AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 19
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CAPÍTULO 19

El precio

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KAZ

Declan Callahan lleva veinte minutos muerto y mi celular tiene catorce llamadas perdidas.

Tres de Blair. Ocho de Sofiya. Tres de Evelyn.

Mikhail maneja con el brazo vendado. Anton va atrás, el hombro contra el respaldo, la cara gris. Nikolay le mantiene una mano apretada sobre la herida y no dice nada.

Agarro el celular. Llamo a Blair.

Suena. Suena. Suena.

Buzón de voz.

Llamo a Sofiya.

Contesta al primer tono. Está llorando. Sofiya nunca llora.

—Se la llevaron.

—¿Quién?

—El FBI. Una orden. Homicidio. —Una respiración—. Malone Callahan.

El nombre se me mete en el cráneo y ahí se queda.

—¿Cuándo?

—Hace una hora. A lo mejor más. Te llamé, no contestabas, llamé a Nikolay, llamé a Mikhail, nadie contestaba, nadie…

—Sofiya. ¿Adónde se la llevaron?

—No sé. Evelyn se fue detrás. Llamó a su despacho, agarró el auto y…

—Ok.

—Kaz, estaba asustada. Estoy segura de que es un error, no tiene sentido.

—Voy para allá.

Cuelgo. Mikhail me mira por el retrovisor. No pregunta nada. Pisa el acelerador.

Nikolay me mira.

—Kaz.

—Arrestaron a Blair. Homicidio. Malone.

Nikolay quita la mano del hombro de Anton.

—¿Malone? Limpiamos todo.

—Ya sé.

—Declan está muerto. Ronan está en una cama de hospital. ¿Quién mierda sabía?

No tengo respuesta. Yo mismo limpié ese pasillo. Yo desaparecí el cuerpo. Borré las cámaras, compré el silencio de quien hacía falta, tapé cada hoyo. No había pruebas. No había nada.

Y alguien encontró algo de todos modos.

* * *

El penthouse está como lo dejaron.

Sofiya está en el sillón. Los pies debajo del cuerpo, los brazos alrededor de las rodillas. Tiene los ojos hinchados y rojos y cuando me ve se levanta de golpe.

—Kaz.

La agarro. La abrazo fuerte. Dos segundos. Luego la suelto.

—¿Quién era el juez?

—No sé.

—El nombre del agente. El que firmó.

—No sé, Kaz, todo pasó en…

—Sofiya. El nombre.

—No me acuerdo. Pelo gris. Alto.

No alcanza. No alcanza para nada. Alguien sacó a Malone de la nada, esta noche, justo esta noche, y Blair está en una celda ahora, en este segundo, y cada segundo que me quedo aquí parado es un segundo que ella pasa allá adentro.

Agarro un vaso de la mesa y lo estrello contra la pared. Sofiya no se mueve. Me mira.

—La voy a sacar —le digo.

—Ya sé.

Agarro el celular. Llamo a Evelyn.

Contesta de inmediato. Lúcida, despierta, con el tono de quien ya está trabajando.

—Blair está en Federal Plaza. No ha hablado. No le concedieron fianza, el cargo es homicidio y el juez firmó esta noche.

—Esta noche.

—Esta noche, Kaz. ¿Un juez federal que firma una orden a estas horas por un homicidio viejo sin pruebas nuevas? Alguien tiene tanto poder que puede hacer que arresten a la esposa de un Voronov sin pruebas.

—¿Quién?

—Todavía no sé. Pero quien sea tiene acceso a la fiscalía federal. No es un Callahan, no es un policía. Es más arriba.

La cabeza me da vueltas. Limpiamos todo. Declan está muerto. Ronan está en el hospital. No había pruebas, no había nada, y alguien sacó una orden de arresto en plena noche.

—Mantenme al tanto —le digo—. Lo que sea.

Cuelgo.

* * *

Sofiya se quedó dormida en el sillón. Le eché una manta encima y le quité el celular de las manos porque lo apretaba tan fuerte que se lastimaba.

Estoy de pie frente a los ventanales. Manhattan está encendida y le importa una mierda todo el mundo. Quince millones de personas allá afuera y mi esposa está en una celda. Embarazada. Sola. A oscuras, porque desde el secuestro Blair ya no aguanta la oscuridad y nadie allá adentro lo sabe.

