AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 17
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CAPÍTULO 17

Lo que queda

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KAZ

Red Hook. Muelle seis. Diez minutos para la medianoche.

El viento del río trae olor a sal, a diésel y a hierro viejo. La temperatura bajó de cero hace rato y el concreto mojado brilla bajo los postes de luz como una placa de hielo sucio.

Nikolay está a mi derecha. Mikhail a la izquierda.

Detrás de nosotros, veinte hombres repartidos entre los contenedores, otros diez con Anton cerca de la rampa, listos para cerrar el círculo por el costado.

Treinta y uno en total, contándome a mí.

Treinta y un hombres plantados en el único lugar de Nueva York donde esta noche alguien va a venir a buscar doce cajas de armas rusas que no existen.

Me apoyo en el contenedor. El metal está helado a través del saco. Reviso el reloj. Las once cincuenta y dos.

El agua contra los pilotes. El viento que silba entre los contenedores. Un cable de acero que golpea en algún lado en la oscuridad.

Mikhail prende un cigarro.

—Apágalo —digo.

—Una fumada.

—Mikhail.

Lo tira. Suelta el humo por la nariz.

—Recuérdame por qué no fumo en familia.

—Porque el hermano mayor es un cabrón.

—Ah. Cierto.

La radio chisporrotea. Anton.

—Posición confirmada. Estamos listos.

Le levanto dos dedos a Nikolay. Nikolay habla por la radio, en voz baja. Los nuestros se mueven a los puntos acordados. Nada de ruido, nada de luz, solo sombras que se deslizan detrás del metal.

Tres minutos para la medianoche.

Los faros llegan por la Tercera Avenida. Un convoy. Cinco, seis autos en fila, luces bajas. Bajan la velocidad en la reja, entran uno por uno, se detienen a cincuenta metros del muelle formando un semicírculo. Motores prendidos.

Puertas que se abren. Gente que se baja. Mucha.

Declan sale del segundo auto. Abrigo largo, el paso de alguien que cree que tiene el control. Detrás de él, sus mejores hombres; los reconozco. Se plantan a los lados.

De los últimos tres autos se baja Kane. Gorra negra hasta los ojos, el mismo andar lento de siempre. Detrás de él, una docena de hombres por lo menos. Se abren sobre el concreto.

Declan y Kane caminan lado a lado hacia el punto de entrega. Los hombres se acomodan en semicírculo detrás de ellos. Los zapatos golpean el concreto mojado. El eco rebota entre los contenedores.

Se detienen.

El muelle está vacío. Ni cajas. Ni camiones. Nada.

—¿Dónde carajo están? —dice Kane. La voz le sale baja, ronca. Un hombre que tiene demasiado que perder.

Declan saca el celular. Marca. Espera. Se lo lleva a la oreja. Nadie contesta.

—Declan.

—Un momento.

—No tengo un momento.

Entonces salgo.

Un paso fuera del contenedor. Nikolay y Mikhail a mis costados. Detrás de nosotros, los nuestros salen de sus posiciones, uno por uno, como fantasmas que toman forma. El ruido de las armas que se levantan.

Declan me ve primero. La cara le cambia en un segundo. De la seguridad a nada. A nada, literal. Como si alguien le hubiera jalado el piso de debajo de los pies.

—Voronov.

—Buenas noches, Declan.

Kane da un paso atrás. Los suyos se abren en abanico, con las manos dentro de las chaquetas.

Los hombres de Declan hacen lo mismo. Por un segundo el muelle entero contiene la respiración.

Cuarenta, cincuenta hombres armados a veinte metros de distancia, con el dedo en el gatillo y el frío cortándoles la cara.

—Tus armas no están aquí —digo—. Nunca estuvieron aquí. El cargamento llega el martes. A Greenpoint.

Declan no se mueve. Con la luz amarilla del poste le veo los ojos y encuentro lo que estaba buscando. Miedo.

—Querían darme por el culo —digo—. Le vendiste mi ruta a este pedazo de mierda. Mandaste gente a balearme el auto. Trataste de secuestrar a mi esposa.

