AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 31
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CAPÍTULO 31

El aliento

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KAZ

En el auto la abrazo fuerte y ya.

No hay una forma elegante de decirlo. No hay una forma correcta.

Solo está Blair entre mis brazos, el velo convertido en una maraña de tul enredada entre su pelo y mi hombro, el satín del vestido mojado y arrugado sobre las piernas, su respiración que cambia de cara cada pocos minutos, y yo tratando de rodearla sin romperme.

Noah maneja como si el semáforo en rojo fuera una opinión.

No habla.

Adelante, tiene las manos tan apretadas en el volante que los nudillos parecen huesos pulidos. De vez en cuando mira por el retrovisor. No a mí. A su hermana.

Blair tiene la frente contra mi camisa.

Le tengo una mano en la nuca y la otra en el vientre. Bajo la palma la siento llegar, antes de que ella abra la boca. La panza se endurece, se tensa toda de golpe, y el cuerpo se le cierra alrededor como una trampa.

—Kaz.

—Aquí estoy.

—Kaz, la…

No termina.

Se dobla hacia adelante, me agarra la camisa en el puño y aguanta el aire como si soltarlo le doliera más que todo lo demás.

—Respira.

—Cállate.

—Blair.

—No me hables.

—Respira de todas formas.

Me odia con los ojos cerrados. Lo siento.

Inhalo a propósito, fuerte, cerca de su oído. Me suelta un puñetazo en el pecho sin fuerza. Más protesta que golpe.

—Te juro que si me lo vuelves a decir…

La contracción se le come el resto. Le sale un sonido roto, bajo, peor que un grito. Los labios se le abren, la mandíbula le tiembla, los dedos casi me perforan la piel a través de la camisa.

—Muy bien —le digo bajito.

—No me digas muy bien.

—Está bien.

Noah da un volantazo para esquivar un taxi. El auto derrapa apenas y vuelve al carril.

—Dios santo, Noah.

—Voy rápido, no mal —dice él, con los ojos fijos al frente.

—No es momento de defenderte —le digo.

—No es momento de ponerme nervioso, Voronov.

Blair se ríe.

O lo intenta. Le sale una especie de sollozo feroz.

—Los odio a los dos.

—Yo también te quiero —dice Noah.

La contracción la suelta de golpe. Blair se derrumba contra mí, toda de una vez, la cara en mi cuello, el aire que le vuelve a jalones cortos.

Le paso una mano por el pelo mojado de sudor.

—Mírame.

—No.

—Mírame de todas formas.

Levanta los ojos. Brillantes, demasiado grandes para la cara que tiene ahora.

—Tengo miedo —dice.

Bajito. Como si fuera algo que odia admitir.

Le beso la sien.

—Ya sé.

—No. Tú no entendiste. —Me agarra la muñeca. Me la aprieta fuerte—. Tengo miedo de verdad.

—Yo también.

Me mira.

Por un segundo hasta deja de respirar.

—¿Tú?

—Sí.

Los dedos aflojan apenas.

—Tú le tienes miedo a todo lo que te pueda tocar —le digo—. Yo solo le tengo miedo a lo que te pueda tocar a ti.

No dice nada.

Tiene los ojos en los míos hasta que el vientre se le vuelve a tensar y el aire se le corta.

—Ahí viene.

—Lo siento.

—No digas que lo sientes, carajo. La que lo siente soy yo.

—Entonces dímelo tú.

Me clava las uñas en el brazo, echa la cabeza para atrás y grita. Esta vez fuerte. Sin contenerse. El sonido rebota en el techo del auto y vuelve a caer.

Noah maldice entre dientes y acelera todavía más.

Le apoyo la frente en la frente.

—Uno a la vez —le digo.

—Te arrancaría la lengua a mordidas.

—Eso también lo podemos hacer después.

Se vuelve a reír. Una risa pequeña, histérica, empapada de dolor.

—Háblame.

—¿De qué?

—De cualquier cosa que no sea esto.

