Amargo como el cacao (Romántica Urban Cozy 3) Capítulo 9
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Capítulo 9

Étienne Vasseur resultó ser un hombre de unos sesenta años, con gafas de pasta redondas, un abrigo de lana demasiado grueso para el clima madrileño de noviembre y una manera de examinar los relojes de la colección con la misma reverencia con la que un párroco examinaría una reliquia sagrada.

Llegó al mercado un martes por la mañana, acompañado de un ayudante que cargaba un maletín reforzado, y pasó las siguientes cuatro horas encerrado en la trastienda de la relojería con Gonzalo, examinando pieza por pieza bajo una lupa de aumento profesional que hizo que la lupa habitual de Gonzalo pareciera un juguete.

Yaiza lo había estado esperando en la puerta del mercado desde primera hora, nerviosa de un modo que no recordaba haber sentido nunca por un asunto que no fuera directamente suyo, y en cuanto vio bajar del taxi a un hombre mayor con gafas redondas y un abrigo claramente insuficiente para noviembre en Madrid, supo, sin necesidad de presentaciones, que aquel era el hombre del que tanto había oído hablar.

—Usted debe de ser la señorita del chocolate —dijo Vasseur, tendiéndole la mano con una sonrisa cálida en cuanto Gonzalo hizo las presentaciones—.

Gonzalo me ha hablado de usted en cada llamada de estas últimas semanas, más de lo que habla de sus propios relojes, lo cual, viniendo de él, es todo un cumplido.

—Espero que solo le haya contado las cosas buenas.

—Me ha contado que discuten sobre quién ocupa más espacio en un módulo de cuarenta metros cuadrados y que usted gana casi siempre. Diría que eso es de lo mejor que me ha contado en todo el año.

Antes de encerrarse en la trastienda, Vasseur insistió en recorrer el mercado entero, deteniéndose en cada puesto con una curiosidad genuina que sorprendió a los comerciantes, acostumbrados ya a los visitantes apresurados de Grupo Áurea que jamás se molestaban en mirar más allá de sus propias carpetas.

—Esto es exactamente el tipo de comercio que se está perdiendo en toda Europa —le dijo a Balbino, deteniéndose frente a la charcutería con auténtico interés—.

En Neuchâtel también tuvimos nuestra propia batalla, hace veinte años, contra un centro comercial que querían construir en el centro histórico.

La ganamos, por poco, y todavía hoy me alegro cada vez que paso por delante de las tiendas que se salvaron.

—Pues entonces sabe usted exactamente lo que estamos viviendo aquí —contestó Balbino, invitándolo a probar un trozo de jamón que Vasseur aceptó con una expresión de placer tan sincera que Balbino le regaló, sin dudarlo, medio kilo entero "para el viaje de vuelta".

Se detuvo también frente al puesto de flores de Puri, donde examinó un ramo de peonías con el mismo interés meticuloso que dedicaba a los mecanismos de relojería, y frente al puesto de Nando, todavía ayudante entonces, a quien preguntó con genuina curiosidad por el proceso de temperado del chocolate, anotando algo en una pequeña libreta que llevaba siempre en el bolsillo del abrigo.

—Colecciono notas de oficios distintos al mío —explicó, al ver la cara de sorpresa de Yaiza—. Llevo cuarenta años convencido de que todos los artesanos, sea cual sea su materia, resuelven en el fondo el mismo problema: cómo hacer que algo perdure en un mundo que solo premia lo rápido.

Yaiza esperó al otro lado de la puerta de comunicación, incapaz de concentrarse del todo en el chocolate, atendiendo a los clientes con una sonrisa que se le escapaba a ratos hacia la puerta cerrada de la trastienda, hasta que a las dos de la tarde, Vasseur salió por fin, quitándose las gafas y frotándose los ojos cansados con una expresión que Yaiza no supo interpretar hasta que Gonzalo, detrás de él, esbozó una sonrisa que le iluminó la cara entera.

Durante esas cuatro horas de espera, Puri se había pasado tres veces por el puesto, cada vez con una excusa distinta —que si necesitaba azúcar glasé prestado, que si quería preguntar por un pedido que no existía—, y las tres veces se había quedado un rato más de lo necesario, apoyada en el mostrador, mirando de reojo hacia la trastienda cerrada con la misma impaciencia que Yaiza intentaba disimular sin éxito.

—Esto es peor que esperar los resultados de un análisis médico —había dicho, la última vez, antes de marcharse por fin a su propio puesto—. Avísame en cuanto sepáis algo, aunque tenga que dejar tirado un cliente.

—Su padre —dijo Vasseur, dirigiéndose tanto a Gonzalo como a Yaiza, que se había acercado sin poder contener la curiosidad— tenía un ojo extraordinario.

Doce piezas de una calidad museística, entre ellas el reloj esmaltado, que estimo, en subasta privada entre coleccionistas serios, podría alcanzar entre ochenta mil y cien mil euros solo esa pieza.

Yaiza sintió que el corazón le daba un vuelco. Gonzalo se quedó completamente inmóvil, como si necesitara procesar la cifra antes de permitirse creerla.

