CAPÍTULO 13
Al día siguiente
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BLAIR
Me despierto y no sé dónde estoy.
El olor de su sudadera encima. La almohada que no es la mía. Las sábanas que huelen a él, a jabón, a algo que reconozco antes de abrir los ojos.
Luego regresa todo. La van. Las manos encima. La puerta que se abre y Kaz cubierto de sangre. La tina. El agua caliente y sus manos en mi pelo y el temblor que no paraba.
Volteo la cabeza. Está aquí. Acostado boca arriba, un brazo encima de las mantas, el otro doblado debajo de la almohada. Tiene la camisa abierta, todavía trae el pantalón puesto. Se quedó dormido vestido, encima de las mantas.
Duerme pesado. La respiración larga, pareja. La cara relajada por primera vez desde que lo conozco.
La luz se cuela por los bordes de las cortinas. Es de mañana. No sé qué hora es.
Me muevo y el cuerpo me lo dice todo. La mejilla me late, caliente, hinchada. La costilla izquierda me arde cuando respiro muy hondo. Las rodillas, los codos. Las manos. Abro las palmas y veo los cortes, pequeños, secos. Las uñas. Me abrí las palmas yo sola.
Me siento. Despacio. El costado me frena a la mitad. Respiro. Lo vuelvo a intentar. Lo logro.
Su cuarto. La puerta cerrada. Un vaso de agua en la mesita de noche que no estaba cuando me dormí. Una pastilla junto al vaso. Paracetamol. La dejó ahí mientras yo dormía.
Tomo. El agua está tibia. Me trago la pastilla.
La mano baja al vientre. Lo hago sin pensar, como quien revisa. ¿Estás ahí? No siento nada. Pero la mano se queda.
El celular en la mesita de noche. Lo agarro. Los mensajes de anoche.
El último de Kaz, a las tres de la mañana: Ya voy, cariño.
A qué hora regresó. Dónde estaba. Por qué salió mientras yo dormía.
Dejo el celular. Lo miro dormir. La cara en la almohada, el pecho que sube y baja. Las manos abiertas. Limpias. Pero salió en plena madrugada y no me dijo adónde iba.
Me levanto. Los pies descalzos en el piso frío. Me arrastro al baño, la mano en la pared, el costado que jala.
El espejo.
El moretón me cubre media mejilla. Morado oscuro en el centro, amarillo en los bordes. El ojo izquierdo está hinchado, no cerrado, pero hinchado. El labio de abajo partido, seco. En el cuello tengo una marca roja donde me agarraron de la garganta.
Me miro. Aprieto los bordes del lavabo. La cerámica fría bajo los dedos.
Me lavo la cara con las manos abiertas. El agua fría me arde en el pómulo. No lloro. Ya no me quedan lágrimas.
Regreso al cuarto. Kaz no se ha movido.
Salgo al pasillo. El penthouse está vacío. La cocina, en orden. Todo limpio. Dos vasos en el fregadero. Dos.
Me detengo. Kaz no toma en dos vasos. Alguien estuvo aquí anoche.
El celular vibra en mi mano.
Noah.
Estoy en Nueva York. Llámame cuando despiertes.
Noah está en Nueva York. Después de meses de silencio, de números que cambia sin avisar, de mensajes que llegan con semanas de diferencia. Y ahora está aquí.
Llamo. Suena tres veces.
—Blair.
Su voz. Más grave de como la recordaba. Más rasposa.
No hablo. No puedo. La garganta se me cierra, el aire me sale a pedazos y de pronto estoy sentada en el piso con el celular pegado a la oreja.
—Estoy aquí —dice—. Estoy aquí, Blair.
—¿Desde cuándo?
—Desde anoche.
Anoche. Mientras yo estaba en esa cama.
—Quiero verte —digo. La voz se me quiebra en la última palabra.
—Quince minutos.
Cuelgo. La espalda contra la alacena, el frío debajo de las piernas. Aprieto el celular y espero.
El interfono. El guardia de abajo.
—Hay un hombre que dice que es su hermano.
