CAPÍTULO 22
Un mes y medio
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BLAIR
Como porque tengo que comer.
Cada mañana me levanto, voy a la cocina, me siento y como. Fruta, pan, lo que sea que Sofiya me haya dejado en la barra la noche anterior. No le siento el sabor. Me da igual el sabor. Como porque adentro de mí hay alguien que necesita que yo coma.
La panza cambió. Se nota. No mucho, pero se nota. Cuando me pongo de perfil frente al espejo hay una curva que antes no estaba. Tres meses. Mi hijo tiene tres meses y su papá está en la cárcel.
El penthouse es demasiado grande sin Kaz. La cama es demasiado grande. Su almohada dejó de oler a él después de la segunda semana y no la lavé porque esperaba que el olor durara un poco más. No duró.
Me despierto a las cuatro. Todas las noches. Me despierto, estiro la mano hacia el otro lado de la cama y no hay nadie.
* * *
Suena el celular y no contesto.
Camille. Jade. Llevan semanas llamándome. Escribiéndome. Mensajes que se amontonan en la pantalla y que leo y no contesto.
«Blair, te vi en las noticias, llámame por favor.»
«Blair, ¿dónde estás? Estamos preocupadas.»
«Contéstale aunque sea a Jade, te lo ruega.»
«Leí lo del arresto. No lo puedo creer. Dime que estás bien.»
El arresto del CEO de Voronov Group. Lo pasaron en todos los canales. La foto de Kaz esposado, la mirada fija al frente. La vi por accidente en el noticiero de la mañana, apagué la tele y no la volví a prender.
No sé qué decirles a Camille y a Jade. No sé cómo explicarlo. No puedo decir la verdad y no quiero mentir, así que no digo nada. Las evito. Apago el celular. Hago como que no existo.
Evelyn me dijo que no puedo seguir así. Que son mis amigas. Que tienen derecho a saber que estoy bien.
—No estoy bien, Ev.
—Ya sé. Pero no puedes desaparecer de la vida de todo el mundo.
Sí puedo. Estoy desapareciendo de maravilla.
Y luego está mi mamá. Me llama todos los días. Le digo que estoy bien, que como, que el bebé está creciendo. Le digo todo lo que quiere oír y nada de lo que es verdad. No sabe de Kaz. No sabe del arresto. No sabe nada y quiero que siga así.
* * *
Sofiya viene todos los días. Se sienta conmigo en el sillón, no dice nada, a veces me trae té, a veces me pone una manta sobre las piernas. No me pregunta cómo estoy. Sabe cómo estoy.
Irina se mudó al penthouse. Llegó el tercer día y ya no se fue.
Cocina. Limpia. Me obliga a comer aunque le diga que ya comí.
Por la noche me trae caldo y se queda sentada hasta que me lo termino.
No llora frente a mí. Nunca. Pero la oigo de noche, desde el cuarto de al lado.
Sé que llora por su hijo. Y de día viene y me cuida como si yo fuera su hija, porque su hijo no puede hacerlo.
Evelyn viene por la noche. Me pone al día con lo legal, con palabras que me entran por un oído y me salen por el otro. Audiencias, fechas, mociones. La escucho y no la oigo.
—Tienes que ir a verlo, Blair.
—Ya sé.
—Un mes y medio.
—Ya sé.
—Va Mikhail. Va Nikolay. Va Sofiya. Tú no has ido ni una vez.
No contesto.
—Mañana —digo.
Evelyn me mira.
—Mañana voy.
* * *
No duermo. Estoy despierta en la cama con los ojos clavados en el techo, pensando qué me voy a poner.
Pensando qué me voy a poner como si importara.
Como si a él le importara si traigo el pelo limpio o el vestido correcto.
Siempre dijo que me veía hermosa con lo que fuera.
Hasta cuando mentía en todo lo demás, en eso no mentía.
Me levanto a las cinco. Me baño. Me visto. Un vestido que me tapa la panza.
Nikolay me espera con el auto a las siete.
No hablo en todo el camino. Veo pasar Manhattan. El Federal Plaza es un edificio gris que aprendí a odiar.
Entro. Me registran. Me revisan. Me hacen caminar por un pasillo y me sientan frente a un vidrio con un teléfono pegado a la pared.
Espero.
Lo veo llegar por el pasillo. Uniforme naranja. Más flaco. Tiene un moretón amarillo debajo del ojo izquierdo, el pelo más largo, una barba que nunca le había visto. Camina derecho. Los hombros hacia atrás. Hasta aquí adentro camina como si el mundo fuera suyo.
Se sienta. Me ve. Le cambia la cara. Por un segundo no es el pakhan, no es el CEO, no es el hombre que lo tiene todo bajo control. Por un segundo es nada más Kaz y me está mirando como si le faltara el aire.
Levanta el teléfono. Lo levanto.
No hablo. No puedo hablar. Lo miro y pienso en cuántas veces intentó pedirme perdón y yo no podía perdonarlo. En cuántas veces me buscó y yo lo rechacé. Todavía no sé si lo perdoné. No sé si algún día lo voy a perdonar.
—Hola, cariño.
Se me viene todo abajo.
Pego la mano al vidrio. Él pone la suya del otro lado. Sus dedos contra los míos, con el frío en medio.
—¿Estás bien? —pregunta.
—No.
—¿Y el bebé?
—Está bien. Está creciendo.
—¿Cuánto tiene?
—Tres meses.
Traga saliva. Me mira la panza y no puede tocarla.
—Te extraño. —Lo digo y se me quiebra la voz—. Te extraño a morir, Kaz.
—Yo también.
—Todavía no te perdono. No sé si voy a poder. Pero aquí estoy.
No contesta. Me mira. Tiene los ojos húmedos.
—¿Por qué lo hiciste?
—Sabes por qué.
—Quiero oírtelo decir.
—Porque no voy a dejar que nadie te haga daño. Nadie.
Lo miro a los ojos a través del vidrio y por primera vez entiendo hasta dónde es capaz de llegar para protegerme.
—Kaz.
—Dime.
—Aquella vez que me amenazaste. Que me dijiste que me ibas a mandar a la cárcel por lo de Malone. —Se me cierra la garganta—. Estabas mintiendo. Nunca lo habrías hecho.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no podía aceptar la idea de que no quisieras a nuestro bebé. —Se detiene. Traga saliva—. Para mí era todo, Blair. No porque quisiera un hijo. Sino porque lo iba a tener contigo.
No hablo. No respiro. Lo miro y lo veo todo. Un hombre que me mintió, me manipuló, me volvió loca, y lo hizo porque me ama de una forma equivocada que no sabe controlar y que lo está destruyendo. Pero está dispuesto a hacer lo que sea por mí. Hasta a renunciar a su libertad.
—Te amo, Kaz. —Se me sale y no me lo espero. No se lo decía desde antes de que todo se fuera a la mierda—. Te amo. Y no sé cómo manejar todo esto. No sé si alcanza.
Aprieta la mano contra el vidrio. Fuerte.
Cierra los ojos. Aprieta la mandíbula. Cuando los vuelve a abrir, le brillan.
—Dilo otra vez.
—Te amo.
—Otra vez.
—Te amo, Kaz.
Aprieta la mano contra el vidrio. Fuerte. Como si pudiera atravesarlo.
El custodio toca la puerta.
—Se acabó el tiempo.
—Blair. Tienes que irte.
No me muevo. No suelto el teléfono.
—Vete, cariño.
El custodio abre la puerta. Kaz se levanta. Deja la mano en el vidrio hasta el último segundo.
Se da la vuelta. Sale.