CAPÍTULO 10
Madison Avenue
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BLAIR
Pasa en tres segundos.
La van se mueve. La puerta lateral se abre y se bajan cuatro. Chaquetas oscuras, pasamontañas, guantes. Cruzan la calle corriendo. En el mismo segundo otra van frena del otro lado y se bajan tres más, directo hacia la camioneta de Nikolay.
Disparos. Nikolay está fuera de la camioneta, la pistola en la mano, Viktor y Aleksei junto a él. Tres hombres de la escolta contra tres de la segunda van, y los disparos rebotan entre los autos estacionados y la gente que grita y corre para todos lados.
Los cuatro de la primera van se nos echan encima.
Irina me aprieta el brazo. Las uñas clavadas a través del abrigo.
—Camina.
No camino. Las piernas no se mueven. Del otro lado de la calle Viktor cae.
Lo veo caer, las rodillas que se doblan, la mano en el hombro.
Nikolay dispara desde detrás del capó pero son demasiados, se mueven demasiado rápido, y ninguno voltea hacia nosotras porque los tres de la segunda van los tienen encima.
El primero me agarra del brazo. Dedos que aprietan, el jalón hacia la van. Irina se mete en medio. Sesenta años y se mete entre ese hombre y yo con las manos vacías.
—Suéltala.
La empuja. Fuerte. Irina se estrella contra la vitrina y se resbala hasta el suelo.
Sofiya ya tiene la pistola afuera antes de que yo termine de verla moverse.
La traía en la chaqueta de piel. Le dispara al primero, le da en el costado.
El tipo cae sobre una rodilla. El segundo le llega por detrás, le bloquea el brazo, le tuerce la muñeca.
La pistola cae en la acera. Sofiya le mete un codazo en la garganta, se suelta, pero el tercero la agarra del pelo y la estrella contra la pared.
La sien contra el ladrillo. Sangre. Sofiya se resbala al suelo pero sigue consciente, intenta levantarse, las manos en el piso.
El segundo me agarra por detrás. Los brazos alrededor de la cintura, el apretón sobre el vientre. Me levanta. Los pies que dejan la acera. El aire que se me sale de los pulmones.
El bebé. Carajo. El bebé.
Echo la cabeza para atrás. La nuca contra su cara. Huesos que crujen. Algo caliente en la nuca. Me suelta un segundo. Caigo de rodillas. Las manos en el asfalto.
El otro me agarra del pelo y me arrastra. Las rodillas en la acera, los jeans que se rompen. La van está ahí. La puerta abierta. Lo oscuro adentro.
Me avienta adentro. La espalda contra el metal frío. El golpe me quita todo, el aire, la voz, los pensamientos. Oscuridad. Olor a gasolina y a hierro y a sudor de hombre. Dos manos en las piernas. Dos en los brazos. Un trapo en la boca, guantes de piel, algo químico que me quema la garganta.
Pataleo. Muerdo a través del guante hasta que siento el sabor del cuero que cede. El tipo suelta una grosería, retira la mano. Grito. Con todo lo que tengo en los pulmones.
Un puñetazo. Cerrado. En la mejilla. La cabeza que rebota contra el piso de la van y el mundo que se apaga un segundo. Dos. Luego regresa, a pedazos, borroso.
—Quédate quieta o el siguiente te lo doy en la panza.
En la panza. Se me cierra el estómago.
La van arranca. El motor que ruge, la calle que vibra debajo de mi espalda. Las manos me sujetan. Ya no me muevo. Los brazos sobre el vientre. Quieta.
Las lágrimas me bajan por las sienes y se pierden en el pelo.
La van da vuelta. Fuerte. Me resbalo por el piso, el hombro contra la pared de metal.
—¿Adónde la llevamos?
—A la bodega. Declan la quiere ahí a las cuatro.
Declan. Se me revuelve el estómago. Declan sabe dónde estoy. Declan mandó a estos hombres. Declan me está esperando en algún lugar de esta ciudad y la van me lleva con él.
