AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 18
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CAPÍTULO 18

Las puertas se cierran

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BLAIR

Sofiya trajo esmaltes.

Cuatro colores, todos horribles. Un rosa chicle, un morado metálico, un rojo que parece sangre seca y un naranja que no existe en la naturaleza. Los pone sobre la mesita de la sala como si fueran piedras preciosas.

—Este —dice. Agarra el morado—. Es el mío.

—Está espantoso —digo.

—Está perfecto.

Evelyn regresó hace una hora. Llamó a Anton tres veces antes de rendirse al buzón de voz.

Ahora está en el sillón con los pies debajo de una manta y una taza de té entre las manos.

No ha dicho nada de Anton. No ha dicho nada de Kaz.

No ha preguntado dónde están. Sabe dónde están. Lo sabemos las tres, y ninguna lo dice.

Sofiya me agarra la mano y empieza con el rosa chicle.

—Quédate quieta.

—Estoy quieta.

—No, estás temblando.

—No estoy temblando.

—Blair.

—Ok. A lo mejor un poco.

Sofiya me mira. Pincelada precisa, del centro hacia el borde.

—Te arreglaste las cejas —dice.

—No.

—Sí. Están distintas.

—Sofiya, son las mismas cejas de siempre.

—Están más delgadas. —Levanta los ojos—. Se te ven bien.

Evelyn toma té. No dice nada. Mira los ventanales, el cielo negro sobre Manhattan, las luces de los rascacielos que parecen estrellas puestas en el lugar equivocado.

Sofiya termina la primera mano. Rosa chicle. Da asco.

—Bonito —digo.

Sofiya se ríe.

—Mentirosa.

Un rato nos quedamos así. Sofiya haciéndome las uñas, Evelyn tomando té, yo mirando cómo se seca el esmalte y pensando en todo menos en lo que debería pensar. La tele está prendida sin volumen. Una película vieja, en blanco y negro, alguien bailando en un salón lleno de gente.

Evelyn se levanta y va a la cocina. Regresa con dos copas de vino y un jugo. Me pone el jugo enfrente sin preguntar.

—De durazno —dice—. Era el único.

—Gracias.

Sofiya me sopla la uña.

—¿Niño o niña?

—Todavía no sé.

—Niña —dice Sofiya—. Idéntica a ti. Los mismos ojos.

—Con el carácter del papá —dice Evelyn—. Para que se maten entre los tres.

—Yo la voy a consentir —dice Sofiya—. Compras, ropa, helado a las diez de la mañana. Y te la voy a devolver llena de azúcar.

—La tía con la que sueña cualquier mamá.

—La tía favorita —me corrige. Pincelada—. La tía Evelyn le va a revisar la tarea. La tía Sofiya le va a llevar helado.

Evelyn deja la copa.

—No, no, no. La tía Evelyn la va a llevar al teatro, le va a enseñar a vestirse y le va a explicar que los hombres son todos unos tarados.

—¿Anton también?

—Sobre todo Anton.

Sofiya se ríe. Yo me río. Evelyn niega con la cabeza, pero se le tuerce la boca.

Por un segundo el mundo es solo esto: el jugo de durazno, el esmalte rosa chicle y dos mujeres peleándose por quién va a malcriar más a un bebé que todavía no tiene nombre.

Tomamos. Hablamos de nada. En la tele, una película con un tipo que persigue a una mujer bajo la lluvia. Aunque no tenga volumen se entiende que es una escena trágica. El tipo corre, la mujer se voltea, él le toma la cara entre las manos.

—Pero qué feo está —dice Sofiya.

—Es Clark Gable —dice Evelyn.

—Él no. El otro.

Evelyn ladea la cabeza.

—Sí, la verdad.

—¿Y ella se detiene? Yo hubiera seguido corriendo.

—En las películas viejas la mujer siempre se detiene —digo—. Él suelta el discurso, ella llora, se besan.

—¿Anton alguna vez te ha echado un discurso bajo la lluvia? —pregunta Sofiya.

—Anton no habla ni con sol.

Sofiya se ríe tan fuerte que le sale el vino por la nariz. Evelyn le avienta un cojín.

Y por un rato funciona. Por un rato somos tres muchachas en un sillón con esmalte y vino y la tele prendida. Por un rato el mundo es eso.

Suena el interfono.

Sofiya se congela con el pincelito en el aire. Evelyn deja la copa. Nos miramos.

A esta hora no toca nadie. Nunca.

El guardia, por el interfono.

—Señora Voronova.

Me levanto. Las piernas no me sostienen bien.

—Sí.

