Amargo como el cacao (Romántica Urban Cozy 3) Capítulo 11
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Capítulo 11

Volvieron a Madrid diez días exactos después de haberse marchado, tal y como Gonzalo había prometido, con el billete de vuelta ya usado como un pequeño trofeo que Yaiza guardó, sin decírselo a nadie, en el cajón de su mesilla de noche, junto al colgante de engranaje que se había quitado solo para la ducha durante todo el viaje.

En el avión de vuelta, con Madrid ya visible bajo las nubes a través de la ventanilla, Gonzalo le cogió la mano y se quedó mirándola un rato en silencio, con una expresión que ella no supo interpretar del todo hasta que él habló.

—Gracias por venir —dijo, simplemente—. No solo por lo de la colección. Por venir a pesar del miedo. Sé que no fue fácil decir que sí.

—No fue fácil, no. Pero me alegro de haberlo dicho.

—Yo también. Más de lo que puedo explicarte con palabras.

El mercado los recibió con el bullicio habitual de un martes por la mañana, y Nando, que había llevado el puesto de chocolate durante los diez días con una dedicación que hizo que Yaiza le subiera el sueldo sin que él tuviera que pedirlo, los abrazó a los dos a la vez en cuanto los vio entrar por la puerta de Vallehermoso.

—Habéis vuelto más enamorados todavía, si eso es posible —dijo, señalando el colgante que Yaiza llevaba al cuello sin ningún disimulo—. Puri va a tener que inventarse una apuesta nueva, porque la de "pasa algo entre vosotros" ya la ha ganado hace meses.

Puri, en efecto, los recibió con un abrazo que olía a violetas y a satisfacción absoluta, y Balbino, desde la puerta de su charcutería, levantó el pulgar en un gesto que en él equivalía a una declaración de amor eterno.

—Tengo noticias —anunció Balbino, en cuanto pudo acercarse entre el gentío de bienvenida—.

La Junta de Distrito ha resuelto la solicitud de comercio de arraigo.

Provisionalmente a nuestro favor. Necesitan un informe técnico adicional antes de la resolución definitiva, pero mientras tanto, Grupo Áurea no puede tocar los alquileres.

—¿Provisionalmente? —preguntó Gonzalo.

—Provisionalmente pero a nuestro favor, que es la parte que importa. El informe técnico lo tienen que presentar en dos meses. Si sale bien, y con las cuatrocientas ochenta y siete firmas que reunimos no veo cómo no va a salir bien, el mercado queda protegido de forma permanente.

La noticia corrió por el pasillo central en cuestión de minutos, y para el mediodía, casi todos los comerciantes se habían acercado al puesto de Balbino a felicitarlo, a preguntar detalles, a repetir la cifra de las firmas como un mantra que llevaban meses necesitando pronunciar en voz alta.

Doña Asunción, que había pasado a comprar su media docena habitual de bombones de naranja confitada, se echó a llorar sin ningún pudor en mitad del pasillo, apoyada en su carrito de flores estampadas, y Yaiza tuvo que dejar el mostrador un momento para abrazarla.

—Cuarenta años viniendo a este mercado —dijo la anciana, entre lágrimas—, y por fin alguien le ha plantado cara a los que quieren convertirlo todo en lo mismo de siempre. Gracias, hija. Gracias de verdad.

Fue una buena noticia sobre otra buena noticia, y Yaiza sintió, por primera vez en meses, que las piezas del mecanismo entero —el mercado, la relación con Gonzalo, la reconciliación con Marina, la venta de la colección— empezaban por fin a encajar sin que ninguna pieza suelta amenazara con desmontar el conjunto.

Aquella tarde, Balbino insistió en celebrarlo con un vermut improvisado entre los puestos, y durante una hora larga el pasillo central se llenó de comerciantes brindando con vasos de plástico, contándose batallitas de meses pasados, riéndose de Fabiola Casaus y sus tacones de aguja con esa crueldad cariñosa de la gente que acaba de ganar, aunque sea solo una tregua provisional.

Puri se acercó a Yaiza en algún momento de la celebración, con un vaso de vermut en cada mano, y le tendió uno sin preguntar si lo quería.

—Diez días en Suiza y vuelves con novedades por todas partes —dijo, estudiándola con esa mirada suya que no se le escapaba nada—. El colgante nuevo, la cara de boba enamorada, y ahora esto del comercio de arraigo. Vaya viajecito más productivo.

