CAPÍTULO 26
En casa
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KAZ
Siete minutos bajo el agua caliente. El shampoo de Blair, el jabón que huele a vainilla, los azulejos blancos en lugar del cemento gris.
Me lavo el pelo dos veces. La piel me arde bajo el chorro, roja del calor, y así está bien.
La cárcel se te queda pegada. El olor a desinfectante, a la litera, al sudor de cuarenta hombres en un pasillo.
Se necesitan siete minutos para quitártela de la piel. De la cabeza se necesita más.
Blair duerme en el cuarto de al lado. La vi al entrar, hecha un ovillo en la cama, con mi camiseta puesta. No la desperté. Quería quitarme la cárcel de encima antes de tocarla. No me le acerco sucio de ese lugar. A ella no.
Cierro el agua. Agarro la primera toalla que encuentro. El baño está lleno de vapor, el espejo empañado, los pies mojados en el piso caliente. Afuera no hay nadie que toque para decirte que se acabó el tiempo. Nadie que grite un número en lugar de tu nombre.
Me seco el pelo. Los hombros. El pecho. Me miro las manos.
Los nudillos sanados, los dedos limpios.
Hace dos meses las manos de un Voronov servían para agarrar un bolígrafo y firmar órdenes.
Adentro servían para hacerte respetar los primeros tres días.
Luego ya no hacían falta, porque después de tres días todos sabían quién era yo.
Voy a mi cuarto. El de antes, cuando Blair y yo teníamos cuartos separados.
El clóset está como lo dejé. Las camisas en fila por color, los pantalones doblados, los zapatos en las repisas.
En dos meses no movió ni un gancho. Mi loción cerrada en la repisa, la toalla doblada sobre la cómoda. Todo en su lugar.
Saco unos bóxers. Unos pantalones oscuros. Se siente raro poder escoger. En la celda te dan el overol naranja y con eso te quedas.
Los pasos los oigo antes de voltearme. Ligeros. Pies descalzos en el parquet. El paso de alguien que trata de que no la oigan, pero no sabe que dormí sesenta y tres noches con un oído abierto.
Me volteo.
Blair.
Está en la puerta. Un cuchillo de cocina en la mano derecha, grande, de chef. Mi camiseta gris puesta, que le llega a medio muslo. El pelo suelto, los pies descalzos, los ojos muy abiertos.
Me quita el aliento. Cada vez. Dos meses en una celda mirando el techo y pensando en ella, y ahora está aquí, a tres metros de mí, y me quita el aliento igual que la primera vez.
Me mira. El cuchillo le tiembla en el puño. Se pone blanca. Los dedos se le abren. El cuchillo cae al parquet. Se le doblan las piernas.
La agarro al vuelo. Un brazo alrededor de la cintura, el otro debajo de las rodillas, y la jalo hacia mí antes de que se estrelle contra el piso. Su piel contra la mía y me revienta todo. Dos meses. Dos meses sin tocarla, y ahora la tengo y tiemblo, y yo nunca tiemblo, carajo, nunca tiemblo.
El cuchillo se queda en el piso. Lo aviento lejos con el pie y la llevo a la cama.
La acuesto. Respira. Nada más se desmayó.
Me siento en el borde de la cama. Ni siquiera me puse los pantalones. La toalla en la cadera, el pelo todavía mojado escurriéndome por los hombros. Me importa una mierda.
La miro.
Sesenta y tres días. Los conté todos. Cada noche en la litera mirando el techo con la lámpara que nunca se apaga, pensando en esta cara.
En estos labios. En su voz. En cómo me miraba antes de que yo mandara todo a la mierda.
En cómo me miraba después. Y ahora está aquí, a un palmo de mí, y puedo mirarla todo lo que quiera sin un vidrio de por medio y sin nadie que toque y me diga que se acabó el tiempo.
Le quito el pelo de la cara. Le paso el pulgar por la sien.
Por la mejilla. Por el labio de abajo. La piel está suave, tibia.
La toco y no me basta. Nunca me basta. En un rato se va a despertar, me va a mirar, y no sé qué voy a encontrar en sus ojos.
Si todavía voy a encontrar algo, después de todo lo que le hice. O si ya quemé todo.
La deseo y me da miedo. Ella no. Lo que va a pasar cuando abra los ojos.
