AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 27
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CAPÍTULO 27

El cajón

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BLAIR

Me despierto con su brazo encima. Pesado, caliente, apretado alrededor de mi cintura. La frente entre mis omóplatos, la respiración en mi piel. No se movió en toda la noche.

Yo no dormí.

Me volteo despacio hacia él. Duerme con la cara medio hundida en la almohada, la boca abierta, el pelo en los ojos. De repente me encuentro con la mano levantada. Le quito el pelo de la frente. Me detengo. Cierro el puño y la retiro. Carajo, Blair.

Se mueve, murmura algo, se pone boca abajo. La espalda desnuda en la luz gris. Los tatuajes, y entre las costillas unas manchas amarillentas. Viejas. Casi borradas. Pero están. Anoche, a oscuras, no las había visto.

Le paso un dedo encima. No se despierta. Quién sabe por lo que pasó allá adentro.

Voy al baño. Las vitaminas, el agua. En el espejo la camiseta me aprieta en el pecho. Me paso la mano por la panza. Se me volvió costumbre.

En la cocina está el frasco azul de siempre. Me como una galleta de pie. Me como otra. Y otra más. Pongo el café, me acuerdo de que no puedo tomarlo y me dan ganas de soltar maldiciones.

Su celular está en la mesa, apagado. Lo apagó ayer enfrente de mí. Nada más quiero estar contigo. Me lo dijo como dice él las cosas, despacio, sin levantar la voz, y no era una orden. A una orden sé decirle que no.

Pasos en el pasillo. Entra a la cocina. Pantalones oscuros, sin camiseta, el pelo revuelto de sueño. Me pasa por detrás para ir al refrigerador y me roza la espalda. Así nada más. Sin detenerse.

—¿Qué quieres comer?

—No tengo hambre.

Me mira. Levanta una ceja. Abre el refrigerador, saca los huevos, un pimiento morrón. Se mueve por esta cocina como si nunca se hubiera ido. Corta, echa el aceite, enciende el fuego. De vez en cuando me mira, un segundo, y regresa a cocinar. Me pone el plato enfrente sin preguntar.

Como. Está rico. También por eso lo odio.

—No sabes mentir, cariño. —Me mira las ojeras.

—¿Sobre qué?

—Que no tienes hambre. Que dormiste. Que estás bien.

Le aviento la servilleta y él la atrapa al vuelo y sonríe. Esa sonrisa. Esa media sonrisa de cabrón que los primeros meses me volvía loca y ahora me da ganas de besarlo y de darle una cachetada.

—Llevo dos meses durmiendo poco, Kaz.

La sonrisa se le borra. Me agarra la mano, entrelaza sus dedos con los míos y se la lleva a los labios.

—No va a volver a pasar, Blair.

Luego me suelta, levanta la mesa, lava los platos.

Pasamos el día así. Él en el sillón con un libro en la mano que no lee, yo pegada al celular sin contestarle a nadie.

En algún momento pone una película, no pregunta cuál, la escoge él.

Me siento en la otra punta del sillón. A la mitad de la película tengo los pies en sus piernas y él me los está masajeando sin siquiera pensarlo.

Ninguno de los dos sabría decir cómo llegamos ahí.

Por la noche nos acostamos. Se estira y me jala hacia él.

Lo deseo. Carajo, cómo lo deseo. Dos meses sin él y lo deseo tanto que me duele. Me aprieto contra él y lo siento duro contra mí y él sabe que lo siento.

No lo intenta. Nada más me abraza.

Se queda dormido antes que yo.

Me levanto despacio. Sus dedos se resbalan. Voy a la mesita de noche, abro el segundo cajón.

Tres cosas. La pulsera, la que me regaló cuando trataba de que lo perdonara.

Oro blanco, piedras que brillan en la oscuridad.

Me la quité y nunca me la volví a poner.

Al lado está el reloj, el de Moscú. Me lo compró en el Metropol, el día que salimos bajo la nieve y por cinco minutos me sentí normal.

No me lo volví a poner después de las pastillas.

Y abajo, hasta el fondo, el anillo de bodas. Oro delgado, sin piedras, sin grabado. Me lo puso en el dedo el día que se casó conmigo. Ese día no entendía nada. Ahora entiendo demasiado.

Lo agarro. Lo giro entre los dedos. No es un regalo. Es una promesa. Una que él rompió y que yo no sé si todavía me creo.

La pulsera y el reloj se quedan en el cajón. Cosas de un tipo que creía que el perdón se compraba.

El anillo lo dejo en la mesita de noche de mi lado. Ayer estaba encerrado en el cajón. Ahora está afuera.

Regreso a la cama. Me meto bajo las mantas y él, dormido, me encuentra, me jala hacia él, me abraza. Siento su respiración en la nuca y su brazo que me sujeta como si tuviera miedo de que desapareciera.

No duermo. Pero me quedo.

A la mañana siguiente el elevador se abre directo en el penthouse. Ni siquiera oí el ruido. Levanto los ojos de la taza y me encuentro a Konstantin en medio de la sala. Abrigo oscuro, los ojos de Kaz pero más fríos. Como si estuviera en su casa.

—Konstantin. Qué gusto verte. Podías haber tocado el timbre.

No sonríe. Me mira la panza. Un segundo, no más. Luego me pone una mano en el hombro y asiente. Viniendo de un Voronov, eso ya es una declaración de amor.

—¿Kaz?

—En el baño. Siéntate, ¿quieres un café? No, espérate, ustedes los Voronov no toman café antes del mediodía, toman vodka.

Me mira con esos ojos que no se pierden nada. Casi se le escapa una sonrisa. Casi.

Kaz sale del baño. Lo ve. Se quedan quietos. La misma estatura, la misma cara, la misma sangre.

—Tenemos que hablar.

Se van al estudio. Kaz cierra la puerta. Sin mirarme, sin explicar. Como en los viejos tiempos, cuando hacían sus negocios y yo no existía. Hay cosas que no cambian.

Me quedo en la cocina. Sus voces llegan bajitas desde el pasillo.

Me levanto por un vaso de agua. Paso frente al estudio. La puerta está entreabierta. La manija bajada pero sin cerrar del todo. Me detengo. Descalza en el piso frío.

Konstantin habla fuerte y me quedo congelada.

—Te dije que le quitaras el archivo a Richard. Podías cerrar todo en un día.

—En cambio te pasaste dos meses allá adentro.

—Ese archivo es lo único que mantiene vivo a Richard. Si se lo quitaba, era hombre muerto.

—Sinclair se metió en problemas él solito.

—Es el padre de mi esposa.

Me apoyo en la pared.

—Lo volvería a hacer.

—¿Y las cuentas de Sinclair? Sé que negociaste que las descongelaran.

Kaz no contesta.

—Te salió caro, Kazimir. —Más bajo—. Tenía gente adentro. Sé lo de las primeras tres semanas.

—No pasó nada.

Los moretones en la espalda. Esta mañana los vi y no entendí. Ahora sí.

Me encierro en el baño. Me siento en el borde de la tina y me aprieto la cara con las manos.

No lloro. Es algo más abajo, en el pecho. Duele. Pero es un dolor que sirve.

Konstantin se va.

Los pasos de Kaz en el pasillo. Me lavo la cara. Agua fría. Los ojos rojos en el espejo.

Voy a la mesita de noche. El anillo está donde lo dejé anoche, sobre la madera. Lo agarro. Lo aprieto en el puño.

No me lo pongo en el dedo. Me lo meto en el bolsillo.

No le he perdonado nada. Pero ahora sé algo que antes no sabía. Y me quema por dentro peor que la rabia.