Capítulo 6 #2
Yaiza retrocedió un paso, con el corazón encogido de un modo que no había sentido en meses, desde mucho antes de la Noche de las Velas, desde mucho antes de que aquel módulo compartido empezara a oler a chocolate y a aceite de reloj a la vez.
—Gonzalo, sea lo que sea, lo vamos a resolver juntos. No tienes que...
—Ahora mismo no sé qué tengo que hacer, Yaiza —dijo él, y por primera vez en toda la conversación la miró directamente, con una angustia tan cruda que a ella se le rompió algo por dentro solo de verla—.
No sé de dónde voy a sacar ciento veinte mil euros en un mes.
No sé si voy a perder la mitad del taller de mi padre a manos de la misma empresa que está intentando echarnos a todos del mercado.
Y no sé, sinceramente, cómo pedirte que tengas paciencia conmigo otra vez, cuando la última vez que tuve un problema grande lo único que se me ocurrió fue desaparecer sin avisar.
Ahí estaba, por fin, dicho en voz alta, el miedo que llevaba semanas escondido debajo de cada beso, de cada bolero bailado entre velas, de cada "te quiero" susurrado en la penumbra de un dormitorio: el miedo de Gonzalo a repetir la misma huida, y el de Yaiza, que ella no había verbalizado ni siquiera para sí misma, a que él lo hiciera.
—No vas a desaparecer —dijo ella, con más firmeza de la que sentía—. Porque esta vez no te lo voy a permitir.
Él no contestó. Se quedó mirándola con una expresión indescifrable, y después, sin decir nada más, bajó la persiana metálica de la relojería a media tarde, un martes cualquiera, algo que no había hecho ni una sola vez en los dos años que llevaba al frente del taller, y se marchó por el pasillo central sin mirar atrás, dejando a Yaiza sola frente a la puerta de comunicación recién instalada, con el olor a chocolate templado todavía flotando en el aire del módulo, y una certeza incómoda instalándose en su estómago: que la historia entre ellos, una vez más, estaba a punto de decidirse en función de si Gonzalo Ibáñez era capaz, por primera vez en su vida, de quedarse a pelear en lugar de desaparecer.
Aquella noche, Puri se presentó de nuevo en el puesto de Yaiza, esta vez sin vino ni excusas, solo con la expresión seria de quien se ha enterado ya, por el rumor imparable del mercado, de que algo grave había pasado en la relojería.
—Balbino me ha contado lo de la hermana —dijo, sentándose en el taburete que Yaiza guardaba tras el mostrador—. ¿Cómo estás?
—No lo sé, Puri. Ha bajado la persiana a media tarde y se ha ido sin decirme adónde. No me ha escrito. No me ha llamado.
—Dale la noche. Los hombres como Gonzalo necesitan un rato para asustarse a solas antes de volver a ser valientes delante de los demás.
—¿Y si esta vez no vuelve a ser valiente? ¿Y si esta vez el susto es más grande que él?
Puri le cogió la mano por encima del mostrador, con esa firmeza que llevaba cuarenta y un años vendiendo flores y consolando penas ajenas entre pasillo y pasillo.
—Entonces tendrás que decidir tú si quieres pelear también por él, como habéis peleado juntos por este mercado. Pero no adelantes el final antes de que él haya tenido tiempo siquiera de escribirlo, hija. Dale la noche.
Yaiza cerró el puesto más tarde de lo habitual, mirando cada pocos minutos la pantalla del móvil, y cuando por fin apagó la luz del mercado y salió a la calle Vallehermoso, la persiana de la relojería seguía bajada, sin ninguna luz encendida detrás, y el módulo con la puerta de comunicación que ninguno de los dos había pedido se quedó, esa noche, completamente a oscuras por ambos lados.
A la mañana siguiente, sin embargo, cuando Yaiza llegó al mercado poco después de las ocho, con los ojos hinchados de una noche de sueño escaso, encontró la persiana de la relojería ya levantada y a Gonzalo dentro, con el mismo aspecto de no haber dormido que ella misma llevaba puesto, pero de pie, trabajando, con la vitrina de relojes colocada exactamente en su sitio de siempre.