El que me sujeta las piernas baja la mirada. Los ojos en el hueco del pasamontañas. Me mira el vientre. Luego mira al otro.
—Lástima que la quiere intacta.
El otro se ríe. Una risa seca.
—Intacta no quiere decir que nadie la toque.
Los dedos me aprietan las piernas. Fuerte. A través de los jeans. Las uñas que se hunden en la carne.
Grito. Pataleo. Una pierna se suelta y le doy una patada en la cara. Le pego en la barbilla. La cabeza se le va para atrás.
—Puta.
Me pega. En la misma mejilla. Más fuerte. La boca se me llena de sangre. La lengua que late. La oscuridad que se mece en los bordes.
—Vuelve a tocarme y mi marido te abre la garganta con las manos.
Mi marido. Lo dije. Mi verdugo es la única persona que puede salvarme. Y fue al primero que llamé.
Silencio. Luego el tipo se ríe. Bajito. Una risa que me cae encima en la oscuridad de la van.
—Tu marido ni sabe dónde estás.
Las manos se me van otra vez al vientre. Las arranco de su agarre y me las cierro sobre el vientre. Los dedos apretados.
Nadie sabe dónde estoy. Nikolay estaba peleando. Irina estaba en el suelo. Sofiya sangraba. La van arrancó y nadie sabe dónde estoy.
Nadie va a venir.
La van vuelve a dar vuelta. Me estrella contra la pared. El dolor de la mejilla que late al ritmo del pulso. La sangre en la boca que me trago porque no puedo escupir porque tengo las manos sobre el vientre y no las quito.
Irina. La cara contra la vitrina. Sofiya en el suelo con sangre en la sien. Mi culpa. Si no hubiera salido. Si me hubiera quedado en el penthouse. Si no hubiera dicho que sí cuando Irina dijo vamos a salir.
El bebé.
Las manos en el vientre. Los ojos cerrados. Un punto que no se ve, que no se siente, que existe solo porque una máquina en un consultorio me lo hizo oír.
Estoy en la parte de atrás de una van y dos hombres me llevan con Declan y nadie sabe dónde estoy.
Dios.
Dios, por favor.
Nunca he rezado. No rezo. Pero ahora sí. Las manos en el vientre y los ojos cerrados y el metal frío debajo de la espalda y una oración que no tiene palabras, solo los dedos cerrados sobre la panza y una necesidad que me parte el pecho.
El tiempo se estira. Las curvas. El motor. Las voces de adelante que hablan de calles y semáforos y tiempos. Yo estoy atrás, en lo oscuro, con las manos en el vientre y la sangre en la boca y nadie que viene.
Minutos. No sé cuántos. Cinco. Diez. Una vida.
Luego el impacto.
Algo le pega a la van por detrás. Fuerte. El metal que se dobla. La van que derrapa. El que me sujetaba las piernas se va para adelante, la cara contra el piso. El otro se estrella contra la pared.
Me hago un ovillo. Las rodillas contra el pecho. Las manos en el vientre.
Otro impacto. Más fuerte. La van derrapa, las llantas sobre la acera, el metal que chirría. Se detiene.
Dos segundos de silencio.
Luego los disparos. Afuera. Cerca. Uno tras otro, sin pausa. Un vidrio que estalla. Un hombre que grita.
Oigo a uno de los dos cargar la pistola. El otro se avienta hacia la puerta del conductor.
La puerta lateral se abre. De golpe. La luz me ciega.
Kaz.
La pistola en la mano y ya sangre en los nudillos. Detrás de él Mikhail y dos hombres armados a los lados.
Uno de los dos levanta la pistola. Kaz le dispara en la mano. El tipo grita, el arma cae, los dedos que ya no son dedos. Kaz se sube a la van. El otro se aplasta contra la pared, las manos arriba.