Bajo la mirada. La camiseta se le subió y debajo del algodón hay una curva que hace dos meses no estaba. Pequeña. Apenas se nota. Pero está. Tres meses y medio.
Le pongo la mano encima. Despacio. La piel tensa y tibia bajo mis dedos. Yo quería este hijo. Lo quería por las razones equivocadas, por mi padre, por el apellido, por la sangre. Ahora lo quiero porque es parte de ella y de mí. Lo único verdadero que hicimos juntos.
Me quedo quieto. La mano sobre ella. Le acaricio el costado con el pulgar. Arriba y abajo. Bajo la palma siento la respiración que le levanta el vientre, despacio, y se lo vuelve a bajar. No tengo prisa. Ya no tengo ningún lugar adonde ir.
Los dedos en su pelo. Le quito los mechones de la cara, se los acomodo detrás de la oreja. El cuello. El hombro bajo el algodón. La toco toda, despacio, sin prisa, porque ahora el tiempo es mío.
Me inclino. Le apoyo la frente en la sien. Me quedo ahí. Su respiración en mi mejilla, su olor que me llena. Le rozo los labios con los míos. Despacio. Sin despertarla. Nada más para sentir que es real.
Un movimiento bajo los párpados. Le tiemblan las pestañas. La respiración le cambia de ritmo.
Abre los ojos.
Me mira. No se mueve. Los ojos enormes, la boca abierta, quieta.
—Blair.
No contesta. Me clava los ojos. Le tiembla el labio, las manos apretadas en las sábanas.
—No. —La voz le sale rota—. No es posible.
Le agarro la mano y me la aprieto contra la mejilla. Sus dedos fríos en mi piel caliente. La dejo ahí.
—Se acabó, cariño. Estoy aquí.
Los dedos se mueven. Despacio. Me tocan la mandíbula. El cuello. Bajan al hombro, al pecho, a la cicatriz de la costilla. Presionan. Le tiembla la respiración.
Me planta la palma en el esternón. Fuerte. Y se derrumba. De repente la tengo encima, entera, la cara en mi hombro, los brazos en mi cuello, temblando. Yo también tiemblo.
—Eres un cabrón. —Y me suelta un puñetazo en el pecho. Lo siento hasta el fondo. Luego otro. Llora y me pega y yo la abrazo fuerte y la dejo.
—Dos meses, Kaz.
No dice nada más.
Luego levanta la cara y se ríe. Tiene los ojos hinchados y la nariz roja y se ríe con las lágrimas todavía escurriéndole.
—Perdón. —Se pasa la mano por la cara—. Las hormonas. La otra noche lloré con un comercial de atún.
Se me hace un nudo en el estómago.
Le seco la mejilla con el pulgar. Me mira la boca. Y me besa.
Y vuelvo a vivir.
Sabe a sal y a lágrimas y me quema todo, las manos en su espalda debajo de la camiseta, el pecho que se aplasta contra el mío, la garganta.
Llevo dos meses sin besarla y no sabía que respirar me hacía tanta falta.
La jalo hacia mí y la aprieto y no está lo bastante cerca, nunca va a estar lo bastante cerca.
Me muerde el labio. La muerdo. Me jala el pelo y yo la aprieto y no sé cuánto tiempo pasa. Sus piernas alrededor de mí, encima de mí, su aliento en mi boca. No la suelto. Ya no la suelto.
Se separa. La frente contra la mía. Respiramos.
—No creas que ya te perdoné, ¿eh?
—Ya sé.
—Porque tuviste que mandar todo a la mierda. —Bajito. Ya no es rabia. Es cansancio—. Podíamos ser felices.
Se me cierra la garganta.
—Todavía podemos.
—No sé, Kaz.
Le agarro la cara con las dos manos. La miro.
—No te pido que me perdones. Nada más déjame estar cerca de ti. Estar así.
No contesta. Pero no se aparta. Se deja ir contra mí, la cabeza en mi hombro, la respiración que poco a poco se le calma. Le pongo la mano en el vientre. Ella pone la suya encima.
Nos quedamos así. Su respiración, la mía. La mano en el vientre de la mujer por la que quemaría el mundo. El penthouse vacío alrededor de nosotros y el mundo de afuera que no existe.
Estoy en casa.