez más, de buscar algo que ni siquiera sabía qué era.
Fue con un bote de tomate frito en las manos que me di cuenta de que mi vida, tal y como la conocía, estaba a punto de llegar a su fin.
Eso es lo que sucede cuando toda tu vida gira en torno a una sola persona, cuando lo has entregado todo, de tal manera, que hasta has dado partes de ti que no sabes ya si podrás recuperar.
Te miras en el reflejo del cristal de un bote de tomate, bajo las luces blancas del supermercado, y difícilmente te reconoces.
Ahí, ni más ni menos, que en el pasillo de las conservas, rompí a llorar.
Ahí, ni más ni menos, apareció la persona a la que menos esperaba encontrarme y la que, desde luego, menos quería que me viera así.
¿Por qué a la vida le encanta hacer estas cosas?
«Ah, ¿que estás en la mierda? Sonríe, vas a salir en la televisión en hora punta, hasta la plataforma de turno te hará un documental y todo». Como cuando bajas la basura en un pijama manta de Stitch, con pelos de Fraggle Rock desquiciao y te encuentras a medio barrio. Eso mismo.
Primero vi su reflejo en el bote de cristal.
Una mancha deforme vestida con ropa clara.
Pensé que sería algún comprador al que estaba molestando al estar plantada ante el estante, con el bote en la mano, cual estatua.
Quizá un trabajador del supermercado presto a ayudarme. Pero, cuando me giré, ahí estaba él.
No, no. Este «él» debería ir en mayúsculas. Porque no es un él cualquiera.
Es Él.
Nilo Rubio.