AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 11
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CAPÍTULO 11

Hacer limpieza

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KAZ

Duerme.

Mi sudadera puesta. El pelo mojado sobre la almohada. Se durmió aferrada a mí, los dedos apretados en la tela de mi camiseta, las piernas enredadas con las mías. La moví despacio, le solté los dedos uno por uno, le puse la almohada donde estaba mi pecho. No se despertó.

El moretón en la mejilla. Cada vez que lo miro me dan ganas de regresar a esa van.

Llevo veinte minutos sentado en el borde de la cama. La mano en su pierna, encima de la manta. El pulgar que se mueve despacio. Su respiración larga, regular, la respiración de alguien que se rindió.

Hace tres horas estas manos mataron a un hombre en una van. Ahora no puedo quitárselas de encima.

Me levanto. Despacio. Ella no se mueve. Le subo la manta hasta el hombro.

Salgo. El pasillo a oscuras. El penthouse vacío.

El fregadero de la cocina. El agua fría en los nudillos abiertos. Restriego. Arde. Todavía la siento encima, la sangre, debajo de las uñas, en los pliegues de la piel.

Me apoyo en el borde del fregadero. No me entra el aire.

Dieciocho minutos. Tardé dieciocho minutos en llegar. Mikhail manejando y yo contando los segundos y cada segundo era un segundo más que ella estaba en esa van y yo no.

Dos minutos más y no la encontraba.

Las manos en el mármol. Aprieto hasta que los nudillos ceden. No me importa.

Me dejo caer al piso. La espalda contra la alacena. Las manos en las piernas. Los cortes en los dedos.

Me odia. Tiene razón. Le quité la elección, le mentí, le metí un hijo en el cuerpo sin que lo supiera. Esta mañana ni siquiera me miraba a la cara.

Y aun así me dejó desvestirla, lavarla, abrazarla en la tina. Se deshizo contra mí como si mi cuerpo fuera el único lugar seguro del mundo. Y yo soy la persona de la que debería huir.

El celular vibra sobre la barra.

Lo agarro. Nikolay.

Nikolay: Viktor está estable. A Sofiya la dieron de alta con seis puntadas. Tu mamá está en su casa con Mikhail. Los dos de la van están en la bodega.

Vivos. Los dejé vivos. No por misericordia. Los muertos no hablan.

Kaz: Quince minutos. Tráete a Anton.

Luego me quedo ahí, en el piso, un minuto más. Dos. La oscuridad de la cocina y el zumbido del refrigerador y el silencio del penthouse.

Me levanto. Me lavo la cara. Me cambio. Camisa limpia, la funda, la pistola.

El celular otra vez. Anton.

—Kaz.

—¿Dónde estás?

—En el auto. Me llamó Nikolay. —Una pausa—. Dime que me dejaste alguno.

—Hay dos en la bodega.

—Con dos alcanza. —Otra pausa, más corta—. ¿Cómo está?

Silencio.

—Ven al penthouse. Primero.

—¿Por qué?

—Porque yo te lo digo.

Cuelgo.

Abro el estudio. Los papeles de Nikolay sobre Declan.

Las fotos. Los movimientos de las últimas dos semanas.

Declan sabía dónde estábamos. Sabía los movimientos de mi madre.

Sabía que Blair salía. Alguien le pasó la información y ese alguien sigue vivo y ese es un problema más grande que los dos de la bodega.

La carpeta con las copias de Evelyn en el cajón. El archivo de Richard. El Ónix. Konstantin diciéndome ve con Richard tú mismo. Todo conectado. Todo converge en esta familia.

El teléfono. Uno de los hombres de abajo.

—Hay un hombre en el lobby. Dice que es el hermano de su esposa. No se quiere ir.

—Súbelo.

El elevador se abre. Noah Sinclair. Chaqueta de piel, jeans, una bolsa colgada al hombro. Cara de no haber dormido.

