Amargo como el cacao (Romántica Urban Cozy 3) Capítulo 2
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Capítulo 2

Se llamaba Fabiola Casaus, según rezaba la tarjeta que repartió antes de empezar, directora de proyectos de Grupo Áurea, y tenía esa sonrisa entrenada de quien ha dado la misma charla en quince mercados distintos y ha aprendido a sonreír exactamente igual en todos ellos.

Yaiza encontró sitio en la tercera fila, junto a Puri. Dos asientos más allá, en la misma fila, Gonzalo se sentó con los brazos cruzados y la mandíbula tensa, la postura de alguien que ya ha decidido que lo que va a escuchar no le va a gustar antes incluso de escucharlo.

—Buenas tardes a todos —empezó Fabiola, proyectando en una pantalla un plano del mercado lleno de rectángulos de colores—.

El Ayuntamiento, en colaboración con Grupo Áurea, ha diseñado un proyecto de modernización que preservará el carácter tradicional de este espacio a la vez que lo adapta a las necesidades del comercio del siglo veintiuno.

Un murmullo recorrió la sala. En la fila de detrás, la panadera susurró algo a su marido que sonó a mal presagio, y Puri, sentada junto a Yaiza, resopló lo bastante alto como para que dos filas se volvieran a mirarla. Balbino levantó la mano sin esperar turno.

—¿Y eso qué quiere decir en cristiano?

—Quiere decir —continuó Fabiola, sin perder la sonrisa— que vamos a reducir el número de puestos individuales de cincuenta y ocho a treinta y dos, agrupando actividades complementarias en espacios compartidos más amplios y funcionales.

Esto permitirá renovar las instalaciones, mejorar la eficiencia energética y, sinceramente, atraer un público más diverso al mercado.

—¿Y los que sobramos? —preguntó la panadera, con la voz un poco quebrada.

—Nadie va a perder su licencia. Se trata de fusionar actividades afines para compartir espacio, no de eliminar negocios.

Por ejemplo —Fabiola pulsó una tecla y en la pantalla apareció un nuevo plano, con los rectángulos reagrupados—, hemos identificado sinergias interesantes.

La pescadería y la charcutería pueden compartir zona de refrigerados.

La panadería y la pastelería, obviamente, van juntas.

Y en la categoría que hemos llamado "artesanía de precisión" hemos agrupado la relojería y la chocolatería artesanal, dado que ambas son oficios de alta especialización con clientela similar: gente dispuesta a pagar por calidad y por historia.

Yaiza sintió que la sangre se le subía a la cara antes de entender del todo lo que acababa de escuchar. Miró a Gonzalo. Él ya la estaba mirando, con una expresión que oscilaba entre la incredulidad y algo que a ella le costó nombrar hasta que se dio cuenta de que era, sencillamente, pánico.

—Perdone —dijo Yaiza, levantando la mano—, ¿ha dicho relojería y chocolatería? Son dos negocios completamente distintos.

—Y por eso mismo funcionan bien juntos, entiéndame.

No compiten por la misma venta, así que no hay fricción comercial, y comparten un perfil de cliente que busca artesanía y detalle.

El nuevo espacio combinado tendría cuarenta metros cuadrados, el doble del que tiene cada uno por separado ahora mismo, con zona de exposición conjunta y un área de trabajo trasera compartida mientras dura la reforma de sus locales actuales, que se estima en unas diez semanas.

—Diez semanas —repitió Gonzalo, con la voz muy baja.

—Aproximadamente. Las obras empezarían por fases, y su zona, junto con la de repostería fina, entraría en la segunda fase, dentro de un mes. Durante ese tiempo, ambos negocios funcionarían desde un módulo temporal en el pasillo central, compartido.

Balbino levantó de nuevo la mano, esta vez sin que le importara interrumpir.

—¿Y si dos comerciantes no quieren compartir espacio?

—Pueden presentar alegaciones, por supuesto, y el comité técnico las valorará.

Pero les recuerdo —Fabiola bajó un poco el tono, como quien va a decir algo desagradable con la mayor educación posible— que los locales que no se adapten al nuevo proyecto perderán la prioridad en la adjudicación de espacios cuando termine la reforma.

El mercado necesita esta modernización para seguir siendo viable.

Las cifras de ocupación llevan cinco años bajando.

Puri, desde su asiento junto a Yaiza, levantó la mano con una vehemencia que hizo temblar los pendientes de flores que llevaba puestos.

