Capítulo 5 #2
Los siguientes diez días se convirtieron en una campaña improvisada que arrastró a todo el barrio de Chamberí: mesas con pliegos de firmas en la puerta del mercado, carteles pintados a mano por los hijos de los comerciantes, una publicación en redes sociales que hizo Nando y que, para asombro general, se hizo viral en cuestión de horas gracias a un vídeo de Puri explicando, con lágrimas sinceras en los ojos, que aquel mercado había visto crecer a tres generaciones de su familia.
Yaiza y Gonzalo se turnaban en la mesa de firmas cada tarde, después de cerrar sus respectivos puestos, sentados codo con codo bajo un toldo improvisado, recogiendo la letra torpe de vecinos ancianos y la firma digital de universitarios que nunca habían pisado el mercado hasta que vieron el vídeo de Puri.
—Firma número trescientos veinte —anunció Yaiza una noche, ya tarde, contando el último pliego bajo la luz de un flexo que Gonzalo había traído de su taller—. Nos faltan ciento cuarenta para el sesenta por ciento.
—Lo vamos a conseguir.
—¿Cómo estás tan seguro?
Él se encogió de hombros, con esa media sonrisa que a Yaiza ya no le costaba ningún esfuerzo reconocer como felicidad, la suya propia reflejada en la cara de otra persona.
—Porque llevo dos semanas viendo a un mercado entero pelear por algo en lo que cree, y la última vez que vi algo parecido fue hace once años, cuando una chica de diecinueve años se negó a bajar los precios de sus bombones aunque el dueño del puesto de al lado le dijera que estaba loca por cobrar tanto por chocolate. Y le fue bien.
—Eso es trampa, comparar el mercado con mi tozudez personal.
—No es trampa. Es la misma cosa, a mayor escala.
Aquella noche, cuando terminaron de recoger la mesa de firmas y el toldo improvisado, Gonzalo la siguió hasta su piso sin que hiciera falta preguntarlo, y mientras ella preparaba dos tazas de infusión en la cocina diminuta, él se apoyó en el marco de la puerta observándola con una atención que ya no tenía nada de disimulado.
—¿Qué? —preguntó ella, notando la mirada.
—Nada. Que llevo diez días viéndote luchar por ese mercado como si fuera lo único que importara en el mundo, y me he dado cuenta de que me gusta más de lo que es razonable a estas alturas.
—Once años y todavía te sorprende que me guste ganar.
—Once años y todavía me sorprende cuánto te he echado de menos ganando batallas conmigo en lugar de sin mí.
Ella dejó las tazas sobre la encimera sin terminar de servir la infusión, y cruzó la distancia diminuta de la cocina para besarlo con una lentitud muy distinta a la urgencia de la Noche de las Velas, un beso que empezaba con calma y prometía no tener ninguna prisa esa noche.
Él la levantó sobre la encimera con la misma facilidad de siempre, colocándose entre sus piernas, y las manos de Yaiza le desabrocharon la camisa botón a botón mientras él le recorría los muslos por debajo de la falda con una paciencia deliberada que la hizo suspirar contra su boca.
—Aquí no —murmuró ella, entre beso y beso—, que la infusión se va a enfriar.
—Que se enfríe.
La llevó en brazos hasta el dormitorio sin dejar de besarla, tropezando de nuevo con un zapato en mitad del pasillo, entre risas ahogadas contra su cuello, y esta vez, cuando la depositó sobre la cama, no hubo ninguna urgencia de reencuentro que compensar, solo el deseo tranquilo de dos personas que ya sabían, con certeza, que no había ningún tren secreto esperando a la mañana siguiente.
Se desnudaron el uno al otro con calma, deteniéndose en cada prenda, en cada tramo de piel descubierta, y cuando Gonzalo bajó por el cuerpo de Yaiza esta vez lo hizo despacio, dedicando a cada centímetro la misma atención devota que ella lo había visto poner en restaurar un mecanismo antiguo pieza a pieza, como si su cuerpo fuera un reloj que llevaba once años parado y él tuviera, por fin, todo el tiempo del mundo para hacerlo funcionar de nuevo.
Ella se arqueó bajo su boca con un gemido largo y bajo, enredando los dedos en su pelo, dejándose llevar sin ninguna prisa por olear hasta un primer clímax que la recorrió entera con una suavidad casi dolorosa de tan intensa.
—Ven aquí —dijo ella después, tirando de él hacia arriba con las piernas todavía temblorosas—. Te toca a ti.