Tiene los ojos de Blair. La misma forma, el mismo color. Me doy cuenta ahora, parado en mi cocina a las tres de la mañana, y se me cierra el estómago.

Vino armado. Lo veo por el peso en la chaqueta, del lado derecho. Él sabe que lo veo. Yo sé que él lo sabe.

—Voronov.

—Sinclair.

—¿Cómo te enteraste?

—Tengo mis contactos. —Me mira—. ¿Mi hermana?

—Duerme.

Se me cierra la garganta con esa palabra. Duerme. En mi cama, con mi sudadera puesta, con los moretones que dejé que le hicieran.

—¿Sofiya?

La voz le cambia con ese nombre. Solo un poco.

—Seis puntadas en la sien. Ya la dieron de alta.

Aprieta la mandíbula. Mira alrededor. Le bastan dos segundos para ubicar las salidas, los ángulos ciegos, dónde estoy yo. Lo hace sin pensar.

—Siéntate.

—No.

Saco el whisky del mueble. Dos vasos. Le acerco uno.

—Explícame por qué mi hermana trae un blanco en la espalda.

—Porque es mi esposa.

—Eso no es una explicación. Es una confesión.

—Declan Callahan. Blair mató a su hijo Malone en el Voss. Los Callahan quieren venganza. Hoy intentaron cobrársela.

Noah deja el vaso. Lo deja despacio, con la mano firme, pero los ojos le cambian.

—Blair mató a alguien.

—Sí.

—Mi hermana. Mató a un hombre.

—En defensa propia. Malone la estaba atacando en un pasillo de mi club. Ella le pegó con lo que tenía en la mano.

Se pasa una mano por la cara. Lento.

—Carajo. —Bajito. Entre dientes—. Carajo, Blair.

—Conozco a los Callahan —dice después de un momento.

—Conozco a cualquiera que tenga un motivo para tocar a mi familia. —Me mira—. Incluidos los Voronov.

—Eres un fotógrafo interesante, Sinclair.

—Y tú un marido muy atento, Voronov.

Bebo. Él bebe.

—¿Desde cuándo lo sabes? —dice.

—Tres meses.

—Vi a los tuyos afuera de mi departamento en Brooklyn.

—Tenías que verlos. Esa era la idea.

—No. Los vi porque eran unos inútiles.

Tiene razón. Esos dos eran unos inútiles.

—Blair no lo sabe —digo.

—No.

—Y no se lo vas a decir.

—No me digas qué hacer con mi hermana.

—No te lo digo. Te lo pido.

Se detiene. Me mira distinto.

—¿Por qué?

—Porque ya tiene suficientes cosas a las que sobrevivir. No necesita descubrir que su hermano también le mintió.

—¿Lo estás intentando, Voronov?

—¿Qué?

—Hacerme creer que de verdad te importa.

—Está embarazada.

Noah se detiene. La mano en el vaso, la respiración, los ojos. Todo.

—¿Qué?

—Tu hermana está embarazada.

El vaso sobre la barra. El golpe seco del vidrio contra el mármol. Noah da un paso atrás. Luego uno adelante. No sabe adónde ir.

—¿Desde cuándo?

—Seis semanas. Tal vez siete.

Se pasa las manos por la cara. Las deja ahí. Cinco segundos sin moverse.

—Y ella anda en la calle con un blanco encima. —No es una pregunta—. Embarazada. Con los Callahan buscándola.

—Ahora entiendes por qué me importa una mierda lo que tú creas.

El interfono. Nikolay y Anton.

Abro. Nikolay entra primero, ve a Noah, se detiene. La mano hacia el saco.

—Déjalo.

Anton entra detrás. Ve a Noah. Lo mide en medio segundo. Luego me mira a mí.

—Y este quién es.

—El hermano de mi esposa.

—¿El hermano fotógrafo? —Anton sonríe—. Carga una Glock de una forma muy interesante para ser fotógrafo.