—Yo llevo cuarenta y un años vendiendo claveles en este mercado, señorita Casaus. ¿Me va a decir usted en qué categoría entran las flores? ¿En "decoración afín"? ¿En "complementos de eventos"?

—Las floristerías forman su propia categoría, no se preocupe —respondió Fabiola, sin perder la sonrisa, aunque a Yaiza le pareció detectar, por primera vez en toda la tarde, una grieta mínima de cansancio real bajo el tono profesional—.

Entiendo que estos cambios generan inquietud.

Por eso estamos aquí, para escuchar y explicar.

—Lo que están aquí es para que tragamos con lo que ya han decidido en un despacho, con gráficos muy bonitos, sin haber pisado este mercado más que para colgar un cartel plastificado —replicó Balbino, y esta vez varios comerciantes aplaudieron, un aplauso disperso pero sentido que hizo que Fabiola tuviera que esperar unos segundos antes de retomar la palabra.

La reunión se alargó otra hora, entre preguntas técnicas sobre plazos de obra, indemnizaciones por cierre temporal y un acalorado intercambio entre Balbino y Fabiola sobre si "viable" era sinónimo de "rentable para alguien que no era ninguno de los presentes en aquella sala".

Un vendedor de frutos secos preguntó si podría conservar su licencia si decidía jubilarse antes de que terminaran las obras; la panadera quiso saber qué pasaría con el horno de piedra que su suegro había instalado en los años setenta y que, según ella, no cabía en ningún módulo de los que aparecían en el plano.

El matrimonio de la tienda de ultramarinos, que llevaba cuarenta y ocho años vendiendo conservas y vinos de pueblo a precios que no habían subido gran cosa desde la Transición, quiso saber directamente cuánto costaría el alquiler del nuevo local reformado, y cuando Fabiola dio una cifra que representaba casi el triple de lo que pagaban entonces, el silencio que siguió no fue de sorpresa, sino de la resignación amarga de quien lleva toda la reunión sospechando la respuesta antes de escucharla.

Fabiola respondió a todo con la misma cadencia tranquilizadora, anotando cada pregunta en su tableta con un gesto que a Yaiza le pareció, cuanto más lo observaba, menos sincero y más entrenado, como el de alguien que ha aprendido a parecer que escucha sin escuchar realmente nada.

Yaiza apenas siguió la mitad de aquel intercambio.

Tenía la vista clavada en el plano proyectado, en el rectángulo doble marcado "Artesanía de precisión — Módulo 7", y sentía que el suelo de la Junta Municipal se movía muy despacio bajo sus pies.

Salieron a la calle casi a las ocho, con la noche ya cerrada y el frío de finales de septiembre calándoles la ropa.

Gonzalo caminaba a su lado sin que ninguno de los dos lo hubiera decidido conscientemente, simplemente porque el resto de comerciantes se dispersaba en distintas direcciones y ellos, por una vez en dos años, iban hacia la misma parada de autobús.

—Diez semanas —dijo él, al fin, rompiendo un silencio que llevaba media manzana instalado entre los dos.

—Compartiendo cuarenta metros cuadrados.

—Contigo.

—Contigo —repitió ella, y el modo en que la palabra sonó en su propia boca le pareció absurdo, como si llevara once años sin pronunciar ese pronombre dirigido a él y de pronto lo hiciera dos veces en la misma frase.

Se detuvieron en la esquina de Trafalgar con Vallehermoso, bajo la luz amarillenta de una farola que llevaba parpadeando desde que Yaiza tenía memoria.

Gonzalo se pasó una mano por el pelo, un gesto que ella recordaba perfectamente y que, con el tiempo, había pasado de gustarle a dolerle a volver a gustarle sin que ella lo hubiera autorizado.

—Podemos presentar alegaciones —dijo él—. Pedir espacios separados. Balbino seguro que lo intenta.

—Y si no funciona, perdemos la prioridad para cuando terminen las obras. Podríamos acabar en el pasillo tres, al lado de la ferretería, o peor, fuera del mercado directamente.

—Ya lo sé.

—Entonces vamos a tener que compartir un módulo de cuarenta metros cuadrados durante diez semanas, Gonzalo.

Era la primera vez en dos años que lo llamaba por su nombre y no por el apellido. Se dio cuenta en cuanto lo dijo, y por la manera en que él apretó ligeramente la mandíbula, supo que él también se había dado cuenta.

—Podemos hacerlo bien —dijo él, después de un silencio—. Ser profesionales. Como con lo del saludo militar todas las mañanas. Se nos da bien fingir que no pasó nada.

