Amargo como el cacao (Romántica Urban Cozy 3) Capítulo 1 #2
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Capítulo 1 #2

Él soltó algo parecido a una risa, corta, casi involuntaria, y durante un segundo —solo un segundo, el tiempo exacto que tardó en volver a poner cara seria— a Yaiza le pareció que volvía a ser el chico de veintiún años que se sentaba en el escalón de su puesto a comer un bocadillo de tortilla mientras ella terminaba de rellenar bombones, hablando de todo y de nada hasta que cerraban el mercado.

Enseguida se apartó ese pensamiento como quien aparta una brasa con la punta del dedo.

—El jueves estaremos los dos en esa sala, ¿verdad? —dijo él, todavía sin mirarla.

—Los dos y todo el mercado. No creo que sea nada personal, Ibáñez.

—No he dicho que lo sea, Montalvo.

Se llamaban por el apellido desde hacía dos años, desde que él había vuelto y los dos habían decidido, sin hablarlo, que aquella distancia formal era la única manera segura de compartir cuarenta metros de pasillo sin que nada volviera a incendiarse.

Funcionaba, más o menos. Funcionaba lo justo para que ella pudiera dormir la mayoría de las noches.

Gonzalo se metió de nuevo en su puesto. Yaiza se quedó un instante más frente al cartel, releyendo la palabra "fusión" como si al mirarla fijamente pudiera hacer que significara otra cosa, y después volvió a su mesa de mármol, donde la segunda bandeja de bombones esperaba, ya fría, brillante, perfecta, ajena por completo a la sensación de que algo, en aquel mercado que llevaba media vida siendo el único territorio verdaderamente suyo, estaba a punto de moverse de sitio.

La mañana siguió su curso de martes cualquiera: clientas habituales que pedían "lo de siempre", un repartidor que se equivocó de puesto y le dejó cuarenta kilos de almendra marcona en lugar de en la pastelería del final del pasillo, un niño que se echó a llorar porque su madre no le dejó comprar el bombón con forma de erizo.

Yaiza atendió, sonrió, cobró, envolvió cajas con el lazo dorado que era la firma de la casa, y en algún momento entre el mediodía y las tres de la tarde dejó de pensar en el cartel de la entrada.

No dejó de pensar, en cambio, en el modo exacto en que Gonzalo se había reído. Corto. Involuntario. Como si se le hubiera escapado antes de que pudiera impedirlo.

Once años y todavía se acordaba de ese sonido concreto.

Se odió un poco por ello mientras cerraba la persiana a las tres y media, y se odió un poco más al descubrir que, sin darse cuenta, había guardado dos trufas de aceite de oliva en una cajita aparte, las que sabía —porque una vez, hacía más de una década, él se lo había dicho comiendo un bocadillo de tortilla sentado en el escalón de su puesto— que eran sus favoritas.

No se las llevó. Las dejó en el expositor, con las demás, y se dijo a sí misma que aquello no significaba absolutamente nada.

A media tarde entró en el puesto una mujer mayor con un carrito de la compra de flores estampadas, de esas que Yaiza reconocía de memoria porque llevaba viéndolas veinte años entre los pasillos del mercado.

—Doña Asunción, cuánto tiempo. ¿Lo de siempre?

—Lo de siempre, hija, media docena de las de naranja confitada. Y dime, ¿es verdad eso que cuentan de que van a quitar puestos?

—Todavía no se sabe muy bien qué va a pasar, doña Asunción. El jueves hay una reunión.

—Pues que no se les ocurra tocar tu puesto ni el del chico de los relojes, que sois de lo poco que queda aquí que huele a lo de antes. Todo lo demás ya son cadenas de zumos y cafeterías con nombres en inglés que no sé ni pronunciar.

Yaiza envolvió la caja con el lazo dorado, agradeciendo en silencio que la clienta hubiera cambiado de tema antes de que ella tuviera que fingir una respuesta sobre el chico de los relojes.

Doña Asunción pagó, se despidió con un beso en cada mejilla que olía a colonia de violetas, y se marchó arrastrando el carrito entre las cajas de fruta, dejando a Yaiza con la sensación incómoda de que todo el barrio parecía tener una opinión formada sobre una historia que ella llevaba once años intentando enterrar bajo capas sucesivas de cobertura templada.

Cerró el puesto a las tres y media, como cada tarde, y antes de bajar la persiana se permitió un último vistazo hacia la relojería.

Gonzalo seguía dentro, inclinado sobre la mesa de trabajo con la lupa encajada en el ojo, absolutamente ajeno al hecho de que ella lo observaba, y durante un segundo Yaiza se permitió simplemente mirarlo, sin corregirse, sin apartar la vista de inmediato como llevaba haciendo dos años, y se sorprendió al comprobar que aquello, mirarlo sin prisa, todavía le producía la misma sensación de vértigo suave en el estómago que le producía a los diecinueve años, cuando se sentaba a comer un bocadillo en el escalón de su puesto solo para tener una excusa para estar cerca de él.

Bajó la persiana con más fuerza de la necesaria, como si el gesto pudiera espantar el pensamiento, y salió del mercado por la puerta de Vallehermoso justo cuando empezaba a caer una llovizna fina de finales de septiembre, de esas que en Madrid anuncian que el verano, por fin, ha decidido rendirse.

Caminó hasta su piso sin prisa, dejando que la llovizna le mojara el pelo, pasando por delante de las terrazas cerradas del barrio donde los camareros recogían ya las sillas metálicas, y se detuvo un momento frente al escaparate de una tienda de segunda mano en la calle Fernández de los Ríos, donde un vestido verde oscuro colgado del maniquí le llamó la atención sin que supiera muy bien por qué.

No entró a comprarlo. Se quedó un rato mirándolo desde la acera, con la lluvia calándole los hombros, y siguió camino a casa pensando que aquel color le recordaba, sin motivo aparente, a una tarde de hacía once años en la que había llevado un vestido parecido a una verbena del barrio, cuando todavía era la clase de chica que se ponía vestidos verdes para bailar con un chico que arreglaba relojes.

El mercado, pensó mientras subía las escaleras de su portal porque el ascensor llevaba semanas averiado, era la única constante de su vida adulta que no había elegido activamente y que, sin embargo, no cambiaría por nada.

Había heredado el puesto de su tía Presen casi por accidente, cuando ella se jubiló de forma repentina tras un problema de salud que finalmente resultó menos grave de lo temido, y Yaiza, que entonces trabajaba de becaria en un obrador industrial de las afueras haciendo turnos de doce horas por un sueldo que apenas le daba para el alquiler, había aceptado hacerse cargo del negocio familiar con la vaga sensación de que sería algo temporal, un paréntesis de un año, quizás dos, antes de volver a buscar algo "serio".

Habían pasado seis años. Ya no le quedaba ninguna duda de que aquel puesto de mármol frío entre las cajas de fruta y las persianas metálicas era, sencillamente, lo más serio que había hecho en toda su vida.