AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 12
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CAPÍTULO 12

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KAZ

La bodega apesta a hierro y a humedad. Una lámpara de obra en la esquina, lo demás es sombra. Dos sillas en el centro. Amarrados.

El primero es grandote. Cuello de toro, la cara ya hinchada por el trabajo que le hicieron los míos en la van. El segundo es más flaco, más joven. Las rodillas le tiemblan contra las patas de la silla.

Anton se quita el saco. Lo dobla sobre una caja. Se arremanga como alguien que se prepara para lavar los platos.

—Sabemos quién los manda. —Se planta frente al grandote—. ¿Qué tenían que hacerle a la muchacha?

El grandote levanta la cabeza. Escupe sangre. Lo mira.

Anton le revienta la nariz con la palma. La cabeza rebota contra el respaldo y regresa hacia adelante. Sangre en la camiseta, en la barbilla, en el piso.

—Otra vez. ¿Qué tenían que hacerle?

Nada. El grandote respira por la boca. La sangre le hace burbujas en los labios.

Anton le rompe dos costillas con la rodilla.

Se dobla, escupe un diente en el cemento.

Lo levanta del pelo y le vuelve a pegar.

Y otra vez. La ceja se le abre, la piel revienta como una fruta podrida, la sangre le cubre el ojo derecho.

El flaco se mea encima al tercer golpe. El olor agrio se mezcla con el hierro. Pero ninguno de los dos abre la boca.

Anton se detiene. Se mira los nudillos. También le sangran.

—No hablan. —Se limpia los nudillos en el pantalón—. Lo intenté.

Nikolay en la esquina. Brazos cruzados. Ni un músculo de la cara que se le mueva.

Noah no se ha despegado de la pared. El maletín a los pies. Los brazos cruzados. Vio a Anton trabajar como quien ve a un niño que intenta abrir un frasco con las manos.

Se despega de la pared. Pasa frente a Anton sin mirarlo.

Se detiene entre las dos sillas. Abre el maletín en el piso.

El flaco es el primero en ver lo que hay adentro. El gemido que le sale de la garganta suena como el de un perro encerrado en un auto.

Acero quirúrgico. Alineado sobre terciopelo negro como joyas en una vitrina. Bisturí. Pinzas de punta. Un cauterizador. Hojas finas como agujas. Todo estéril, todo ordenado, todo ya usado antes.

Noah agarra el bisturí. Lo hace girar entre los dedos como otro haría girar un bolígrafo. No mira al grandote a la cara.

Le toma la mano izquierda. Se la inmoviliza contra el respaldo. Con el pulgar encuentra el punto entre el meñique y el anular.

Corta. Un centímetro. Limpio.

El grito rebota en las paredes de la bodega. Agudo, largo, las venas del cuello hinchadas. La silla golpea el cemento. Anton da medio paso atrás.

Noah espera. De pie. El bisturí junto al costado. Espera a que deje de gritar como esperaría a que deje de llover.

—Te quedan nueve. —Tranquilo—. Nadie ha pasado nunca del tercer dedo.

—Hijo de puta.

—Sí. —Le toma el anular—. Probablemente.

Corta. El grandote se parte en dos. La frente en las rodillas, la baba en la camiseta, el aire que no le entra.

El flaco llora. Lágrimas que le bajan por la barba sin un sonido.

Pasa al medio. Como quien pela una manzana.

El ruido del vómito sobre los pantalones.

—Palanca. —Escupiendo. La voz rota—. Teníamos que agarrarla. Tenerla. Usarla como palanca contra ti. Mantenerte ocupado.

—¿Ocupado para qué?

El grandote aprieta los dientes. La mirada se le va hacia la puerta de la bodega.

Le toma la mano derecha. Encuentra el punto.

—¡Las armas! —La voz se le quiebra—. El envío de Rusia. El cargamento. Kane las quiere. Declan le prometió que te iba a sacar del juego. La muchacha era el precio.

El cargamento del Báltico. Diez días. Kane lo sabe.

Casi matan a mi mujer por un cargamento de rifles.

—¿Cómo sabía Declan del cargamento? ¿Cómo sabía dónde encontrarla?

El grandote duda.

Noah apoya el bisturí sobre el índice.

—Una mujer. —Las palabras le salen todas juntas—. No sé quién es. Anda con uno de los tuyos. Le regaló una cadenita. Tiene un micrófono adentro. Oye todo.

Nikolay detrás de mí. Lo siento ponerse tenso sin necesidad de voltear.

Una cadenita con un micrófono en el cuello de uno de los míos. Y yo no me di cuenta.

—¿Quién es el hombre?

—No sé. Lo juro por mi vida. Nosotros solo recibíamos la información. La mujer se la pasaba a Declan. Nosotros ejecutábamos.

Se voltea hacia el flaco. Nada más lo mira. El otro se vuelve a mear encima.

—Kane. —Habla tan rápido que las palabras se le pegan—. Declan está con Kane. Se ven todos los viernes. Un restaurante en Tribeca. The Artisan. El salón de atrás. Kane quiere las armas, Declan le vendió todo, rutas, fechas, contactos. A cambio Kane le da protección y un pedazo de territorio.

Deja el bisturí sobre el terciopelo negro. Saca el trapo del maletín. Se limpia las manos con el mismo cuidado con el que se las ensució. Guarda todo. Cierra. El clic de la cerradura en el silencio.

Se levanta. Me mira.

—¿Suficiente?

El grandote con tres dedos abiertos, la cara destrozada, el vómito en los pantalones. El flaco llorando en sus propios meados. Anton de pie con los brazos a los costados, mudo.

Y Noah. Las manos firmes. Como si acabara de armar un mueble.

—Suficiente.

Recoge el maletín. Camina hacia la salida. Se detiene junto al grandote. Se inclina.

—La tocaste —dice. Bajito. Al oído—. Cada vez que intentes cerrar la mano y los dedos no te respondan, acuérdate de mí.

Se endereza. Sale.

Anton se vuelve a poner el saco. Me mira. Nada de sarcasmo. Nada de chistes.

—Primo. —Me mira—. Ojalá nunca se te ocurra hacer enfurecer a la hermana.

No contesto. Ya tengo la cabeza en otro lado. La cadenita. El micrófono. Uno de los míos.

Me volteo hacia Nikolay.

—Cada hombre que tenga una mujer nueva en los últimos tres meses. Cada cadenita. Cada joya que no se haya comprado él solo. Los revisan a todos de arriba abajo.

—Esta noche.

—Esta noche. —Lo miro—. Cuando la encuentres, no la quites. Si el que escucha se da cuenta de que lo sabemos, perdemos la ventaja.

Afuera el aire está frío y huele a acera mojada. Noah está apoyado en el auto. El maletín en el maletero. Se fuma un cigarro con la calma de alguien que salió a dar una vuelta.

—El viernes —digo.

—El viernes —dice.

Me subo al auto. Nikolay maneja. Anton atrás, callado. Es la primera vez que lo veo callado más de treinta segundos.

El celular vibra. Blair.

Blair: Kaz

Blair: Kaz dónde estás

Blair: Hay dos hombres en la casa que no conozco

Blair: Kaz

Cuatro mensajes en treinta segundos.

Kaz: Son míos. Estás a salvo. Regreso en un rato.

Blair: Dónde estás

Kaz: Ya voy, cariño.

—Más rápido, Nikolay.