Amargo como el cacao (Romántica Urban Cozy 3) Capítulo 7
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Capítulo 7

Gonzalo llamó a Marina esa misma tarde, como había prometido, sentado en el escalón de su puesto con el teléfono pegado a la oreja y una expresión tan concentrada que Yaiza, que fingía ordenar la vitrina de bombones al otro lado de la puerta de comunicación, no se atrevió ni a respirar demasiado fuerte por si le distraía.

—No sabía que llevabas dos años pagando ese préstamo tú sola —le oyó decir, con una voz que había perdido toda la aspereza de la tarde anterior—.

No, Marina, no te estoy pidiendo perdón por cortesía.

Te estoy pidiendo perdón porque es verdad que nunca te pregunté cómo estabas, y eso no tiene excusa, seas o no la hermana pequeña.

La conversación duró cuarenta minutos. Cuando colgó, Gonzalo se quedó un rato mirando el teléfono en silencio, y Yaiza cruzó por fin la puerta de comunicación, sin preguntar nada, solo para sentarse a su lado en el escalón, tal y como llevaba haciendo, en otra vida, once años atrás.

Nando, que llevaba toda la mañana fingiendo ordenar cajas de moldes cerca de la puerta de comunicación para no perderse detalle, se acercó cuando vio que la llamada había terminado, con una discreción que no engañaba a nadie.

—¿Todo bien? —preguntó, aunque por su cara era evidente que ya se había hecho una composición de lugar bastante ajustada a la realidad.

—Todo va a ir bien —contestó Gonzalo, con una determinación que a Yaiza le pareció, más que optimismo, una promesa que se estaba haciendo a sí mismo—. Aunque todavía no sé exactamente cómo.

—¿Cómo ha ido? —preguntó Yaiza, cuando Nando se alejó de nuevo hacia su propio puesto.

—Mejor de lo que esperaba. Y peor, al mismo tiempo.

Me ha contado cosas que no sabía. Que se fue a Londres no solo por el máster, sino porque después de que muriera papá se sintió completamente fuera de lugar aquí, como si el taller y el mercado entero fueran cosas mías y ella solo tuviera derecho a una firma en un papel de vez en cuando.

Y tiene razón, Yaiza. La he tratado así sin darme cuenta durante dos años.

—¿Y lo de vender su mitad a Grupo Áurea?

—Sigue necesitando el dinero. Eso no ha cambiado. Pero me ha dado el mes entero, sin condiciones, y me ha pedido una cosa a cambio.

—¿Qué cosa?

—Que la incluya de verdad. Que decidamos juntos qué hacer con el taller, aunque ella viva en Londres. Que deje de tratarla como una accionista lejana y empiece a tratarla como lo que es: la única familia que me queda.

Yaiza le apretó la mano, sin decir nada, y los dos se quedaron un rato en el escalón, viendo cómo el mercado se iba vaciando poco a poco hacia el mediodía, con ese silencio compartido que ya no necesitaba explicaciones.

La mañana siguiente, antes de que abriera el mercado, Yaiza encontró a Gonzalo ya en el taller, sentado frente a la mesa de trabajo con una carpeta de fotografías antiguas abierta delante de él: fotos de su padre, de él mismo de niño en el taller, de una Marina pequeña sentada en el mostrador de la relojería con los pies colgando sin llegar al suelo.

—¿Buscando inspiración? —preguntó ella, apoyándose en el marco de la puerta.

—Buscando el valor de recordar que esto no es solo un problema de dinero. Es un problema de familia, y llevo dos años tratándolo como si fuera solo lo primero.

Le enseñó una fotografía en concreto, algo amarillenta por los años, donde se veía a su padre, mucho más joven, enseñándole a Marina, de unos ocho años, a dar cuerda a un reloj de pared con las dos manos.

—Ella también aprendió el oficio, ¿sabes?

Antes de irse a Londres, antes de todo. Pero un día decidió que quería estudiar otra cosa, y papá, sin decir nada en voz alta, dejó de enseñarle.

Nunca hablamos de por qué. Creo que los dos dimos por hecho que el taller era mío por defecto, simplemente porque yo me quedé y ella se fue, y nunca nos preguntamos si eso era justo.

—Puede que sea hora de preguntároslo ahora.

—Puede que sí.

Aquella misma tarde, con la ayuda de Balbino, que se había tomado la búsqueda de financiación como una cruzada personal casi tan intensa como la de las firmas del comercio de arraigo, Gonzalo se sentó frente a un gestor bancario en una sucursal de la calle Bravo Murillo para pedir un crédito con el propio local como garantía.

