Capítulo 10
La operación de venta requería, según las normas de la casa de subastas, que Gonzalo viajara a Neuchâtel para firmar la documentación de autenticidad en persona y supervisar el proceso de tasación final antes de que las piezas entraran en el catálogo de la próxima subasta privada, programada para principios de diciembre.
Diez días, le confirmó Vasseur por teléfono.
Diez días en Suiza, justo cuando el plazo del mes que Marina le había dado estaba a punto de cumplirse.
Gonzalo se lo contó a Yaiza una tarde de finales de noviembre, mientras cerraban juntos el módulo compartido, y ella notó, en cuanto él empezó a hablar, que le costaba mirarla a los ojos, como si ya anticipara la reacción que iba a provocarle la noticia.
—Diez días —repitió ella, con una voz que intentó mantener neutra y que no lo consiguió del todo—. En Suiza. Otra vez.
—Yaiza, no es lo mismo.
—Ya lo sé que no es lo mismo. Lo sé racionalmente. Pero llevo once años con una alarma instalada en el cuerpo que se dispara cada vez que oigo la palabra Suiza en tu boca, y no sé cómo apagarla solo porque me digas que esta vez es distinto.
Gonzalo dejó la caja que llevaba en las manos sobre el mostrador y se acercó a ella, despacio, sin invadir su espacio, dándole tiempo a que decidiera si quería que se acercara más.
—Tienes razón en tener esa alarma —dijo—. Me la he ganado a pulso. Por eso quiero que sepas exactamente lo que va a pasar, día por día, antes de irme. Y por eso te estoy preguntando, no contándotelo después de haber tomado ya la decisión: ¿vendrías conmigo?
Yaiza levantó la vista, sorprendida.
—¿A Neuchâtel?
—A Neuchâtel. Nando puede llevar el puesto solo diez días, ya lo ha hecho antes cuando estuviste enferma la primavera pasada, y Balbino se ha ofrecido a echarle un ojo por las tardes.
Yo tengo que estar allí de todos modos. Preferiría mil veces que estuvieras conmigo a que te quedaras aquí sola, dándole vueltas a una alarma que yo mismo instalé hace once años.
—¿Y si no puedo ir? ¿Y si el mercado me necesita aquí?
—Entonces te llamaré todos los días, a la hora que quieras, todas las veces que necesites, y te enviaré fotos de cada paso de la operación, y volveré en diez días exactos, con billete de vuelta comprado desde antes de irme, para que no tengas ninguna duda de que esta vez sí hay billete de vuelta.
Yaiza se quedó pensando un momento, con el corazón todavía acelerado por la vieja alarma que él había mencionado, pero también con una certeza nueva creciendo por debajo del miedo: que aquel Gonzalo, el que le preguntaba en lugar de decidir por ella, el que compraba el billete de vuelta antes incluso de irse, no tenía nada que ver con el chico de veintiún años que se había subido a un tren sin avisar.
—Voy contigo —dijo, al fin—. Nando puede con el puesto diez días. Y quiero ver ese taller de Neuchâtel del que tanto me has hablado y que nunca he pisado.
Antes de viajar, Yaiza pasó por la mercería de la calle Bravo Murillo a comprar un cuaderno nuevo, de tapas duras, donde llevaba desde la reforma del mercado anotando recetas nuevas, y en la primera página, sin pensarlo demasiado, escribió una frase que llevaba días rondándole la cabeza: "Diario de un viaje sin miedo".
Se rio de sí misma al releerla, un poco avergonzada de lo cursi que sonaba, pero no la tachó.
Volaron a Ginebra una semana después, y desde allí tomaron un tren hasta Neuchâtel que atravesaba paisajes de viñedos otoñales y pequeñas localidades de tejados inclinados que a Yaiza le parecieron sacados de un cuento, con el lago apareciendo de vez en cuando entre los árboles, plateado bajo un cielo de noviembre cargado de nubes bajas.
Gonzalo, sentado a su lado con la frente casi pegada a la ventanilla, señalaba cada punto del paisaje con un entusiasmo que Yaiza no le había visto nunca, ni siquiera hablando de relojería.
—Aquí —dijo, cuando el tren pasó junto a un pueblo pequeño con una iglesia de piedra en el centro— pasé mi primer invierno entero sin hablar apenas español, comiendo fondue casi todos los días porque no sabía cocinar nada más y me daba vergüenza preguntar.
—¿Y aquí? —preguntó ella, señalando otro punto del paisaje.
—Aquí no sé qué hay. Nunca llegué tan lejos en tren. Los primeros meses apenas salía del taller de Vasseur, tenía tanto miedo de no estar a la altura que trabajaba catorce horas al día solo para demostrarme a mí mismo que merecía la beca.
—Suena solitario.
—Lo fue. Muchísimo. Y sin embargo nunca te llamé para decírtelo, porque tenía la estúpida idea de que admitir que echaba de menos algo, incluida a ti, era admitir que había cometido un error viniéndome.
Yaiza le cogió la mano por encima del asiento del tren, entrelazando los dedos con los suyos, y los dos se quedaron en silencio el resto del trayecto, viendo pasar el paisaje suizo, con esa clase de silencio que ya no necesitaba llenarse de palabras para significar algo.