—El conjunto completo de la colección —continuó Vasseur—, si decide venderla entera, que no le recomiendo, pero si decidiera hacerlo, podría alcanzar fácilmente los doscientos mil euros.

Si vende solo tres o cuatro piezas selectas, entre ellas el reloj esmaltado, estamos hablando de una cifra que ronda, con comodidad, los ciento treinta o ciento cuarenta mil euros.

Mientras esperaban a que el ayudante de Vasseur preparara la documentación, Yaiza le ofreció al suizo una taza de café y una trufa de degustación, y él, tras probarla, se quedó pensativo un momento, girando la taza entre las manos con la misma atención con la que había examinado, horas antes, cada reloj de la colección.

—¿Sabe una cosa, señorita Montalvo? Mi oficio y el suyo se parecen más de lo que la gente cree.

Un reloj y una tableta de chocolate son, en el fondo, la misma promesa: la de que el tiempo y la paciencia, bien administrados, producen algo que perdura.

Un mal chocolate se nota en segundos. Un mal reloj se nota en años.

Pero ambos fallan por la misma razón: por prisa.

—Nunca lo había pensado así.

—Yo llevo cuarenta años pensándolo así, y todavía no me canso de comprobar que es cierto.

Fíjese en estos dos —dijo, señalando con la barbilla hacia la trastienda, donde Gonzalo terminaba de firmar los últimos papeles—.

Once años de prisa mal entendida, y ahora, por fin, la paciencia adecuada.

El resultado, cuando llega, siempre merece la espera.

—¿Eso es un consejo profesional o personal, señor Vasseur?

—Las dos cosas, querida. A mi edad ya no distingo bien dónde termina uno y empieza el otro.

—Eso es más de lo que necesito —murmuró Gonzalo, saliendo de la trastienda justo a tiempo de escuchar el final de la conversación, con la voz rota por la emoción.

—Entonces venda solo lo necesario, joven, y guarde el resto —dijo Vasseur, con una sonrisa paternal que a Yaiza le recordó, de golpe, lo mucho que aquel hombre debía de haber querido al padre de Gonzalo para viajar personalmente hasta Madrid por una colección de relojes de un discípulo al que llevaba años sin ver—.

Su padre me enseñó una cosa, hace muchos años, que nunca he olvidado: un buen relojero sabe qué piezas del mecanismo son imprescindibles y cuáles pueden sustituirse sin que el reloj deje de latir.

Aplique esa misma lógica a su colección, y a su vida en general, si me permite el consejo de un viejo amigo de su padre.

Cerraron la operación esa misma tarde, con un acuerdo preliminar sobre cuatro piezas —incluido el reloj esmaltado, que Gonzalo aceptó vender con una punzada de dolor que Yaiza percibió aunque él intentó disimularla, y tres relojes de bolsillo de plata trabajada del siglo diecinueve— por una cifra que, tras comisiones e impuestos, dejaría a Gonzalo con algo más de ciento veinticinco mil euros netos: suficiente para comprar la mitad de Marina con margen, e incluso invertir un poco en la reforma del taller.

Antes de firmar los papeles definitivos, Gonzalo pidió un momento a solas con el reloj esmaltado, y Vasseur, con la sensibilidad de quien ha acompañado ese mismo gesto en decenas de familias a lo largo de su carrera, se retiró discretamente a la vitrina del mercado, dejando a Gonzalo sentado en la trastienda con la pieza entre las manos.

Yaiza lo observó desde la puerta, sin entrar, dándole el espacio que necesitaba.

Lo vio abrir la tapa del reloj una última vez, mirar el mecanismo por dentro con la lupa encajada en el ojo, y cerrarla de nuevo con un gesto suave, casi ceremonial, como quien se despide de algo sabiendo que la despedida, esta vez, tiene un propósito que merece la pena.

—Adiós, papá —lo oyó murmurar, tan bajo que Yaiza no supo si aquellas palabras iban dirigidas al reloj o a algo mucho más grande—. Espero que lo entiendas.

Cuando salió de la trastienda, unos minutos después, tenía los ojos enrojecidos pero la espalda más recta de lo que Yaiza le había visto en semanas, como si acabara de dejar en el suelo un peso que llevaba cargando mucho más tiempo del que ninguno de los dos había sido capaz de nombrar hasta entonces.

Vasseur se marchó al día siguiente, no sin antes detenerse frente al puesto de chocolate de Yaiza y pedir, con un entusiasmo casi infantil, "la mejor pieza que tenga, señorita, algo que me recuerde a este país cuando vuelva al frío de Neuchâtel".

Yaiza le preparó una caja de trufas de aceite de oliva, las mismas que llevaba años reservando sin decírselo a Gonzalo, y el suizo se marchó del mercado con la caja bajo el brazo y una promesa de volver algún día, aunque solo fuera para comprobar si el chocolate español era tan bueno como recordaría.

Antes de subirse al taxi que lo llevaría al aeropuerto, Vasseur se giró una última vez hacia Gonzalo, que había insistido en acompañarlo hasta la calle, y le puso una mano en el hombro con la solemnidad de quien transmite algo importante.