Fue un golpe pequeño pero certero, dicho sin rencor, casi con cansancio, y a Yaiza le sorprendió lo mucho que le dolió.

—No he sido yo la que se subió a un tren sin avisar.

—Yaiza...

—No, déjalo. No hace falta que lo hablemos ahora, en una esquina, a las ocho de la tarde, con Balbino todavía discutiendo con esa mujer de los tacones a media manzana de distancia. Lo importante ahora mismo es cómo vamos a repartirnos cuarenta metros cuadrados sin matarnos.

Gonzalo asintió despacio, con esa contención suya que ella recordaba tan bien y que en su día había confundido con serenidad, y que solo mucho después, con la distancia, había entendido que era otra cosa: la manera que tenía un hombre educado en no molestar a nadie de tragarse absolutamente todo lo que sentía hasta que un día hacía las maletas sin decir palabra.

—De acuerdo —dijo él—. Profesionales.

—Profesionales.

Antes de separarse, Gonzalo se quedó un instante más de lo necesario, con las manos hundidas en los bolsillos y la mirada puesta en algún punto indefinido de la calzada mojada.

—Hace once años —dijo, casi para sí mismo— nunca te pregunté qué habrías decidido tú, si te hubiera dado la oportunidad de decidir.

Yaiza sintió que el corazón le daba un vuelco incómodo, porque aquella era, exactamente, la pregunta que llevaba once años esperando que alguien le hiciera, y no había esperado que llegara precisamente esa noche, en una esquina cualquiera, con el frío calándole la chaqueta.

—No lo sé —contestó, con sinceridad, porque mentir a esas alturas le hubiera parecido una crueldad innecesaria—.

Puede que hubiera dicho que sí, que fuera, que probara suerte en Suiza.

Puede que hubiera dicho que no. Lo que nunca voy a saber, Gonzalo, es qué habría decidido, porque no me diste ocasión de intentarlo, y esa parte todavía me duele más que la propia despedida.

Él asintió despacio, con una expresión que Yaiza no supo del todo interpretar, entre el arrepentimiento y algo parecido al alivio de escuchar, por fin, una respuesta sincera después de tantos años de silencio educado entre los dos.

—Lo siento —dijo, simplemente—. Sé que "lo siento" no arregla once años, pero es lo único honesto que tengo esta noche.

—Ya lo sé.

Se separaron en la parada sin despedirse siquiera, cada uno mirando el móvil como si esperara una llamada urgente, y Yaiza subió al autobús con la sensación clara y desagradable de que la palabra "profesionales" acababa de convertirse, para los dos, en la mentira más frágil que habían contado en mucho tiempo.

Esa noche, ya en su piso de la calle Fernández de los Ríos, sacó el cuaderno donde apuntaba las recetas nuevas y, en lugar de escribir una fórmula de ganache, escribió una lista.

"Cosas que no voy a hacer en las próximas diez semanas", tituló, y debajo: "1.

Preguntarle por Suiza. 2. Dejarle probar las trufas de aceite.

3. Mirarle las manos cuando trabaja. 4. Acordarme de nada. "

Miró la lista un buen rato. Después la arrancó, la hizo una bola y la tiró a la papelera, no porque hubiera cambiado de opinión, sino porque sospechaba, con la misma certeza con la que sabía reconocer un chocolate mal templado con solo tocarlo, que estaba a punto de incumplir los cuatro puntos en menos de un mes.

Se acostó tarde, dando vueltas en la cama sin poder dormir, y cuando por fin cerró los ojos no soñó con el módulo siete ni con Fabiola Casaus ni con la palabra "fusión", sino con la tarde exacta en que había conocido a Gonzalo, once años atrás: ella con diecinueve, encaramada a un taburete detrás del mostrador de su tía Presen, aprendiendo a hacer bombones de licor sin que se rompiera el molde de azúcar; él con veintiuno, entrando en el puesto para preguntar si tenían algo dulce que no llevara frutos secos porque su padre era alérgico, y quedándose una hora entera charlando con ella mientras el chocolate se enfriaba sin que a ninguno de los dos le importara demasiado.

En el sueño, la escena se repetía exactamente igual, salvo por un detalle: esta vez, cuando él se despedía para volver al taller de su padre, en lugar de marcharse por el pasillo se quedaba, y Yaiza se despertó a las seis de la mañana con una sensación de pérdida tan concreta que tardó varios minutos en recordar que aquello no era un recuerdo, sino solo lo que su cabeza había decidido inventar mientras dormía.