Capítulo 3
El módulo siete resultó ser un rectángulo de cuarenta metros cuadrados en pleno pasillo central, con paredes de pladur recién pintadas de un blanco demasiado nuevo para el resto del mercado, un mostrador partido exactamente por la mitad mediante una línea de cinta adhesiva azul que alguien de la obra había colocado con más sentido del humor del que probablemente pretendía, y una trastienda compartida donde cabían, con esfuerzo, dos mesas de trabajo, una vitrina de herramientas de relojería y el armario de temperatura controlada donde Yaiza guardaba la cobertura.
—La cinta azul es literal —dijo Gonzalo la primera mañana, señalando el suelo con la punta del zapato—. No sé si reírme o sentirme insultado.
—Yo me río. Al menos así sé exactamente hasta dónde puede llegar tu lupa de relojero sin invadir mi territorio de bombones.
—Mi lupa de relojero nunca ha invadido nada en su vida.
—Eso lo dices tú.
Fue, contra todo pronóstico, un buen comienzo.
Los dos habían llegado aquella mañana con la determinación silenciosa de dos personas que se han jurado a sí mismas comportarse como adultos, y durante la primera semana lo consiguieron con una disciplina casi cómica: se saludaban con un "buenos días" escueto, se pasaban el cambio de la caja común sin rozarse los dedos, comían en turnos distintos para no coincidir en la trastienda diminuta, y evitaban, sobre todo, cualquier tema que no fuera estrictamente laboral.
Balbino, mientras tanto, había presentado tres alegaciones distintas contra la fusión de sus dos negocios, todas rechazadas por el comité técnico de Grupo Áurea con una celeridad que a Yaiza le pareció sospechosa, como si la decisión de juntarlos en el mismo módulo llevara tomada desde mucho antes de que nadie hubiera fingido consultarles la opinión.
Cuando se lo comentó a Gonzalo la primera mañana, mientras ambos desembalaban cajas en el módulo recién estrenado, él se limitó a encogerse de hombros con una resignación que a ella le sorprendió, viniendo de alguien que en su día había cruzado medio continente sin avisar a nadie antes que aceptar sin más una decisión que no le convenía.
—¿No te importa? —le preguntó ella, colocando una bandeja de moldes sobre la mesa recién montada.
—Claro que me importa. Pero he aprendido que hay batallas que merece la pena pelear y otras que solo sirven para agotarte antes de la batalla que de verdad importa. Compartir cuarenta metros cuadrados contigo diez semanas no es la batalla que de verdad importa, Yaiza. Es solo incómodo.
—Qué diplomático te has vuelto en Suiza.
—En Suiza aprendí a arreglar relojes de precisión. La diplomacia la aprendí después, a base de estropear cosas que me importaban por no saber elegir mis batallas.
Ella no supo qué contestar a eso, así que no contestó nada, y los dos siguieron desembalando cajas en un silencio que, por primera vez desde que se conocían de nuevo, no le pareció incómodo en absoluto.
La segunda semana, la disciplina empezó a resquebrajarse por las grietas más pequeñas, las que ninguno de los dos había previsto.
Empezó con el ruido. El taller de Gonzalo, incluso reducido a la mitad de un módulo compartido, tenía un sonido propio: el tictac superpuesto de una docena de relojes distintos, el zumbido fino de la máquina de pulir, el chasquido metálico de las pinzas al depositar un engranaje diminuto sobre el paño de terciopelo.
Yaiza descubrió, para su sorpresa, que aquel sonido de fondo la ayudaba a concentrarse mientras templaba el chocolate, como si el ritmo constante de los relojes le marcara el compás exacto que necesitaba la cobertura para cristalizar bien.
—¿Te molesta el tictac? —le preguntó él al tercer día, al verla trabajar con los ojos entornados y una expresión que él no supo interpretar.
—No. Es raro, pero me ayuda a llevar el ritmo. Es como un metrónomo.
—Nunca me habían dicho que mi trabajo sonara a metrónomo.
—Pues considérate afortunado. Podría haberte dicho que suena a reloj de pared en casa de mi abuela, que es exactamente lo que pensé el primer día y que decidí no compartir contigo.
Él sonrió, esta vez sin cortarla a mitad de camino, y Yaiza se sorprendió mirando esa sonrisa un segundo más de lo estrictamente profesional antes de volver la vista al termómetro de sonda.
El olor fue la segunda grieta. El chocolate impregnaba el aire del módulo entero de una manera que ninguno de los dos había previsto en un espacio tan reducido, y Gonzalo, que llevaba dos años comiendo bocadillos de pie frente a la vitrina para no perder tiempo, empezó a notar que sus jornadas de diez horas sabían distinto cuando el aire olía a cacao tostado y vainilla en lugar de a aceite de máquina y latón.