—Kaz…

—Se acabó, Declan.

Kane retrocede hacia los autos. Los suyos se mueven con él. Nikolay le corta el paso con cuatro hombres. Los demás cercan a los de Declan. El círculo se cierra. Nadie dispara.

Es ahí cuando oigo los motores.

No de nuestros autos. No de la calle. Del lado del río, de detrás de las bodegas, donde no hay nada, donde no debería haber nadie.

El ruido crece. Rápido. Motores diésel, pesados, acelerando sobre el asfalto roto.

Vans. Negras. Sin placas. Llegan cinco, seis, más. Salen de la esquina de las bodegas a toda velocidad y frenan sobre el concreto mojado en una nube de vapor y goma quemada. Las puertas se abren de golpe antes de que se detengan.

Hombres. Muchos. Armados hasta los dientes. Chalecos antibalas, rifles de asalto, pasamontañas. Se mueven en abanico como un ejército, rápidos, organizados. Gente entrenada.

—Kaz —dice Nikolay. Bajito. Como alguien que está contando y no le cuadra el número.

Kane los ve y la cara se le vacía. Los conoce. Claro que los conoce. Vinieron a cobrarse lo que les debe.

El cártel vino a cobrar.

Veinte hombres. Tal vez veinticinco. Nos rodean por los tres lados abiertos del muelle. Enfrente tengo a Declan y a Kane con los suyos. A la espalda, el cártel. A la izquierda, el río.

No hay salida.

El primer disparo sale antes de que nadie dé una orden. Uno del cártel le tira a Kane. No le da. Kane se avienta al suelo detrás del auto. Declan se da la vuelta y corre.

El segundo disparo le pega en la espalda.

Lo veo frenar. Las rodillas que se doblan. Las manos que buscan algo de qué agarrarse y no encuentran nada. El abrigo que se abre como un ala rota. Cae de frente sobre el concreto mojado. La cara contra el suelo. No se levanta.

Después de eso todo se va a la mierda.

Disparos de todas direcciones. El aire se vuelve plomo. El ruido es tan fuerte que deja de ser ruido y se vuelve algo físico, una pared que te aplasta el pecho y te aprieta los pulmones.

Los míos se cubren detrás de los contenedores. Mikhail está a mi izquierda, dispara, se mueve, vuelve a disparar. Dos tiros secos, precisos, cae un mexicano. Anton está más adelante, cerca de la rampa, cubriendo el flanco derecho con los suyos.

Una bala me pasa cerca de la cabeza. Siento el aire que se mueve. Esa brisa fina y rápida que te dice que estás vivo de pura suerte, por un centímetro, por una décima de segundo. Me aviento detrás de un contenedor y el metal vibra bajo los golpes como una campana enloquecida.

Cuento. Veinte, tal vez veinticinco hombres del cártel.

Nosotros somos treinta, pero ellos tienen mejor posición.

Nos agarraron por la espalda y están cerrando el círculo.

En el suelo ya están los de Declan y los de Kane disparando a lo loco, desorganizados, en pánico, y las balas llegan de todos lados.

—¡Nikolay!

—¡Estoy inmovilizado! ¡Seis a la derecha, cuatro al centro!

A Mikhail le dan en el brazo. Lo veo por cómo se le cae el rifle y lo levanta con la otra mano, los dientes apretados, la mandíbula trabada. La sangre le escurre por la muñeca y gotea al suelo.

—Carajo —dice. Se aprieta el brazo contra el cuerpo. Vuelve a disparar con la izquierda.

—Mikhail, échate para atrás.

—Vete a la mierda.

Anton se expone para cubrir a tres de los nuestros que van retrocediendo hacia los contenedores.

Un tiro le pega en el hombro. Lo veo girar sobre sí mismo, estrellarse contra el metal, resbalar hasta el suelo con la espalda arrastrándose contra el contenedor.

