Capítulo 4 #2
El vestido verde oscuro cayó al suelo primero, seguido de la camisa blanca de Gonzalo, y durante un instante los dos se quedaron quietos, mirándose en la penumbra del dormitorio con solo la luz de las farolas de la calle entrando por la persiana entornada, como si necesitaran ese segundo de pausa para comprobar que aquello estaba pasando de verdad, que once años de saludos militares por encima de cajas de naranjas terminaban, esa noche, en la piel del otro.
—Si vas a arrepentirte, dilo ahora —dijo Yaiza, con la voz más temblorosa de lo que hubiera querido.
—No me voy a arrepentir. Me arrepiento de las diez semanas que he tardado en atreverme.
Y entonces dejó de haber palabras durante un buen rato.
Gonzalo recorrió el cuerpo de Yaiza con la misma concentración absoluta que ponía en restaurar un mecanismo antiguo, con las manos y con la boca, deteniéndose en cada punto donde ella se arqueaba o contenía el aliento como si estuviera memorizando de nuevo un mapa que en su día conoció de memoria y que había pasado once años echando de menos sin permitírselo.
Ella le clavó los dedos en la espalda cuando él bajó entre sus piernas, y el gemido que se le escapó cuando la boca de Gonzalo encontró el punto exacto que la hizo arquear la espalda contra el colchón no tuvo nada de contenido ni de profesional ni de cinta adhesiva azul.
—Gonzalo —jadeó, con una mano enredada en su pelo—, no pares.
Él no paró. La llevó hasta el borde con una paciencia deliberada, casi cruel, que a Yaiza le pareció la venganza más dulce del mundo por diez semanas de convivencia forzosa y once años de silencio, y cuando por fin ella se deshizo bajo su boca con un grito ahogado contra la almohada, él subió de nuevo por su cuerpo con una sonrisa satisfecha que ella juró, entre jadeos, borrarle en cuanto recuperara el aliento.
Cumplió la promesa. Lo tumbó de espaldas con una fuerza que a él pareció sorprenderle gratamente, y bajó por su torso con la boca hasta arrancarle un gemido grave que resonó en el silencio del dormitorio, mientras las manos de Gonzalo se cerraban sobre las sábanas con una tensión que delataba lo cerca que estaba del límite.
—Yaiza, para, o esto va a terminar antes de tiempo —consiguió decir, con la voz rota.
—Entonces detenme.
Él la detuvo tirando de ella hacia arriba, hasta colocarla a horcajadas sobre sus caderas, y durante un segundo largo se quedaron así, mirándose, con las manos de Gonzalo firmes en la cintura de Yaiza y su respiración entrecortada llenando el dormitorio entero.
—¿Estás segura? —preguntó él, con una ternura que contrastaba con el deseo evidente en cada línea de su cuerpo.
—Llevo once años segura, Gonzalo. Cállate y bésame.
Se hundió sobre él despacio, dejando que ambos sintieran cada centímetro del reencuentro, y el gemido que soltaron los dos a la vez, mezclado en el aire cálido del dormitorio, fue la respuesta más honesta que se habían dado en más de una década.
Se movieron juntos al principio con lentitud, reaprendiendo un ritmo que en su día habían compartido y que ahora, con dos cuerpos adultos y once años de anhelo acumulado, resultaba mucho más intenso de lo que ninguno de los dos recordaba, y cuando Gonzalo se incorporó para sentarla mejor sobre su regazo, con la boca en su cuello y las manos recorriéndole la espalda entera, el ritmo se volvió urgente, casi desesperado, dos cuerpos intentando compensar en una sola noche todo el tiempo perdido.
Ella llegó primero, con un grito que no intentó contener, clavando las uñas en los hombros de Gonzalo mientras el placer le recorría el cuerpo entero en oleadas que la dejaron sin aire; él la siguió apenas unos segundos después, con la frente apoyada contra su clavícula y un gemido grave que ella sintió vibrar contra su propia piel como si sus dos cuerpos, después de once años, hubieran decidido por fin sincronizarse del todo.
Se quedaron abrazados un buen rato después, con las sábanas revueltas y las respiraciones todavía irregulares, sin decir nada, porque no hacía falta.
Fuera, muy lejos, la banda seguía tocando boleros para las parejas de vecinos que bailaban entre velas, ajenas por completo a que, en un piso de la calle Fernández de los Ríos, dos personas que llevaban once años evitándose acababan de decidir, sin pronunciar una sola palabra al respecto, que ya no querían seguir haciéndolo.
—Puri va a estar insoportable mañana —dijo Yaiza al fin, con la cabeza apoyada en el pecho de Gonzalo, escuchando los latidos de su corazón todavía acelerados.
—Puri lleva razón desde hace once años. Deja que disfrute el momento.
—¿Y nosotros?
Él le besó la coronilla, con una ternura que ella no recordaba de sus diecinueve años y que le pareció, esa noche, mucho más valiosa que cualquier torpeza adolescente.
—Nosotros vamos a intentarlo bien esta vez. Sin trenes secretos a Suiza.
—Te tomo la palabra, Ibáñez.
—Gonzalo. Ya no hace falta el apellido.
—Gonzalo —repitió ella, y la palabra le supo, en la boca, exactamente igual de dulce que las trufas de aceite de oliva que llevaba once años reservándole sin decírselo.
Se durmieron muy tarde, enredados entre las sábanas revueltas, y a Yaiza la despertó a las siete y media el sonido de un tictac que no reconoció al principio, hasta que abrió los ojos y vio a Gonzalo sentado en el borde de la cama, todavía desnudo, con un pequeño reloj de bolsillo abierto sobre la palma de la mano, examinando el mecanismo con la misma concentración devota de siempre.
—¿Qué haces despierto tan temprano? —preguntó ella, con la voz todavía espesa de sueño.
—Este reloj lleva parándose cada dos días desde hace un mes y no consigo entender por qué. Lo he traído sin pensar, tenía que devolvérselo hoy a su dueño.
—¿Y no puedes esperar a llegar al taller?
—Podría. Pero me he despertado pensando en el escape y necesitaba comprobar una cosa antes de que se me olvidara la idea.
Yaiza se incorporó sobre un codo, observándolo trabajar con esa luz gris de la mañana entrando por la persiana entornada, el pelo revuelto, la espalda desnuda inclinada sobre el diminuto mecanismo con una atención que no tenía nada que envidiar a la que había dedicado, horas antes, al cuerpo de ella.
—¿Sabes qué es lo más raro de todo esto? —dijo ella al fin.
—¿Qué?
—Que llevo once años pensando que me habías dejado por un tren a Suiza, y ahora mismo, viéndote arreglar un reloj desnudo a las siete y media de la mañana, me doy cuenta de que en realidad nunca dejaste de ser exactamente esta persona.
La que se levanta antes de que amanezca porque no puede dejar un problema sin resolver.
Él dejó el reloj sobre la mesilla, con cuidado, y se volvió hacia ella con una expresión que mezclaba la ternura y la culpa a partes iguales.
—Ese fue precisamente el problema, Yaiza. Que nunca supe distinguir entre un mecanismo que necesitaba arreglar y una relación que solo necesitaba que me quedara quieto una temporada.
—Pues esta vez quédate quieto un rato más. Todavía es pronto.
Él sonrió, dejó el reloj de bolsillo definitivamente sobre la mesilla, sin terminar de resolver el problema del escape, y volvió a la cama con ella, demostrando, sin necesidad de más palabras, que había aprendido al menos una cosa en once años: que algunos mecanismos podían esperar.