—Un día de estos vas a hacer que me guste el chocolate más de lo que es sano para mi economía —le dijo, al ver cómo Yaiza envolvía una caja de trufas para una clienta habitual.
—Eso es exactamente el plan, Ibáñez. Conquistar el mercado un paladar cada vez.
—¿Incluido el mío?
La pregunta se le escapó a él antes de pensarla del todo, y Yaiza levantó la vista del lazo dorado que estaba anudando con una rapidez que delataba que la había pillado tan desprevenida como a él mismo.
—El tuyo lo tengo ya conquistado desde hace once años, según recuerdo —dijo ella, y en cuanto lo dijo se arrepintió, porque acababa de romper la regla número cuatro de la lista que había hecho una bola y tirado a la papelera sin, evidentemente, dejar de recordarla palabra por palabra.
Gonzalo no contestó enseguida. Se quedó con las pinzas suspendidas sobre un mecanismo de cuerda manual, la lupa todavía encajada en el ojo derecho, y cuando por fin habló lo hizo con una voz más baja de lo habitual.
—Sí. Ese sí lo tenías conquistado.
El silencio que siguió no fue incómodo, exactamente.
Fue de otro tipo, uno que a Yaiza le costó nombrar hasta que se dio cuenta de que era el mismo silencio que se instalaba entre los dos, hacía más de una década, en los minutos anteriores a un beso que todavía no había ocurrido pero que ambos sabían inevitable.
Se salvó porque entró una clienta pidiendo doce bombones de pistacho, y el episodio quedó suspendido en el aire del módulo siete como uno de esos relojes de la vitrina que Gonzalo dejaba parados a propósito, a la espera de que alguien les diera cuerda.
La tercera semana trajo la avería. Un lunes de octubre, la tubería de agua que abastecía el módulo provisional reventó durante la noche, y Yaiza y Gonzalo llegaron por separado a las ocho de la mañana para encontrarse con un charco de cinco centímetros cubriendo el suelo entero, incluida la línea de cinta azul que llevaba tres semanas marcando la frontera oficial de sus respectivos territorios.
—Bueno —dijo Gonzalo, contemplando el desastre con las manos en las caderas—, esto sí que resuelve el debate de dónde termina tu lado y empieza el mío.
—Muy gracioso. Tengo dos bandejas de cobertura en el armario que no puede mojarse bajo ningún concepto.
A media semana, una clienta habitual de Yaiza —una mujer de mediana edad que compraba bombones cada viernes para llevárselos a su madre en la residencia— se quedó mirando el módulo compartido con una sonrisa que no intentó disimular.
—Qué bien os lleváis los dos —comentó, mientras Yaiza envolvía su caja de siempre—. Se nota que os conocéis de toda la vida.
—Algo así —contestó Yaiza, evitando mirar hacia el lado de la relojería, donde Gonzalo, que evidentemente había escuchado el comentario, se había quedado muy quieto sobre su mesa de trabajo, con la lupa suspendida en el aire.
—Pues aprovechad, hija, que el tiempo pasa volando y luego uno se arrepiente de las cosas que no dijo cuando tocaba decirlas.
La clienta se marchó sin sospechar el efecto que había dejado tras de sí, y Yaiza tardó varios minutos en atreverse a mirar hacia el lado de Gonzalo, que seguía con la lupa en la mano, fingiendo una concentración en el mecanismo que tenía delante que a ella no le pareció, ni por asomo, tan real como él pretendía aparentar.
Pasaron la siguiente hora subiendo cajas, mesas y herramientas sobre palés improvisados con tablones que un operario de mantenimiento les prestó de mala gana, trabajando codo con codo con esa coordinación silenciosa que solo se consigue cuando dos personas han compartido, en otra vida, muchas más horas de trabajo físico de las que ninguna de las dos recordaba en voz alta.
En un momento dado, cargando juntos la vitrina de herramientas de relojería —pesaba más de lo que aparentaba, con todo el instrumental de precisión dentro—, sus manos se rozaron al ajustar el peso, y ninguno de los dos la apartó tan rápido como debería.
—A la de tres —dijo él, con la voz un poco ronca por el esfuerzo, o por otra cosa que ninguno de los dos nombró.
—A la de tres.
Levantaron la vitrina juntos y la depositaron sobre el tablón seco, y durante un segundo, con el agua todavía chapoteando alrededor de sus zapatos y el módulo siete convertido en un caos de cajas apiladas, se quedaron muy cerca el uno del otro, respirando entrecortadamente, mirándose de un modo que ya no tenía nada de profesional ni de metrónomo ni de cinta adhesiva azul.