Lo tumbó de espaldas y se sentó a horcajadas sobre él, guiándolo dentro de sí misma con un gemido compartido que resonó en el dormitorio silencioso, y esta vez se movieron despacio, mirándose el uno al otro sin apartar la vista, con las manos de Gonzalo firmes en sus caderas marcando un ritmo lento y profundo que a Yaiza le pareció, extrañamente, más íntimo que cualquier cosa que hubieran hecho la primera noche.
Él se incorporó hasta quedar sentado, con ella todavía sobre su regazo, y la abrazó por la cintura mientras seguían moviéndose juntos, con las frentes apoyadas la una contra la otra, respirando el mismo aire, compartiendo cada gemido ahogado contra la boca del otro.
—Te quiero —dijo él, contra sus labios, en mitad del movimiento, como si la frase se le hubiera escapado sin permiso igual que once años atrás se le había escapado la decisión de subirse a un tren sin avisarla.
Yaiza se quedó quieta un segundo, con él todavía dentro de ella, mirándolo a los ojos en la penumbra del dormitorio.
—Dilo otra vez.
—Te quiero, Yaiza. Te he querido durante once años, incluso cuando me obligaba a no pensarlo.
—Yo también te quiero, Gonzalo. Aunque me dé mucha rabia admitirlo después de tanto tiempo de fingir que no.
Él sonrió contra su boca, y el movimiento entre los dos se volvió más urgente al mismo tiempo que la ternura de las palabras seguía flotando en el aire del dormitorio, dos sensaciones que a Yaiza le parecieron, esa noche, exactamente la misma cosa.
Llegaron juntos, esta vez, con los brazos rodeándose el uno al otro y los nombres del otro pronunciados contra la piel húmeda de sudor, y cuando por fin se dejaron caer sobre las sábanas, exhaustos y enredados, la infusión de la cocina llevaba ya media hora completamente fría sobre la encimera, olvidada, sin que a ninguno de los dos le importara lo más mínimo.
Firmaron el pliego número trescientos veinte al día siguiente, y para el décimo día habían recogido cuatrocientas ochenta y siete firmas de vecinos y el sesenta y tres por ciento de los comerciantes activos del mercado, superando el umbral necesario con margen.
Balbino presentó la solicitud de "comercio de arraigo" en el registro de la Junta de Distrito una mañana de lluvia, con Yaiza y Gonzalo acompañándolo, y salió del edificio con un justificante de entrada que agitó en el aire como si fuera un trofeo deportivo.
—Ahora a esperar —dijo, guardándose el papel en el bolsillo interior de la chaqueta con el mismo cuidado con el que guardaba las llaves de la charcutería—. Pero al menos Grupo Áurea ya no puede subirnos el alquiler sin pasar por el procedimiento. Les hemos comprado tiempo.
Yaiza y Gonzalo caminaron de vuelta al mercado bajo un mismo paraguas, empapados de todas formas por debajo de las rodillas, y cuando pasaron frente al cartel plastificado de Grupo Áurea que todavía colgaba junto a la puerta de Vallehermoso, Gonzalo se detuvo, arrancó una esquina despegada del cartel que llevaba días suelta por la humedad, y la tiró a una papelera cercana con un gesto tan pequeño que a Yaiza le pareció, de todos modos, el más satisfactorio que le había visto hacer en toda la campaña.
—Pequeñas victorias —dijo él.
—Las mejores.
Aquella tarde, ya en el mercado, Balbino insistió en celebrarlo con un vermut improvisado entre los puestos, y durante una hora larga el pasillo central se llenó de comerciantes brindando con vasos de plástico, contándose batallitas de décadas pasadas, riéndose de Fabiola Casaus y sus tacones de aguja con esa crueldad cariñosa de la gente que acaba de ganar, aunque sea solo una tregua.
Puri se acercó a Yaiza en algún momento de la celebración, con un vaso de vermut en cada mano, y le tendió uno sin preguntar si lo quería.
—Te veo distinta, hija —dijo, estudiándola con esa mirada suya que no se le escapaba nada—. Más entera. Como si te hubieran quitado un peso de encima que llevabas cargando desde hace mucho más de diez semanas.
—Será el vermut, Puri.
—Será el chico del reloj, más bien, pero te dejo que sigas fingiendo si eso te hace más feliz.
Yaiza se rio, brindó con ella, y buscó a Gonzalo con la mirada entre el gentío del pasillo central.
Lo encontró junto a Balbino, escuchando con paciencia una de sus batallitas sobre la inauguración del mercado en los años setenta, y cuando él sintió que lo observaban, levantó la vista y le sonrió por encima de las cabezas de los demás, un gesto pequeño y privado en mitad de la celebración colectiva, que a Yaiza le pareció, de todas las victorias de aquella tarde, la más importante de todas.