Amargo como el cacao (Romántica Urban Cozy 3)
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Capítulo 1
El termómetro de sonda marcaba treinta y un grados y medio cuando Yaiza Montalvo decidió que aquella mañana el chocolate no estaba de humor para cooperar.
Llevaba veinte minutos atemperando la misma tableta de cobertura oscura, moviendo la espátula sobre el mármol frío con la paciencia de quien sabe que el cacao huele el nerviosismo igual que un perro huele el miedo, y aquel lote se negaba a brillar.
Se agachó, apoyó la frente un segundo en el borde helado de la mesa y respiró hondo.
—Como sigas hablándole así al chocolate, un día te va a contestar —dijo Nando desde la trastienda, cargando una caja de moldes de bombones.
—El chocolate no habla, Nando. El chocolate cristaliza o no cristaliza. Es más sincero que la mayoría de la gente que conozco.
El Mercado de Vallehermoso despertaba despacio los martes.
A las ocho y cuarto todavía olía más a lejía que a producto fresco, y los toldos metálicos de la nave central se levantaban con un chirrido que Yaiza reconocería con los ojos cerrados en cualquier rincón del mundo.
Llevaba seis años detrás del mostrador de "Cacao Montalvo", el puesto que había heredado la vitrina de su tía Presen y que ella había convertido en un pequeño templo de tabletas de origen único, bombones rellenos de especias y unas trufas de aceite de oliva que le habían valido una mención en una revista gastronómica que todavía guardaba plastificada, como una reliquia, junto a la caja registradora.
Consiguió el temple a las nueve menos diez.
La cobertura se extendió sobre el papel de acetato con ese brillo tenso, casi líquido, que solo aparece cuando la temperatura y la paciencia coinciden exactamente.
Fue entonces, con las manos todavía manchadas y el corazón un poco más tranquilo, cuando oyó el sonido que llevaba seis años fingiendo que no reconocía: el clic metálico de una persiana enrollándose tres puestos más allá, en diagonal, frente a la pescadería de los hermanos Ocaña.
No hacía falta levantar la vista. Sabía exactamente qué vería si lo hacía: a Gonzalo Ibáñez con la camisa remangada hasta los codos, colocando sobre el mostrador de cristal las bandejas de terciopelo donde exponía los relojes que restauraba, uno junto a otro, con esa concentración absoluta que ponía en todo lo que hacía y que a ella, hacía muchos años, le había parecido lo más atractivo del mundo.
Miró. No pudo evitarlo. Nunca podía.
Él llevaba el pelo más corto que el verano anterior y una sombra de barba de dos días que no tenía nada que ver con el descuido y sí con el cansancio.
Colocó un reloj de bolsillo de esfera esmaltada en el centro de la vitrina, ajustó su posición dos milímetros a la izquierda, retrocedió para valorar el efecto y, como si hubiera notado que lo observaban, alzó la vista.
Sus ojos se cruzaron por encima de los puestos de fruta, por encima de las cajas de naranjas de Valencia apiladas frente al bar del mercado.
Él inclinó la cabeza, un gesto seco, casi militar.
Ella respondió con otro igual de breve y volvió a su mesa de mármol como si la cobertura reclamara toda su atención en ese preciso segundo.
—Otra vez el numerito del saludo militar —dijo Nando, que llevaba dos años trabajando con ella y que se había convertido, sin que nadie se lo pidiera, en el cronista oficial de aquella guerra fría—. Algún día alguien me va a tener que explicar qué pasó entre vosotros dos.
—No pasó nada. Fuimos vecinos de puesto desde que teníamos diecinueve años y ahora somos vecinos de puesto con treinta. Eso es todo.
—Ya. Y yo soy nieto de Willy Wonka.
Yaiza no contestó. Vertió el chocolate templado en los moldes con forma de concha, golpeó la bandeja contra la mesa para sacar el aire y dejó que el gesto repetido mil veces ocupara el espacio que, si se lo permitía, llenarían los recuerdos.
Porque sí había pasado algo, evidentemente, once años atrás, cuando ella tenía diecinueve y él veintiuno y los dos trabajaban de aprendices en aquel mismo mercado —ella en el antiguo puesto de su tía, él ayudando a su padre con la relojería que ahora llevaba solo—, y se habían enamorado con esa urgencia torpe y absoluta con la que solo se ama antes de haber aprendido a tener miedo.
Había durado catorce meses. Había terminado en una tarde de octubre, junto a la boca de metro de Quevedo, con una maleta, un billete de tren a Suiza que él no le había contado que tenía hasta el día antes de subirse a él, y una frase que a Yaiza todavía le quemaba en según qué noches: "No podía decírtelo porque sabía que me pedirías que me quedara, y tenía que irme.
" Se había ido a especializarse en relojería de precisión a un taller de Neuchâtel, becado, sin avisar, sin negociar, sin darle a ella la oportunidad de decidir si quería esperarlo o no.
Había vuelto cinco años después, cuando su padre enfermó, para hacerse cargo del taller.
Llevaba dos años de vuelta. Dos años de saludos militares por encima de las cajas de naranjas.
