Amargo como el cacao (Romántica Urban Cozy 3) Capítulo 12
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Capítulo 12

Marina llegó a Madrid el veintitrés de diciembre, con una sola maleta y una sonrisa mucho más relajada que la que Yaiza recordaba de su primera visita, meses atrás.

Gonzalo la abrazó en la puerta del mercado con una efusividad que hizo que varios comerciantes se detuvieran a mirar, sorprendidos de ver al relojero silencioso del pasillo central comportándose como un niño pequeño delante de su hermana, y Marina, tras el abrazo, se giró hacia Yaiza con una franqueza que a esta le sorprendió gratamente.

—Así que tú eres la chocolatera que le ha hecho recuperar el sentido común a mi hermano.

—Algo así. Aunque el mérito de recuperar el sentido común es todo suyo. Yo solo estuve ahí para verlo pasar.

—Modestia excesiva. Gonzalo me ha contado más de lo que él mismo se da cuenta cada vez que habla de ti. Vamos a llevarnos bien, estoy segura.

Aquella misma tarde, Marina insistió en visitar el taller sin ningún acompañante, sola, y pasó casi una hora recorriendo cada rincón, tocando las herramientas de su padre con una delicadeza que a Gonzalo, que la observaba desde la puerta sin atreverse a interrumpirla, le costó presenciar sin que se le escapara alguna lágrima.

—Ha cambiado mucho desde la última vez que estuve aquí de verdad, no solo de paso para firmar papeles —dijo ella, al salir, con los ojos brillantes—. Papá estaría orgulloso de lo que has hecho con esto, Gonzalo. Y yo también lo estoy, aunque me haya costado más tiempo del que debería admitirlo.

Aquella tarde, antes de la cena, Marina se sentó con Yaiza en el mostrador de "Cacao Montalvo" mientras Gonzalo terminaba de cerrar el taller, y le pidió, con una curiosidad que no tenía nada de casual, que le contara cómo había sido, de verdad, la reforma del mercado, la reconciliación con su hermano, todo lo que se había perdido por vivir lejos.

—Me arrepiento de no haber estado aquí para ayudar con las firmas —dijo Marina, mientras Yaiza le preparaba una taza de chocolate caliente—. Suena a la clase de batalla que me habría gustado pelear en persona.

—Puedes pelear la siguiente, si te quedas por aquí. Este mercado parece tener una batalla nueva cada año.

—Puede que me quede, sí. Cada vez tengo menos ganas de volver a Londres.

Más tarde esa misma noche, mientras Yaiza se despedía para volver a su piso a preparar los últimos detalles de la cena de Nochebuena, Gonzalo se quedó a solas con Marina en el taller, y le confesó, con una vulnerabilidad que ella no le había visto desde niños, la idea que llevaba semanas rondándole.

—Voy a pedirle matrimonio en Nochevieja —dijo, sin rodeos—. Quería que lo supieras antes que nadie. Y quería pedirte algo más.

—¿El qué?

—Tu bendición. Sé que suena anticuado, pero eres la única familia que me queda, Marina, y quiero que estés de acuerdo antes de dar este paso.

Marina se quedó mirándolo un momento, con los ojos brillantes, y después lo abrazó con una fuerza que lo pilló desprevenido.

—Tienes mi bendición desde el día que la vi defenderte delante de mí sin conocerme de nada. Cásate con ella, Gonzalo. Y esta vez, no tardes once años en decírselo.

Pasaron la Nochebuena los tres juntos, en el piso de Gonzalo, cocinando una cena que combinaba, sin ningún orden lógico, recetas del recetario de su padre y un postre de chocolate especiado que Yaiza había preparado especialmente para la ocasión, y que Marina declaró, entre risas, "mejor que cualquier cosa que haya comido en Londres en dos años".

Fue una cena ruidosa, llena de anécdotas sobre la infancia de los dos hermanos que Yaiza escuchó con avidez, completando poco a poco el retrato de un Gonzalo que ella no había conocido, el niño que se escondía debajo de la mesa del taller de su padre para ver trabajar los mecanismos de cerca, el adolescente que se peleaba con Marina por el último trozo de turrón cada año.

—Cuéntale lo del reloj del ayuntamiento —le pidió Marina a su hermano, entre risas, después de la segunda copa de vino—. Esa historia siempre es mi favorita.

—No hace falta, Marina.

—Claro que hace falta. Yaiza, cuando Gonzalo tenía catorce años, se coló una noche en el ayuntamiento del pueblo donde veraneábamos porque el reloj de la torre llevaba semanas atrasado y nadie lo arreglaba.

Se subió solo, sin decírselo a nadie, con las herramientas de papá metidas en una mochila, y estuvo dos horas ahí arriba intentando ajustar el mecanismo hasta que el sereno lo pilló y tuvo que llamar a mis padres para que fueran a buscarlo.