—Ha sido un viaje intenso, sí.

—Intenso es quedarse corta, hija. Pero me alegro. Os lo merecéis los dos, después de todo lo que habéis peleado.

Esa misma tarde, mientras ordenaban juntos las bandejas de bombones que se habían acumulado durante el viaje, Nando les entregó, avergonzado, una libreta llena de anotaciones minuciosas sobre ventas, incidencias y pedidos pendientes, con una organización tan meticulosa que Yaiza tardó un momento en reaccionar.

—No hacía falta que llevaras un registro tan detallado, Nando. Con que el puesto siguiera en pie ya me habría conformado.

—Quería demostrarte que puedo con más responsabilidad de la que me das normalmente —dijo él, con una mezcla de orgullo y timidez—. Llevo dos años haciendo bombones a tu lado. Algún día me gustaría tener mi propio puesto, y pensé que estos diez días eran una buena oportunidad para practicar.

Yaiza lo miró con una ternura que no esperaba sentir tan de golpe, y le prometió, allí mismo, que en cuanto hubiera una vacante o un hueco disponible en el mercado, hablaría con Balbino para ayudarlo a conseguir su propio espacio, una promesa que Nando recibió con una sonrisa que le duró el resto del día entero.

La transferencia con Marina se cerró esa misma semana.

Gonzalo le ingresó ciento veinticinco mil euros por su mitad del taller, con un documento redactado por un abogado de confianza que Balbino había recomendado, y Marina, en lugar de desaparecer de nuevo hacia Londres sin más, anunció que vendría a pasar la Navidad entera en Madrid, algo que no hacía desde antes de morir su padre.

—Quiero ver el taller sin la sombra del dinero encima —le dijo a Gonzalo por teléfono, con Yaiza escuchando de nuevo, esta vez sentada abiertamente al lado de él, sin ningún disimulo—. Quiero ver qué has hecho con él estos dos años, de verdad, no solo los números que me mandas cada trimestre.

—Vas a alucinar —contestó Gonzalo, con una sonrisa que Yaiza reconoció como pura felicidad fraternal, algo que no le había visto desde que se conocían de nuevo—. Y de paso vas a conocer a Yaiza como es debido, no en mitad de una crisis familiar.

—Ya la conocí en mitad de una crisis familiar y me pareció que te defendía mejor que tú mismo. Con eso ya sé más de ella de lo que necesitaba saber.

Balbino, mientras tanto, había cumplido su promesa de hacía meses: había hablado con la asociación de comerciantes para reservarle a Nando el primer puesto que quedara libre en el mercado, y a principios de diciembre, cuando el matrimonio de la tienda de ultramarinos anunció por fin su jubilación después de cuarenta y ocho años vendiendo conservas, la asociación le ofreció el pequeño local a Nando con condiciones especiales para autónomos jóvenes.

—No me lo puedo creer —dijo Nando, con la voz entrecortada, el día que Balbino le dio la noticia delante de todo el mercado—. Mi propio puesto. Después de todo lo que hemos peleado este año, no me lo esperaba tan pronto.

—Te lo has ganado, chaval —contestó Balbino, dándole una palmada en la espalda—. Y no creas que ha sido casualidad. Yaiza lleva meses hablando de ti como si fueras de la familia. Cuando alguien habla así de otra persona, hay que hacerle caso.

Yaiza, que había presenciado la escena desde su propio mostrador, sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas por segunda vez en una misma semana, y cuando Nando se acercó a abrazarla, entre risas nerviosas, le prometió que le enseñaría todo lo que necesitara saber para abrir su propio negocio de repostería especializada, algo que llevaba tiempo queriendo montar sin atreverse a decirlo en voz alta.

—Vas a ser mi competencia directa dentro de un año —le dijo ella, medio en broma.

—Nunca. Voy a ser el puesto de al lado que manda clientes al tuyo cuando se les acaba el presupuesto para dulces caros.

El primer día que Nando abrió su propio puesto, a mediados de diciembre, todo el mercado se acercó a felicitarlo, y Yaiza le regaló, sin decírselo antes a nadie, la vieja bandeja de mármol de su tía Presen, la primera que había usado ella misma para templar chocolate, con una nota escrita a mano: "Para que sigas la tradición, aunque sea con otra receta. Con cariño, tu primera jefa".