La reunión duró veinte minutos y terminó con una negativa educada pero firme: el negocio no facturaba lo suficiente, el aval no cubría el riesgo, y el banco, según explicó el gestor con la misma sonrisa entrenada que Yaiza empezaba a reconocer como el idioma universal de quien tiene que dar malas noticias sin parecer culpable, "lamentablemente no podía asumir una operación de ese volumen en las condiciones actuales".

—Ciento veinte mil euros —repitió Gonzalo esa noche, sentado en el sofá del piso de Yaiza con la carpeta de documentos bancarios todavía abierta sobre la mesa baja—. Es una barbaridad. No sé de dónde voy a sacarlos en tres semanas.

—¿Y el resto de bancos?

—Balbino ya ha llamado a otros dos. Misma respuesta, distintas palabras bonitas para decir que no.

Había pasado la tarde entera acompañando a Gonzalo de sucursal en sucursal, sentada en salas de espera con revistas atrasadas mientras él exponía, una y otra vez, la misma historia con las mismas cifras y recibía, una y otra vez, la misma negativa envuelta en distinto papel de regalo corporativo.

En la última sucursal, un gestor más joven que los anteriores había llegado a sugerir, con una sonrisa que pretendía ser comprensiva, que quizás "un negocio como el de la relojería tradicional" no tenía el futuro suficiente como para justificar el riesgo, una frase que Gonzalo había encajado con la mandíbula tensa y una calma que a Yaiza le había costado más disimular a ella que a él.

—¿Cómo puedes seguir tan tranquilo después de oír eso? —le había preguntado, ya en la calle, todavía indignada.

—No estoy tranquilo. Estoy furioso. Pero llevo dos años aprendiendo que la furia no paga alquileres ni convence a ningún banco, así que prefiero guardarla para cuando de verdad sirva de algo.

Yaiza se sentó a su lado, con las piernas cruzadas bajo el cuerpo, y estuvo un rato en silencio, dándole vueltas a una idea que llevaba días rondándole la cabeza sin atreverse a formularla en voz alta.

—¿Y tu padre no tenía nada más? Aparte del taller, quiero decir. Algo que pudiera venderse sin que fuera el negocio en sí.

Gonzalo levantó la vista, con una expresión extraña, entre la sorpresa y algo parecido al recelo.

—Tenía una colección. Relojes de bolsillo antiguos, algunos del siglo diecinueve, que fue comprando y restaurando a lo largo de treinta años, piezas que nunca puso a la venta porque decía que eran "la memoria del oficio", no mercancía.

Están guardados en una caja fuerte del taller. Nunca he pensado en tocarlos.

—¿Cuánto podrían valer?

—No lo sé con exactitud. Alguna pieza podría valer mucho, si el comprador adecuado la valorara como se merece. Pero venderlas sería como vender la parte de papá que todavía sigue viva en ese taller, Yaiza. No sé si soy capaz.

Ella le cogió la mano, entrelazando los dedos con los suyos, sin presionarlo, dejando que el silencio ocupara el espacio que las palabras todavía no estaban listas para llenar.

—No tienes que decidirlo esta noche —dijo, al fin—.

Pero piensa una cosa: si esos relojes se quedan guardados en una caja fuerte, la memoria de tu padre no vive en ningún sitio.

Vive encerrada. Si uno de ellos ayuda a que su hija y su hijo dejen de pelearse por dinero y vuelvan a ser familia, puede que esa sea, en realidad, la forma más honesta de honrar su memoria que se te va a ocurrir en la vida.

Gonzalo no contestó enseguida. Se quedó mirando la carpeta de documentos bancarios sobre la mesa, con la mandíbula tensa y los ojos brillantes de un modo que Yaiza no le había visto nunca, ni siquiera la noche de la visita de Marina.

—Hay un hombre en Neuchâtel —dijo, al cabo de un rato—.

Étienne Vasseur. Dirige una casa de subastas especializada en relojería antigua, la más importante de Suiza en su categoría.

Fue mentor mío durante mi época de aprendiz.

Si alguien puede valorar la colección de mi padre como se merece, sin tratarla como chatarra con esferas, es él.

—Pues llámalo.

—Son las diez de la noche.

—Gonzalo, llevas dos años arreglando relojes para que el tiempo importe. Esta vez, por una vez, deja que te importe también a ti mismo lo suficiente como para llamar a las diez de la noche.

Él se levantó del sofá, pero en lugar de coger el teléfono se quedó de pie frente a la ventana, mirando las luces de la calle Fernández de los Ríos con una expresión ausente que a Yaiza le resultó desconocida.

—¿Qué pasa? —preguntó ella, acercándose.

—Que la última vez que vi esa caja fuerte abierta fue el día que murió mi padre.

Tuve que abrirla para buscar el testamento, y me encontré con doce relojes envueltos en paño, cada uno con una etiqueta escrita a mano indicando de dónde venía y cuándo lo había restaurado.