Antes de que llegara Puri, un cliente nuevo se detuvo frente al mostrador de "Cacao Montalvo", un hombre de traje que Yaiza no había visto nunca por el mercado y que examinó la vitrina de bombones con el aire distraído de quien busca un regalo de última hora sin saber muy bien qué está buscando.
—¿Me recomienda algo? Es para mi jefa, así que tiene que parecer caro sin que yo tenga que gastarme demasiado.
—Difícil combinación, pero factible —contestó Yaiza, sonriendo—. La caja de doce bombones surtidos lleva un lazo dorado que, se lo prometo, hace que cualquier cosa parezca el doble de cara de lo que realmente es.
El hombre se rio, compró la caja, y se marchó satisfecho, dejando a Yaiza con esa pequeña sensación de victoria cotidiana que llevaba seis años persiguiendo cada mañana: la de convertir un puñado de cacao, manteca y paciencia en algo que hacía sonreír a un desconocido en mitad de un martes cualquiera.
—Café —anunció Puri, apareciendo junto al mostrador con dos vasos de cartón y ese aire de quien ha decidido hacerse imprescindible en la vida de todo el mundo sin pedir permiso—.
Uno para ti, otro para el chico enfurruñado del reloj, que hoy tampoco ha desayunado, lo sé porque lo he visto llegar con la misma cara de fantasma de todos los martes.
Puri llevaba cuarenta y un años vendiendo flores en el mercado, desde una época en la que el barrio de Chamberí todavía olía a taller mecánico y no a bares de vinos naturales, y se había arrogado el papel de memoria colectiva de todos los que trabajaban entre aquellas cuatro paredes de hierro y cristal.
Sabía quién estaba enfadado con quién, quién debía dinero, quién iba a separarse antes de que lo supiera la propia pareja, y sabía, sobre todo, la historia completa de Yaiza y Gonzalo, porque la había visto empezar y la había visto terminar desde su puesto de claveles y ramas de eucalipto.
—No necesito café para el chico enfurruñado del reloj, Puri. Necesito que Gonzalo Ibáñez deje de ocupar espacio en mi campo visual antes de las nueve de la mañana.
—Pues lo tienes crudo, hija, porque me acabo de enterar de que hay reunión de comerciantes el jueves. Algo de una reforma del mercado. Y como sois vecinos de puesto, os van a sentar juntos, fijo.
Yaiza levantó la cabeza tan deprisa que estuvo a punto de tirar la bandeja de moldes.
—¿Qué reforma?
—Ni idea, algo del Ayuntamiento. Ha venido una mujer con tacones de aguja y una carpeta más grande que mi puesto entero a pegar un cartel en la entrada. Balbino está que trina.
—Vamos, os dejo que sigáis con lo vuestro —añadió Puri, aunque no se movió del sitio, remoloneando un rato más junto al mostrador, robando una trufa de la bandeja de pruebas con la naturalidad de quien lleva cuarenta y un años considerándose parte de la familia, antes de despedirse definitivamente y volver a su puesto de flores, satisfecha, con el aire de quien acaba de sembrar algo que tardará todavía un tiempo en florecer.
Balbino era el presidente de la asociación de comerciantes, un hombre de sesenta y ocho años que llevaba la charcutería del pasillo tres y que consideraba cualquier cambio en el mercado —desde un nuevo horario de recogida de basuras hasta la instalación de un lector de tarjetas— una afrenta personal contra cuarenta años de tradición.
Que Balbino estuviera "que trina" no era, en sí mismo, una noticia.
Que hubiera un cartel del Ayuntamiento en la entrada, sí lo era.
Yaiza se limpió las manos en el delantal y salió del puesto sin decir nada más, cruzando el pasillo central entre el frescor húmedo de la pescadería y el aroma a pan recién horneado que salía del obrador del fondo.
El cartel estaba junto a la puerta de la calle Vallehermoso, plastificado, con el logo azul del Área de Desarrollo Urbano y un titular que a Yaiza le dio, sin saber muy bien por qué, un vuelco desagradable en el estómago:
"PROYECTO ÁUREA: MODERNIZACIÓN INTEGRAL DEL MERCADO DE VALLEHERMOSO. Reunión informativa con comerciantes, jueves a las 18:00 en la sala de la Junta Municipal."
Debajo, en letra más pequeña, una frase que sonaba inofensiva y que, con los años, Yaiza aprendería a temer más que ninguna otra combinación de palabras en español: "Racionalización de espacios y fusión de actividades afines."
Detrás de ella, alguien se detuvo a leer el mismo cartel. No hizo falta que se diera la vuelta para saber quién era; reconocía el modo en que se aclaraba la garganta antes de hablar, un gesto que en once años no había cambiado en absoluto.
—¿Tú sabes qué significa "fusión de actividades afines"? —preguntó Gonzalo, con las manos en los bolsillos del pantalón y la vista fija en el cartel, no en ella.
—No tengo ni idea. Pero por el nombre, Proyecto Áurea, me da que no es nada bueno para nadie que no lleve tacones de aguja.