—No puedo aceptar esto, Yaiza. Es demasiado.

—Puedes y vas a aceptarlo. Esa bandeja necesita seguir trabajando, y prefiero que lo haga contigo antes que criando polvo en mi trastienda.

Nando la abrazó con tanta fuerza que a Yaiza se le escapó una risa entre las lágrimas, y aquella tarde, mientras ayudaba a colocar los primeros productos en la vitrina nueva del joven pastelero, sintió una satisfacción distinta a cualquier otra que hubiera sentido en el mercado hasta entonces: la de ver a alguien empezar exactamente donde ella misma había empezado, seis años atrás, con las mismas manos torpes y la misma ilusión desmedida.

Diciembre llegó al mercado con las decoraciones habituales: guirnaldas de luces colgadas entre los puestos, un abeto pequeño junto a la entrada de Vallehermoso decorado por los hijos de los comerciantes, y un aumento notable en la demanda de bombones y relojes como regalos de última hora que mantuvo a Yaiza y Gonzalo trabajando hasta bien entrada la tarde casi todos los días.

Aun así, encontraban tiempo cada noche para verse, para cenar juntos, para dormir enredados en la cama de uno o de otro, alternando pisos con una naturalidad que a Yaiza, después de once años de distancia forzada, todavía le parecía casi milagrosa.

Una noche especialmente fría de principios de diciembre, mientras cerraban el mercado más tarde de lo habitual por culpa de una avalancha de última hora de clientes navideños, Gonzalo la abrazó por detrás mientras ella bajaba la persiana de su puesto, apoyando la barbilla en su hombro con un cansancio dulce que a Yaiza le pareció, de todas las formas de cariño que había recibido de él, una de las más sinceras.

—¿Cansada? —preguntó él, contra su pelo.

—Agotada. Pero de una manera buena. De esas que se compensan con un abrazo como este.

—Puedo ofrecerte algo mejor que un abrazo. Chocolate caliente en mi piso, con una manta y una película mala que no vamos a terminar de ver.

—Eso suena exactamente a lo que necesito.

Caminaron hacia el piso de Gonzalo abrazados, protegiéndose del frío de diciembre bajo su misma bufanda, y aquella noche, entre tazas de chocolate caliente y una película que en efecto no terminaron de ver, Yaiza sintió que aquella era, sencillamente, la clase de felicidad tranquila que llevaba once años sin atreverse a imaginar del todo.

Una tarde de mediados de diciembre, mientras cerraban el módulo compartido, Gonzalo le pidió que lo acompañara a la trastienda de la relojería, donde llevaba días trabajando en algo que no le había dejado ver.

—Quiero enseñarte una cosa —dijo, con un nerviosismo que a Yaiza le pareció adorable en un hombre que normalmente irradiaba una calma casi profesional en todo lo que hacía.

Sobre la mesa de trabajo, iluminado por el flexo, había un reloj de bolsillo pequeño, de plata trabajada, con la esfera restaurada a un blanco impecable y las manecillas ajustadas con una precisión que solo Gonzalo era capaz de conseguir.

—Es uno de los que no vendí. Lo he restaurado entero, pieza por pieza, las últimas tres semanas, cada noche después de cerrar. Mira la parte de atrás.

Yaiza lo tomó con cuidado y le dio la vuelta. En la parte posterior de la caja de plata, grabadas con una letra diminuta y cuidada que debía de haber costado horas conseguir, había dos iniciales entrelazadas: "Y. & G."

—Gonzalo...

—No es un anillo. Todavía no. Pero quería que tuvieras algo hecho por mí, con mis manos, que marcara el tiempo de otra forma. Este reloj llevaba parado treinta años en la caja fuerte de mi padre. Ahora vuelve a latir, y quiero que sea tuyo.

Yaiza sintió que las lágrimas le nublaban la vista, y lo abrazó con fuerza, con el reloj todavía apretado entre las manos de los dos, mientras el módulo compartido, con la puerta de comunicación abierta entre el olor a chocolate y el olor a aceite de reloj, se convertía, por un instante, en el lugar más importante del mundo entero.

—Te quiero, Gonzalo Ibáñez —dijo, contra su pecho.

—Te quiero, Yaiza Montalvo. Y esta vez, te lo prometo, no pienso dejar que ningún tren se lleve nada de lo que hemos construido.