—Su padre estaría orgulloso, joven. No solo del taller, que ya lo estaría. Orgulloso de cómo ha resuelto esto: sin rencor, sin prisa, pensando primero en su hermana y después en usted mismo. Eso no se aprende en ningún taller de relojería. Eso se lleva dentro, o no se lleva.

—Gracias, Étienne. Por todo. Por venir, por la paciencia, por enseñarme hace años más de lo que yo entendía en su momento.

—De nada. Y ahora, si me permite un último consejo de viejo amigo de su padre: cásese con esa chocolatera antes de que algún madrileño listo se dé cuenta de lo que tiene delante y se le adelante.

Gonzalo se rio, sorprendido por la franqueza repentina, y se despidió de Vasseur con un abrazo que duró más de lo que ninguno de los dos esperaba, dos hombres unidos por el oficio y por el cariño hacia un mismo hombre ya desaparecido, cada uno a su manera.

Aquella noche, Gonzalo llamó a Marina para darle la noticia, y esta vez Yaiza no se quedó al otro lado de la puerta de comunicación fingiendo no escuchar: se sentó a su lado en el sofá, con la mano entrelazada con la suya, mientras él le explicaba a su hermana, con una sinceridad que ella nunca le había escuchado hasta entonces, que había encontrado la manera de comprarle su mitad sin necesidad de vender el taller entero, que quería que ella siguiera siendo parte de las decisiones importantes aunque viviera lejos, y que, si ella quería, le encantaría que volviera a Madrid en Navidad, no como cotitular de un negocio, sino como su hermana.

—Ha llorado —dijo Gonzalo, colgando el teléfono con los ojos brillantes—. Marina no llora nunca. Ni siquiera lloró en el funeral de papá, o si lo hizo, no dejó que la viera nadie.

—Eso significa que has hecho algo bien, por primera vez en mucho tiempo.

—Lo he hecho bien porque tú me has ayudado a verlo. Si no hubiera sido por ti, seguiría intentando resolver esto solo, a base de silencios y decisiones tomadas sin consultar a nadie.

Yaiza le besó despacio, con una ternura tranquila que no tenía ninguna prisa, y esa noche, después de una cena improvisada de sobras recalentadas que ninguno de los dos terminó de comer del todo, se trasladaron al dormitorio con la misma calma con la que habían pasado la tarde entera, sin urgencia, sin nada que demostrar.

Se desnudaron el uno al otro despacio, junto a la ventana entreabierta que dejaba entrar el frío suave de noviembre, y Gonzalo la tumbó sobre la cama con una devoción que a Yaiza le recordó, de golpe, al modo exacto en que él sostenía cada pieza de la colección de su padre: con cuidado extremo, como si supiera que lo que tenía entre las manos era, de algún modo, irremplazable.

Bajó por su cuerpo despacio, besando cada centímetro de piel que iba descubriendo, deteniéndose en los puntos que sabía, por meses de práctica atenta, que la hacían arquearse contra el colchón, y cuando por fin llegó entre sus piernas, la llevó al límite con una lentitud casi insoportable, saboreando cada gemido que se le escapaba a ella sin ningún control.

—Gonzalo —jadeó Yaiza, con los dedos enredados en su pelo—, por favor.

Él levantó la vista, con una sonrisa que era pura satisfacción masculina contenida, y volvió a hundir la boca entre sus piernas hasta que ella se deshizo con un grito ahogado contra la almohada, temblando entera, mientras él subía de nuevo por su cuerpo con besos lentos que le recorrían el vientre, los pechos, el cuello, hasta llegar a su boca.

—Te toca —murmuró ella, todavía sin aliento, empujándolo de espaldas contra el colchón con una fuerza renovada.

Se sentó a horcajadas sobre él y lo guio dentro de sí misma con un gemido compartido que llenó el dormitorio entero, moviéndose despacio al principio, con las manos apoyadas en su pecho, sintiendo cómo la respiración de Gonzalo se volvía cada vez más entrecortada bajo sus caderas.

Él la sujetó por la cintura, ayudándola a marcar un ritmo que fue creciendo poco a poco, de la lentitud inicial a una urgencia compartida, hasta que se incorporó para sentarla mejor sobre su regazo y la abrazó con fuerza, con la frente apoyada contra la suya, moviéndose juntos con una sincronía que ya no necesitaba ninguna palabra.

—Te quiero —susurró él, contra su boca, en mitad del movimiento—. Te voy a querer toda la vida, Yaiza Montalvo.

Llegaron juntos, con los cuerpos entrelazados y las respiraciones mezcladas en el aire cálido del dormitorio, y se quedaron abrazados un buen rato, con las sábanas revueltas y el cansancio dulce de dos cuerpos que ya no tenían ninguna prisa por separarse, hasta que el reloj de la mesilla —el único que Gonzalo se había negado a vender, porque había sido el primero que había restaurado de niño, junto a su padre— marcó las tres de la madrugada sin que a ninguno de los dos le importara lo más mínimo la hora.