Así que le hablo.

Le digo que esta mañana me temblaban los dedos y necesité tres intentos para abrocharme los botones de la camisa.

Le digo que Sofiya me acomodó el moño tres veces porque, según ella, parecía un sepulturero nervioso.

Le digo que cuando te vi al fondo del pasillo se me olvidó el nombre del padre, el mío, la iglesia entera, todo.

La siento respirar contra mi garganta. Esta vez sigue el ritmo sin pelearse conmigo.

Le hablo en inglés. Luego en ruso, cuando el inglés me queda demasiado grande y el ruso me sale más cerca del pecho. No entiende las palabras, pero entiende el tono. Se agarra de eso.

—Te amo —dice contra mi piel.

—Yo también.

—Ahora cállate.

—Entonces nada más te doy el aliento caliente.

—Hazlo.

Lo hago.

Cuando llegamos, no espero a que el auto se detenga del todo.

Me bajo con ella en brazos. El vestido se me engancha en el saco, el velo se me arrastra por la manga, el moño me aprieta como una burla. El portero de urgencias nos ve y le cambia la cara en un segundo.

—Voronov —digo.

No hace falta más.

Lo demás pasa rápido. Puertas que se abren. Una camilla. Enfermeros. Un médico que llega corriendo mientras se pone la bata. Alguien intenta quitármela.

—La llevo yo.

—Señor, tiene que…

—La llevo yo.

El médico me mira un segundo. La mira a ella. Me mira a mí. Asiente.

Me la dejan hasta la sala de parto.

La pongo en la camilla solo cuando la tienen que desvestir. Antes de soltarle la mano le quito el pelo mojado de la frente. Me busca con los ojos.

—No te vayas.

—No me muevo.

—Júramelo.

—Te lo juro.

Dejo que esas palabras me peguen de lleno en el pecho sin que se me note. Luego las enfermeras se la llevan detrás de una cortina para cortarle el vestido y cambiarle lo que se pueda cambiar.

Me avientan una bata azul.

Me la pongo encima del esmoquin sin quitarme nada. El moño me cuelga torcido en el cuello. Me veo de reojo en el reflejo de una ventana oscura y parezco alguien que salió mal parado de una historia que nunca le preguntó si quería entrar.

Vuelvo a entrar.

Blair está medio recostada en la cama, el pelo pegado a las sienes, un hombro desnudo porque la bata se le resbaló de un lado. El vestido cortado está tirado en una esquina como un animal muerto. Me tiende la mano antes de verme bien.

—Kaz.

—Aquí.

Se la tomo.

Se la lleva al pecho y la aprieta ahí, como si fuera suya y ya. Está bien así.

—No te vuelvas a ir.

—No me voy a ningún lado.

Tiene la piel mojada. Tiembla por dentro.

La obstetra la revisa. Habla con una enfermera. Un monitor marca unos números verdes que para mí no significan nada y para ellas lo son todo.

—Cuatro centímetros.

—¿Cuántos hacen falta? —pregunta Blair sin mirarla.

—Diez —contesta la obstetra.

Blair cierra los ojos.

—Diez es una cifra ofensiva.

Le beso la sien.

—Uno a la vez.

—No empieces otra vez con uno a la vez.

—Está bien. Dos a la vez.

Me jala la mano tan fuerte que casi se ríe mientras me odia.

—Es tu culpa.

—Ya sé.

—Tú me metiste en este desastre.

—Ya sé.

—Si vuelves a decir ya sé te arranco un dedo.

Asiento.

—Entendido.

La obstetra me mira. Luego la mira a ella. Luego niega con la cabeza, como si ya hubiera visto cosas peores y mejores y nosotros no fuéramos ni unas ni otras.

Las horas se rompen.

Ya no son horas. Son pedazos de aire, contracciones, agua, tela mojada en la frente, mi mano en la suya, su odio que sube y baja junto con el dolor.