—Y tú entras en casa ajena con demasiada confianza para ser primo —dice Noah.

Anton lo mira. Lo mira de verdad. Luego se voltea hacia mí.

—Me cae bien.

—Siéntate.

Ahora somos cuatro. Nikolay en la ventana. Anton en la butaca, el cigarro apagado entre los labios. Noah contra la pared, de pie, porque no tiene ninguna intención de sentarse.

—Dos en la bodega —digo—. Los de la van. ¿Hablaron?

—Poco —dice Nikolay—. Nombres falsos. Un número de teléfono. Dinero en efectivo, pago por adelantado.

—Declan —dice Anton.

—Declan es el que pagó. Pero alguien le pasó la información: horarios, ubicaciones, que Blair salía con mi madre y con Sofiya. Hay un topo.

—Quiero a ese alguien —digo—. Y luego quiero a Declan. En ese orden.

—Yo quiero entender una cosa. —Noah se despega de la pared—. El que le pegó a Sofiya. ¿Está en la bodega?

Nikolay me mira.

—¿Por qué?

—Porque le estrelló la cabeza contra una pared y le abrió la sien. Seis puntadas.

—Sofiya no es tu hermana —dice Anton.

—No. —Noah lo mira—. Pero es la que sacó la pistola para proteger a Blair cuando tus hombres no estaban.

Nadie habla.

—Mis hombres estaban —digo—. Tres contra siete. El problema no es la escolta. El problema es la información.

—El problema es que mi hermana estaba en la calle con un blanco encima y tú lo sabías. —Noah da un paso adelante—. Lo sabías y la dejaste salir de todos modos.

—No la dejé salir. Salió con mi madre.

—Y tú lo permitiste.

Me levanto. Lo miro a la cara.

—Sí. Lo permití. Y voy a despertar con eso por el resto de mi vida.

Silencio. No se lo esperaba.

—Bien. —Da un paso atrás—. Entonces vamos a hacer limpieza.

—No estás invitado.

—No te lo estoy pidiendo.

Anton se ríe. Bajito.

—Kaz —dice—. Quédatelo. Uno así normalmente te sale caro.

—Soy el único aquí adentro capaz de entrar con Declan y salir sin que su seguridad se dé cuenta de nada —dice Noah.

Anton lo mira. Luego me mira a mí.

—Un mercenario con cara de niño bueno. —Levanta el vaso—. Me cae bien.

—Fotógrafo —lo corrige Noah. Sin sonreír.

Se miran. Ya es una promesa de pleito.

—A la bodega. Ahora. —Miro a Nikolay—. Dos hombres en el penthouse hasta que yo regrese.

Noah no pregunta si puede venir. Se levanta y ya.

Nadie lo detiene.

Me detengo frente al cuarto. La puerta entreabierta. La luz del pasillo corta el piso hasta la cama.

Blair con mi sudadera. El pelo oscuro sobre la almohada. La respiración lenta, pesada, de quien lloró hasta quedarse sin nada. La mano aferrada a la manta.

Lleva a nuestro hijo en el vientre. Y yo estoy saliendo por la puerta.

Aprieto la manija hasta sentir el metal en los huesos.

Cierro la puerta.

En el elevador somos cuatro. Nadie habla. Nikolay revisa el celular. Anton se acomoda el saco. Noah mira al frente con la cara de alguien que ya decidió cómo termina la noche.

Las puertas se abren. El aire de afuera está helado.

Noah se detiene junto a su auto. Abre el maletero. Saca un maletín negro, chico, rígido. Cierra de un golpe seco.

Anton lo mira.

—¿Qué es eso?

Noah no contesta. Se sube al auto.

Anton me mira. Por primera vez en toda la noche no tiene un chiste listo.

—A la bodega —digo.

Las puertas se azotan. Los motores arrancan. Manhattan se abre frente a nosotros, vacía y negra.

Esta noche alguien paga.