Amargo como el cacao (Romántica Urban Cozy 3) Capítulo 6
53%

Capítulo 6

La solicitud de comercio de arraigo llevaba once días registrada, y Balbino aseguraba a quien quisiera escucharlo que la Junta de Distrito tardaría "como mínimo dos meses" en resolver, cuando el equilibrio recién estrenado entre Yaiza y Gonzalo recibió su primera sacudida, y no vino de Grupo Áurea ni de Fabiola Casaus ni de ningún contrato de alquiler.

Vino de una mujer de veintiocho años con el mismo mentón afilado que Gonzalo y una maleta de ruedas, que se presentó en la relojería un martes por la mañana mientras Yaiza atendía a una clienta al otro lado de la puerta de comunicación recién instalada entre los dos locales.

—Marina —dijo Gonzalo, con una voz que Yaiza no le había escuchado nunca, tensa de un modo que no tenía nada que ver con relojes ni con Fabiola Casaus—. No sabía que venías.

—Tampoco sabías que existía la posibilidad de avisarme antes de vender el taller de papá sin contar conmigo, y aun así aquí estamos los dos con sorpresas.

Yaiza terminó de cobrar a su clienta con una sonrisa que le costó más esfuerzo del habitual, y en cuanto la mujer salió del puesto, se acercó despacio a la puerta de comunicación, sin saber muy bien si debía entrar, quedarse fuera, o fingir una emergencia urgente con la cobertura de chocolate que la mantuviera ocupada durante la siguiente media hora.

—Nadie ha vendido nada —dijo Gonzalo, con los brazos cruzados—. El taller sigue siendo mitad tuyo, mitad mío, exactamente igual que cuando murió papá.

—Ya, y por eso me entero por un abogado, no por ti, de que hay una oferta de compra sobre la mesa de un tal Grupo Áurea que quiere hacerse con la mitad del mercado, incluido este local, y que necesita mi firma tanto como la tuya para que la operación sea válida.

El nombre "Grupo Áurea" cayó en el módulo compartido como una losa. Yaiza sintió que se le helaba algo por dentro, mucho antes de entender del todo lo que estaba escuchando.

—¿Qué oferta? —preguntó Gonzalo, con la voz ahora más baja, más peligrosa.

—La que le mandaron a mi despacho hace tres semanas, porque figuro como cotitular del local en el registro desde que murió papá y ellos, evidentemente, han investigado la propiedad de todos los locales del mercado antes de subir los alquileres.

Me ofrecen ciento veinte mil euros por mi mitad.

Ciento veinte mil euros, Gonzalo, que a mí, que llevo dos años pagando un préstamo de estudios en Londres que no se acaba nunca, me vendrían muy bien.

—No puedes vender tu mitad a Grupo Áurea. Son ellos los que están intentando echarnos del mercado a todos.

—No me importa mucho quién sea el comprador, sinceramente.

Me importa que llevo dos años viviendo con lo justo mientras tú te quedaste con el taller entero, con la clientela entera, con el negocio entero, y a mí solo me queda un papel que dice que soy dueña de la mitad de algo que nunca uso ni cobro ni pinto nada en él.

El silencio que siguió fue el más largo que Yaiza había presenciado nunca en aquel módulo, incluso más largo que el de la tubería reventada, incluso más largo que el del primer beso en la plaza.

Gonzalo se pasó una mano por el pelo, ese gesto que Yaiza conocía tan bien, y por primera vez desde que lo había visto hacerlo, once años atrás, entendió con una claridad incómoda que aquel gesto no significaba serenidad, sino la contención de algo que estaba a punto de desbordarse.

—Dame tiempo —dijo él, al fin—. Un mes. Encontraré la manera de comprarte tu mitad yo mismo, al precio que sea justo, antes de que tengas que firmar nada con Grupo Áurea.

—¿Con qué dinero, Gonzalo? Llevas dos años reconstruyendo un negocio que papá dejó medio hundido. No tienes ciento veinte mil euros debajo del colchón, y los dos lo sabemos.

—Encontraré la manera.

Marina lo miró un buen rato, con una expresión que a Yaiza le pareció, más que rencor, un cansancio muy antiguo, el de alguien que lleva mucho tiempo sintiéndose la segunda opción en la vida de su propia familia.

—Tienes un mes —dijo finalmente—. Después de eso, firmo con Grupo Áurea, porque necesito ese dinero más de lo que necesito seguir siendo la hermana comprensiva que espera pacientemente su turno.

—Espera —dijo Yaiza, antes de poder contenerse, dando un paso hacia la puerta del taller.

Marina se detuvo, con la mano ya en el asa de la maleta, y la miró con una curiosidad fría que no tenía nada de hostil, solo la cautela de alguien que no sabe todavía si tiene delante a una aliada o a una desconocida más metida en un asunto de familia que no le incumbe.

—¿Y tú quién eres exactamente? —preguntó, aunque por el tono era evidente que ya se lo imaginaba.

—Yaiza. Llevo el puesto de chocolate de al lado.

—Ah. La del chocolate. —Marina esbozó algo parecido a una sonrisa, sin humor—. Gonzalo nunca me ha hablado de ti, pero por cómo te has puesto a defenderlo en cuanto he entrado, imagino que hace falta que lo haga.