Le enseño a respirar. Yo. Yo, que media vida le quité el aliento a los demás en vez de salvarlo. De vez en cuando me doy cuenta y casi me da risa. Casi.

A los seis centímetros me insulta en tres idiomas.

A los siete me pregunta si me puede matar después.

A los ocho me ordena que no la mire así.

—¿Así cómo?

—Como si el que estuviera sufriendo fueras tú.

—Estoy sufriendo.

—No. Tú de pie no sirves para nada.

—Eso duele.

—Muérete.

—Ahora no, cariño.

Se ríe en plena contracción y luego me odia más por eso.

Cuando la obstetra entra y dice que tengo la cara verde, Blair abre un ojo y me mira.

—Quítate ese moño.

—¿Ahora?

—Me está ofendiendo.

Me lo desato con una sola mano y se lo aviento a la mesita de noche.

—¿Así está mejor?

—Igual te ves ridículo.

—Gracias.

—De nada.

Salen un momento. Me apoyo en la pared y siento las piernas flojas de una forma que no me gusta.

En el pasillo los veo antes de que ellos me vean a mí.

Mikhail. Anton. Noah.

Los tres se levantan al mismo tiempo.

—Cristo —dice Mikhail.

—Sí.

—Pareces alguien a quien le acaban de dar una paliza.

—No es ninguna novedad.

Anton me pasa un vaso de agua sin decir nada. Lo agarro y me lo tomo entero en dos tragos.

Noah me mira de arriba abajo.

—Estás pálido.

—Soy ruso.

—Estás pálido hasta para sus estándares.

—Gracias por la consulta.

Noah se pasa una mano por la cara. Se ríe por la nariz. Él también está hecho pedazos.

—¿Blair te está destrozando?

—Sí.

—Bien.

—Sinclair.

—No, en serio. Bien. Ya era hora de que alguien te pusiera de rodillas sin tener que dispararte.

Anton asiente.

—De acuerdo.

—Los odio.

Mikhail se acerca y me da una palmada en el hombro tan fuerte que parece una advertencia.

—Respira.

—Déjame en paz, carajo.

—Te lo digo porque parece que te vas a desmayar.

—No me voy a desmayar.

Noah ladea la cabeza.

—Yo le apostaría veinte dólares a que Voronov se desmaya.

—Hazlo y te rompo los dientes.

—Ese es el hombre que conozco.

Una enfermera abre la puerta.

—Señor Voronov. Adentro.

Dejo el vaso sobre el radiador y vuelvo a entrar.

El cuarto cambió.

Más gente. Más luz abajo. Más ruido. Más urgencia.

Blair está doblada hacia adelante, el pelo empapado, la cara mojada. Me ve y estira la mano enseguida.

—Kaz.

—Aquí.

Se la tomo. Se la lleva a la boca un segundo, como si necesitara sentir que sabe a mí y no a desinfectante.

—Diez centímetros —dice la obstetra—. En la próxima empuja.

Blair me mira.

Tiene los ojos enormes.

—Kaz.

—Aquí estoy.

—Tengo miedo.

—Yo también.

Esta vez no la tranquilizo. Ni siquiera lo intento. Le digo la verdad y ya.

Me mira. Asiente apenas.

Llega la contracción.

Se le ve en la cara antes que en el resto. La boca que se tensa, los ojos que cambian, la mano que me aplasta la mía.

—Ahora —dice la obstetra.

Blair empuja.

Grita.

No un grito teatral. Un sonido que sale de abajo, de mucho más adentro del cuerpo. Le apoyo la frente en la sien y le hablo al oído. En ruso, luego en inglés, luego ya no sé en qué. Le digo palabras que a lo mejor no entiende y no importa. Me entiende a mí.

—Otra vez —dice la obstetra.

—Otra vez, cariño.

—Te odio.

—Está bien.

Empuja otra vez.

La miro y pienso que nunca en mi vida he visto nada tan feroz. Ni un tiroteo. Ni un hombre que sabe que va a morir. Nada. Solo ella, sosteniendo el mundo abierto a fuerza de dolor y de voluntad.

