EPÍLOGO
Casa
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BLAIR
Mila duerme sobre la panza de Kaz.
Él está acostado en la tumbona del jardín, los tobillos descalzos asomándose por el borde, una camiseta negra subida hasta medio pecho porque Mila duerme sobre su piel, una mano el doble de grande que la cabeza de nuestra hija apoyada detrás de su nuca.
Desde que nació Mila, él tiene un único código de conducta: si ella se mueve, él se queda quieto; si ella duerme, él respira despacio; si ella llora, él le habla en ruso hasta que se calla.
Funciona. A mí me tomó una semana admitirlo.
Yo estoy en una silla de jardín a un metro, con un vaso de agua con limón en la mano y el mirlo que hace una semana se adueñó de la rama más alta del cerezo encima de mi cabeza y que se pone furioso cada vez que el cartero pasa por el camino de la entrada. Mila tiene casi dos meses.
En el penthouse el silencio era un arma. Lo ponías entre dos personas y era como una navaja esperando decidir de qué lado caer. Aquí el silencio es otra cosa. El viento, el mirlo en el cerezo, la respiración de Mila sobre el pecho de su padre.
Kaz me dijo escoge tú, y yo escogí. Cada manija, cada libro en la repisa, el verde de la cocina que Camille llamó «inapropiado» antes de enamorarse de él, el lugar exacto donde poner la cuna para que por las mañanas el sol no le diera en la cara.
La primera vez que entró en la casa terminada, Kaz miró alrededor durante veinte segundos, luego se detuvo junto a la mesa de la cocina y dijo una sola cosa.
—Huele a ti.
—¿Qué?
—Toda la casa. Huele a ti.
—¿Es un problema?
—Es la razón por la que me gusta.
No volvimos a hablar de paredes ni de repisas.
—Me estás mirando —me dice ahora, sin abrir los ojos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque eres el pakhan más peligroso de la costa este y duermes con tres kilos de recién nacida encima y no te despertarías ni aunque el mundo se estuviera quemando.
—Hay prioridades que cambian.
—Exacto.
Abre un solo ojo. El otro se queda cerrado, porque si lo abre se mueve, y si él se mueve, Mila se mueve.
—Ven acá.
Me levanto, dejo el vaso en el pasto, cruzo el metro que nos separa. Me siento en el borde de la tumbona y me dejo resbalar despacio contra él, la mejilla a la altura de su hombro. Me pasa el brazo libre alrededor de las costillas. Mila, sobre su pecho, hace un ruidito diminuto y sigue durmiendo.
Del camino de la entrada llegan voces.
Sofiya. Noah. En ese orden, siempre en ese orden últimamente, y no es casualidad.
—Están en el jardín —grita Sofiya sin tocar, porque Sofiya Voronov no ha tocado una puerta en su vida y no va a empezar ahora.
Llega frente a nosotros con una bolsa de una pastelería rusa en una mano y los lentes de sol sobre la cabeza, el vestido negro que le queda como si se lo hubieran cosido encima esta mañana. Trae esa cara de enojo que últimamente le veo demasiado seguido.
Noah llega dos pasos detrás de ella y se detiene en el borde del pasto sin pisarlo, como si tuviera miedo de ensuciar algo que no es suyo. Las manos en los bolsillos. No la mira.
Sofiya no lo mira a él.
Levanta la cabeza, ve a Mila sobre la panza de Kaz y se le ablanda la cara.
Deja la bolsa en la mesita de hierro, se quita los lentes y los deja caer junto a la bolsa. Noah sigue parado en el borde del pasto.
—Noah.
—Blair.
—Entra.
—Aquí estoy bien.
—Noah.
Da dos pasos sobre el pasto y se vuelve a detener, mira alrededor, luego mira a Kaz, luego mira a Mila, y esquiva a Sofiya como se esquiva un poste contra el que ya te estrellaste una vez.
—Hola, chiquita —le dice a Mila, que no lo oye porque está dormida.
—Cárgala un minuto —dice Kaz.
—¿Qué?
—Cárgala.
—Kaz.
Mi hermano pone esa cara que ponen los hombres cuando les dan un recién nacido en brazos por primera vez, algo entre el terror y el deber.
Se inclina, toma a Mila del pecho de Kaz con una delicadeza que nunca le he visto usar con nada en su vida y se la acomoda en el hueco del codo.
Mila se queja un segundo, hunde la cara en el suéter de Noah y vuelve a donde estaba.
Sofiya, del otro lado de la mesa, se quedó con la mano dentro de la bolsa de la pastelería.
Mira a mi hermano con mi hija en brazos un segundo de más, un segundo y medio, esos segundos que cambian el peso del aire en un jardín.
Luego aparta la mirada demasiado rápido y saca un vareniki como si dentro de la bolsa estuviera la respuesta a una pregunta que nadie le hizo.
Kaz me besa la sien y me aprieta contra él.
Cierro los ojos.
Bajo la mejilla siento latir el corazón de Kaz, lento, firme, sin prisa, como si por fin hubiera aprendido que ya no tiene que perseguir nada. El sol me da en la cara, el pasto me pica un tobillo descalzo, el mirlo del cerezo se calla porque decidió que por hoy ya dijo suficiente.