—¿Y lo arreglaste? —preguntó Yaiza, con una sonrisa que no podía contener.

—Lo arreglé —admitió Gonzalo, algo avergonzado—. Tardé dos horas, pero lo arreglé. Y el alcalde, en lugar de castigarme, le pidió permiso a mi padre para que fuera yo quien lo revisara una vez al mes a partir de entonces.

—Así que ya entonces eras incapaz de dejar un mecanismo roto sin arreglar, aunque tuvieras que colarte de noche para conseguirlo —dijo Yaiza, mirándolo con una ternura que él le devolvió al instante.

—Ya entonces era incapaz de muchas cosas que, con los años, he ido aprendiendo a hacer mejor. Como pedir ayuda en lugar de colarme solo en sitios donde no debería entrar.

Marina levantó su copa hacia los dos, con una sonrisa que mezclaba la nostalgia y la felicidad genuina.

—Por los mecanismos rotos que, con la ayuda adecuada, terminan arreglándose.

El día de Nochevieja, el mercado organizó una pequeña celebración en el pasillo central antes de cerrar por las fiestas, con cava, turrones traídos por cada comerciante y un brindis colectivo que Balbino insistió en dirigir subido a una caja de naranjas, con un discurso improvisado sobre "la resistencia del pequeño comercio frente a los gigantes con carpetas de colores" que arrancó aplausos y alguna lágrima entre los presentes.

—Por un año que ha estado a punto de acabar con este mercado y que, en cambio, lo ha dejado más fuerte que nunca —brindó Balbino, levantando su copa de cava—.

Por las firmas, por las tuberías reventadas, por los relojes suizos, y por dos tortolitos que llevaban once años haciéndose los tontos y que este año, por fin, han entrado en razón.

El brindis se hizo entre risas generalizadas, con Yaiza roja hasta las orejas y Gonzalo riéndose a su lado sin ningún pudor, rodeándola con un brazo delante de todo el mercado como si llevaran toda la vida haciéndolo así, en público, sin esconder nada.

Lo que Yaiza no sabía, mientras brindaba con el resto del mercado, era que Gonzalo llevaba el anillo guardado en el bolsillo interior de la chaqueta desde primera hora de la tarde, y que había pasado buena parte de la celebración comprobando cada pocos minutos, con disimulo, que la cajita seguía en su sitio, muerto de nervios de un modo que ni siquiera la negociación con el banco le había provocado.

—Estás muy callado —le había susurrado Marina, a mitad de la fiesta, dándole un codazo cómplice—. ¿Todo bien?

—Todo perfecto. Esta noche va a ser perfecta.

—¿Lo llevas encima?

—Marina.

—Solo pregunto. Cualquier hermana preguntaría lo mismo.

Aquella noche, después de la celebración, Gonzalo la acompañó de vuelta a su piso, y en lugar de despedirse en el portal como solía hacer cuando dormían en pisos separados, subió con ella, con una expresión que mezclaba la calma habitual con algo más, un brillo especial en los ojos que Yaiza no supo interpretar del todo hasta que, ya en el salón, él se arrodilló frente a ella con una cajita de terciopelo azul, idéntica a la que le había regalado en Neuchâtel, pero de un tamaño distinto.

—Gonzalo...

—Déjame decirlo entero, antes de que se me olvide la mitad, que llevo días ensayándolo —dijo él, con la voz temblorosa por primera vez desde que Yaiza lo conocía—.

Hace once años me subí a un tren sin darte la oportunidad de decidir nada sobre nuestra relación.

Este año he aprendido, a base de tropezar contigo en cada esquina de este mercado, que no quiero volver a tomar ninguna decisión importante de mi vida sin contar contigo.

He restaurado más relojes de los que puedo contar, y ninguno me ha enseñado tanto sobre el tiempo como tú: que el tiempo perdido se puede recuperar, si uno tiene la valentía de intentarlo, y que un mecanismo solo funciona de verdad cuando todas sus piezas están donde tienen que estar.

Abrió la cajita. Dentro había un anillo sencillo, de oro viejo, con una piedra pequeña engastada en el centro que, al mirarla más de cerca, Yaiza reconoció como parte del cristal de un reloj antiguo, tallado y pulido hasta convertirse en algo completamente distinto sin perder del todo su forma original.

—Es el cristal del primer reloj que restauramos juntos mi padre y yo, cuando yo tenía diez años. Lo he guardado toda la vida sin saber muy bien por qué, hasta que entendí, hace unas semanas, exactamente para qué lo había estado guardando. Yaiza Montalvo, ¿quieres casarte conmigo?

Yaiza se llevó las manos a la boca, con los ojos ya desbordados de lágrimas, y asintió varias veces antes de conseguir que le saliera la voz.

—Sí. Sí, quiero, Gonzalo. Con reloj, con cristal antiguo, con once años de retraso y todo.