—Déjenlo subir.
El elevador. Las puertas que se abren.
Noah.
Barba de tres días. Una chaqueta de piel que nunca le había visto. Los ojos cansados. Pero es Noah.
Se sienta junto a mí. La espalda contra la alacena. El hombro contra el mío.
Apoyo la cabeza en su hombro. Él me pasa el brazo por encima. Aprieta. Le empapo la chaqueta y me importa una mierda.
Luego se separa. Me agarra la barbilla. Me voltea la cara. El pómulo, el ojo, el labio. Le tiemblan las manos, y Noah nunca tiembla.
—Sé lo que pasó —dice.
—¿Qué?
—Todo, Blair. Sé lo del secuestro. Sé quién te agarró y por qué.
—¿Cómo lo sabes?
—Tengo mis contactos. —La misma frase que usa siempre que no quiere contestar—. Me presenté aquí anoche. Tu marido me abrió.
Los dos vasos. El whisky. Noah y Kaz en mi cocina a las tres de la mañana, mientras yo dormía.
—¿Qué más te dijo?
Noah me mira. Largo. Demasiado largo.
—Sé lo del Voss.
Se me muere el aire en la garganta.
—Hijo de puta.
—Blair.
—Hijo de puta. —Me levanto. El costado me grita, me da igual—. En Las Vegas te miré a los ojos y te mentí. Te conté lo de las deudas, lo del matrimonio, lo de la condición. Elegí mentirte para que no cargaras con lo que hice. Y ahora lo sabes porque Kaz decidió que tenías que saberlo.
—Sí.
—No le tocaba a él decidir qué tenías que saber.
—Blair, siéntate.
—No me digas que me siente. —La voz que sube, las manos que tiemblan—. Es mi vida. MI secreto. MI mierda que cargar.
Noah no se mueve. Espera. Como esperaría a que pase una granizada.
—¿Cuánto sabes? —digo.
—Malone. El pasillo. Defensa propia. Kaz tapó todo.
Defensa propia. Lo dice en dos palabras secas, como un parte médico.
—No es tan simple.
—Ya sé. —Se levanta—. Por eso estoy aquí.
Me apoyo en la barra. Las piernas que no me sostienen. El estómago que se me aprieta. No sé si es rabia o si es que alguien sabe y no me mira distinto, y yo no estaba lista para esto.
—También sé que estás embarazada —dice. Más bajo.
—¿Hay algo que no te haya dicho?
Noah no contesta. No hace falta.
—Siete semanas —digo—. Tal vez ocho.
Noah asiente. Va a la cafetera, la prende. Se mueve en la cocina como si fuera suya, porque Noah se mueve así en todas partes.
—Para mí no —digo—. Náuseas.
Me pone un vaso de leche enfrente sin decir nada.
Nos sentamos en la barra. Él con el café. Yo con la leche.
—Hay otra cosa —digo—. Nuestro padre.
Noah levanta los ojos.
—Kaz tiene unos documentos. Una organización que se llama el Ónix, un negocio de dinero y de hombres poderosos. Nuestro padre está metido desde hace años. —Hago una pausa—. Hay fotos. Chicas menores de edad. Cuentas offshore a su nombre.
Noah se congela. No la taza, no las manos. Él. Todo. Como si yo hubiera apretado un interruptor.
—Dijiste el Ónix.
No es una pregunta. Es un reconocimiento.
—Sí. ¿Por qué? ¿Lo conoces?
No contesta. Y la forma en que no contesta me dice más que cualquier palabra. Sabe qué es. Sabe exactamente qué es.
—Noah. ¿Cómo conoces el Ónix?
—Repite lo que dijiste de nuestro padre.
—No. Primero contéstame.
Me mira. Y yo lo miro a él. Mi hermano, el fotógrafo, que sabe qué es el Ónix.
—Nuestro padre —digo—. Está metido desde hace años. Hay fotos de chicas menores de edad. Cuentas offshore a su nombre.
Noah se levanta. Empuja el banco hacia atrás. Camina hasta la ventana. Se detiene con la espalda recta y las manos a los costados. Mira hacia afuera, pero no está mirando nada.