La séptima tarde, entre reunión y reunión con Vasseur, Gonzalo insistió en llevarla al pequeño museo de relojería de la ciudad, un edificio antiguo lleno de vitrinas con mecanismos de siglos pasados, donde se pasó casi una hora explicándole, con un entusiasmo que a Yaiza le pareció el más puro que le había visto en meses, cómo funcionaba cada pieza expuesta, desde los primeros relojes de sol portátiles hasta los cronómetros de precisión que se usaban antiguamente para calcular la longitud en alta mar.
—Esto es lo que más echo de menos de mi época aquí —confesó, frente a una vitrina con un reloj astronómico del siglo dieciocho—.
No el frío, ni la soledad, sino esta sensación de que el tiempo, cuando se mide bien, cuenta una historia entera.
Cada engranaje tiene una función exacta, y cuando todos encajan, el conjunto hace algo que ninguna pieza podría hacer sola.
—Suena a metáfora, Ibáñez.
—Puede que lo sea. Llevo un rato dándole vueltas sin decirlo del todo.
Se detuvieron frente a una última vitrina, la más pequeña de la sala, donde un cartel explicaba en tres idiomas la historia de un modesto reloj de bolsillo del siglo diecinueve, restaurado por un aprendiz anónimo que, según la leyenda del museo, había tardado tres años enteros en devolverle el movimiento porque se negaba a sustituir ninguna pieza original, por rota que estuviera, insistiendo en repararlas todas a mano una por una.
—Ese aprendiz me cae bien —dijo Yaiza, leyendo el cartel—. Suena a alguien con principios tercos.
—Suena a mí, según Vasseur. Me lo cuenta cada vez que vengo, como advertencia y como halago a la vez, nunca queda claro cuál de las dos cosas pretende más.
Yaiza le apretó la mano, sin necesitar que terminara la frase, y siguieron recorriendo el museo hasta que cerró, cogidos de la mano frente a cada vitrina, hablando en voz baja como si el silencio del lugar exigiera cierto respeto que ninguno de los dos quería romper.
El taller de Vasseur, en el centro histórico de Neuchâtel, era un espacio luminoso lleno de mesas de trabajo cubiertas de instrumentos de precisión, con vistas al lago desde los ventanales del segundo piso.
Yaiza pasó las mañanas explorando la ciudad sola, comprando chocolate suizo con la curiosidad profesional de quien quiere comparar técnicas, y las tardes sentada en un rincón del taller, viendo a Gonzalo trabajar codo con codo con su antiguo mentor, examinando cada pieza de la colección bajo lupas de aumento, firmando certificados de autenticidad, discutiendo en un francés que a ella le sonaba precioso aunque no entendiera ni la mitad.
La segunda mañana, mientras Gonzalo trabajaba, Yaiza se sentó en un rincón del taller con su cuaderno de tapas duras y escribió, por primera vez desde que había empezado el viaje, algo más que anotaciones sueltas: una página entera describiendo la luz del lago a través de los ventanales, el sonido de las herramientas de precisión, la expresión concentrada de Gonzalo cuando examinaba una pieza, tan parecida a la que ella misma ponía frente al termómetro de sonda cada mañana en el mercado.
Cerró el cuaderno satisfecha, pensando que algún día, quizás, le enseñaría esas páginas.
La tercera mañana, mientras Gonzalo seguía encerrado en el taller, Yaiza se aventuró sola hasta una pequeña chocolatería artesanal cerca del lago que había visto anunciada en un escaparate, regentada por una mujer mayor llamada Élise que, en cuanto supo que Yaiza también se dedicaba al oficio, insistió en enseñarle su obrador entero, comparando técnicas de temperado y compartiendo trucos que llevaban generaciones en su familia.
—El chocolate español y el suizo tienen personalidades distintas —le dijo Élise, mientras le hacía probar una trufa de champán que a Yaiza le pareció una revelación—.
El suizo busca la perfección técnica. El español, por lo que me cuenta, busca la calidez.
Quizás por eso ha venido usted hasta aquí siguiendo a un hombre y no al revés.
Yaiza se rio, sorprendida por la perspicacia de una desconocida, y volvió aquella tarde al taller de Vasseur con una bolsa de trufas de champán y una idea nueva rondándole la cabeza: la de incorporar, algún día, alguna técnica suiza a su propio repertorio, un pequeño recuerdo de aquel viaje que pudiera vivir después en la vitrina de "Cacao Montalvo".
Aquella misma noche, sintiéndose de pronto lejos de todo lo conocido, Yaiza llamó a Puri por videollamada desde la habitación del hotel, con el portátil apoyado sobre la cómoda y la ventana abierta al frío suave de noviembre.
—Qué envidia me das, hija, con ese lago detrás —dijo Puri, acercando demasiado la cara a la cámara de su propio teléfono, como hacía siempre que no entendía bien cómo funcionaba—.
Aquí seguimos igual, Balbino peleándose con el papeleo del informe técnico y Nando defendiendo tu puesto como si fuera un fortín.
—¿Todo bien de verdad?
—Todo bien de verdad. Aunque te echamos de menos, así que no te acostumbres demasiado a los paisajes bonitos y vuelve pronto.