Capítulo 5
Las diez semanas de obras terminaron en la primera semana de noviembre, y el mercado reabrió sus puestos individuales renovados con una ceremonia modesta a la que asistió, para sorpresa de todos, una concejala del distrito y varios fotógrafos de prensa local.
"Cacao Montalvo" recuperó su espacio junto a la "Relojería Ibáñez", ahora separados de nuevo por una pared, pero con una puerta interior de comunicación que ninguno de los dos había pedido y que Fabiola Casaus explicó, con esa sonrisa entrenada, como "un detalle de diseño para favorecer sinergias entre negocios afines".
—Sinergias —repitió Gonzalo aquella tarde, cuando por fin se quedaron solos entre las cajas de la mudanza, mirando la puerta recién instalada entre los dos locales—. Si esta mujer supiera hasta qué punto ha acertado con esa palabra.
—Calla, que te va a oír y nos va a cobrar un impuesto de sinergias.
El proyecto Áurea, sin embargo, no se había limitado a instalar puertas de comunicación entre relojerías y chocolaterías.
Durante las diez semanas de obras, mientras Yaiza y Gonzalo aprendían a compartir un módulo de cuarenta metros cuadrados y algo más, Grupo Áurea había ido presentando, fase a fase, un plan mucho más ambicioso del que se había anunciado en la primera reunión: no solo se reducirían los puestos de cincuenta y ocho a treinta y dos, sino que doce de los locales resultantes se reservarían para "marcas gastronómicas de proyección internacional", léase franquicias con nombres en inglés que ninguno de los comerciantes originales del mercado había visto en su vida, y los alquileres del resto se revisarían al alza para "equipararlos al valor de mercado de la zona tras la reforma".
Balbino convocó una reunión de urgencia en la charcutería del pasillo tres, a puerta cerrada, con solo los comerciantes de toda la vida invitados.
Yaiza y Gonzalo llegaron juntos, ya sin disimular ante nadie que llegaban juntos, y encontraron a una veintena de vendedores apiñados entre las cámaras de jamones, con las caras largas de quien acaba de entender que la palabra "modernización" llevaba, desde el principio, una letra pequeña que nadie se había molestado en leerles en voz alta.
—Los nuevos contratos de alquiler llegan la semana que viene —anunció Balbino, con la carpeta de tres colores ya deshecha de tanto manosearla—.
Puri, a ti te suben un cuarenta por ciento.
A mí, un treinta y cinco. Si no firmamos en quince días, perdemos la adjudicación y entra directamente la siguiente marca de la lista de espera.
—Eso es extorsión —dijo Yaiza.
—Eso es lo que pone en el contrato, hija, que lo he leído tres veces. Y es legal, porque lo han redactado abogados que cobran más en una hora de lo que yo gano en un mes vendiendo jamón.
El silencio que siguió fue distinto al de la primera reunión, en la sala de la Junta Municipal, donde todavía cabía la esperanza de que aquello fuera un malentendido burocrático.
Este era el silencio de gente que llevaba, algunos, cuarenta años detrás del mismo mostrador y que empezaba a entender que el mercado que conocían estaba a punto de dejar de existir, sustituido por una versión más rentable y más bonita de sí mismo en la que ellos, probablemente, ya no cabían.
—Hay una alternativa —dijo Gonzalo, y todas las cabezas se volvieron hacia él con esa mezcla de esperanza y escepticismo que reciben siempre las palabras "hay una alternativa" en una sala llena de gente que ya no cree en ellas—.
Lo estuve mirando anoche. El mercado tiene la declaración de Bien de Interés Patrimonial desde 1987, ¿verdad, Balbino?
—Sí, por la estructura de hierro. ¿Y qué?
—Que si conseguimos que la Junta de Distrito reconozca también el valor del comercio tradicional como parte de ese patrimonio, no solo el edificio, Grupo Áurea no puede subir los alquileres de golpe sin pasar por un procedimiento de protección específico.
Lo he leído esta mañana en la ordenanza municipal.
Existe una figura que se llama "comercio de arraigo", pensada exactamente para esto.
—¿Y cómo se consigue eso? —preguntó la panadera.
—Con una solicitud firmada por al menos el sesenta por ciento de los comerciantes activos, avalada por una recogida de firmas de vecinos del barrio que demuestre el vínculo histórico del mercado con la zona.
Si lo conseguimos antes de que venzan los quince días del contrato, se abre un procedimiento de revisión y Grupo Áurea no puede aplicar la subida hasta que se resuelva.
Yaiza lo miró con una mezcla de sorpresa y orgullo que no intentó disimular.
