AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 15
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CAPÍTULO 15

Lo que no me dicen

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BLAIR

Kaz pone dos tazas en la barra y desaparece en el estudio. La puerta se cierra despacio.

Evelyn lo sigue con los ojos hasta el fondo del pasillo. Luego se voltea hacia mí.

—Bueno.

—¿Bueno qué?

—Ya basta. —Se sienta en el sillón, los brazos cruzados, todavía con el abrigo puesto—. Llevas semanas diciéndome por teléfono que estás bien. Ahora estoy aquí. Habla.

—¿Por dónde quieres que empiece?

—Por donde sea.

Me siento del otro lado.

—Cada vez que intentaba poner las cosas en orden, salía otra peor.

—Y entonces no dijiste nada.

—No quería parecer loca de remate.

—Blair. —La voz le baja un tono—. No me habrías parecido loca.

—No te dejé fuera porque no te necesitara. —Me sale más brusco de lo que quería—. Te dejé fuera porque ya no sabía cómo contarle mi vida a alguien que todavía vive en el mundo normal.

Evelyn abre la boca. La vuelve a cerrar.

—Normal —dice—. Yo estaba escondida en un departamento en Greenpoint con Anton Belov llevándome cruasanes por las mañanas.

Casi me río.

—¿Cruasanes?

—Todas las mañanas. Siempre calientes. —Una pausa—. Es algo inquietante en un hombre así.

—Muy.

Baja los brazos.

—Cuéntame.

Así que cuento. No en orden. En orden no puedo.

A pedazos, como sale. La van en Madison Avenue, Irina que se estrella contra la vitrina, Sofiya con la sien contra la pared.

Kaz que abre la puerta con la sangre encima y se arrodilla en el piso sucio.

La tina. El bebé. La ginecóloga con la pantalla prendida y ese sonido en el silencio del cuarto.

Hay más. Ella lo nota mientras hablo, el punto donde la historia tiene un hueco. La noche del Voss, antes de que llegara Kaz. Me quedo un segundo en esa orilla. Luego sigo. No estoy lista.

Evelyn no interrumpe. Cuando termino, se queda quieta con los ojos en los ventanales. Sintió el hueco. No pregunta.

—El bebé está bien —dice.

—Sí.

—Y tú.

—Estoy viendo cómo vivir con esto.

Evelyn baja la mirada un momento, luego regresa a mí.

—Kaz.

—¿Qué con Kaz?

—¿Cómo estás con Kaz?

—Todavía no sé. —Las manos en el regazo, los dedos que se abren y se cierran—. Hay días en que lo miro y pienso que es el problema más grande de mi vida. Y hay momentos en que es lo único en el cuarto que aguanta.

Evelyn no dice nada. Toma café.

—Anton —digo.

La taza se detiene a medio camino. La comisura de la boca apenas se le mueve.

—¿Qué con Anton?

—Ev.

—Déjalo.

—No.

Evelyn suelta el aire despacio.

—Es una idea de la mierda.

—O sea que es cierto.

—Blair, soy fiscal. Él es… —Hace un gesto mínimo con la mano, como si lo demás no hiciera falta nombrarlo—. Estamos en lados opuestos incluso cuando estamos en el mismo cuarto.

—Y aun así.

Por un segundo no contesta. Mira el café, no a mí.

—Me salvó la vida —dice al final. Seca—. Y después de lo que pasó, desde que estoy con él, duermo. —Levanta los ojos hacia mí—. Duermo de verdad. Ese es el problema.

Me quedo quieta.

Evelyn niega apenas con la cabeza.

—Sé perfectamente que no tenemos futuro. Lo sé mejor que él, seguro. Pero a mi cuerpo parece importarle muy poco que en el papel sea una pésima idea.

—Entonces.

—Entonces es el hombre equivocado en el momento equivocado —dice Evelyn—. Y a mi sistema nervioso parece darle muchísima tranquilidad. Lo cual es humillante, si lo piensas.

* * *

La puerta del estudio se abre a media mañana.

Kaz sale primero, luego Anton, luego Nikolay con el celular pegado a la oreja.

Nadie nos mira. Van a la mesa de la sala, abren la laptop, empiezan a hablar en voz baja.