Se aprieta la herida con la mano. La sangre le sale entre los dedos. Con la otra mano saca la pistola.

—¡Anton!

—Estoy de pie, estoy de pie.

No está de pie. Está sentado contra el contenedor, con la sangre bajándole por el pecho y la mano temblando sobre la pistola.

Los tiros se acercan. El círculo se cierra. Cuatro de los míos están en el suelo y no se mueven. Mikhail dispara con una sola mano, el brazo derecho colgando inútil a un costado. Anton ya no se mueve. Nikolay está inmovilizado del otro lado del muelle con los suyos, imposible llegar hasta él.

Cambio el cargador. El último.

Miro a Mikhail. Mikhail me mira. Y en los ojos de mi hermano encuentro lo que no me ha dicho en treinta y dos años: que tiene miedo. Que a lo mejor no salimos de aquí. Que a lo mejor esta es la última vez que nos vemos.

Un mexicano sale de su cobertura y avanza hacia nosotros. Lo tumbo. Otro toma su lugar. Dos de los suyos llegan por el costado, nos cortan la retirada hacia la reja. Estamos encerrados. Encerrados en un puto muelle de Red Hook con el río a la espalda y treinta rifles apuntándonos.

Y entonces pasa algo.

El primer mexicano cae sin que ninguno de nosotros haya disparado.

La cabeza que se sacude hacia un lado. El cuerpo que se dobla. El rifle que se estrella contra el suelo. Ningún sonido antes del tiro. Cero. Como si la bala hubiera llegado antes que el ruido, antes que el aire, antes que todo.

Francotirador.

El segundo cae tres segundos después. Igual. La misma nada antes del impacto. Iba corriendo hacia un contenedor y simplemente se detuvo. Luego se desplomó de lado.

El tercero intenta correr. No da ni dos pasos.

Los mexicanos se detienen. Se miran. No entienden de dónde viene. Disparan a la oscuridad, hacia el río, hacia los techos, hacia nada. Pero los tiros siguen llegando. Uno cada tres segundos. Preciso. Implacable. Como un reloj en cuenta regresiva.

Luego explota la van.

No sé cómo. No sé con qué. Pero la primera van del cártel vuela por los aires con un estruendo que siento en el esternón antes que en los oídos.

La bola de fuego sube derecho al cielo negro e ilumina todo el muelle como un flash: contenedores, autos, hombres en el suelo, sangre en el concreto, el humo que sube, el río brillando detrás de todo. Por un segundo parece de día.

Los mexicanos empiezan a gritar.

—¡El Diablo!

Kane, desde el auto donde se escondió, levanta la cabeza. Conoce ese nombre. Le veo el terror en los ojos. El terror de un hombre que ya vio lo que pasa cuando El Diablo entra en un cuarto.

Uno de ellos se voltea hacia el río, vacía el cargador en la oscuridad. Otro corre hacia la segunda van. No llega. El tiro le da en la pierna, cae, se arrastra, un segundo tiro lo detiene.

—¡El Diablo! ¡El Diablo!

Lo veo antes de entender quién es.

Una figura que se mueve entre los contenedores. Rápida. No rápida como un hombre que corre. Rápida como algo que se desliza, que esquiva, que está en un punto y un segundo después está tres metros más adelante sin que entiendas cómo. Una sombra con un cuchillo en una mano y una pistola en la otra.

Cae un mexicano. Otro. Un tercero intenta voltearse y el tiro le da antes de que termine el movimiento.

Luego sale a la luz del incendio y lo reconozco.

Noah.

Cuerpo a cuerpo con uno de los mexicanos. Lo desarma en dos movimientos, codazo a la garganta, rodillazo al estómago. Lo tira al suelo y le rompe la muñeca con una torsión seca que se oye desde aquí. No se detiene. El siguiente ya está enfrente de él.

Los mexicanos le disparan. Noah no baja el ritmo.

Se mueve entre los tiros como si los viera venir.

Un segundo antes que los demás. Para él el tiempo funciona distinto.

Cuchillo en la derecha, pistola en la izquierda.

