AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 25
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CAPÍTULO 25

Veinticuatro horas

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BLAIR

Me despierto con la camiseta de Kaz puesta.

La gris, lavada trescientas veces, con el algodón tan gastado que casi se transparenta.

Su olor se fue hace semanas, pero me la pongo igual todas las noches.

No sé por qué. Ni siquiera es consuelo. Es costumbre.

Es el gesto de alguien que no sabe dejar de hacerlo.

Me volteo. La otra mitad está vacía. Sábanas frías, almohada lisa. Como todas las mañanas desde hace dos meses.

La luz entra por las cortinas. Gris. El cielo de alguien que no tiene ninguna razón para levantarse.

Pero tengo hambre. Tres meses y medio y siempre tengo hambre, a cualquier hora, de cosas que no había comido en mi vida.

Anoche me acabé un frasco de pepinillos en vinagre parada frente al refrigerador abierto, a las dos de la mañana.

Las náuseas todavía van y vienen, pero los antojos son peores.

Me levanto. El espejo del recibidor me devuelve a una loca.

El pelo para donde quiere, la cara hinchada, la camiseta a medio muslo.

La panza ya empezó a salir. Poquito. Pero cuando me pongo de perfil la veo, esa curva baja debajo del ombligo que antes no estaba.

La toco todas las mañanas. Es lo único que me mantiene de pie, y no lo digo por ponerme cursi. Lo digo porque es verdad.

Voy a la cocina. Hay una nota de Irina en la barra. Su letra apretada, toda picos, en ruso con la traducción abajo para mí. Súper. Regresamos para la comida. Sofiya viene conmigo. Cómete las galletas del frasco azul.

Abro el frasco azul. Agarro una galleta.

Mastico de pie, apoyada en la barra, descalza en el piso frío.

Las galletas las hace Irina. Mantequilla, azúcar, vainilla.

Las saca del horno cada dos días, las mete en el frasco y yo me las como, porque si no me las como me mira con esos ojos y no hay manera de decirle que no a una mujer rusa que crió a tres hijos y a un marido que no se la merecía.

Afuera de las ventanas el cielo pesa sobre Manhattan.

El penthouse sin Irina, sin Sofiya, sin nadie, es un lugar demasiado grande para una sola persona.

Camino de la cocina a la sala. El parquet frío bajo las plantas de los pies, el silencio que llena los cuartos.

El sillón donde Sofiya se queda dormida con la cabeza en mis piernas y el celular en la mano.

La butaca de Irina junto a la ventana, donde lee sus novelas rusas con los lentes en la punta de la nariz.

La estantería donde Kaz tenía los libros de derecho internacional, que nunca leyó, y las botellas de whisky, que se leyó todas.

Me sirvo un vaso de agua. Tomo. Me tomo las vitaminas. Dos pastillas blancas, una rosa. Me las tomo con un trago y trato de no pensar en las pastillas, en todas las otras pastillas, en lo que él hizo con esas pastillas.

Dejo el vaso en el fregadero.

Camille llamó ayer. No contesté. Jade me mandó un mensaje larguísimo, lleno de signos de admiración y corazoncitos. No lo abrí. ¿Qué les digo? ¿Que el papá de mi hijo se echó la culpa de un homicidio que cometí yo? Por dónde se empieza con algo así. Entonces no empiezo.

Y entonces lo oigo.

Un ruido. Leve. Lejano. Viene del pasillo.

Me pongo tiesa. Un paso. Luego otro. Alguien camina por el penthouse.

Dejo el vaso. Despacio. Sin hacer ruido. Irina habría dicho mi nombre desde la entrada. Sofiya habría azotado la puerta. Nikolay habría tocado.

Otro paso. Más cerca.

Abro el cajón de los cuchillos. Despacio. Agarro el más grande. Lo aprieto y la mano no me tiembla. Ya no me tiembla desde Malone Callahan. Desde que descubrí que el cuerpo sabe hacer cosas que la cabeza todavía no ha decidido hacer.

Avanzo por el pasillo. Descalza en el parquet, la hoja por delante, el corazón latiéndome fuerte bajo el algodón. El penthouse es largo. De la cocina a la zona de los cuartos hay cinco puertas. El estudio. El baño de visitas. El cuarto de visitas. El baño principal. El cuarto de Kaz.

Paso frente al estudio. Vacío. El escritorio, los libros, la lámpara apagada. Nada.

El cuarto de visitas, el de Irina. Cerrado. No viene de ahí, Irina salió con Sofiya.

Otro ruido. Viene de más adelante. De la zona de los cuartos. Un roce, luego el sonido de algo que se mueve. Un cuerpo. Alguien que se mueve en un espacio chico.

La puerta del baño principal está entreabierta. La empujo con el pie. El corazón me late en la garganta y aprieto el cuchillo tan fuerte que se me ponen blancos los dedos.

Vapor. El baño está lleno de vapor. El espejo empañado, una toalla en el piso, mojada.

Mi shampoo fuera de su lugar, movido a la derecha, abierto.

La botella de jabón con la tapa levantada.

Alguien usó mi ducha. El agua del piso todavía está tibia bajo las plantas de mis pies.

Quien sea, salió hace poco. Minutos. A lo mejor segundos.

No hay nadie.

Me volteo. El pasillo está vacío. Pero la puerta del cuarto de Kaz ahora está abierta. Estaba cerrada. Nadie entra a ese cuarto desde que él regresó a dormir conmigo. El clóset con su ropa, sus zapatos, sus cosas. Todo quieto desde hace meses.

Aprieto el cuchillo. Camino. Tres pasos. Cuatro. La sangre me retumba en los oídos y trato de respirar despacio y no puedo. La puerta abierta de par en par y la luz gris de las ventanas.

Entro.

Hay alguien.

Junto al clóset. Se está volteando hacia mí. Él también lo oyó, mi respiración, mis pasos, los latidos que a estas alturas se deben oír desde afuera.

Se voltea.

Pelo mojado. Espalda ancha. Una toalla en la cadera, baja, y la piel todavía húmeda que brilla con la luz pálida de la ventana. Los tatuajes en el antebrazo. En el pecho. En el hombro. La mandíbula. Los pómulos. Los ojos.

Esos ojos.

El cuchillo se me resbala de los dedos.

Luego todo negro.