—FBI. Traen una orden.

Kaz.

Es el primer pensamiento. El único pensamiento. Kaz está muerto. Lo agarraron. Algo salió mal y ahora el FBI está aquí y Kaz no contesta el teléfono porque no puede contestar y yo estoy aquí con las uñas pintadas y mi esposo está en una morgue en algún lado.

Agarro el celular. Las manos no hacen lo que les digo. Kaz. Marco. Suena. Suena. Suena.

Buzón de voz.

No. No, no, no.

Nikolay. Llamo a Nikolay. Suena. Suena.

Buzón de voz.

—Blair. —Evelyn está de pie. La cara blanca—. Blair, mírame.

—No contestan.

—Blair.

—Ninguno de los dos contesta, Ev.

Sofiya se levantó.

—Llamo a Mikhail. —Lo llama. Espera. Baja el celular. La misma cara. La misma respuesta.

Nadie contesta.

Otra vez el guardia.

—Señora, están insistiendo.

—Déjelos subir —digo.

—Blair, espérate. —Evelyn me agarra del brazo—. No digas nada. Ni tu nombre. Ni buenas noches. Nada hasta que tengas un abogado enfrente. ¿Me oíste?

—¿Y si es por Kaz? ¿Si le pasó algo?

—Si fuera por Kaz no vendrían con una orden. Vendrían a decírtelo. Escúchame. Ni una palabra.

Tiene razón. Sé que tiene razón. Pero el corazón no lo sabe.

—Déjelos subir —le digo al guardia.

Se abren las puertas del elevador.

Cuatro. Saco oscuro, zapatos lustrados, las manos a la vista. El primero es alto, pelo gris, la cara de alguien que lleva treinta años en este trabajo y a quien ya no le importa nadie. Los otros tres se abren por el pasillo.

—¿Blair Sinclair?

No contesto.

—Señora Sinclair, FBI. Tenemos una orden de arresto federal en su contra.

Orden de arresto. No una notificación. No una citación. Una orden de arresto.

En mi contra.

El agente levanta la hoja. La leo, pero no entiendo nada.

—Por el homicidio doloso de Malone Callahan.

Malone Callahan.

El Voss. El pasillo. Sus manos encima de mí y la repisa apretada entre mis dedos. El golpe. El ruido que hizo el cuerpo cuando cayó y la sangre en el piso.

No respiro. No puedo respirar.

Evelyn da un paso al frente.

—Mi hermana no mató a nadie.

No sabe nada. No sabe lo del Voss, no sabe lo de Malone, no sabe lo que hice esa noche. Pero le da igual. Se pone entre el agente y yo, un metro sesenta de tacones y rabia, y no le tiembla nada.

—Señora, la orden está firmada por un juez federal.

—Me importa una mierda quién la firmó. Mi hermana está embarazada, es medianoche, ¿y ustedes se aparecen en su casa con esta pendejada?

—Ev. —Le toco el brazo—. Ev, ya.

Sofiya no se ha movido. Me mira. Tiene los ojos de Kaz cuando algo se le rompe por dentro y por fuera no sale nada. Luego se voltea hacia el agente.

—No la toquen.

—Señora…

—Dije que no la toquen. —Lo dice bajito. Peor que un grito.

Evelyn ya tiene el celular en la oreja. Habla rápido, en voz baja. Dirección, orden federal, homicidio, se necesita un penalista ya, no mañana por la mañana, ya.

El agente del pelo gris da un paso hacia mí.

—Señora, tiene que venir con nosotros.

Miro la sala detrás de mí. El esmalte rosa chicle en la mesita. La botella de vino. Mi jugo de durazno, a la mitad. La tele prendida sin volumen.

Hace cinco minutos era una muchacha en un sillón con su hermana y su cuñada. Hace cinco minutos el mundo era normal.

El agente me toma del brazo. Profesional. Medido. Le doy las muñecas. Las esposas se cierran. Frías, apretadas, y el clic es el sonido más fuerte que he oído en mi vida.

Sofiya me agarra la mano. Los dedos apretados sobre los míos.

—Es un error —dice. Le tiembla la voz—. Te vamos a sacar.

—Blair. —Evelyn. Los ojos rojos, el celular apretado en la mano—. No digas nada. Te alcanzo. Ya voy.

El agente me lleva hacia el elevador. Entro. Me volteo.

Veo a Sofiya en medio de la sala con las manos temblando. Veo a Evelyn con el celular en la oreja hablando rápido, fuerte, con esa voz que usa cuando el mundo se le viene encima y ella se niega a derrumbarse con él.

Las puertas se cierran.