Amargo como el cacao (Romántica Urban Cozy 3) Capítulo 4
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Capítulo 4

Chamberí celebraba cada año, el último sábado de octubre, la Noche de las Velas de Vallehermoso: una tradición inventada hacía apenas ocho años por la asociación de vecinos, que consistía en apagar el alumbrado público de tres calles enteras y sustituirlo por miles de velas colocadas en macetas, escalones y alféizares, mientras el mercado y los bares de la zona sacaban mesas a la calle y un grupo de música en directo tocaba boleros hasta pasada la medianoche.

Era, según Puri, "la única noche del año en que este barrio se acuerda de que tiene alma", y aquel año el Mercado de Vallehermoso, con el módulo siete recién reabierto tras la reforma de la primera fase, había decidido participar con un puesto conjunto de todos los comerciantes en la plaza.

Yaiza llevaba un vestido verde oscuro que no se ponía desde hacía dos veranos, uno de esos vestidos que se compran en un arrebato de optimismo y después se cuelgan en el fondo del armario esperando una ocasión que nunca acaba de llegar.

Aquella noche, mirándose en el espejo del cuarto de baño mientras se recogía el pelo, decidió que la ocasión había llegado, aunque no se permitió examinar demasiado de cerca por qué.

El mercado, a las nueve de la noche, era otro lugar completamente distinto al de las mañanas: los puestos cerrados, las luces normales apagadas, y en su lugar cientos de velas alineadas sobre los mostradores metálicos, proyectando sombras cálidas sobre las paredes de hierro forjado.

En la plaza de fuera, la banda tocaba un bolero lento mientras las parejas de vecinos, algunas con más de cuarenta años de matrimonio a sus espaldas, bailaban despacio entre las mesas.

Nando llevaba toda la tarde ayudándola a montar el puesto conjunto de comerciantes, cargando cajas de copas de plástico y bandejas de trufas envueltas en papel de celofán, y a las nueve y media, mientras colocaban las últimas velas sobre el mostrador improvisado, se atrevió por fin a preguntar lo que llevaba semanas rondándole.

—¿Vas a esperarlo esta noche o vas a fingir que no lo esperas, como llevas haciendo tres semanas?

—No sé de qué me hablas, Nando.

—Ya. Y las dos trufas de aceite que separaste hace un mes y que siguen ahí, en esa caja aparte, tampoco significan nada, claro.

Yaiza le lanzó una mirada que pretendía ser severa y que se le torció en una sonrisa a mitad de camino, y Nando, satisfecho de su pequeña victoria, se marchó a buscar más hielo para las botellas de vino sin necesitar respuesta.

Gonzalo llegó sobre las diez, con una camisa blanca que Yaiza no le había visto nunca, remangada hasta los codos igual que siempre pero por una vez sin la sombra del trabajo bajo las uñas.

Se acercó al puesto conjunto donde ella servía copas de vino y trufas a los vecinos, y durante un segundo, con la luz de las velas dándole en la cara, Yaiza pensó que era exactamente igual al chico de veintiún años que se sentaba en el escalón de su puesto, y también completamente distinto, y las dos cosas a la vez le parecieron hermosas de un modo que no supo nombrar.

—Bonito vestido —dijo él, apoyándose en el mostrador.

—Bonita camisa. Casi no te reconozco sin manchas de aceite de reloj.

—Hoy no trabajo. Hoy solo bailo mal y bebo vino peor del que debería.

—Eso lo tengo que ver.

Antes de eso, mientras terminaban de montar el puesto conjunto, Puri se había acercado a Yaiza con una copa de vino de más ya en la mano y un brillo travieso en los ojos que no auguraba nada bueno.

—He apostado con Balbino cincuenta euros a que esta noche por fin pasa algo entre vosotros dos.

—Puri, por Dios.

—Y Balbino ha apostado cincuenta euros a que no pasa nada hasta Navidad, así que, hija, la presión social está de mi lado. No me falles.

—No pienso besar a nadie por una apuesta de bar.

—Nadie te ha pedido que lo hagas por la apuesta. Te lo pido porque llevo dos años viéndote mirar hacia esa relojería como si fuera lo único interesante del mercado entero, y ya va siendo hora de que dejes de fingir que no es así.

Yaiza no tuvo tiempo de contestar, porque en ese momento llegó Gonzalo con su camisa blanca y la conversación quedó suspendida en el aire, aunque las palabras de Puri se le quedaron rondando en la cabeza durante el resto de la noche, como un eco pequeño y persistente.

La plaza entera olía a cera derretida y a jazmín tardío, con las macetas encendidas alineadas sobre los escalones de los portales y las mesas del bar sacadas a la calle llenas de vecinos que Yaiza reconocía de toda la vida: la panadera del mercado con su marido, bailando torpemente igual que Gonzalo; Balbino repartiendo abrazos y quejándose, al mismo tiempo, de que la banda tocaba demasiado alto; un grupo de universitarios sentados en el bordillo compartiendo una botella de vino y cantando los estribillos de los boleros con más entusiasmo que afinación.