Uno lo agarra de la chaqueta, Noah le clava el cuchillo en el brazo, lo gira, lo usa de escudo, dos tiros se le estrellan encima, luego lo avienta y sigue avanzando.

—Hijo de puta —dice Mikhail. Con el brazo sangrando, con la boca abierta—. El fotógrafo.

Noah se detiene un segundo. Nos mira detrás de los contenedores. Lleno de sangre, cuchillo en una mano, pistola en la otra.

—¿Me van a echar una mano o se van a quedar escondidos como señoritas?

Mikhail se ríe.

—No te queríamos arruinar la diversión.

Un mexicano le llega por detrás. Noah lo siente antes de verlo.

Se agacha, el tiro le pasa por encima de la cabeza, gira, patada a la rótula, el mexicano cae gritando, Noah lo remata con el mango del cuchillo en la sien.

Un golpe seco. Quirúrgico. Como alguien que sabe exactamente dónde pegar y con cuánta fuerza.

No hace ruido. No grita. No dice una palabra. Los mexicanos gritan por él.

—¡El Diablo!

Ahora sí estamos otra vez en el juego. Los míos salen de las coberturas.

Nikolay rompe por el flanco con los suyos.

El cártel está en pánico, disparan a todos lados menos adonde deberían.

Noah los está desarmando pieza por pieza, uno por uno, y los que no tumba él caen por el francotirador que no deja de disparar desde algún lugar en la oscuridad.

Explota la segunda van.

El golpe me llega al estómago como un puñetazo. La onda expansiva me estrella contra el contenedor. Por un segundo no oigo nada, solo un pitido agudo en los oídos y el calor de la explosión en la piel. Luego regresa todo: los tiros, los gritos, el ruido del metal que llueve.

Los últimos tres intentan escapar. Corren hacia la única van que queda. El primero llega. Abre la puerta. Un tiro le perfora el parabrisas enfrente de la cara. Se baja. Levanta las manos.

Noah camina hacia ellos. Los tres se tiran al suelo. Manos en la cabeza. La cara contra el concreto.

Todo se detiene.

La van sigue ardiendo, las llamas naranjas lamiendo el cielo. El crujido del metal. El agua del río golpeando contra los pilotes. En algún lado un hombre se queja.

El muelle apesta a pólvora, a diésel quemado y a sangre.

Miro a Noah. Noah me mira. Está bañado en sangre de la cabeza a los pies, pero no es suya. El cuchillo en una mano, la pistola en la otra. Respira apenas más fuerte de lo normal. Apenas.

—¿El francotirador? —digo.

—Mi equipo. —Limpia el cuchillo en la chaqueta del mexicano tirado en el suelo—. Necesitaban divertirse un poco.

Me volteo hacia Declan. En el suelo, con el abrigo abierto y los brazos extendidos. La sangre se le va extendiendo debajo.

Nikolay se acerca. Se agacha. Dos dedos en el cuello. Levanta los ojos hacia mí. Niega con la cabeza.

Declan Callahan está muerto.

Kane está más adelante, encogido detrás del auto. Dos de los míos lo tienen agarrado de los brazos. Me acerco. Ya no trae encima el terror del cártel. Trae algo peor. La certeza de un hombre que sabe que todo lo que tenía se acaba de terminar.

—Nikolay, llévatelo.

Me volteo. Anton sigue sentado contra el contenedor. Mikhail está junto a él, apretándole el saco contra el hombro. Anton tiene los ojos abiertos, pero la cara blanca.

A lo lejos, las sirenas.

Me volteo hacia Noah. Está de pie en medio de la carnicería, con los brazos a los costados.

Noah me mira. Se limpia las manos en el pantalón, se mete el cuchillo en el cinturón y camina hacia la reja.

—Noah.

Se detiene. No se voltea.

—Te debo una.

Se queda quieto un segundo. Luego vuelve a caminar. Desaparece en la oscuridad, más allá de los postes.

Me subo al auto. Nikolay maneja.