AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 14
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CAPÍTULO 14

La cadenita

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KAZ

El plato en el fregadero. Los huevos que quedaron en el sartén. El olor a café y mantequilla en la cocina vacía.

Blair está en el cuarto. Noah en el estudio con la carpeta de su padre abierta sobre las rodillas. Yo de pie frente al fregadero, con las manos en el agua y la cabeza en la bodega de anoche.

Una cadenita con un micrófono colgada del cuello de uno de los míos.

Cierro el grifo. Me seco las manos. Agarro el celular.

Nikolay contesta al primer tono.

—¿Cómo vamos?

—Ya di la vuelta. Dieciocho hombres en el primer círculo. Siete tienen una relación nueva en los últimos seis meses.

—¿Y?

—Tres cadenitas.

Me encierro en el estudio. Noah levanta la vista de la carpeta. Le hago seña de que salga. Sale sin decir una palabra.

—¿Quiénes?

—Grigoriev. Mujer de veintiocho años, Alina. Llevan cuatro meses. Le regaló una cadenita de plata por su cumpleaños, en diciembre. —Pausa—. Luego está Dima. La novia se llama Katya, veinticuatro años. Cadenita de oro, delgadita. Se la dio en noviembre.

—Y el tercero.

—Yuri.

Me detengo.

Yuri Petrov. Mi chofer desde hace dos años.

—La mujer.

—Se llama Sara. No es rusa. Americana. Se conocieron en un bar de Brighton Beach hace tres meses. Le regaló una cruz con cadena. La trae siempre en el cuello.

—La viste.

—De cerca. Plata, pequeña. Pero está demasiado gruesa, Kaz. Una cruz así está hueca. Trae algo adentro.

—La tocaste.

—No. Como dijiste.

—¿Dónde está la mujer?

—Departamento en Bay Ridge. Paga la renta en efectivo. Antes de hace tres meses no existía. Sin antecedentes, sin trabajo registrado, sin redes sociales. Un fantasma.

Bay Ridge. Donde los Callahan tienen sus contactos.

—¿Yuri sabe algo?

—Yuri no sabe nada. Está perdidamente enamorado. Ella le lleva de comer, se sube al auto con él, le hace compañía. Tres veces por semana. Y mientras, el micrófono de la cruz graba todo lo que se dice en ese auto.

Aprieto el celular.

—No la toques. No toques nada. Yuri no puede sospechar.

—¿Y la mujer?

—Déjala donde está. Quiero que Yuri lleve a mi madre a comer el viernes. Al restaurante de la Quinta, al que va siempre. En el auto haz que diga que el cargamento del Báltico llega el sábado por la mañana a la terminal de Red Hook.

—Llega el martes a Greenpoint.

—Exacto.

Cuelgo.

El pasillo. Noah sentado en el sillón con los papeles de su padre desparramados en la mesita. No levanta la cabeza.

Blair sale del cuarto. Mi sudadera puesta, el pelo mal recogido, el pómulo morado e hinchado. Me ve. Se detiene.

—¿Todo bien?

—Sí.

Me mira. No me cree.

Va a la cocina. Abre el grifo. Se sirve un vaso de agua.

La miro desde el pasillo. Los hombros encogidos bajo la sudadera.

Noah junta los papeles de la mesita. Los mete en la carpeta. Va a la cocina.

Los oigo hablar. Bajito. La voz de Blair que dice algo y la risa corta de Noah.

Regreso al estudio. Cierro la puerta.

El celular. Anton.

—Estás despierto.

—No dormí. —Una pausa—. Evelyn quiere ver a Blair.

—No.

—Kaz.

—Dije que no.

—Y yo te digo que no la puedo tener quieta para siempre. No le conté lo del secuestro, pero sabe que algo pasó. Me está volviendo loco. Ha llamado a Blair dieciséis veces, llamó a Noah. Si no la llevo yo, va a ir sola.

—¿Contigo también es así?

—Peor. —Una pausa—. Mucho peor.

—Tráela.

* * *

El elevador se abre a las cuatro.

Anton primero. Saco abierto, el cigarro apagado detrás de la oreja. Detrás de él, Evelyn Sinclair. Abrigo oscuro, bolsa cruzada, el pelo tirante. Los rasgos de Blair, pero más afilados. Más de sala de tribunal que de penthouse.

Ya vienen peleando.

—Te dije que yo manejaba.

—Y yo te dije que manejas como un criminal.

—Porque lo soy.

—No cuando yo voy en el auto.

Anton me busca con la mirada. No lo ayudo.

—Tres semanas —dice Evelyn. Gira sobre sí misma: el penthouse, los ventanales, el skyline—. Tres semanas metida en ese departamento de mierda, y cuando por fin me saca, me trae a otro búnker.

—Con tu hermana adentro.

—Es la única razón por la que sigues respirando, Belov.

Blair sale de la cocina. Ve a Evelyn. Se queda helada.

—Ev.

Evelyn se le echa encima. La bolsa se cae, los brazos alrededor de Blair, la cara en su pelo. Blair se aferra fuerte.

