CAPÍTULO 21
El plan
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KAZ
El primer día me quitan todo. Cinturón, celular, reloj, corbata. Me dan un uniforme naranja y un par de zapatos sin cordones.
El segundo día me quitan la celda individual.
Me pasan a una celda doble con un tipo que apesta a sudor viejo y habla dormido. El colchón es una plancha de goma con una sábana encima. El inodoro no tiene tapa. La luz de neón nunca se apaga.
Tengo la foto de Blair en el bolsillo del uniforme. La revisaron, la voltearon, la agarraron con los dedos sucios. Me la devolvieron. Junto con la copia del ultrasonido. Una hoja doblada en cuatro con una mancha gris en medio que es mi hijo.
Las miro por la noche. Cuando el tipo de la otra litera ronca y el pasillo se vacía y los custodios pasan cada veinte minutos con la linterna. Saco la foto y el ultrasonido y los pongo sobre mi pecho y respiro.
* * *
El pleito es en las duchas.
Somos seis. Agua fría, azulejos amarillos, vapor que apesta a cloro. Tengo la cabeza bajo el chorro y no miro a nadie.
El tipo es grandote. Tatuajes en el cuello, brazos como muslos. Se me pone al lado. Demasiado cerca.
—Tú eres el de los rusos.
No contesto.
—Oye. Te estoy hablando.
—Ya sé.
—Eres el que se entregó por la esposita. —Se ríe—. El gran pakhan ruso que termina adentro por un culo.
Me volteo. Lo miro.
No me debió haber tocado.
Le agarro la muñeca. Se la tuerzo. Lo jalo hacia mí y le estrello la frente en la cara. La nariz se le rompe contra el hueso. Se cae. Resbala en los azulejos mojados. La sangre le sube por la boca y me mira desde el piso.
Me agacho.
—No me toques.
Los custodios llegan en treinta segundos. Me estrellan contra la pared. Me esposan. Me llevan a aislamiento. Una celda más chica, sin ventana, sin litera. Un piso y cuatro paredes.
Por lo menos aquí estoy solo.
Me siento. Saco la foto del bolsillo. Arrugada. Húmeda. Blair riéndose. Se la tomó Sofiya en el penthouse. Tiene el pelo suelto y los ojos le brillan y todavía no sabe todo lo que la voy a hacer pasar.
El ultrasonido en el otro bolsillo. La mancha gris. Mi hijo.
* * *
Una semana.
Siete días de literas de mierda, comida que sabe a cartón, custodios que te tratan como un número. El tipo de las duchas está en la enfermería. Nariz rota, dos dientes menos. Ya nadie se me acerca.
Me llaman para una visita.
Noah.
Se sienta del otro lado del vidrio. Levanta el teléfono. Lo levanto.
Tiene la barba larga, los ojos hundidos. No parece El Diablo. Parece alguien que está cargando demasiadas cosas a la vez.
—Mi padre está tratando de escaparse.
—Le estoy dando la ilusión de que está a salvo. Movió dinero, llamó a gente. Cree que todavía tiene el control. No sabe que mi gente lo sigue desde hace cinco días.
—¿El archivo?
—Todavía no lo tengo. Pero estamos cerca. Lo trae encima, ya no confía en nadie. Cuando se mueva para escaparse, se lo quito.
—¿Y si se escapa antes?
—No se va a escapar. No sabe quién lo sigue. No sabe cuántos somos.
—Cuando lo tengas en la mano, es todo, Noah. Quien tenga ese archivo tiene al Ónix en un puño.
—Ya sé.
—Usa todos los recursos que tengas. Todo. Mikhail se encarga del dinero.
—Ya está. Tu hermano me llamó ayer.
—Cuando lo tengas, ya sabes qué hacer.
Noah me mira. Asiente.
—Blair.
—Lo tomó mal.
—No le digas nada del plan.
—Kaz.
—Nada, Noah. No le quiero dar falsas esperanzas. Ya la hice sufrir demasiado. Por lo menos esto se lo puedo ahorrar.
—¿Cómo está?
—No duerme. No come. Evelyn está con ella.
—Ni siquiera sé si todavía me quiere ver.
—Es tu esposa, Kaz.
—Es mi esposa y le arruiné la vida.
Se levanta. Se detiene.
—Lo vamos a lograr, Kaz.
—Vete.
Se va. Me regresan a la celda.
Me siento en la litera. La foto en el bolsillo izquierdo. El ultrasonido en el derecho.
* * *
Al día siguiente me llaman para otra visita.
Lo veo desde el pasillo. Derecho. Abrigo oscuro, pelo blanco peinado hacia atrás.
Me siento. Levanto el teléfono.
—Papá.
—Eres el CEO de Voronov Group. Tienes un imperio que sacar adelante y te encerraste aquí como un pendejo. Tenías que agarrar ese puto archivo antes de hacerte el héroe.
—Lo hice por Blair.
—Lo hiciste con el corazón en lugar de con la cabeza. Te enseñé mejor que eso.
—Te estás metiendo con gente poderosa, Kaz. El Ónix no es un clan irlandés. No es la calle.
—Sé quiénes son.
—Entonces sabes que aquí adentro no estás a salvo. Estás encerrado y no puedes hacer una mierda.
—Sal de aquí, Kaz. Sal y recupera lo que es tuyo.
Se da la vuelta. Se va.
Me quedo sentado.
Mi padre se equivoca. Es el Ónix el que no sabe con quién se está metiendo.