AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 30
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CAPÍTULO 30

El sí

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BLAIR

La primera me agarra mientras Camille me acomoda el velo en el pelo.

Empieza en la parte baja de la espalda, se abre hacia las caderas, se cierra. Una prensa lenta dentro de mí que aprieta y aguanta. Clavo los ojos en la grieta delgadita que hay arriba de la puerta. No respiro. Si respiro, Camille se da cuenta.

Luego pasa.

El aire me vuelve a entrar solo.

Hoy no. Hoy no dejo que nada se meta entre ese altar y yo. Ni el miedo, ni mi hijo, ni mi propio cuerpo. Esperé demasiado esta iglesia y a ese hombre al fondo del pasillo. Aprieto los dientes sobre la palabra no y la sostengo firme como un clavo detrás del esternón.

—Quieta un segundo.

—Estoy quieta.

—Moviste el hombro.

—Termina.

Sostiene el pasador entre dos dedos y me busca en el espejo. Trago saliva. Vuelve al velo.

—Listo.

El tul cae. El satín sobre la panza jala más de lo que debería.

—Blair.

—Camille.

—Enséñame las manos.

Se las enseño. Tiemblan.

—¿Tienes frío?

—No.

—Estás temblando.

—Es la adrenalina de la boda.

—Claro que es eso —dice Camille. No me mira.

Abre el polvo, me pasa la borla debajo de los ojos. Huele a talco. No habla. Me acomoda un mechón detrás de la oreja con el dorso de la mano y su piel, tibia, se queda en mi sien más de lo necesario.

—Ya puedes dejar de mirar la grieta.

Jade, desde el sillón.

Se quitó los zapatos, los pies cruzados sobre el brazo del sillón, una copa de prosecco en una mano y en la otra una servilletita que dobla y desdobla sin mirar. El verde botella se le sube por las piernas. El labial está fresco. Ya se tomó media copa.

—No estoy mirando nada.

—Llevas dos minutos mirando un punto arriba de la puerta.

—Estaba repasando mis votos.

—Tú no escribiste ningún voto.

—Cierto.

Se lleva el borde de la copa a la boca y me mira por debajo de las pestañas. No toma. Sostiene el vidrio entre los dientes. Los ojos fijos en los míos. Lleva diez segundos sin parpadear.

Luego baja la mirada. Vuelve al sillón. Se acaba el prosecco de un trago y ya no me mira.

Alguien entra sin tocar.

La reconozco por los tacones antes de voltearme. Sofiya.

Verde botella, el pelo suelto, los ojos grises de su hermano. Me mira del dobladillo del vestido al velo y niega con la cabeza.

—Puta madre, Voronov. Estás demasiado buena para el pendejo de mi hermano. Tengo el auto abajo, todavía estamos a tiempo.

Se me escapa la primera risa de verdad de la mañana. La dejo durar un segundo de más, porque mientras tanto se me está abriendo otra prensa por dentro y la doblo dentro de esa risa como se esconde una grieta detrás de una sonrisa.

Aguanto. Aguanto. Aguanto.

—Sofiya.

—Te llevo a Suiza, el lunes te preparo los papeles del divorcio. Descuento de familia.

—Lárgate.

Se me acerca. Me agarra la cara con las dos manos, los pulgares en los pómulos. Trae las uñas pintadas del mismo verde que el vestido. La prensa dentro de mí llega al punto más alto y yo la miro directo a los ojos grises como se mira el techo en el dentista.

—Por cierto, es la segunda vez que te veo vestida de novia, Voronov. Esta vez estás menos borracha y más guapa.

—En Las Vegas no estaba borracha.

—En Las Vegas estabas convencida de que sí, que es peor.

La prensa suelta. El aire me vuelve a entrar sin que nadie se dé cuenta.

Me da una palmadita en la mejilla, medio cachetada, medio caricia.

—Nos vemos allá al fondo, cuñada. Y no tiembles, que él ya tiembla por los dos.

Se va sin voltear.

Cierro los ojos. Los abro. Busco otra vez la grieta arriba de la puerta. Me tardo un momento en encontrarla.

Respiro.

La tercera llega mientras Jade se sirve el último dedo de prosecco.

Me agarra más abajo. La lengua se me dispara al labio de arriba. La pierna izquierda se me dobla un poco y me agarro del tocador con la mano que Jade no puede ver, volteada como está hacia la botella. La madera está helada bajo mis dedos.