—Has vuelto —dijo ella, deteniéndose en la puerta de comunicación sin atreverse a cruzarla del todo.
—Nunca me he ido a ningún sitio, Yaiza. Me he pasado la noche despierto en el taller de mi padre, mirando sus herramientas, intentando entender cómo se le ocurrió dejarnos a Marina y a mí una herencia repartida a medias sin explicarnos nunca cómo íbamos a gestionarla juntos, viviendo cada uno en un país distinto.
—¿Y has llegado a alguna conclusión?
—A varias. La primera es que voy a llamar a un gestor esta misma mañana para ver si hay alguna forma de pedir un crédito con el propio local como garantía.
La segunda es que voy a llamar a Marina esta tarde, no dentro de un mes, para preguntarle cómo está de verdad, algo que no le he preguntado ni una sola vez en los últimos dos años porque estaba demasiado ocupado sintiéndome el único que sacrificaba algo por este negocio.
—¿Y la tercera?
Él levantó la vista de la mesa de trabajo, con una expresión mucho más suave que la de la tarde anterior, aunque todavía marcada por el cansancio de la noche en vela.
—La tercera es que no pienso repetir el error de resolver esto solo, sin contarte nada, como hice hace once años.
Ayer necesitaba una hora para asustarme sin que nadie me viera.
Pero no pienso pasarme un mes entero encerrado en mi propio miedo otra vez, Yaiza.
Eso ya lo hice una vez, y me costó once años arreglarlo.
Ella cruzó por fin la puerta de comunicación, y lo abrazó por detrás mientras él seguía sentado frente a la mesa de trabajo, apoyando la mejilla contra su espalda con un alivio que le costó disimular.
—Vamos a encontrar la manera —dijo ella—. Juntos.
Se quedaron así un rato largo, ella de pie detrás de la silla y él sentado, con las manos de Yaiza todavía apoyadas en sus hombros y la mañana entrando poco a poco por el escaparate del taller, iluminando la vitrina de relojes parados que Gonzalo llevaba dos años prometiéndose a sí mismo poner de nuevo en hora, uno por uno, en cuanto tuviera tiempo.
—Deberíamos abrir el puesto —dijo él al fin, sin ninguna prisa real por hacerlo—. Balbino va a venir a preguntar dentro de nada, y Puri seguro que ya se ha inventado tres versiones distintas de lo que pasó ayer.
—Que se las invente. Hoy por una vez pueden esperar los dos.
—Juntos —repitió él, y por la forma en que lo dijo, con la voz todavía ronca de cansancio pero firme por primera vez desde la visita de Marina, Yaiza supo que esa palabra, esta vez, iba a cumplirse.
Fuera, en el pasillo central, el mercado empezaba a llenarse del bullicio habitual de la mañana: el chirrido de las persianas metálicas levantándose una tras otra, las primeras clientas discutiendo precios con los pescaderos, el olor a pan recién horneado mezclándose, poco a poco, con el del cacao que Yaiza todavía no había empezado a templar.
Diez semanas de obras, una reunión con Fabiola Casaus, cuatrocientas ochenta y siete firmas, una tubería reventada, una noche de velas y boleros, y ahora un mes de plazo con ciento veinte mil euros por encontrar antes de que Marina Ibáñez volviera a subirse a un tren, esta vez para firmar con Grupo Áurea lo que su hermano no hubiera conseguido evitar.
Yaiza no sabía todavía cómo iban a resolverlo, ni si el mercado entero sobreviviría a la reforma, ni si el amor que llevaba once años esperando el momento adecuado para volver aguantaría la presión de todo lo que estaba por venir.
Solo sabía, mientras se separaba por fin de Gonzalo para ir a levantar la persiana de su propio puesto, que esta vez, pasara lo que pasara, no pensaba dejarlo pelear solo.