—Espera. Esper…
Kaz lo agarra del cuello con una mano y lo estrella contra la pared. Lo mantiene en el aire. Los pies que patalean.
—¿Quién?
El tipo gorgotea. Kaz afloja un centímetro.
—D… Decl…
Kaz le pega. Un puñetazo en la cara. La cabeza que rebota contra la pared. Le pega otra vez. Y otra. Los nudillos que se abren, su sangre que se mezcla con la del otro, y no para. No para.
El tipo ya no se mueve. Kaz le sigue pegando.
Mikhail le agarra el brazo.
—Kaz.
Otro puñetazo.
—Kaz. Ya se acabó. Mírala.
Kaz se detiene. El brazo en alto. La respiración que le sale a jalones. Se voltea hacia mí.
Me ve.
Las manos manchadas de sangre que se abren. El brazo que baja. La mandíbula que se afloja. Le tiemblan las manos.
Se arrodilla. En el piso sucio de la van, entre la sangre y los guantes y las armas. Se arrodilla frente a mí y sus manos me toman la cara. Despacio. Los dedos que tiemblan.
—Blair.
Lo miro. La sangre en los nudillos, la camisa rota, el corte en la frente que le escurre al ojo.
Me jala hacia él. Los brazos alrededor de mí. El pecho contra mi cara. El corazón que le late fuerte, fortísimo, contra mi mejilla. El olor a sudor, a sangre, a Kaz.
—Aquí estoy. Aquí estoy.
Mis manos se cierran en su camisa. Los dedos que se aferran. Aprieto. La boca pegada a su pecho. Las lágrimas que llegan todas juntas, sin sonido, sin aire, solo agua caliente en las mejillas y en su pecho y los dedos que no sueltan la tela.
—Están todos muertos. Cada uno de los hijos de puta que te puso las manos encima está muerto.
Me sostiene la cabeza con una mano. La otra en la espalda. Fuerte. El temblor se detiene.
Sus manos bajan al vientre. Se detienen. Los dedos abiertos, las palmas calientes sobre la tela.
—El bebé. Blair. ¿El bebé está bien?
Asiento. No sé. De verdad no sé. Pero asiento porque su voz se quebró en esa palabra y las manos sobre mi vientre le tiemblan.
—Creí que los había perdido.
Los. A los dos.
No me muevo. No lo suelto. Las manos en su camisa y la cara en su cuello y su olor encima. Afuera Mikhail habla por teléfono. Las sirenas a lo lejos. Sangre por todos lados.
Kaz me carga. Me saca de la van. Los brazos alrededor de su cuello. La cara en su pecho. No lo suelto. No puedo soltarlo.
Me lleva al auto. Me sienta en el asiento de atrás y se sienta junto a mí y yo me pego a él como si su cuerpo fuera el único lugar sólido que queda en el mundo. Sus brazos se cierran. Los míos no se abren.
Mikhail maneja. No sé adónde. No me importa.
Manhattan por la ventanilla. El sol. La gente. Un mundo que sigue y no sabe. Y yo aquí adentro, aferrada al hombre que me quitó todo, porque sus brazos son el único lugar donde no tiemblo.
El hombre que me quitó la elección. El hombre que me abraza como si yo valiera algo que no alcanzo a entender.
Y me aferro. Me aferro y ya.
* * *
El penthouse. El elevador. El pasillo.
Veo todo desde lejos. Como si estuviera sentada al fondo de mi propia cabeza y mirara por un agujero. Las paredes. Las luces. Las manos de Kaz en mi cintura. Mis pies en el piso que no parecen míos.
El baño. El agua que corre. El vapor.
Kaz se arrodilla frente a mí. Me quita los zapatos. Los calcetines. Las manos en mis rodillas, despacio, y luego suben a los botones de los jeans. Los desabrocha. Me los baja por las piernas. Los nudillos morados contra mi piel.
Debería detenerlo. Debería decir algo. Empujarlo. Decirle que no tiene derecho a tocarme.
