AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 23
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CAPÍTULO 23

El Diablo

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NOAH

Mi padre sale del Four Seasons a las once de la mañana con la maleta de viaje y el abrigo bueno.

Mi madre va a su lado. Abrigo claro, bolsa chica, lo lleva del brazo.

Sonríe. No sabe nada. No sabe del archivo, no sabe de las fotos de niñas, no sabe del Ónix.

No sabe que el hombre al que lleva del brazo la engañaba con menores de edad y que de romántico nunca hubo nada.

Lo oí en las escuchas hace dos noches. Se lo vendía como un viaje romántico. Zúrich, un hotel con vista al lago, «nos merecemos un descanso, cariño». Ella se reía. Se lo creyó.

Lo veo en la pantalla de la van estacionada del otro lado de la calle. Dos cámaras, un micrófono direccional, tres hombres en posición. Llevamos seis semanas siguiéndolo. Sabemos dónde duerme, dónde come, a qué hora se levanta. Sabemos que a Zúrich no va a llegar nunca.

—Se están moviendo —dice Yates por el auricular—. Hacia el este.

—Los veo.

Mi padre camina con mi madre del brazo y se ríe por teléfono. El hombre que participaba en orgías con niñas se ríe, mi madre le sonríe y no sabe nada.

Me dan náuseas.

—Harper, ¿estás en posición?

—A doce metros. Lo tengo a la vista.

—Harper. Bolsillo derecho del abrigo. Llave plateada.

—Recibido.

Se detienen en el semáforo. Mi madre le dice algo, él asiente sin escuchar. Harper aprieta el paso. Le llega por detrás. Un empujón ligero, el de un peatón distraído.

—Disculpe.

Él apenas voltea. Mi madre espera, paciente.

—Se le cayó la cartera.

Se toca el bolsillo. La cartera está en el suelo. Se agacha a recogerla. Da las gracias. Mi madre le sonríe al peatón amable.

No se dieron cuenta de nada.

Harper da vuelta en la esquina. Treinta segundos después, su voz en el auricular.

—La tengo.

Veo la llave en la pantalla. Chica, plateada, con el número grabado en un costado: 4471. Caja de seguridad. Manhattan Vault & Trust, sucursal de Midtown.

El archivo de mi padre está ahí adentro.

* * *

—Voy contigo.

—No.

—Voy contigo, Noah.

—No, Sofiya.

Estamos en mi departamento. Yates está en la cocina. Harper limpia un arma en el sillón. Sofiya está de pie, cruzada de brazos, y no afloja.

—Es mi hermano. Quiero ayudar.

—Esto no es un paseo.

—Me da igual. Dime qué tengo que hacer.

La miro. No debería meterla en esto. Pero la necesito y ella no afloja.

—Confía en mí.

—¿En ti?

—Confía en mí y no hagas preguntas.

—La última vez que me dijiste «confía en mí» terminé en tu cama.

—Esa es otra historia.

—Es la misma historia.

Me mira. La miro. El problema con Sofiya es que todavía la siento encima. Sus manos, su respiración, esa noche que no tenía que pasar y que todavía me despierta. Es la hermana de Kaz. No me lo puedo permitir.

—Confío —dice—. Pero si haces que me maten, te juro que te corto los huevos.

—Tienes que dejar de excitarme con tus amenazas.

Me avienta un cojín. Yates se ríe desde la cocina.

* * *

Manhattan Vault & Trust. Mediodía.

Sofiya se baja del auto y casi no la reconozco. Vestido negro, tacones, el pelo recogido, lentes de sol. Y una panza enorme debajo del vestido. Siete meses falsos que parecen de verdad. Se acomoda el vestido y me mira.

—Te ves sexy con panza. Me das antojos raros.

—Eres un cerdo.

—Y aun así una noche te gustó este cerdo.

—Y a la mañana siguiente te esfumaste sin mandarme ni un mensaje.

No contesto. Porque tiene razón. Me vestí mientras ella seguía dormida, cerré la puerta despacito y no volví a voltear. Con la vida que llevo no me puedo amarrar a nadie. Y aun así no me la puedo sacar de la cabeza.

—No era sencillo, Sofiya.

—Para mí sí lo era.

Me mira. Y en esos ojos está todo lo que nunca le dije y que no le voy a decir ahora.

—Vámonos.

Me toma del brazo. Entramos.

El banco es enorme, mármol blanco, guardias de saco oscuro, cámaras por todos lados. No existe sistema en el mundo que Yates no pueda romper. Este lo hackeó en tres días.

Me acerco a la ventanilla con Sofiya del brazo.

—Buenos días. Tengo una cita para acceder a mi caja de seguridad. Lester. James Lester.

