AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 20
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CAPÍTULO 20

Lo que hizo

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BLAIR

No dormí.

La celda es chica. Una cama, un inodoro, una luz en el techo que no se apaga. Pedí que la apagaran. No la apagaron.

Lo irónico es que no puedo dormir a oscuras y no puedo dormir con la luz. No puedo dormir y punto.

El colchón apesta a cloro. Las sábanas son ásperas y delgadas. Hace frío. Tengo los brazos alrededor de la panza y le hablo a mi bebé en mi cabeza, le digo que todo está bien, que es algo temporal, que su mamá no es una criminal. No sé si me lo creo. No sé si él se lo cree.

Ni siquiera sé si es él.

Conté las horas por la marca de la luz que entra por la rendija de arriba. Son las seis, a lo mejor las siete. A lo mejor me equivoco. No tengo celular, no tengo reloj, no tengo nada.

Homicidio. La palabra da vueltas y no se detiene. Homicidio doloso. Cadena perpetua. Mi bebé que nace en una celda y me lo quitan y crece sin saber quién soy.

* * *

Pasos en el pasillo. Llaves. Una puerta que se abre tres celdas más allá, una voz, otra puerta. Luego los pasos se acercan. Se detienen frente a la mía.

La custodia es una mujer. Bajita, pelo corto, las manos en la cadera.

—Sinclair. Visita.

Me levanto. Tengo las piernas tiesas, la espalda me jala.

Me hacen caminar por un pasillo que apesta a sudor y a detergente. Los zapatos sin cordones golpean contra el piso. Una puerta. Otra. Otra. Me detienen frente a la última.

El cuarto es chico. Una mesa atornillada al piso, dos sillas, una cámara en la esquina que parpadea en rojo. Aquí hace todavía más frío que en la celda.

La puerta se abre.

Tiene barba de dos días, los ojos hundidos, la camisa de ayer con las mangas mal enrolladas. Un corte en la ceja que no tenía cuando salió del penthouse.

Se me derrumba todo.

—Se acabó. —La voz me sale rota, no la reconozco—. Se acabó, Kaz.

Se me doblan las rodillas. Me siento antes de caerme y el sollozo me parte el pecho.

Se sienta. Me agarra las manos. No dice nada. Me deja llorar.

—Lo voy a parir aquí adentro. —Me sale así, entre un sollozo y otro—. Me lo van a quitar. Va a crecer sin saber quién soy y un día alguien le va a decir que su mamá mató a un hombre.

—Blair. Mírame.

Lo miro. Tiene los ojos húmedos. Nunca le había visto los ojos húmedos.

—Te voy a sacar de aquí. Hoy. Te lo juro.

—No hagas promesas que no puedes cumplir. —Me limpio la cara con el dorso de la mano—. Ya pasamos por esto. Y mira dónde estoy.

—Esta vez es diferente.

—El cargo es homicidio. No es una multa.

—Sé lo que es.

—Entonces sabes que no puedes jurar nada.

No contesta. Me acaricia las manos. Los pulgares sobre mis dedos, despacio. Tiene algo en los ojos que me da terror.

—Me estás asustando —digo.

—No hay nada de qué tener miedo.

—¿Entonces por qué me miras así?

No contesta.

—Maté a un hombre, Kaz. Lo maté y ahora mi bebé está aquí adentro conmigo, en una celda con una luz que no se apaga, y lo condené antes de que naciera.

Se levanta. Rodea la mesa. Se arrodilla frente a mí. Me agarra la cara con las manos.

—Te estaba atacando. Te defendiste. Punto.

Me pega la frente a la suya. Me quedo ahí. Siento su respiración y sus manos y no me importa nada más.

—Te voy a sacar —dice. Despacio. Con la boca cerca de la mía—. Hoy.

—No te creo.

—No te estoy pidiendo que me creas.

La custodia toca la puerta.

—Se acabó el tiempo.

Se levanta. Me agarra la cara con las manos y me besa.

No me lo espero. No sentía sus labios desde antes de que todo se fuera a la mierda.