Evelyn se separa. Ve el pómulo.

—¿Quién?

—Ev, no.

—¿Quién te hizo esto?

—Luego te digo.

—Me lo dices ahora.

—Luego. Te lo juro.

Noah sale de la cocina detrás de Blair. Ve a Evelyn. Se le ilumina la cara.

—Ev. —La jala hacia él. La abraza fuerte, la barbilla en el pelo de su hermana—. ¿Cuánto carajo tardaste?

—No me dejaban salir.

—¿Y desde cuándo dejas que te digan qué hacer?

Evelyn se ríe. Noah la suelta. Y se fija en Anton. Parado junto al elevador, el cigarro apagado detrás de la oreja. Anton, que no se ha movido pero tiene los ojos clavados en Evelyn.

—Tú la trajiste.

—Quería ver a Blair.

—¿Y un taxi no?

—No —dice Anton.

—¿Por qué?

Ninguno de los dos abre la boca. Anton se puso entre Evelyn y Noah sin pensarlo.

—Esto tiene que ser una puta broma. —Noah da un paso atrás—. Andan juntos.

—No —dicen. Al mismo tiempo.

—Es complicado —agrega Evelyn.

—No hay nada de complicado, carajo. Mi hermana la fiscal se coge al primo del pakhan.

—Me llamo Anton Belov —aclara Anton—. Si me vas a insultar, por lo menos usa el nombre correcto.

—El apellido no mejora la situación.

—Ev, dime que es broma —dice Blair desde la barra.

—No es broma —dice Anton.

—No estaba hablando contigo —lo calla Blair. Luego se voltea hacia mí—. ¿Tú lo sabías?

—No es asunto mío.

—Es tu primo.

—Por eso. No soy su niñera.

Noah se planta contra la pared. Brazos cruzados. Mira fijo a Anton.

—¿Desde cuándo?

—No es asunto tuyo, Sinclair.

—Es mi hermana.

—Y esta es mi vida privada. ¿Quieres discutirlo? Bajamos.

Noah se despega de la pared.

—Noah. —Evelyn. Seca—. Para ya.

—No voy a parar.

—Noah, carajo.

La mira. Mira a Anton. Regresa a la pared. Pero esto no se ha acabado.

—Perfecto —dice Evelyn—. ¿Ya terminaron de despedazarse por mis asuntos? ¿Puedo estar con mi hermana o hace falta otro round?

Blair la arrastra al sillón. Se sientan. Blair con los pies descalzos doblados debajo, Evelyn tiesa, todavía con el abrigo puesto.

—¿Cómo estás? —dice Evelyn.

—¿Tú cómo crees?

—Fatal.

—Adivinaste.

—Blair. Mírame.

Blair la mira.

—Estoy embarazada, Ev.

Evelyn se queda quieta.

—¿Qué?

—Embarazada. Casi dos meses.

Evelyn se voltea hacia mí. Despacio.

—Tú.

—Yo.

—Dos meses. —Regresa a Blair—. Dos meses, y por teléfono me dices que todo está bien.

—Me enteré hace poco, Ev. Todavía no había…

—¿Todavía no habías qué? ¿Tenido tiempo de llamarme? Tres semanas hablando por teléfono todos los días ¿y no encuentras un segundo para decirme que estás embarazada?

—Te lo estoy diciendo ahora.

—Ahora. En el sillón de un mafioso ruso, con un moretón en la cara, mientras nuestro hermano quiere apuñalar a tu cuñado en la sala.

—No lo quería apuñalar —dice Noah desde la butaca—. Lo estaba estudiando.

—Es lo mismo —dice Evelyn.

—Para nada. Si lo hubiera apuñalado, no estaríamos aquí discutiendo.

—Qué tranquilizador —dice Anton desde la ventana.

—No debería —dice Noah.

Blair suelta la carcajada. Evelyn también.

Noah las mira. Luego se levanta. Viene hacia mí. Bajito.

—¿Por qué Anton la tiene encerrada en un refugio?

—Evelyn agarró documentos que no debía tocar. Papeles del Ónix.

Noah no dice nada. Espera.

—Cualquiera que haya leído esos papeles está en la mira.

—¿Blair?

—Blair no tiene nada que ver.

—Pero Evelyn sí.

—Sí.

Mira a Evelyn en el sillón. Luego a Blair.

—Dos hombres no alcanzan para protegerla.

—Ya sé.

Regresa al sillón. Se sienta junto a Evelyn. Le pasa un brazo por los hombros.

Anton se me acerca.

—¿Qué le dijiste?

—Lo que tenía que saber.

Noah se levanta. Viene hacia mí.

—El Ónix.

—Sí.

—Te busco.

El elevador se cierra detrás de él.

Anton mira a las hermanas en el sillón.

—Vete —digo.

Se va.

Pongo agua a hervir. Saco dos tazas.

Dos mujeres que no tienen nada que ver con mi mundo. Pero están metidas en él. Y ahora me toca a mí mantenerlas vivas.