Pasa.

Suelto el tocador. La mano me cae a lo largo del satín.

Cuando levanto la mirada, Jade se está volteando con la copa llena.

Me sonríe.

—Por la novia que no toma.

Brindo con una copa que no existe.

—Por la dama de honor que toma por las dos.

Se ríe.

Funciona.

Tocan dos veces.

Ni fuerte ni despacio. Dos golpes secos.

La puerta se abre.

Mi mamá entra con Evelyn un paso atrás.

Traje sastre color crema, el pelo recogido hacia atrás, un hilo de perlas. Me ve y se detiene a la mitad del cuarto, como si las piernas le hubieran pedido un segundo de tregua.

—Blair.

Cruza el espacio que nos separa en un solo paso. Me toma la cara con las dos manos y me besa: en la frente, en un pómulo, otra vez en la frente, otra vez en el otro pómulo. Olor a polvo. Las manos le tiemblan apenas sobre mis mejillas.

—Mamá…

—Cállate. Déjame verte.

Se aparta a lo largo de un brazo, me mide del velo al dobladillo, vuelve a mis ojos.

—Estás preciosa, mi amor.

—Si lo dices tú no cuenta.

—Lo digo de todas formas.

Se ríe bajito y la risa le llena los ojos de algo que no deja caer. Ella decide cuándo llorar. Me besa otra vez, dos veces, como cuando llegaba a la casa con una buena noticia.

Evelyn, dos pasos atrás, no habla. Nada más me mira. Tiene las manos apretadas contra el verde botella del vestido.

—Nos vemos allá al fondo —digo.

—En primera fila —contesta mi mamá.

Un último beso en la frente, seco. Toma a Evelyn del brazo y salen juntas.

Me quedo parada a la mitad del cuarto. El ramo me pesa más que hace diez minutos.

Tres golpes secos en la puerta. Noah entra sin esperar.

Esmoquin negro, el moño torcido, el pelo todavía con la marca del peine mojado. Se para frente a mí y me mira como si nunca me hubiera visto. Abre la boca, la vuelve a cerrar.

—No lo digas tú. No lo aguanto.

—Entonces cállate y dame el brazo.

Se ríe por la nariz, una sola vez. Me ofrece el codo. Es una barra de hierro. Lo tomo.

Salimos juntos. Las otras tres van delante de nosotros por el pasillo: Jade, Camille, Sofiya, sin voltear. Evelyn cierra la fila detrás de nosotros, callada.

Frente a la puerta principal de la iglesia, el sacristán espera con la mano en la manija de latón. Me ve y hace un gesto con la cabeza.

Noah me aprieta el codo contra el costado.

—¿Lista?

—Abre.

Le hace una seña al sacristán.

Las puertas ceden.

El órgano arranca con una nota grave y la siento en las costillas antes que en los oídos.

Al fondo del pasillo, entre las flores blancas y las cabezas volteadas, está él.

No se mueve. No sonríe. Tiene las manos quietas a los costados, y hasta desde aquí veo que le tiemblan los puños.

Doy el primer paso. El segundo ya sabe adónde ir.

No miro a nadie. Lo miro a él.

Él no me quita los ojos de encima ni para tomar aire.

Noah me sostiene del codo. No hablamos. No hace falta.

Mitad del pasillo. Otra prensa, más abajo. Le aprieto el brazo a Noah y él acorta el paso sin voltear. Un respiro. Pasa.

Tres cuartos. Le veo la vena en el cuello a Kaz.

El altar.

Noah me suelta. Me roza la sien con los labios y da un paso atrás.

Kaz me toma las dos manos. Mis dedos desaparecen dentro de los suyos.

—Estás bien.

No es una pregunta.

—Cállate y cásate conmigo.

Se le abre media sonrisa que no esperaba poder tener hoy.

El padre empieza. Sus palabras me llegan en diferido, un segundo después de verle mover los labios. Asiento en los mismos momentos en que asiente Kaz. El espejo.

Luego llega el momento.

—Kazimir Voronov, ¿aceptas a Blair Sinclair, aquí presente, como tu legítima esposa…?

—Sí.

Lo dice despacio. Como si se lo estuviera grabando en algún lugar dentro del pecho.