—No te he pedido explicaciones sobre el taller ni sobre el dinero. Solo te he pedido que esperes un segundo.

—Pues dime rápido lo que quieras decirme, porque llevo un tren en dos horas y no tengo ganas de perderlo por una conversación con la novia de mi hermano que no conocía hasta hace cinco minutos.

Yaiza tragó saliva, consciente de que cualquier cosa que dijera podía sonar a intromisión, y decidió arriesgarse de todas formas.

—Solo quiero que sepas que él no se ha quedado con nada por egoísmo.

Se ha pasado dos años reconstruyendo un negocio que su padre dejó medio hundido, trabajando doce horas al día, sin quejarse ni una sola vez delante de mí.

No sabía que tú lo estabas pasando mal en Londres.

Si lo hubiera sabido, estoy segura de que habría hecho algo antes.

—Eso es lo que hace siempre Gonzalo —dijo Marina, con una amargura que sonaba muy vieja, mucho más vieja que aquella conversación—.

Cargar con todo solo, sin pedir ayuda, y después sorprenderse de que la gente a su alrededor se sienta sola.

Lo hizo con papá cuando enfermó, se vino de Suiza sin avisarme siquiera a mí, que ya vivía fuera, y decidió solo que él se encargaría de todo.

Y ahora resulta que otra vez decide solo, sin contar conmigo, qué hacer con la mitad de un negocio que también es mío.

Aquello le dio a Yaiza una perspectiva que no había considerado hasta ese momento: que la costumbre de Gonzalo de decidir solo, de proteger a los demás cargando él con el peso entero de cualquier problema, no era solo la explicación de por qué se había subido a un tren once años atrás sin avisarla.

Era un patrón mucho más antiguo y mucho más extendido, uno que también había dejado a su propia hermana fuera, sintiéndose la segunda opción de su familia durante años.

—Dale el mes que te ha pedido —dijo Yaiza, al fin—. Solo eso te pido. Un mes.

Marina la observó un instante más, con una expresión que se suavizó apenas un grado, y después tiró de la maleta y se dirigió hacia la salida del mercado sin prometer nada.

—Un mes —dijo, sin volverse—. Ni un día más.

Se marchó con la maleta de ruedas resonando contra el suelo del pasillo central, dejando tras de sí un silencio que Yaiza no supo cómo romper.

Balbino, que había presenciado la última parte de la escena desde la puerta de la charcutería sin atreverse a intervenir, se acercó despacio, con las manos manchadas de grasa de jamón todavía sin limpiar.

—He oído lo justo para hacerme una idea —dijo—. ¿Grupo Áurea comprando la mitad del taller por dentro, mientras nos hacen firmar contratos por fuera? Esa gente no deja ni un frente sin cubrir.

—Es una jugada inteligente, hay que reconocerlo —dijo Yaiza, con amargura—.

Si consiguen la mitad del taller de Gonzalo, tienen un pie dentro del bloque de "artesanía de precisión" antes incluso de que se resuelva lo del comercio de arraigo.

Y si el comercio de arraigo sale adelante, ya tendrán comprada la propiedad de uno de los locales protegidos, lo que les da mucha más fuerza para negociar excepciones.

—¿Tú crees que lo han hecho a propósito? ¿Que la oferta a la hermana no es casualidad?

—No creo en las casualidades de Fabiola Casaus, Balbino. Ya no.

Balbino se quedó pensativo un momento, mirando hacia la persiana bajada de la relojería, todavía cerrada a media tarde por primera vez en dos años.

—Voy a mirar en el registro de la propiedad qué otros locales del mercado tienen cotitulares fuera del negocio principal.

Como esto de Marina, quiero decir. Si Grupo Áurea ha ido a por el eslabón más débil, más vale que sepamos cuántos eslabones débiles más tenemos antes de que ellos también lo averigüen.

—Buena idea.

Se quedaron un rato más en silencio, cada uno con sus propios pensamientos, hasta que Balbino se despidió con una palmada torpe en el hombro de Yaiza, un gesto que en él equivalía a un abrazo entero, y volvió a su charcutería murmurando algo sobre registros de propiedad y abogados que cobraban demasiado por hora.

—Y tú —añadió, señalándola con un dedo todavía manchado de grasa—, ve a buscar a ese chico antes de que se le meta en la cabeza que tiene que resolver esto solo, como decidió hace once años resolver solo lo de irse a Suiza.

Que a los hombres como Gonzalo Ibáñez hay que perseguirlos un poco cuando se asustan, o se pasan la vida entera huyendo de lo mismo.

Gonzalo se quedó de pie en mitad de su taller, mirando la vitrina de relojes con una expresión que ella no le había visto nunca, ni siquiera en los peores momentos de la reforma, ni siquiera la noche que le había confesado, entre susurros, que se arrepentía de las diez semanas que había tardado en atreverse.

—Gonzalo —dijo ella, atravesando por fin la puerta de comunicación.

—Necesito pensar —dijo él, sin mirarla, con una voz tan cerrada que a Yaiza le recordó, de golpe y con un escalofrío desagradable, a la tarde de octubre junto al metro de Quevedo, once años atrás, cuando aquella misma voz le había dicho que tenía que irse sin darle la oportunidad de opinar—. Necesito pensar solo, si no te importa.