El último, el esmaltado, tenía una etiqueta distinta a las demás.

Ponía: "Para cuando Gonzalo entienda que un reloj parado no es un reloj muerto, solo un reloj esperando".

Yaiza sintió que se le encogía el pecho.

—¿Y qué crees que significa?

—Durante mucho tiempo pensé que hablaba de los relojes. Ahora creo que hablaba de mí. De que estuve once años parado, esperando sin saberlo, hasta que tú volviste a darle cuerda a todo.

Se quedaron abrazados un momento junto a la ventana, y cuando por fin Gonzalo marcó el número de Vasseur, lo hizo con una calma distinta, como si hubiera hecho las paces con algo mucho más antiguo que la simple necesidad de dinero.

Aquella noche, ya tarde, cuando Gonzalo se había quedado dormido en el sofá con el teléfono todavía en la mano tras la llamada, Yaiza se quedó despierta un rato más, mirando el techo del salón, dándole vueltas a una preocupación que no se había atrevido a compartir con él: qué pasaría si, a pesar de todo, la colección no bastaba, si Vasseur ponía alguna condición imposible, si el plazo de Marina se cumplía antes de que la operación pudiera cerrarse.

Se levantó sin hacer ruido y le escribió un mensaje a Puri, que respondió casi al instante, como si también ella estuviera despierta dándole vueltas al mismo asunto.

"No puedo dormir", escribió Yaiza. "¿Y si no sale bien lo de los relojes?"

"Entonces buscaréis otra manera, como habéis hecho con todo lo demás este año", contestó Puri. "Duerme, hija. Mañana seguro que ves las cosas distintas."

Yaiza sonrió, guardó el teléfono, y volvió al sofá para acurrucarse junto a Gonzalo, que se despertó apenas lo suficiente para rodearla con un brazo antes de volver a dormirse, y aquel gesto medio dormido, torpe y sincero, le bastó para calmar la preocupación lo suficiente como para conseguir dormirse también ella, por fin, poco antes del amanecer.

A la mañana siguiente, mientras desayunaban café solo de pie en la cocina antes de abrir el mercado, Balbino se pasó por el piso con dos cruasanes envueltos en papel de estraza y una expresión de urgencia que a Yaiza no le gustó nada.

—He estado mirando el registro, como te dije que haría —anunció, sin ni siquiera saludar—.

Hay tres locales más en el mercado con la misma situación que la vuestra: cotitulares que no viven aquí y que Grupo Áurea podría intentar tentar igual que ha hecho con Marina.

Si a alguno le hacen una oferta parecida y acepta, van a tener un pie dentro del mercado antes de que se resuelva lo del comercio de arraigo.

—¿Quiénes son? —preguntó Gonzalo, alarmado.

—Prefiero no decir nombres hasta hablar primero con ellos, para no sembrar pánico sin necesidad. Pero he pensado una cosa: si tú consigues resolver lo de Marina sin vender a Grupo Áurea, tenemos un caso de éxito que enseñar a los demás. Una prueba de que hay otra salida.

—No sé si voy a conseguirlo, Balbino. Todavía no tengo el dinero.

—Pero lo estás intentando de verdad, con todo lo que tienes, en lugar de rendirte al primer no del banco. Eso ya vale más de lo que crees para la moral de este mercado, chaval. La gente necesita ver que se puede pelear y ganar, aunque sea una sola vez.

Se marchó tan deprisa como había llegado, dejando los cruasanes a medio comer sobre la encimera y una sensación extraña en el pecho de Yaiza, mezcla de responsabilidad y esperanza, como si la pequeña batalla personal de Gonzalo se hubiera convertido, sin que ninguno de los dos lo hubiera buscado, en el símbolo de algo mucho más grande que ellos dos.

Aquella misma mañana, ya en el mercado, Gonzalo se detuvo un momento antes de levantar la persiana de su taller, con la llave todavía en la mano, y miró hacia el puesto de Yaiza con una expresión pensativa.

—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo—. Hace un mes tenía miedo de perder el taller, de perderte a ti otra vez, de repetir todos los errores de hace once años. Y ahora mismo, con todo ese miedo todavía sin resolver del todo, me siento más tranquilo de lo que me he sentido en años.

—¿Por qué crees que es?

—Porque esta vez no tengo que cargar con nada yo solo. Eso cambia completamente cómo se siente el miedo.

Yaiza cruzó el pasillo y lo besó despacio, delante de todo el mercado, sin ningún pudor, y los dos abrieron sus respectivos puestos aquella mañana con la sensación compartida de que, pasara lo que pasara con la colección de relojes, ya habían ganado la parte más importante de la batalla.