Era, pensó Yaiza mientras esperaba junto al puesto conjunto a que Gonzalo terminara de saludar a media plaza, exactamente la clase de noche que hacía que mereciera la pena pelear por que aquel mercado y aquel barrio siguieran siendo lo que eran.

Bailaba, en efecto, mal, con esa torpeza encantadora de quien nunca ha aprendido formalmente pero se atreve de todas formas cuando la música y la ocasión lo justifican, y Yaiza se rio más de lo que se había reído en meses viéndolo intentar seguir el compás de un bolero con el mismo cuidado meticuloso que ponía en ajustar un engranaje de precisión, como si el baile también fuera, para él, una cuestión de milímetros.

—Te estás riendo de mí.

—Me estoy riendo contigo. Hay una diferencia importante.

—¿Ah, sí? Pues demuéstramelo. Baila conmigo un rato en lugar de reírte desde la barra.

Salió del puesto sin pensarlo demasiado, dejando a Nando al cargo de las trufas, y dejó que él la llevara al centro de la plaza, entre las velas y las parejas de vecinos, con una mano en su cintura que le quemaba a través de la tela verde oscuro del vestido de un modo que no tenía ninguna relación razonable con la temperatura ambiente de una noche de octubre.

Bailaron dos boleros seguidos sin hablar apenas, con esa cercanía que ninguno de los dos había buscado explícitamente pero que tampoco ninguno rompió cuando tuvo ocasión de hacerlo, y en algún momento entre el primer bolero y el segundo, Yaiza dejó de contar los pasos y se limitó a apoyar la mejilla contra el hombro de Gonzalo, respirando el olor de su camisa recién planchada mezclado con algo más antiguo y más suyo que ella reconoció de inmediato, once años después, como si el tiempo no hubiera pasado en absoluto.

—Yaiza —dijo él, con la voz ronca junto a su oído, en el mismo tono exacto que ella recordaba de la tubería reventada—. Llevo tres semanas intentando portarme bien.

—Se te ha dado fatal.

—Ya lo sé.

—A mí también.

El bolero terminó y la banda hizo una pausa entre canciones, y en el silencio repentino que siguió, roto solo por las voces lejanas de los vecinos y el chisporroteo de una vela que se apagaba en un alféizar cercano, ninguno de los dos se movió, todavía abrazados en mitad de la plaza, con las luces de las velas temblando sobre sus caras y once años de distancia reducidos, de golpe, a los pocos centímetros que separaban sus bocas.

Se separó lo justo para mirarlo a la cara, con la luz temblorosa de las velas dibujándole sombras en los pómulos, y él la miró como si llevara once años esperando exactamente aquel permiso silencioso, y entonces, sin que ninguno de los dos pudiera decir después quién había dado el primer paso, se besaron en mitad de la plaza, entre boleros y macetas encendidas, con una urgencia que no tenía nada de la torpeza de los diecinueve años y todo de la certeza absoluta de dos personas adultas que llevan mucho tiempo negándose algo que ya no tiene sentido seguir negando.

Alguien silbó desde una mesa cercana. Probablemente Puri, aunque ninguno de los dos se separó lo suficiente como para comprobarlo.

—Mi casa está a cinco minutos de aquí —murmuró Gonzalo contra sus labios, cuando por fin se separaron para respirar.

—La mía está a siete, pero tiene mejor chocolate.

—Eso no es justo. Estás usando tu ventaja competitiva.

—Siempre.

Caminaron hacia su piso de Fernández de los Ríos casi corriendo, entre risas que ninguno de los dos podía explicar del todo, deteniéndose a besarse en dos portales distintos como adolescentes que llegan tarde a un toque de queda, y para cuando Yaiza consiguió meter la llave en la cerradura, con las manos de Gonzalo ya recorriéndole la espalda por debajo del vestido verde oscuro, los dos habían dejado de fingir cualquier tipo de calma profesional.

La puerta se cerró de una patada. Gonzalo la levantó contra ella, con las manos firmes bajo los muslos de Yaiza, y ella le rodeó la cintura con las piernas mientras él la llevaba, tropezando con un zapato abandonado en mitad del pasillo, hasta la primera pared disponible, donde la apoyó con una delicadeza que contrastaba, deliciosamente, con la urgencia de su boca.

—Once años —dijo él, entre beso y beso, bajando por el cuello de Yaiza con una lentitud calculada que no tenía nada que envidiar a la precisión con la que ajustaba un mecanismo de relojería—. Once años pensando en esto.

—Once años y sigues tardando demasiado —susurró ella, tirando del cuello de su camisa blanca hasta que los botones cedieron, uno tras otro, revelando un torso que ella recordaba de memoria y que el tiempo, lejos de estropear, había vuelto más definido, más adulto, más suyo de un modo distinto al de once años atrás.

Él se rio contra su piel, un sonido bajo y cálido que ella sintió vibrar en su propio cuerpo, y la llevó en volandas hasta el dormitorio, donde la depositó sobre la cama deshecha con el mismo cuidado extremo con el que colocaba un reloj de bolsillo esmaltado en el centro de su vitrina.