CAPÍTULO 28
La rendición
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KAZ
Mikhail habla y yo lo escucho. O más bien, lo intento.
—El cargamento de Rusia llegó esta mañana, Nikolay ya mandó al equipo al puerto. Luego están los albaneses, quieren una reunión. Dicen que ahora que estás afuera quieren tratar directamente contigo.
—¿Cuándo?
—Esta semana. Nikolay dice que conviene hacerla en el Voronov Group, no en territorio neutral. Para que entiendan quién manda.
—Tiene razón. El jueves. Agéndala.
—Entendido. Luego está el asunto de los…
La puerta del baño se abre.
Blair sale entre una nube de vapor. El pelo mojado sobre los hombros, la piel brillante y una toalla que la tapa del pecho a medio muslo. Medio muslo alto. Muy alto.
Me mira. Un segundo. Luego se va directo a la cómoda como si yo no existiera.
—¿Kaz? ¿Sigues ahí?
—Sí. Sigue.
Mikhail sigue hablando. No entiendo una mierda de lo que dice.
Abre el primer cajón. Saca ropa interior.
Negra. Encaje. Se pone de espaldas, deja caer la toalla y se queda desnuda frente a mí.
La espalda, la curva de la cintura, el culo.
Se pone una tanga con una lentitud que no tiene nada de natural.
Se la sube centímetro a centímetro. Se acomoda el elástico en las caderas y se gira tres cuartos para agarrar el brasier.
Encaje negro, el delgadito, el que no sostiene nada y no sirve para nada más que para volverme loco.
Se lo abrocha en la espalda. Se acomoda las copas con la palma. Se mira al espejo y se pasa una mano por el pelo mojado.
Toda la sangre se me baja a la entrepierna. La tengo dura desde que dejó caer la toalla, y ella lo sabe.
—…y los albaneses también quieren hablar del corredor de los Balcanes, Nikolay dice que hace falta tu autorización antes de…
—¿Qué estás haciendo?
Blair se da la vuelta. Ojos grandes, inocentes. La muy cabrona.
—Nada. Me acabo de bañar. —Se encoge de hombros—. Ahora me voy a poner crema.
Agarra el tubo de la mesita de noche. Se para junto a la cama y apoya un pie en el colchón.
La pierna doblada, el muslo abierto. Se unta la crema del tobillo a la rodilla.
Lenta. Los dedos subiendo por la piel todavía húmeda.
Luego el muslo. Los dedos se deslizan hacia adentro, suben, aprietan.
Cambia de pierna. La misma lentitud, el mismo numerito de corista que sabe perfectamente lo que está haciendo.
—¿Kaz? ¿Oíste lo que te dije?
—Mikhail. Te llamo luego.
—Pero…
Cuelgo.
Blair me mira. Todavía tiene las manos en el muslo. La boca no sonríe, pero los ojos sí, esos ojos de cabrona que saben exactamente lo que me están haciendo.
—¿Tenías una llamada importante?
—Ven acá.
—Me estoy poniendo crema, Kaz.
Se acerca. La crema en una mano. Se detiene frente a mí, de pie entre mis rodillas. La miro desde abajo. El encaje negro, las tetas que se le salen de la copa, el vientre justo debajo del ombligo.
Se pone crema en el vientre. En círculos, despacio, con la palma abierta. Luego sube. Entre los pechos. Por el cuello. Ladea la cabeza y se pasa los dedos por la nuca. Cierra los ojos y suspira.
—Blair.
—¿Mmm?
Me tiende el tubo.
—¿Me pones en la espalda? No alcanzo.
Se da la vuelta. Me da la espalda. Encaje negro y piel desnuda. Espera.
Le pongo las manos en la cintura. No se mueve.
La tengo enfrente, el culo a un palmo de mi cara, la tanga que no tapa nada.
Le unto la crema en la espalda, bajo, le agarro las nalgas con las dos manos y se las aprieto.
No se quita. Le muerdo una nalga. Despacio.
Luego no tan despacio. Siento cómo le cambia la respiración.
Se da la vuelta. Me mira desde arriba con esos ojos oscuros y la respiración cortada y esa media sonrisa de cabrona que me voló la cabeza desde el primer día.
