AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 24
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CAPÍTULO 24

Las nuevas reglas

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KAZ

Vienen por mí después de la cena. Dos custodios nuevos, uniforme planchado, ni una palabra. Me llevan por un pasillo que no aparece en ningún plano de la cárcel, a través de tres puertas blindadas, abajo por una escalera de servicio. Sin cámaras. Sin ruido. Sin testigos.

Alguien pagó mucho para que este cuarto no exista.

Adentro hay una mesa larga. Seis sillas. Cinco ocupadas.

Un gobernador. Un fiscal general. Un juez de la Corte Suprema. El director de uno de los fondos de inversión más grandes del país. Y un hombre que no necesita presentación porque su cara vale más que la mitad de los edificios de Manhattan.

Cinco hombres que mueven el país. Sentados, esperándome.

Me detengo en el umbral. Los miro. Sacos a la medida, gemelos de oro, zapatos lustrados. Apestan a colonia cara y a terror.

Me siento.

El fiscal es el primero en hablar.

—Señor Voronov, agradecemos su disposición a…

—No estoy dispuesto a nada. Ustedes fueron los que pidieron verme.

Se calla.

Los miro uno por uno. El gobernador me sostiene la mirada tres segundos y luego baja los ojos. El juez tiene las manos entrelazadas sobre la mesa, los nudillos blancos. El quinto, el que vale media Manhattan, no se ha movido. Es el único que no tiene miedo. O finge mejor que los demás.

—Les voy a ahorrar tiempo —digo—. Sé quiénes son. Sé lo que hicieron. Sé con quién lo hicieron. Tengo nombres, cuentas, transacciones, fechas. Tengo las fotos. Lo tengo todo.

—No puedes probar…

—No necesito probar nada. Necesito un teléfono y treinta segundos.

Mañana temprano todos los medios del país abren con sus caras.

El New York Times, el Washington Post, CNN.

Jueces de la Corte Suprema con menores de edad.

El gobernador que lava dinero a través de fundaciones para niños enfermos. —Sonrío—. La ironía es casi poética.

El gobernador traga saliva. El fiscal se puso tieso en la silla.

—No te conviene —dice el quinto.

—Lo que me conviene a mí es lo único que importa en este cuarto.

—¿Qué quieres?

—Lo que tienen ustedes. La mesa.

—¿Quieres sentarte a la…?

—No. Quiero la mesa. Toda. El Ónix me responde a mí. Las decisiones pasan por mí. El dinero pasa por mí. Ustedes se quedan sentados donde están, hacen lo que saben hacer y le dan gracias al cielo de que los dejo respirar.

El quinto me estudia. Tiene los ojos fríos, calculadores. Ha mandado matar gente con un movimiento de cabeza. Pero esta noche esos ojos buscan una salida y no la encuentran.

—Es una organización con treinta años de historia. No puedes nada más…

—Treinta años de historia que caben en una USB guardada en el lugar más seguro del mundo.

Un lugar que nunca van a encontrar. Y la persona que la tiene tiene una sola orden: si me pasa algo, si le pasa algo a mi familia, si alguien de mi familia amanece con dolor de cabeza, ese archivo termina en todos lados.

El FBI, la DEA, la Interpol y cualquier periodista con un poco de valor.

Silencio.

—Mi familia incluye también a mi suegro, Richard Sinclair. —Los miro—. Al final de cuentas, es mi suegro. Sería muy desagradable que le pasara algo.

El fiscal entiende. El juez entiende. El quinto entiende. Richard está en el archivo. Y yo lo estoy sacando con una sola frase.

—Sinclair es de los nuestros —dice el fiscal.

—Sinclair es de mi familia. Fin de la discusión.

El fiscal cierra la boca.

Me levanto. Despacio. Apoyo los nudillos en la mesa y los miro desde arriba.

—Les explico cómo funciona a partir de ahora.

El Ónix sigue. Sus negocios siguen. Pero las reglas cambian.

Se acabaron las niñas. Se acabó la trata de personas.

Se acabó toda esa mierda que los puso en esta posición.

Hagan su dinero, quédense con sus puestos, pero lo hacen limpio. Y lo hacen porque yo lo digo.

—¿Y si alguien no estuviera de acuerdo? —dice el quinto.

—¿Alguien no está de acuerdo?

Lo miro. Me mira. Cinco segundos. Diez.

—No —dice—. Nadie.

—Bien.

Voy hacia la puerta. Me detengo.

—Una última cosa. Mañana por la mañana los cargos contra mí van a desaparecer. Cada papel. Cada expediente. No me importa cómo lo hagan, me importa que esté hecho. En veinticuatro horas vuelvo a casa con mi familia.

—Veinticuatro horas es…

—Veinticuatro horas es generoso. Pude haber dicho doce.

Salgo.

El pasillo está frío. Las luces zumban. Camino hacia la celda y oigo mis pasos y nada más.

Cinco de los hombres más poderosos del país están sentados en ese cuarto y no se van a mover hasta que yo esté lo bastante lejos como para no oírlos temblar.

Regreso a mi celda. Me acuesto. Miro el techo.

Veinticuatro horas más. Después, nadie me va a volver a mantener lejos de ella.