Él le puso el anillo con dedos temblorosos, y en cuanto lo tuvo en el dedo, Yaiza tiró de él hacia arriba y lo besó con una urgencia que no tenía nada que ver con la calma de los últimos meses, sino con la misma necesidad absoluta de la primera noche, en la Noche de las Velas, cuando once años de silencio se habían roto de golpe en mitad de una plaza llena de boleros.

—Llévame a la cama —murmuró contra su boca—, antes de que se me ocurra llamar a Puri para contárselo y perdamos la noche entera al teléfono.

Gonzalo se rio, la levantó en brazos con la misma facilidad de siempre, y la llevó hasta el dormitorio sin dejar de besarla, tropezando de nuevo con el mismo zapato que llevaba meses abandonado en mitad del pasillo, como si aquel piso se negara a dejarlos avanzar sin recordarles, cada vez, dónde había empezado todo.

Se desnudaron el uno al otro con una mezcla de urgencia y ternura que a Yaiza le pareció el resumen perfecto de los meses que llevaban juntos, y cuando cayeron sobre la cama, con el anillo todavía brillando en la penumbra del dormitorio cada vez que ella movía la mano, Gonzalo se detuvo un segundo, apoyado sobre los codos, mirándola con una intensidad que le cortó la respiración.

—Prometida —dijo, como si probara la palabra por primera vez en la boca.

—Prometida —repitió ella—. Ahora deja de hablar y bésame donde sabes que me vuelve loca.

Él obedeció con una sonrisa, bajando por su cuerpo con la misma devoción de siempre, deteniéndose entre sus piernas hasta que ella se arqueó contra las sábanas con un gemido largo, con la mano izquierda —la del anillo nuevo— enredada en su pelo, sintiendo el metal frío contra el cuero cabelludo de Gonzalo como un recordatorio constante de lo que acababan de decidir.

Cuando finalmente se hundió en ella, después de haberla llevado al límite dos veces con la boca, los dos gimieron al unísono, y el ritmo que establecieron desde el primer momento no tuvo nada de pausado: fue urgente, profundo, casi desesperado, como si necesitaran sellar con el cuerpo entero la promesa que acababan de hacerse con palabras.

—Gonzalo —jadeó ella, clavándole las uñas en la espalda—, más fuerte.

Él aceleró el ritmo, sujetándola de las caderas con firmeza, y el dormitorio se llenó del sonido húmedo de sus cuerpos encontrándose una y otra vez, de los gemidos que ninguno de los dos intentaba ya contener, de los nombres del otro pronunciados como una letanía entre embestida y embestida.

Yaiza llegó primero, con un grito que resonó en las paredes del piso entero, arqueando la espalda contra el colchón mientras el placer la recorría en oleadas que no parecían tener fin; Gonzalo la siguió apenas unos segundos después, hundiéndose en ella una última vez con un gemido grave que sintió vibrar contra su propio pecho, y se dejó caer sobre ella, sin aplastarla del todo, con la frente apoyada contra su clavícula y la respiración todavía entrecortada.

Se quedaron abrazados un buen rato, con el anillo de cristal antiguo brillando tenue en la penumbra del dormitorio y el reloj grabado con las iniciales "Y. & G." marcando, sobre la mesilla, la primera hora exacta de su compromiso.

—Feliz año nuevo anticipado —murmuró Gonzalo, contra su pelo.

—Feliz año nuevo, futuro marido.

Fuera, muy lejos, empezaban a oírse los primeros petardos sueltos de una ciudad que se preparaba para despedir el año, ajena por completo a que, en un piso pequeño de la calle Fernández de los Ríos, dos personas que llevaban once años completando un mecanismo roto acababan de terminar, por fin, de darle cuerda entera.

Puri se enteró del compromiso al día siguiente, en cuanto entró en el mercado y vio el anillo brillando en la mano de Yaiza mientras esta atendía a un cliente, y soltó un grito tan agudo que dos pescaderos del pasillo de al lado se asomaron a ver qué pasaba.

—¡Lo sabía! ¡Lo sabía desde el primer saludo militar, hija, te lo dije desde el principio!

—Puri, técnicamente nunca dijiste eso.

—Lo pensé con toda el alma, que es casi lo mismo. Dame ese anillo, déjame verlo de cerca.

Examinó la piedra con la misma minuciosidad con la que examinaba sus propios ramos antes de venderlos, y cuando Yaiza le explicó que se trataba del cristal de un reloj antiguo tallado por Gonzalo, se llevó una mano al pecho con un gesto tan teatral que atrajo, por segunda vez en cinco minutos, la atención de medio mercado.

—Cuarenta y un años vendiendo flores, y esta es la historia de amor más bonita que he visto pasar por este pasillo. Vais a tener que dejarme organizar la boda, no acepto un no por respuesta.

—Puri, todavía no hemos hablado siquiera de fecha.

—Pues yo ya he pensado en las flores. Algo con velas, por supuesto. Sería un crimen no repetir las velas.