Amargo como el cacao (Romántica Urban Cozy 3) Capítulo 8
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Capítulo 8

Étienne Vasseur respondió al tercer tono, con un francés suave lleno de erres suaves y un entusiasmo genuino en cuanto reconoció la voz de Gonzalo que a Yaiza, escuchando la conversación en altavoz, le pareció el primer indicio real de buena suerte en semanas.

—¡Gonzalo Ibáñez! —exclamó el hombre, con un acento que convertía cada palabra española en algo ligeramente exótico—. Cuánto tiempo. ¿Sigues arreglando relojes en ese mercado de Madrid del que tanto hablabas?

La conversación se alargó casi una hora, entre recuerdos del taller de Neuchâtel y explicaciones detalladas sobre la colección de su padre, y terminó con una promesa: Vasseur estudiaría fotografías de las piezas más destacadas y, si la calidad era la que Gonzalo describía, viajaría personalmente a Madrid en dos semanas para valorarlas en persona antes de una posible subasta privada entre coleccionistas.

—Dos semanas —dijo Gonzalo, colgando el teléfono con una expresión que oscilaba entre el alivio y el vértigo—. Justo a tiempo, si todo sale bien.

—¿Y si no sale bien?

—Entonces habré vendido fotografías de la colección de mi padre a un mercader suizo sin ningún resultado, y seguiré sin los ciento veinte mil euros.

Pero al menos habré preguntado, Yaiza. Eso ya es más de lo que hice hace once años, cuando ni siquiera pregunté si tenía otras opciones antes de subirme a aquel tren.

Aquella noche, mientras hacía las fotografías que Vasseur le había pedido, Gonzalo sacó una a una las doce piezas de la caja fuerte y las extendió sobre el paño de terciopelo de la mesa de trabajo, bajo la luz blanca del flexo, con Yaiza sentada a su lado ayudándole a sujetar la cámara del móvil en el ángulo correcto.

—Esta me la enseñó a restaurar cuando yo tenía trece años —dijo, señalando un reloj de bolsillo de esfera azul—.

Me pasé tres tardes enteras sin conseguir que el segundero se moviera bien, y él no me dejó tocar el suyo ni una sola vez, aunque viera que me estaba frustrando.

Decía que un relojero que no aprende a fallar solo, no aprende nada de verdad.

—Suena a un hombre exigente.

—Lo era. Pero también era el hombre que, la noche que por fin conseguí que el segundero se moviera bien, me llevó a cenar fuera para celebrarlo, solos los dos, como si hubiera ganado una medalla olímpica en lugar de arreglar un reloj de bolsillo de segunda mano.

Yaiza le pasó un brazo por los hombros mientras él seguía fotografiando piezas, y los dos se quedaron un rato en silencio, rodeados de relojes parados que, uno a uno, iban a convertirse en la solución a un problema que su padre nunca podría haber imaginado que su colección tendría que resolver algún día.

Los días siguientes transcurrieron en una calma tensa, la de quien espera una respuesta que puede cambiarlo todo mientras sigue atendiendo clientes, envolviendo cajas de bombones y ajustando mecanismos de relojes con la misma normalidad de siempre, como si el mundo entero no dependiera de una llamada telefónica desde Suiza.

Yaiza y Gonzalo aprovecharon esos días para algo que ninguno de los dos había hecho en once años: hablar, de verdad, sin prisa ni miedo, sobre lo que había pasado entre ellos y sobre lo que querían que pasara a partir de entonces.

Puri, que se había enterado de la existencia de la colección de relojes casi al mismo tiempo que Marina, adoptó durante aquellos días el papel de animadora oficial de la operación, deteniéndose cada mañana en el módulo compartido para preguntar si había noticias de "el señor suizo", como insistía en llamar a Vasseur, con una mezcla de solemnidad y curiosidad que hacía sonreír a Yaiza incluso en los momentos de más tensión.

—En mis tiempos, para conseguir dinero rápido se empeñaban las joyas de la abuela, no se llamaba a Suiza —comentó un día, mientras colocaba un ramo de rosas blancas junto a la vitrina de Gonzalo sin que nadie se lo hubiera pedido—.

Pero bueno, cada generación con sus métodos. Lo importante es que salga bien.

—Va a salir bien, Puri —dijo Yaiza, con más convicción de la que sentía en realidad.

—Claro que sí, hija. Con lo que habéis peleado los dos este año, el universo os debe una victoria fácil.