—¿Desde cuándo lo sabes? —dice. Sin voltearse.
—Desde hace poco. Kaz me las enseñó.
La espalda de Noah contra la luz de la ventana. No se mueve.
—Tengo que verlas.
Pasos en el pasillo. Kaz. Descalzo, la camisa todavía abierta. Se detiene en la entrada de la cocina. Ve a Noah en la ventana. Me ve a mí en la barra. Entiende todo en un segundo.
—Noah —dice.
—Voronov.
Kaz me mira. El pómulo hinchado. La taza. Las piernas todavía desnudas. Su sudadera.
—Dormiste —dice. A mí. Solo a mí.
—Un poco.
Se acerca. Me agarra la barbilla y me la levanta. Estudia la marca en el pómulo. Aprieta los dientes. El pulgar que me roza la mejilla sin tocarla.
—¿Te duele?
—Sí.
Me suelta la barbilla. Va a la cafetera. Se sirve un café.
—Le contaste todo —digo.
No se voltea.
—Sí.
—Lo del Voss. Lo del embarazo. Todo.
—Tenía que saberlo.
—Sin preguntarme.
Le da un trago. No me mira.
—¿Por qué?
Se voltea. El café en la mano. Me mira.
—Si hubiera sido mi hermana, yo habría querido saberlo.
No contesto. Me tomo la leche. Ya está fría. Me la trago igual. Kaz se toma su café de pie, apoyado en la barra. Nos miramos de lejos, yo sentada, él de pie. Dos personas que todavía no saben cómo hablarse después de esta noche.
—Le conté lo del Ónix —digo—. Lo de nuestro padre.
Kaz baja la taza.
—Reconoció el nombre. No me explicó cómo.
Kaz no parece sorprendido.
—Quiere ver las fotos.
Kaz mira a Noah. Luego me mira a mí. Espera.
—Dáselas.
Kaz sale. Regresa con la carpeta. La deja frente a Noah.
Noah la abre. Las fotos. Los nombres. Las cuentas offshore. Nuestro padre. El de las parrilladas de los sábados y los partidos de béisbol y las buenas noches por teléfono.
Lo miro mientras mira. La cara que no cambia. Las manos quietas sobre las fotos. Los ojos que leen cada renglón.
Cierra la carpeta. La empuja lejos.
—Bien —dice.
Se levanta.
—Voy a bañarme. ¿Hay otro baño?
—Al fondo del pasillo —dice Kaz.
Noah sale. Los pasos en el pasillo. La puerta que se cierra.
Quedamos Kaz y yo. El café frío. La leche que no me terminé. La carpeta entre los dos.
—¿Dónde estuviste anoche? —digo.
—Arreglando unas cosas.
—¿Qué cosas?
—Cosas que ya no te van a lastimar.
Lo miro. Él me mira. Y yo quisiera gritarle, quisiera romperle algo en la cabeza, quisiera que dejara de contestarme con frases que no dicen nada y que lo dicen todo.
Pero estoy cansada. El cuerpo está cansado.
La cara me late, el costado jala, y dentro del vientre hay alguien que no sabe nada de esta cocina, de estos hombres, de esta noche.
—Tengo hambre —digo. Y me dan ganas de llorar por lo estúpido de la frase. Después de todo lo que pasó, después de las mentiras y la sangre y las fotos de mi padre, lo único cierto es que tengo hambre.
Kaz no dice nada. Abre el refrigerador. Saca los huevos. El sartén. La mantequilla. Se mueve en esta cocina como si fuera lo único que sabe hacer bien: cuidarme cuando yo no se lo pido.
Me hace huevos revueltos sin preguntarme cómo los quiero.
Como. Él de pie frente al fregadero. Brazos cruzados. Me mira comer y no se mueve. Y yo lo dejo mirar porque no sé qué somos, no sé qué vamos a ser, no sé si lo odio o si lo necesito, pero ahora me hizo huevos y con eso basta.
Por ahora, con eso basta.