—Yaiza...
—No digas nada —murmuró ella—. Si dices algo ahora mismo, con el suelo empapado y los dos oliendo a sudor y a chocolate derretido, va a sonar fatal, y de aquí a mañana nos vamos a arrepentir los dos.
Él tragó saliva, asintió, y dio un paso atrás con una disciplina que a Yaiza le pareció, esa vez, casi dolorosa de presenciar.
Recogieron el resto del módulo en silencio, un silencio distinto a todos los anteriores, cargado de algo que ninguno de los dos se atrevía todavía a llamar por su nombre, y cuando por fin llegó el fontanero a arreglar la avería, ya pasado el mediodía, la línea de cinta azul había desaparecido bajo el agua y ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por volver a pintarla en el suelo.
—¿Vamos a comer algo? —preguntó Gonzalo, cuando el fontanero terminó de recoger sus herramientas y el módulo volvió a quedar en silencio, con el suelo todavía húmedo y las cajas apiladas de cualquier manera sobre los tablones—.
Después de esta mañana, me parece que nos hemos ganado no comer un bocadillo de pie cada uno por su lado.
—¿Estás invitándome a comer, Ibáñez?
—Estoy invitándote a comer, Montalvo. Es lo mínimo después de haber estado a punto de electrocutarnos juntos con el cuadro eléctrico mojado.
Comieron en el bar del mercado, en una mesa pequeña junto a la barra, rodeados del bullicio del mediodía, y durante una hora entera hablaron de todo menos de los once años que los separaban del último almuerzo que habían compartido: hablaron del negocio, de la avería, de un cliente insufrible que Gonzalo tenía desde hacía meses y que le devolvía el mismo reloj cada semana convencido de que seguía sin funcionar bien aunque el mecanismo estuviera perfecto, de una receta de trufas de whisky que Yaiza llevaba probando sin éxito desde el verano.
Fue una comida fácil, sin silencios cargados ni miradas de más, y a Yaiza, mientras pagaba su mitad de la cuenta con la insistencia de quien no quiere deber ningún favor, le pareció que aquella normalidad recién estrenada era, de algún modo extraño, más peligrosa que cualquiera de los silencios anteriores.
—Esto ha estado bien —dijo Gonzalo, cuando salieron de nuevo al pasillo central.
—Ha estado bien —admitió ella—. Demasiado bien, diría yo.
—¿Eso es malo?
—Todavía no lo sé.
Esa noche, Puri se presentó en el puesto de Yaiza con dos copas de vino y una excusa poco convincente sobre necesitar compañía.
—Cuéntame —dijo, sirviendo el vino en vasos de plástico sobre el mostrador de mármol—. ¿Cómo va la convivencia forzosa con el chico del reloj?
—Va bien. Profesional.
—Ya. Y yo tengo veintitrés años y las tetas donde las tenía en el noventa y ocho.
Yaiza se rio, casi a su pesar, y le dio un trago largo al vino.
Fuera, el mercado ya cerrado dejaba entrar por las claraboyas una luz anaranjada de atardecer que teñía las cajas de fruta vacías y los mostradores de mármol de un tono cálido que Yaiza siempre había asociado con el final del día, con esa sensación de tregua entre el trabajo y la noche que solo conocía quien pasaba, como ella, más horas despierta dentro del mercado que fuera de él.
—Puri, si te cuento lo de esta mañana con la tubería reventada me vas a organizar una boda antes de Navidad.
—Prueba a ver.
No se lo contó entero, pero contó lo suficiente —el roce de las manos, el silencio cargado, el "Yaiza" pronunciado con esa voz ronca que llevaba once años sin escuchar— para que Puri terminara su vaso de vino con una sonrisa de satisfacción que Yaiza reconoció de inmediato como la de alguien que llevaba meses, quizás años, esperando exactamente aquella conversación.
—Te voy a dar un consejo, hija, y después me callo —dijo Puri, recogiendo su vaso vacío—.
La primera vez que se fue, erais dos críos que no sabían pedir lo que necesitaban.
Ahora sois dos adultos compartiendo cuarenta metros cuadrados y una tubería reventada.
A ver si esta vez, antes de que vuelva a pasar algo grande, os atrevéis los dos a hablar antes de callaros hasta que sea demasiado tarde.
Yaiza no contestó. Se quedó mirando el módulo siete al otro lado del pasillo, ya cerrado por la noche, con la persiana metálica bajada sobre la mitad de relojería y la mitad de chocolate compartiendo, por primera vez en tres semanas, el mismo lado de una frontera que ya nadie se molestaba en pintar de azul.