Aquella tarde, antes de la cena, Gonzalo había insistido en ayudar a cocinar, algo que Yaiza descubrió enseguida que se le daba mucho peor que restaurar mecanismos de precisión: cortó la cebolla en trozos irregulares del tamaño de un puño, quemó el ajo dos veces seguidas, y terminó rindiéndose entre risas, apoyado en la encimera con una copa de vino en la mano, viendo a Yaiza terminar la salsa sola con una destreza que a él le pareció, según sus propias palabras, "casi tan hipnótica como ajustar un escape".

—Eres un desastre en la cocina, Ibáñez.

—Soy un desastre selectivo. Sé arreglar un cronómetro de mil ochocientos cuarenta con los ojos cerrados, pero soy incapaz de cortar una cebolla sin llorar como una magdalena.

—Eso último no tiene nada que ver con tu habilidad. Es la cebolla, que hace llorar a todo el mundo.

—Prefiero pensar que es una habilidad especial mía. Suena mejor en mi currículum sentimental.

Terminaron de cocinar entre bromas y algún roce de manos sobre la tabla de cortar que se prolongaba más de lo estrictamente necesario, y mientras esperaban a que hirviera el agua para la pasta, Gonzalo se apoyó en la encimera observándola moverse por la cocina diminuta con una atención que no tenía nada de casual.

—¿Qué? —preguntó ella, notando la mirada.

—Nada. Que llevo un rato pensando que podría acostumbrarme a esto. A cocinar mal contigo cada noche, a que me corrijas la sal, a este piso pequeño que huele siempre un poco a chocolate aunque llevemos horas sin trabajar.

—Eso suena sospechosamente a una declaración de intenciones, Ibáñez.

—Puede que lo sea. Todavía estoy calibrando el momento exacto de decirlo del todo.

Una noche, cenando en la cocina diminuta del piso de Yaiza, entre platos de pasta y una botella de vino que llevaba media hora abierta sin que ninguno de los dos se acordara de servirla del todo, Gonzalo le hizo la pregunta que llevaba semanas evitando.

—¿Alguna vez pensaste en irte tú también? Después de que yo me fuera, quiero decir. ¿Buscar algo fuera de Madrid, fuera del mercado?

Yaiza se quedó pensando un momento, dándole vueltas al tenedor entre los dedos.

—Una vez. Hará unos cinco años, me ofrecieron dirigir el departamento de chocolatería de un hotel de cinco estrellas en Londres. Buen sueldo, buen puesto, la clase de oferta que se supone que hay que aceptar sin pensarlo.

—¿Y qué pasó?

—Que dije que no a los dos días, sin pensarlo demasiado, y durante mucho tiempo me pregunté si había sido cobardía o si había sido simplemente que quería quedarme.

Ahora, con perspectiva, creo que fue las dos cosas a la vez.

Tenía miedo de irme y descubrir que echaba de menos algo que ya no existía.

Prefería quedarme y seguir echándolo de menos aquí, entre estas cuatro paredes de hierro, donde al menos podía fingir que algún día volvería a cruzarme contigo sin que doliera tanto.

Gonzalo alargó la mano por encima de la mesa y le acarició la mejilla con el pulgar, con una ternura que a Yaiza todavía le sorprendía, después de todo lo vivido, que fuera capaz de desarmarla tan por completo.

—Me alegro de que te quedaras —dijo—. Aunque tardara dos años en atreverme a cruzar los cuarenta metros que nos separaban.

—Yo también me alegro.

—Hay algo más que quiero preguntarte —dijo él, todavía con la mano en su mejilla—, aunque llevo días dándole vueltas a si es demasiado pronto para preguntarlo.

—Pregunta.

—Cuando todo esto termine, cuando lo de Marina se resuelva y el mercado quede protegido de una vez por todas, ¿qué es lo que quieres tú, Yaiza? No lo que crees que debes querer, ni lo que te conformaría. Lo que de verdad quieres.

Ella se quedó pensando un momento, sorprendida por la pregunta y por lo poco que, en realidad, se la había hecho a sí misma en los últimos meses, ocupada como había estado en sobrevivir a la reforma del mercado y en reconstruir, pieza a pieza, lo que tenía con Gonzalo.

—Quiero seguir aquí —dijo, al fin—. En este mercado, con este puesto, contigo al otro lado de una puerta que ya no necesitamos cerrar nunca más.

Y quiero, algún día, no sé cuándo, enseñar lo que sé a alguien más joven, como hizo mi tía Presen conmigo.

Nando ya me lo ha pedido más de una vez, en broma, pero cada vez menos en broma.

—Eso no suena a poco. Suena a una vida entera.

—Es que eso es exactamente lo que quiero. Una vida entera, aquí, contigo. Nada espectacular, nada de titulares en revistas gastronómicas ni de departamentos en hoteles de cinco estrellas. Solo esto.