Evelyn y yo nos quedamos en el sillón. Ella agarra la taza de café frío que Kaz dejó en la barra y la sostiene sin tomar, con los ojos en los ventanales.

Las voces de la mesa llegan bajas, alguna palabra suelta, nada que tenga sentido desde aquí. Luego Anton sube un poco el tono y dice un nombre.

Kane.

Evelyn se detiene. La taza a medio camino, los dedos que aprietan el asa. No se voltea hacia mí. Espera, con el oído atento, la espalda que se endereza.

Kaz dice algo. Nikolay contesta. Kane regresa otra vez, ahora en la voz de Kaz, más bajo, más seco.

Deja la taza en la mesita y se levanta.

La veo cruzar la sala con ese paso seguro. Llega a la mesa. Kaz levanta los ojos. Anton deja de hablar a media frase.

—Mientras trabajaba en lo del Ónix me topé con Kane.

—Evelyn no se sienta, no pide permiso—. En las bases de datos del gobierno.

Aparece en tres investigaciones en los últimos dos años, todas archivadas antes de llegar a algún lado.

Hace seis meses le vendió un cargamento de armas a un cártel sudamericano.

Lo que entregó no correspondía a lo que había prometido.

Menos cantidad, peor calidad. —Se detiene—.

El cártel está esperando que lo arregle.

Nikolay baja el celular. Anton se endereza en la silla.

Kaz la mira un segundo, luego se voltea hacia Nikolay.

—El cargamento del Báltico.

—Sí —dice Nikolay.

Anton abre las manos sobre la mesa.

—O sea que no está buscando las armas para crecer. Las está buscando porque si no las encuentra es hombre muerto.

—Y un hombre que está a punto de morir no negocia —dice Kaz—. Arrebata.

—Y Declan le vendió nuestra ruta —dice Nikolay. Despacio.

Silencio.

—¿Cuántas armas? —dice Kaz. A Evelyn, no a los demás.

—Suficientes para armar a un ejército.

Anton se ríe.

—Pendejo.

Kaz no se ríe. Cierra la laptop.

—Nikolay.

—Ya. —Nikolay ya está de pie con el celular en la mano.

Evelyn regresa al sillón. Se vuelve a sentar junto a mí. Agarra otra vez la taza.

Me quedo quieta. En la mesa, Kaz y Anton hablan en voz baja. Nikolay sale al pasillo con el celular en la oreja. Los miro y pienso que entraron a un lugar donde yo no puedo ir, y que se van a quedar ahí hasta decidir algo que nadie me va a decir hasta que ya esté hecho.

Anton es el primero en levantarse. Agarra el saco de la silla, se voltea hacia Evelyn. No dice nada, pero basta la mirada.

Evelyn se toma el último trago de café frío. Deja la taza. Se levanta, recoge el abrigo del brazo del sillón, se lo pone sin prisa. Me mira.

—Me voy. —Luego, más bajo—: Cuídate.

La acompaño al elevador. Anton ya está adentro, con el celular en la oreja. Evelyn me aprieta el brazo, entra. Las puertas se cierran.

Nikolay sale poco después. Regreso a la sala.

Kaz sigue en la mesa. La mirada en la laptop, los hombros quietos. La sala está en silencio ahora, ese silencio que tiene cuando estamos solos.

Agarro el celular del cojín del sillón. Abro los mensajes. Mi mamá. El último es suyo, de hace tres días: un corazón y un «llámame cuando puedas».

Yo: ¿Cómo estás?

Me quedo con el pulgar sobre la pantalla. Podría preguntarle por papá, por la casa, por cómo va el trabajo. Podría preguntarle si ha notado algo raro, si alguien le ha hecho preguntas, si ha encontrado papeles que no debían estar ahí.

Envío. Bloqueo el celular.

El ruido de la laptop, algunas teclas. Luego para.

—¿Cómo estás?

No se volteó. Se lo dice a la laptop, al cuarto, a nada en particular.

—Bien.

—Necesitas algo.

Afuera de los ventanales la luz cambió, más alta ahora.

—No.

Kaz vuelve a escribir.

El celular vibra.

Mamá: Todo bien, mi amor. Papá te manda un beso.

Lo miro fijo unos segundos. Luego apago la pantalla y lo volteo bocabajo sobre el cojín.