CAPÍTULO 16
Viernes
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KAZ
Mikhail llega a las siete con una mujer que nunca he visto.
Rubia, tacones altos, vestido negro corto. Se mueve como alguien que sabe que la están mirando y no le molesta. Entra al penthouse como si ya hubiera estado aquí, se quita el abrigo, lo avienta en la silla más cercana.
—Kaz, Amber. Amber, mi hermano.
Amber me mira un segundo, sonríe, regresa a Mikhail.
—Necesitamos veinte minutos —digo.
—Treinta —dice Mikhail. Se sienta, saca el celular—. Te explico.
—Explícame.
—Amber trabaja en The Artisan desde hace dos meses. Mesera, salón principal. Conoce cómo están acomodadas las mesas, sabe quién se sienta dónde y cuándo.
La miro.
—¿Y Declan?
—Todos los viernes, mesa cuatro. La esquina del fondo, junto al pasillo de las cocinas —dice Amber. Voz firme—. Llega a las nueve, se va antes de las once. Siempre con alguien, nunca el mismo.
—¿Hoy?
—Hoy reservó para dos.
Kane. Nikolay tenía razón.
—La mesa —digo.
Mikhail pone una foto sobre la barra. La pantalla del celular, tomada desde arriba. Mesa redonda, mantel blanco, cuatro sillas.
—¿Y si cambian de mesa?
—Nunca cambian —dice Amber—. Declan siempre quiere esa. La pide cuando reserva.
Me volteo hacia Mikhail.
—¿Dónde la encontraste?
Mikhail se apoya en el respaldo.
—Es una historia larga.
—Acórtala.
—Es fabulosa.
—Mikhail.
—Nos conocimos en un after en Williamsburg. Ella atendía las mesas, yo le tiré un Negroni encima de la blusa. Me mandó a la mierda. Nos volvimos a ver la semana siguiente.
—Y le pediste que le pusiera un micrófono debajo de la mesa a un traficante de armas irlandés.
—Le pregunté si quería ganar en una noche lo que gana en un mes.
Amber no dice nada. Me mira a los ojos.
—¿Sabe lo que se está jugando? —digo. A ella, no a Mikhail.
—Sé lo que me estoy jugando.
—¿Y?
—Y tengo mis razones.
Nikolay entra desde la cocina con dos audífonos y un parche transparente del tamaño de una uña. Adentro hay un disco plano, negro, delgado. Lo pone sobre la barra.
—Alcance de tres kilómetros. Cuarenta y ocho horas de batería. La calidad del audio alcanza si la música no está muy alta.
—En el de Tribeca la música está bajita —dice Amber.
Nikolay la mira por primera vez. Luego me mira a mí.
—Debajo de la tabla, junto a la pata central —dice Nikolay—. Te enseño cómo…
—Sé dónde ponerlo. —Amber agarra el parche de la barra, se lo pega en la parte interna de la muñeca, debajo de la pulsera. Desaparece—. Déjenmelo a mí.
Nikolay levanta una ceja. Me mira. Asiento.
A las ocho y veinte Amber se va con su abrigo y sus tacones. Mikhail la acompaña al elevador. Los oigo hablar en voz baja, luego las puertas se cierran.
Regresa a la sala.
—¿Y si la descubren?
—No la van a descubrir.
—Mikhail.
—No la van a descubrir, Kaz.
Se queda parado junto a la ventana. Lo miro. Normalmente Mikhail tiene cara de estar a punto de soltar un chiste. Hoy no. Los hombros rectos, la mandíbula apretada.
—A las nueve te llamo —digo.
—A las nueve contesto.
Se va.
* * *
A las nueve y veintidós vibra el celular. Nikolay.
—Ya se sentaron.
Abro la laptop. El audio llega sucio, con el ruido de fondo del lugar, vasos, voces, algo que suena a jazz en vivo. Luego se limpia.
Dos voces. A una la conozco por los archivos que Nikolay me hizo escuchar la semana pasada. Declan. Un acento irlandés que se le va y le regresa según qué tan relajado esté.
La otra es más grave. Lenta. Kane.
—El cargamento está confirmado. —Declan—. El sábado, Red Hook. Muelle seis.
—Como la vez pasada.
—Mejor que la vez pasada. Los rusos no sospechan nada. Su hombre nos pasa todo.
Su hombre. Yuri.
—¿Cuántas cajas?
—Doce. Lo que necesitabas más un margen.
Kane no contesta enseguida. Ruido de un vaso sobre la mesa.
—Si este cargamento no llega, Declan, no estoy hablando de dinero.
—El cártel no está jugando, Declan.
—Ya sé.
—Si me hundo yo, te arrastro conmigo.
Ninguno de los dos habla. Oigo el hielo girando en un vaso.
—El sábado —dice Declan—. Red Hook. Muelle seis. Va a estar todo.
—Por tu bien.
Ruido de silla. Kane se levanta. Pasos. Luego solo el jazz y los vasos.
Cierro la laptop. Agarro el celular. Le escribo a Mikhail.
Yo: Tu chica es buena.
Mikhail: Te lo dije. Fabulosa.
Apago el celular. Me voy al cuarto.
Blair duerme de lado, con la luz del baño prendida. Ya no puede dormir a oscuras. Y no me ha echado del cuarto. Ni una vez, desde el secuestro. No sé si es buena señal o si no le importa lo suficiente como para pelearse también por eso.
Me quito la camisa. Me acuesto de mi lado.
El olor de su pelo me llega antes que todo lo demás. Vainilla y algo más cálido, más suyo. Me lo sé de memoria. Lo reconocería en un cuarto lleno de gente, a oscuras, con los ojos vendados.
Hay medio metro de sábana entre nosotros. Podría estirar la mano. Podría tocarle el hombro, el brazo, esa curva entre el cuello y la clavícula donde antes le ponía la boca y ella se reía y me empujaba y luego me jalaba otra vez hacia ella.
Ahora no me empujaría. Haría algo peor. Se quedaría quieta.
Extraño cómo me tocaba la cara cuando creía que estaba dormido. Extraño su voz cuando decía mi nombre sin ningún motivo, solo porque se le antojaba.
Tengo treinta y dos años. Controlo a quinientos hombres, tres rutas en el Báltico y un plan que el sábado por la noche va a volar en pedazos la única alianza que podía destruirme. Y no sé cómo recuperar a la mujer que amo.
Cierro los ojos. No la toco.