Gonzalo la besó despacio, con una ternura que decía más que cualquier respuesta que hubiera podido dar él mismo, y se levantaron de la mesa sin terminar la pasta, dejando los platos a medio comer sobre la encimera, y Gonzalo la llevó hasta el sofá del salón con una lentitud deliberada que no tenía nada que ver con la urgencia de otras noches, sino con algo más pausado, más profundo, la clase de deseo que solo aparece cuando dos personas ya no tienen ninguna prisa por demostrarse nada.

La desnudó despacio, prenda a prenda, dejando que cada una cayera al suelo del salón sin apartar la vista de su cuerpo ni un instante, como si quisiera memorizar cada centímetro de piel que se le revelaba a la luz tenue de la lámpara de pie.

Yaiza le devolvió el gesto con la misma parsimonia, desabrochando su camisa botón a botón, deteniéndose a besar cada tramo de piel que iba descubriendo, sintiendo bajo los labios cómo se le aceleraba el pulso a medida que bajaba por su torso.

—Yaiza —murmuró él, con la voz ronca, cuando ella se arrodilló frente al sofá y le desabrochó el cinturón con dedos hábiles—, no tienes que...

—Quiero —le cortó ella, mirándolo desde abajo con una sonrisa que no dejaba lugar a dudas—. Llevo semanas queriendo.

Lo tomó en la boca con una dedicación lenta que le arrancó a Gonzalo un gemido grave, la cabeza echada hacia atrás contra el respaldo del sofá y las manos hundidas en el pelo de Yaiza sin llegar a guiarla, dejándose llevar por completo por el ritmo que ella le marcaba.

Cuando notó que estaba cerca del límite, con la respiración entrecortada y los muslos tensos bajo sus manos, él tiró de ella hacia arriba con una urgencia repentina que contrastaba con la calma de los minutos anteriores.

—Así no —dijo, con la voz rota—. Quiero acabar dentro de ti.

La levantó del suelo y la sentó a horcajadas sobre su regazo, sobre el sofá, y ella se deshizo del resto de la ropa con una premura que reflejaba exactamente la misma urgencia que sentía él, hasta que no quedó nada entre los dos cuerpos salvo la respiración compartida y el deseo acumulado de una noche entera de conversación honesta que había desembocado, de manera natural, en aquella intimidad.

Se hundió sobre él despacio, sintiendo cada centímetro del reencuentro con un gemido que ninguno de los dos intentó contener, y empezaron a moverse juntos con un ritmo que fue creciendo poco a poco, de la lentitud inicial a una urgencia compartida que llenó el salón entero de jadeos y del sonido húmedo de dos cuerpos que ya no tenían ningún miedo que esconder el uno del otro.

—Te quiero —dijo ella, contra su boca, entre embestida y embestida, con la voz entrecortada por el placer—. Te quiero, Gonzalo, y esta vez no tengo ninguna intención de fingir que no.

—Yo también te quiero —contestó él, con la frente apoyada contra la suya, acelerando el ritmo con las manos firmes en sus caderas—. Más que hace once años. Más de lo que sabía que era capaz de querer a nadie.

Llegaron juntos, con los cuerpos entrelazados y los nombres del otro pronunciados contra la piel húmeda de sudor, y se quedaron abrazados en el sofá mucho después de que el placer remitiera, con la pasta fría sobre la encimera y el vino todavía sin servir, sin que a ninguno de los dos le importara lo más mínimo que la noche se les estuviera escapando entre los dedos como agua tibia.

Se quedaron dormidos allí mismo, en el sofá, envueltos en la misma manta que Yaiza guardaba para las noches de invierno, y a Gonzalo lo despertó, ya de madrugada, el frío de tener medio cuerpo destapado.

La llevó en brazos hasta el dormitorio sin despertarla del todo, y ella murmuró algo ininteligible contra su cuello antes de volver a dormirse profundamente, con una confianza tan absoluta que a él se le encogió el pecho de ternura mientras la depositaba entre las sábanas.

Al día siguiente, un mensaje de Étienne Vasseur, escrito en un español titubeante lleno de faltas encantadoras, confirmó lo que Gonzalo llevaba días esperando sin atreverse a esperar del todo: viajaría a Madrid en diez días, no en dos semanas, porque las fotografías que le había enviado —en particular, un reloj de bolsillo esmaltado con esfera de porcelana que había pertenecido a un relojero de la corte de Isabel II— le habían parecido, en sus propias palabras, "une trouvaille exceptionnelle", un hallazgo excepcional que merecía la pena adelantar el viaje.