—Ya veo la cabeza.

Se me vacía el pecho.

Blair llora y se ríe y maldice todo al mismo tiempo.

—¿Qué?

—La cabeza.

—No me lo digas como si fuera una puta buena noticia, Kaz, sácamela y ya.

Me río. No lo puedo evitar.

Me aprieta la mano más fuerte.

—No te rías.

—No me estoy riendo.

—Te estás riendo.

—Un poco.

—Te mato.

—Primero da a luz.

La obstetra le habla. Yo no oigo ni la mitad de las palabras. Solo oigo su voz y la de Blair y mi sangre en los oídos.

Una última vez.

Blair jala aire de un lugar que ya no existe y empuja con todo lo que tiene.

Entonces llega el sonido.

Pequeño. Enojado. Vivo.

El primer llanto de mi hija.

Me quedo quieto.

No sé cuánto tiempo.

Solo sé que en algún momento Blair me mira y entiendo que estoy llorando. Sin hacer ruido. Sin darme cuenta. Como un idiota.

—Kaz.

Miro.

La obstetra se voltea hacia nosotros con una criatura diminuta, roja, furiosa, perfecta como solo pueden serlo las cosas que acaban de llegar.

—Una niña.

Una niña.

Blair se ríe y llora al mismo tiempo. Yo no logro hacer bien ninguna de las dos cosas.

—Una niña —dice Blair, sin poder creerlo.

—Pues sí.

—Estábamos convencidos de que era niño.

—Estábamos convencidos de un montón de pendejadas.

De esta sí se ríe de verdad. Le tiembla toda la cara.

Le ponen a la bebé encima.

En cuanto toca la piel de Blair, el llanto cambia. No se detiene del todo, pero se quiebra. Se vuelve más pequeño. Más cercano.

Me arrodillo junto a la cama.

Una mano en la frente de Blair. La otra en la cabeza de nuestra hija. Su cráneo bajo mi palma es diminuto. Caliente. Vivo.

—Hola —digo.

Es la única palabra que me sale.

La digo otra vez.

—Hola.

Blair me mira por encima de la cabeza de la bebé. Tiene la cara agotada, destrozada, preciosa.

—Kaz.

—Dime.

—¿Cómo le ponemos?

Me quedo callado.

No tenemos nombre. No uno de niña. Durante meses solo hablamos de nombres de niño, como dos idiotas arrogantes convencidos de saberlo siempre todo.

Miro a esa niña en el pecho de Blair.

Pequeña. Los labios apretados. Los ojos todavía cerrados. El puño ya cerrado, como si el mundo le debiera algo.

Luego miro a Blair.

El sudor. Las lágrimas. La sangre. La sonrisa que no se le queda quieta en la boca. La cara de la mujer que me escogió y que acaba de traer a nuestra hija al mundo con una fuerza que yo nunca voy a tener.

—Mila —digo.

No sé de dónde me sale. Me sale y ya.

Blair baja los ojos hacia nuestra hija.

—Mila —repite bajito.

Lo prueba en la boca una vez. Y otra.

Levanta los ojos hacia mí.

—Sí.

Le beso la frente.

Luego le beso la cabeza a Mila.

Luego vuelvo a la frente de Blair, porque no sé dónde poner todo lo que tengo adentro y es lo único sensato que se me ocurre.

Me toma la mano y se la lleva a la mejilla.

—Kaz.

—Aquí estoy.

Cierra los ojos un segundo. Mila se mueve apenas sobre su pecho y hace un ruidito diminuto.

Me quedo arrodillado junto a la cama, una mano dentro de la de mi esposa, la otra en la cabeza de mi hija, y entiendo algo que nunca había entendido de verdad.

No es que haya ganado.

No es que por fin pueda dejar de pelear.

Es otra cosa.

Es que por primera vez en mi vida hay algo más importante que yo respirando frente a mis ojos.

Y yo estoy aquí para verlo.