—Blair Sinclair, ¿aceptas a Kazimir…?

Siento que algo cede por dentro y baja.

—No.

Me sale sin pensarlo.

—No, no, no, ahora no.

El padre se apaga a media frase. Una ola de murmullos recorre la primera fila.

La mano de Kaz en la mía se vuelve de hierro.

Levanto los ojos y lo veo confundido. Asustado.

—Blair.

Es un aliento roto. La voz de alguien que acaba de ver cómo se viene abajo algo.

Su mano en la mía tiembla.

Kazimir Voronov nunca tiembla.

—Kaz…

—Qué hice.

No lo pregunta. Lo dice. Plano. Como si ya hubiera pasado el punto en que hacía falta saber y hubiera llegado a la certeza de haberme perdido.

—Kaz, no…

—Dímelo.

Tiene la voz ahogada. La respiración se le trabó en algún lugar de la garganta y ya no la puede sacar. Se le mojan los ojos. No parpadea. No cierra la boca.

Tiembla.

—Hija mía, si por cualquier… —empieza el padre.

—Cállese.

Lo digo yo. En una iglesia. El día de mi boda.

Me acerco a Kaz lo justo para llegarle a los labios. Levanto una mano y se la cierro en la mandíbula, fuerte.

—No es por ti. Se me rompió la fuente, carajo.

Lo veo tardarse dos segundos enteros en hacer que las palabras le pasen de los oídos al resto del cuerpo.

La mano se le afloja en la mía. La respiración le vuelve a entrar toda junta, a jalones. Le vuelve el color a la cara.

—Repítemelo.

—Se me rompió la fuente.

—Carajo.

—Sí, carajo.

—Cristo.

El padre dejó de respirar. El monaguillo tiene la sotana torcida y no se ha dado cuenta.

Kaz me mira. Le tiembla la mandíbula.

—Tenemos que ir al hospital.

—No.

—Blair…

—Cásate conmigo.

—Ahora tenemos que…

—Cásate conmigo, carajo. Lo quise demasiado para soltarlo ahora. Hoy no. Así no.

Otra prensa me llega en ese mismo segundo. Le aprieto fuerte la mandíbula, le clavo las uñas en la piel, me río como alguien que no debería estar riéndose en el altar.

Me volteo hacia el padre.

—Váyase directo a la parte donde digo que sí.

El padre vuelve a abrir el misal con las manos temblando.

—¿Aceptas a Kazimir Voronov…?

—Sí.

Lo grito. La contracción me parte en dos y lo grito de todas formas.

—Y tú…

—Sí —dice Kaz. Ni siquiera espera a que termine—. Sí, carajo, sí.

—Yo los declaro…

—Después.

Kaz me lo dice en la cara. Me toma la cara con las dos manos. Me mira como si me estuviera viendo por primera vez. Como si acabara de perderme y de encontrarme en el mismo segundo.

—Hospital, ya.

Me carga en brazos. El ramo se me cae de las manos y va a dar directo a las de Sofiya.

Lo mira como si estuviera envenenado, como diciendo ah, no, yo no, hoy no.

El velo se engancha en el hombro de Kaz.

Camille se lanza hacia adelante, lo suelta con dos dedos y se hace a un lado sin decir una palabra.

—Kaz…

—Aguanta.

Me aprieta contra el pecho y baja por el pasillo conmigo en brazos. Las cabezas se voltean. Alguien se ríe. Alguien aplaude.

Noah ya está de pie con las llaves en la mano.

—El auto.

—Ya está afuera —contesta Noah.

Alguien grita que llamen al hospital. Oigo a mi mamá decir algo que no entiendo. Kaz me saca de la iglesia corriendo. El corazón le late tan fuerte que lo siento a través del esmoquin.

—Kaz —le digo contra el cuello—. Técnicamente estamos casados.

—Técnicamente te estoy llevando a parir.

—Técnicamente eres un cabrón.

Me mira. Tiene la mandíbula apretada y las manos todavía le tiemblan.

—Técnicamente te amo.

Se le sale una risa rota, más pánico que alivio.

—No puedo creer que esté pasando ahora —dice—. Justo ahora. En la maldita boda.

—Vas a ser papá, Kaz.

—Cristo, Blair, yo…

—Nada más quédate conmigo.

Y me saca de ahí.