Y se me viene todo encima de golpe. Cuánto lo extrañaba.

Cuánto le negué. Me aferro a su camisa y lo jalo hacia mí y le devuelvo todo lo que le quité en estas semanas de silencio.

—Pase lo que pase —dice. Con los labios sobre los míos—. Acuérdate de que te amo. Siempre te he amado.

—Kaz.

—Todo va a estar bien, cariño.

Se da la vuelta. Sale. La puerta se cierra.

* * *

Dos horas. A lo mejor tres. No sé. Firmo papeles. Me devuelven mis cosas. El celular descargado, el reloj, la chaqueta. Nadie me explica nada. Me dicen que puedo irme.

Libre.

Salgo. La luz de Manhattan me pega de frente y me lastima los ojos. El aire está frío. Estoy en la acera de Federal Plaza y busco a Kaz.

No está.

Evelyn.

Me ve y corre. Me abraza. Aprieto la cara contra su cuello y lloro.

—Te llevo a casa —me dice.

Nikolay me abre la puerta. Me subo. Evelyn se sienta junto a mí. Nikolay arranca. Las calles de Manhattan pasan frente a mí y son bonitas y ruidosas y están llenas de gente que vive su día normal y yo estoy afuera. Estoy afuera. Respiro.

Miro el asiento de adelante. El de junto a Nikolay. Vacío.

Me volteo hacia el vidrio de atrás. Miro cómo se aleja la acera de Federal Plaza. Busco una figura alta, un abrigo oscuro, los hombros anchos.

Nada.

—Ev.

—Dime.

—¿Dónde está Kaz?

No contesta. Mira al frente. Nikolay mira la calle. Ninguno de los dos me mira.

—Ev. ¿Dónde está?

—Blair, escúchame.

—¿Dónde está mi esposo?

Evelyn se voltea. Tiene los ojos rojos. Ya los tenía rojos afuera, pero ahora los veo. Los veo por lo que son.

—Kaz se entregó esta mañana. Confesó el homicidio de Malone Callahan.

Oigo las palabras. Entran. No se detienen.

—Declaró que tú fuiste la testigo. Que él golpeó a Malone en el club porque te estaba atacando. Los cargos contra ti se caen. Por eso estás afuera.

—No.

—Blair.

—No. No. No.

Pienso en el beso. En sus labios sobre los míos. En cuánto lo extrañaba. En cómo me dijo siempre te he amado con la voz de alguien que ya no lo va a volver a decir.

Me estaba diciendo adiós y no me di cuenta.

—Para el auto.

—Blair, no te puedo llevar para allá. Si dices que mintió, terminan adentro los dos.

—Para el puto auto.

Nikolay se detiene a un lado. Abro la puerta. Vomito. Bilis y nada más, porque no he comido nada en veinticuatro horas. Evelyn me sostiene el pelo. No dice nada. Me deja vomitar y temblar y llorar doblada sobre la acera de Manhattan, con la gente que pasa y no mira.

Me enderezo. Cierro la puerta.

Pasé semanas odiándolo. Semanas sin hablarle, echándolo de la cama, sin creerle cuando me decía te amo. Tiré todo ese tiempo. Cada minuto. Cada noche. Y ahora está en una celda y yo ya no sé qué hacer con toda esta rabia.

—¿Cuánto le pueden dar?

Evelyn me mira.

—¿Cuánto, Ev?

—Podemos negociar. Con la defensa propia y la versión que preparé.

—¿Cuánto?

—¿En el peor de los casos? Veinte años.

No hablo. No respiro. Veinte años.

—Ev. —Se me quiebra la voz—. Te lo suplico. Sácalo.

—Estoy en eso.

—No. Te lo suplico, Evelyn. —Le agarro la mano. Se la aprieto—. Yo no puedo sobrevivir a esto. Tenemos demasiadas cosas pendientes. No puede terminar así.

Me mira. Tiene los ojos rojos. Asiente.

—Lo voy a sacar.

Y ahora no sé cómo recuperar todo ese tiempo.