La empleada revisa la computadora. Encuentra el nombre. Yates lo metió al sistema anoche.

—Sí, señor Lester. Sígame.

Sofiya me aprieta el brazo. Fuerte. Siento sus uñas a través del saco.

Caminamos hacia el pasillo. La empleada abre la primera puerta de seguridad. Pasillo largo, luces blancas, una cámara cada tres metros.

Sofiya afloja el paso. Se detiene.

—¿Cariño? —digo.

—No me siento bien.

No está fingiendo. O sea, sí está fingiendo, pero lo hace tan bien que hasta a mí me entra la duda.

Se apoya en la pared. Se lleva la mano a la panza. La empleada voltea.

—Señora, ¿está bien?

—Me estoy mareando. Siempre me pasa, en el séptimo mes, el doctor dice que es normal, pero…

Se dobla hacia adelante. La empleada corre a su lado.

—Siéntese, siéntese. Le traigo agua.

—Necesito aire. No puedo respirar aquí adentro.

La empleada entra en pánico. Una embarazada que se pone mal en un banco no es algo para lo que te preparen. Llama a un compañero. Llega un guardia. Sofiya se sienta en una silla del pasillo, pálida, la mano en la panza, los ojos cerrados. Tres personas a su alrededor.

Nadie me mira a mí.

—Cámaras del pasillo B en loop —dice Yates en el auricular—. Tienes siete minutos.

Me alejo. Nadie me detiene. Doy vuelta en la esquina. La puerta de la bóveda está a diez metros. Credencial clonada. La puerta se abre.

Adentro. Filas de cajas metálicas. Pared tras pared. Encuentro la 4471. Meto la llave. Gira.

Adentro hay un sobre. Grueso. Lo abro.

Documentos. Decenas. Nombres, números de cuenta, fechas, transacciones. Y una USB. Y fotos. Las miro un segundo y se me cierra el estómago. Niñas. Menores de edad. Fotos que no deberían existir.

Me llevo todo. Cierro la caja. Salgo.

—Yates, tengo lo que necesitamos. Vuelve a poner las cámaras en línea en sesenta segundos.

Regreso al pasillo. Sofiya sigue sentada, rodeada de empleados preocupados. Le da sorbitos a un vaso de agua con cara de estar a punto de desmayarse.

Me acerco. Le pongo la mano en el hombro.

—Cariño, ¿cómo te sientes?

Me mira. Lee en mis ojos que ya está. Una sonrisa casi invisible.

—Mejor. Creo que ya se me pasó.

—La voy a sacar —le digo a la empleada—. Disculpe la molestia. Regresamos otro día por lo de la caja.

—Claro, claro. Señora, ¿se siente bien? ¿Quiere que llamemos una ambulancia?

—No, no. Nada más necesito un poco de aire. Gracias.

La ayudo a levantarse. La tomo del brazo. Salimos.

Afuera. Acera. Aire frío. El auto está a veinte metros. Sofiya camina con la panza y los tacones y en cuanto damos vuelta en la esquina y nadie nos ve suelta la carcajada. Está preciosa.

—No puedo creer que funcionó.

—Siempre funciona.

—Noah. —Tiene las mejillas rojas, los ojos le brillan y trae la adrenalina encima—. Acabo de entrar a un banco con una panza de silicona y fingí un desmayo de siete meses.

—Y estuviste perfecta.

—Ya sé.

—Súbete al auto.

Se sube. Me siento a su lado. Harper arranca. El sobre está en mi saco.

Sofiya se quita la panza de la cintura. Respira. Tiene las mejillas rojas, los ojos le brillan. La adrenalina le sale por los poros.

Voltea hacia mí. Todavía se ríe. Yo la miro y el problema es siempre el mismo. Sofiya Voronova con la adrenalina encima es lo más peligroso que he visto en mi vida.

—Deja de mirarme así —dice.

—No estoy mirando nada.

—Sí estás mirando.

Tiene razón. Estoy mirando. Y ella no se aparta. Y el espacio en el auto se hace más chico y sus labios están ahí y no debería y lo sé y me importa una mierda.

La beso.

No es dulce. No es tierno. Es todo lo que no nos dijimos desde aquella noche. Sus manos me agarran el saco, me jala hacia ella, me muerde el labio y yo la agarro de la nuca y la beso más fuerte.

Harper le sube el volumen a la radio sin decir nada.

Me separo. Respiro.

Ella está sin aliento. Yo también.

—Vuelve a hacerlo y te corto los huevos.

No se ha movido. Sus manos siguen en mi saco. La miro, ella me mira y ninguno de los dos se mueve.

—A casa, Harper —digo.

El archivo es nuestro. Ahora tenemos al Ónix en un puño.