La jalo hacia mí. La agarro de las caderas y la subo a mis piernas, a horcajadas. Su peso encima, el calor entre sus piernas, su cara a un centímetro de la mía. Dos meses de litera y paredes grises, y ahora su boca en la mía y sus manos en mi pelo, y me explota la cabeza.
Me agarra del pelo y jala. Fuerte. Me muerde el labio y siento el sabor de la sangre. Sus manos en mi pecho, las uñas en la piel. Me arranca la camiseta por la cabeza y me araña los hombros.
La levanto en vilo. Me rodea con las piernas, los brazos al cuello. La estampo contra la pared. El cuadro se cae. Me importa una mierda.
—Ya era hora, carajo. —Me mira a los ojos, la respiración rota—. Pensé que te habías ablandado.
Le aprieto el muslo.
—Repítelo.
—Ablandado.
La llevo a la cama y la aviento. Rebota en el colchón y me mira desde abajo con esos ojos de reto que me vuelven loco. La agarro de un tobillo y la jalo hacia mí. Patalea, se ríe, me suelta una patada en el hombro, y yo le sujeto las piernas y me meto en medio.
—Quítame las manos de encima, Voronov.
—No.
Le arranco el brasier. Salta un broche. Me da igual. Le agarro las tetas y se las aprieto y ella se arquea y gime. Le lamo el pezón, se lo muerdo, y el sonido que le sale de la garganta acaba conmigo.
Le arranco la tanga. La siento mojada contra los dedos.
—Dos meses, Blair.
—Ya sé.
—Dos putos meses.
—Entonces deja de hablar y cógeme.
Se la meto.
Dos meses de hambre. La aprieto y ya. La aprieto y me la cojo y ella me muerde el hombro y me clava las uñas en los brazos y no me dice que pare, me dice que más.
Me agarra la cara con las dos manos. Me mira mientras me la cojo. Los ojos brillantes, la boca abierta, la respiración hecha pedazos.
—Mírame.
La miro. No puedo hacer otra cosa.
Me voltea. Se me sube encima y me planta las manos en el pecho.
Se mueve sobre mí y yo la agarro de las caderas y la miro y carajo, qué bonita es, las tetas rebotando y el pelo mojado en la cara y esa cara de cabrona que ya no puede seguir haciéndose la dura.
Aprieta y se mueve y yo le aprieto las caderas tan fuerte que mañana va a tener las marcas.
—¿Te divertiste con la crema, cariño?
—No tienes idea.
Subo el ritmo desde abajo y la siento apretarse alrededor de mí, y el sonido que hace me vuelve loco. Se muerde el labio, echa la cabeza para atrás.
La volteo otra vez. La pongo boca abajo. Le jalo las caderas hacia mí y se la meto por detrás, y ella hunde la cara en la almohada y grita.
—Así. Carajo, Kaz, así.
La agarro de la nuca. Le beso el cuello y la muerdo y ella aprieta las sábanas y se empuja contra mí. Cada embestida me rebota en los huesos. Cada sonido que hace me saca de quicio.
—No pares.
No paro.
Ella se viene primero. La siento contraerse alrededor de mí, las piernas temblando, los dedos apretándome. Grita contra la almohada y yo la sostengo y no paro, y cuando me vengo me vacío de todo, dos meses de miedo y de rabia y de noches en la litera mirando el techo y pensando en ella.
La jalo encima de mí. La abrazo con la cara en su pelo, su cuerpo pegado al mío, su respiración en mi cuello.
—Carajo, Blair. No te imaginas cuánto te extrañé.
No contesta. Me pasa los dedos por la nuca, despacio. Nos quedamos así.
—Te oí, Kaz.
—¿Qué?
—Con tu padre. En el estudio. Sé lo que hiciste por mi papá.
Me quedo quieto. No me muevo. Ella levanta la cara y me mira.
—Hoy hablé con mi mamá. —Le cambia la voz.
Más baja—. Estaba contenta. Me dijo que papá resolvió sus problemas de dinero.
Que por fin todo está bien. —Se detiene—.
No sabe nada de lo que hizo mi papá. De toda la mierda en la que se metió.
Y yo no tuve el valor de arruinarle ese momento de felicidad.
Me mira. Los ojos húmedos. Se acerca y me pone la mano en la mejilla.
—Gracias.
Una palabra. Una sola. Y se me mete más adentro que todo lo demás.