Amargo como el cacao (Romántica Urban Cozy 3) Capítulo 10 #2
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Capítulo 10 #2

—Diez días, Puri. Ya solo quedan cinco.

—Cinco días es una eternidad para una mujer de mi edad que se aburre sin tener a quién dar consejos que no le piden. Anda, cuéntame algo bueno antes de colgar.

Yaiza le contó, entonces, lo bien que iba la valoración de la colección, la cifra que Vasseur había estimado, la promesa de que Marina por fin tendría su parte y de que el taller de Gonzalo seguiría siendo suyo, y Puri, al otro lado de la pantalla, se llevó las manos a la cara con un gesto de alivio tan sincero que a Yaiza se le humedecieron los ojos solo de verla.

—Ya sabía yo que esto iba a salir bien —dijo Puri, sonándose la nariz con un pañuelo que sacó de la manga—. Con lo que habéis peleado los dos este año, el universo tenía que devolveros algo.

La quinta noche, cenando en un restaurante junto al lago con las luces de la ciudad reflejadas en el agua oscura, Gonzalo sacó del bolsillo de su abrigo una cajita pequeña de terciopelo azul, y por un segundo el corazón de Yaiza dio un vuelco que no tenía nada que ver con la vieja alarma de Suiza.

—No es lo que crees —dijo él, riéndose al ver su expresión—. Todavía no. Pero es algo que quiero que tengas.

Abrió la cajita. Dentro había un pequeño colgante en forma de engranaje de reloj, tan diminuto y delicado que parecía sacado de una de las piezas de la colección de su padre.

—Lo hice yo, con las piezas sobrantes de la restauración del reloj esmaltado. No vale nada en el mercado, es solo latón y un poco de habilidad, pero significa algo que quería decirte desde hace días y no encontraba el momento.

—¿Qué significa?

—Que sin ti, ninguno de los engranajes de mi vida encaja del todo. El taller, el mercado, la relación con Marina, todo. Eres la pieza que faltaba para que el mecanismo entero funcionara, Yaiza, y llevo once años intentando arreglar un reloj sin darme cuenta de que le faltaba precisamente esa pieza.

Yaiza sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas, y dejó que él le pusiera el colgante alrededor del cuello, con dedos temblorosos por la emoción, mientras el resto del restaurante seguía su curso normal, ajeno por completo a que en aquella mesa junto al lago acababa de sellarse algo que once años de silencio no habían conseguido romper del todo.

Volvieron al hotel casi corriendo, entre risas y besos robados en cada esquina de la calle empedrada, y en cuanto la puerta de la habitación se cerró tras ellos, Gonzalo la levantó en brazos con la misma urgencia de la Noche de las Velas, meses atrás, aunque esta vez sin ninguna prisa desesperada, solo con la certeza tranquila de dos personas que ya sabían exactamente adónde querían llegar.

La desnudó despacio junto a la ventana, con las luces de Neuchâtel titilando al otro lado del cristal, y ella le devolvió el gesto con la misma lentitud, hasta que ambos quedaron piel contra piel, respirando el mismo aire frío de la habitación mal calefactada, sin que ninguno de los dos sintiera el frío en absoluto.

Él la llevó hasta la cama con delicadeza, recorriendo su cuerpo entero con la boca, deteniéndose en cada punto que la hacía arquearse contra las sábanas, hasta que ella tiró de él hacia arriba, incapaz de esperar un segundo más.

—Ahora —jadeó, con las manos enredadas en su pelo—. Te necesito ahora, Gonzalo.

Él se hundió en ella con un gemido compartido que llenó la habitación entera, y se movieron juntos despacio al principio, mirándose a los ojos en la penumbra, con el colgante de engranaje balanceándose entre ambos cuerpos cada vez que se encontraban, hasta que el ritmo fue creciendo, urgente y profundo, dos cuerpos que ya no tenían ningún miedo ni ninguna alarma antigua que apagar, solo el deseo puro de estar exactamente donde estaban.

Ella llegó primero, con un grito ahogado contra su hombro, y él la siguió apenas segundos después, con la frente apoyada contra la suya y su nombre pronunciado como una plegaria contra sus labios.

Se quedaron abrazados bajo las sábanas, con la ciudad suiza brillando al otro lado de la ventana y el colgante de engranaje descansando sobre el pecho de Yaiza, subiendo y bajando al ritmo de su respiración todavía entrecortada.

—Once años y por fin encaja el mecanismo entero —murmuró ella, contra su pecho.

—Once años —repitió él— y ni un solo día más de retraso, te lo prometo.

Se quedaron dormidos así, enredados, y a media noche Yaiza se despertó con la boca de Gonzalo recorriéndole despacio la espalda, besando cada vértebra con una paciencia que no tenía nada de la urgencia de horas antes.

—¿Qué haces? —murmuró ella, todavía medio dormida, con la voz espesa de sueño.

—Memorizarte. No he terminado.

Se rio contra la almohada, y se giró hacia él, dejando que la luz tenue de la calle le dibujara el perfil del rostro mientras Gonzalo volvía a recorrerle el cuerpo entero, esta vez con una lentitud casi dolorosa de tan minuciosa, deteniéndose en cada punto sensible como si estuviera restaurando, pieza a pieza, un mecanismo que ya conocía de memoria pero que quería seguir descubriendo de todas formas.

Cuando por fin volvió a hundirse en ella, los dos gimieron al unísono, mucho más despacio que la primera vez, con un ritmo pausado que se prolongó largo rato, entre besos y susurros, hasta que el placer los alcanzó a los dos casi al mismo tiempo, con una intensidad tranquila que no tenía nada de desesperada y todo de definitiva.

—Esto va a ser así siempre, ¿verdad? —preguntó Yaiza después, con la cabeza apoyada en su pecho, escuchando los latidos de su corazón todavía acelerados.

—Espero que sí. Aunque con los años seguro que hasta yo aprendo a bailar mejor y encontramos nuevas formas de sorprendernos.

—Lo dudo mucho, Ibáñez. Lo del baile, quiero decir. Lo demás me lo creo entero.