Tengo treinta y dos años. Soy el pakhan de los Voronov. Tengo hombres, propiedades, más dinero del que podría gastarme en tres vidas. Esta noche destruí a los Callahan. Vi morir a Declan. Recuperé Brooklyn. Gané.

Y mi esposa está en una celda.

Este es el precio. Este siempre ha sido el precio. Cosas que ganas y cosas que pierdes en la misma noche, y al final haces cuentas y te das cuenta de que lo que perdiste no lo puedes volver a comprar.

El celular vibra. Número desconocido.

Un mensaje.

El archivo de Richard. Se acabó el tiempo.

El Ónix.

Carajo. Cómo no lo pensé antes.

Están usando a Blair para apretarme.

Podría ir con Richard. Agarrarlo del cuello y arrancarle el archivo. Podría hacerlo en una hora.

Y Blair no me lo perdonaría nunca.

Es su padre. Un pedazo de mierda, un hombre que se sentó a la mesa con niñas de la edad de su hija. Pero es su padre. Y si lo toco, la pierdo. Para siempre.

Así que no. A Richard no se le toca.

Pero Blair sale. No se queda ni una hora más allá adentro.

Llamo a Evelyn.

—Tengo una idea. Vente al penthouse.

Llamo a Noah.

—Te necesito. Arrestaron a Blair.

—Voy para allá.

* * *

Evelyn llega primero. Saco, el pelo jalado hacia atrás. No ha dormido. Tiene los ojos de alguien que ya empezó a pelear.

—Mi hermana está en una celda por el homicidio de Malone Callahan. Y yo estoy tratando de sacarla sin saber un carajo de lo que pasó de verdad. —Se me planta enfrente—. Así que ahora me vas a decir la verdad, Kaz. Toda. Porque si quieres mi ayuda, tengo que saber con qué estoy trabajando.

La miro. Tiene razón. No puedo pedirle que salve a Blair y mentirle al mismo tiempo.

Le cuento. Malone. El pasillo del Voss. Lo que le quería hacer. Blair que se defendió. Yo que llegué después y desaparecí todo.

Evelyn no se mueve. No parpadea.

—¿Quién más lo sabe?

—Noah.

—Mi hermano.

—Sí.

Le enseño el mensaje. El Ónix. El archivo de Richard. Lo lee. Lo vuelve a leer.

—Hijos de puta.

El interfono. Noah.

Entra. La mochila al hombro. Me mira a mí. Mira a Evelyn.

Hago que se sienten. Cuento todo desde el principio. El mensaje, el Ónix, el archivo. Luego les digo lo que tengo en la cabeza.

Evelyn se pone blanca. Noah no. Noah escucha, asiente, y no dice una palabra hasta que termino.

Hablamos dos horas. Evelyn rebate, grita, se levanta, se sienta, maldice. Noah escucha. Al final Evelyn se pasa las manos por la cara y dice ok.

Noah se levanta. Agarra la mochila.

Evelyn lo mira.

—Ten cuidado.

Noah no contesta. Agarra la mochila y se va.

* * *

Evelyn despierta a Sofiya. Se la lleva.

El penthouse se vacía. Apago las luces.

La cama sigue deshecha de su lado. La almohada tiene el hueco de su cabeza. Si me acerco huelo su champú, el de vainilla que compra en el súper y que cuesta tres dólares y que me vuelve más loco que cualquier perfume de mil dólares que le haya regalado.

Me acuesto de su lado.

La sábana está fría. No está su peso junto a mí. No está su respiración. No está su mano que, dormida, me busca el brazo y se aferra a él sin despertarse, ese gesto que no sabe que hace y que me mantiene vivo más que cualquier cosa que haya tenido en mi vida.

Pasado mañana a lo mejor ya no duermo en esta cama. A lo mejor ya no huelo este olor. A lo mejor ya no la veo quedarse dormida y no la oigo respirar y no le quito el pelo de la cara a las tres de la mañana cuando se voltea y no sabe que la estoy mirando.

Hundo la cara en su almohada.

He matado, chantajeado, comprado, destruido. He hecho cosas que ningún dios perdonaría. Y lo único que me rompe es su olor en una almohada y la certeza de que mañana ya no voy a estar.

No por mí. Por ella. Por el hijo que lleva adentro. Para darle la oportunidad de vivir una vida que yo nunca la dejé elegir.

Cierro los ojos. No duermo.

Me quedo en su olor. Es la última noche que puedo hacerlo.