Sabía que él había pasado la última semana leyendo ordenanzas municipales por las noches, después de cerrar el taller, con la misma dedicación meticulosa que ponía en desmontar un mecanismo de relojería pieza por pieza para entender por qué había dejado de funcionar, pero no esperaba que aquella dedicación desembocara en un plan de batalla legal capaz de darle esperanza a veinte comerciantes agotados en la trastienda de una charcutería.
—Necesitamos firmas de vecinos —dijo Balbino, ya animado, buscando papel en los cajones del mostrador—. Muchas firmas, y rápido.
Uno de aquellos días, sentada en la mesa de firmas bajo el toldo improvisado, Yaiza reconoció entre la fila de vecinos que esperaban turno a un hombre mayor con un bastón de madera que llevaba viniendo al mercado, calculó, desde antes de que ella naciera.
—¿Sabéis una cosa? —dijo el hombre, mientras firmaba el pliego con una letra temblorosa pero decidida—.
Yo compré aquí el anillo de pedida de mi mujer, en la joyería que había antes donde ahora está la ferretería.
Cuarenta y tres años llevamos casados. Si cierran este mercado, cierran también un pedazo de mi vida entera, y nadie me va a convencer de que un local con nombre en inglés que vende café por cuatro euros va a sustituir eso.
Yaiza sintió un nudo en la garganta que no esperaba, y a su lado, Gonzalo, que llevaba toda la tarde recogiendo firmas en silencio, levantó la vista del pliego con la misma emoción contenida reflejada en la cara.
—Gracias por firmar —dijo Yaiza, con la voz un poco tomada.
—Gracias a vosotros por pelear. A mi edad ya no me quedan muchas batallas que dar, pero esta la doy con gusto.
El hombre se apoyó un momento en el bastón, recuperando el aliento, y señaló con la barbilla hacia el interior del mercado, hacia los puestos iluminados que se veían a través de la puerta abierta.
—Yo era mecánico de coches, ¿sabéis? Tenía el taller a dos calles de aquí.
Cuando me jubilé, seguí viniendo cada mañana a comprar el pan, aunque me sobrara con la mitad de lo que compro.
No es por el pan. Es porque este sitio me recuerda quién era yo antes de convertirme en un viejo con bastón, y eso no tiene precio, aunque los de la carpeta esa se empeñen en ponérselo.
El hombre se marchó apoyado en su bastón, despacio, y Gonzalo y Yaiza se quedaron mirando el pliego de firmas un buen rato, sin decir nada, hasta que ella rompió el silencio con la voz todavía afectada.
—Por esto no puede ganar Fabiola Casaus, Gonzalo. No puede.
—No va a ganar. Entre lo que representa un anillo de pedida de hace cuarenta y tres años y lo que representa una tableta con gráficos de rentabilidad, tarde o temprano gana el anillo. Tiene que ganar.
Más tarde esa misma semana, mientras recogían la mesa de firmas bajo una llovizna que amenazaba con estropear los pliegos, se cruzaron con Fabiola Casaus en persona, que caminaba por el pasillo central con su carpeta bajo el brazo y una expresión mucho menos entrenada que la que mostraba en las reuniones oficiales.
—Veo que están teniendo éxito con la recogida de firmas —dijo, deteniéndose frente a ellos sin ninguna hostilidad aparente, casi con curiosidad genuina.
—Cuatrocientas y subiendo —contestó Gonzalo, sin ocultar la satisfacción en la voz.
—Entiendo la figura de comercio de arraigo, la conozco bien, la hemos visto en otros mercados. Retrasa las cosas, no las detiene. Al final, los números tienen que cuadrar de un modo u otro, y este mercado lleva años perdiendo ocupación.
—Los números cuadrarán mejor si dejan que el mercado siga siendo lo que es, en lugar de convertirlo en algo que ya existe en cualquier centro comercial de la Castellana —dijo Yaiza.
Fabiola la miró un instante, con una expresión que, por primera vez, no parecía calculada.
—Puede que tenga razón. Yo solo ejecuto lo que me encargan, señorita Montalvo. No tomo yo las decisiones de fondo, aunque entiendo que para ustedes yo sea la cara visible de todo esto.
—Pues dígale a quien tome esas decisiones de fondo que este mercado no se va a rendir sin pelear.
—Se lo diré —contestó Fabiola, y por un segundo, mientras se alejaba entre los puestos con sus tacones repiqueteando sobre las baldosas mojadas, a Yaiza le pareció ver algo parecido al respeto en su forma de asentir antes de darse la vuelta.
—¿Tú crees que le hemos hecho mella? —preguntó Gonzalo, viéndola desaparecer por el pasillo central.
—No lo sé. Pero por primera vez desde que la conocemos, ha hablado como una persona y no como una tableta con gráficos. Algo es algo.
—Puede que hasta Fabiola Casaus tenga sus propias dudas sobre lo que está haciendo.
—Puede. Aunque eso no le va a impedir seguir haciéndolo si nadie se lo impide primero.