No hago nada. El cuerpo no responde. La cabeza sigue en la van, sobre el metal frío, con el trapo químico en la boca y las manos en el vientre.
La camiseta. Los dedos que toman el borde y la suben. Los brazos que se levantan solos. El aire frío en el cuerpo. El brasier. Lo desabrocha por detrás. Me lo quita.
Estoy desnuda frente a Kaz Voronov y no me importa. Esta mañana hubiera preferido morirme antes que estar así de vulnerable frente a él. Ahora no siento nada. Ni siquiera el frío.
Me toma de los brazos y me ayuda a meterme en la tina. El agua caliente en las piernas, en el vientre, en el pecho. Lo primero que siento desde que salí de la van. Calor. Se me mete en los huesos y el temblor regresa, fuerte, todo el cuerpo sacudiendo el agua.
—Respira.
Respiro. El temblor no para. Me sacude entera, el agua que se mueve a mi alrededor, las olas contra los bordes de la tina.
Kaz se quita la camisa. Los zapatos. Los pantalones. Se queda en bóxer y se mete en la tina detrás de mí. El agua que sube, su cuerpo caliente contra mi espalda, las piernas a los lados de las mías. Los brazos que me rodean. Me jala contra su pecho.
—Respira. Aquí estoy.
El temblor no para. Pero su cuerpo es caliente y grande y firme detrás de mí y lo siento respirar y su pecho sube y baja contra mi espalda y despacio, despacio, mi respiración empieza a copiar la suya.
Agarra la esponja. Me pasa el agua caliente por los brazos. Por los hombros. Por el cuello. La sangre seca que se deshace y el agua que se vuelve rosa. La sien. La mejilla hinchada. La esponja suave sobre la piel que arde.
No hay nada erótico en sus manos. Solo agua caliente y sangre que se va.
La esponja llega a la mejilla. La piel arde, hinchada, caliente. Aprieto los dientes. Sus dedos se detienen. Me toma la barbilla y me la levanta hacia él. Lo miro. Tiene los ojos en mi mejilla y ya no es el mismo.
Su pecho se detiene detrás de mí. No respira. Los dedos en mi mejilla, quietos. Luego el pulgar me roza el pómulo y yo siseo de dolor y él quita la mano como si se hubiera quemado.
El silencio que viene después es peor que un grito.
Lo siento temblar contra mi espalda.
—Firmaron su sentencia de muerte.
Lo dice bajito. Al oído. Como si me estuviera dando las buenas noches. Y sus dedos regresan a la mejilla, tan ligeros que casi no los siento. Es la delicadeza lo que me destroza.
Me toma las manos. Me las abre bajo el agua. Las palmas cortadas arden y aprieto los dientes y él no se detiene, tiene mis manos entre las suyas, sus nudillos morados contra mis cortes. Bajo el agua parecemos la misma cosa.
No habla. Ya no dice nada. Me lava el pelo. Los dedos en la cabeza, el agua en la frente, el jabón que se lleva el olor de la van. Cierro los ojos. Su pecho que sube y baja detrás de mí. Sus manos en mi pelo. Y en algún momento el temblor se detiene y ni siquiera sé cuándo pasó.
Levanto la mano y le toco el corte de la frente. Él cierra los ojos. Su aliento en mi cuello. Me toma la muñeca y se lleva mi mano a la boca. Los labios sobre los rasguños. Despacio. Como si así pudiera quitar el dolor.
El agua se entibia. Me saca. La bata alrededor del cuerpo. Me lleva a la cama así, mojada, envuelta en la tela. Me sienta. Me tapa.
—Espera.
Sale. Lo oigo abrir cajones, el ruido de sus pasos. Regresa en pantalón de pijama, sin camisa, con su sudadera en la mano. Se arrodilla frente a mí. Me baja la bata de los hombros y me pone la sudadera. Su olor me cubre entera y el olor de la van ya no está.
Se sienta en el borde de la cama.
—Duérmete.
—No te vayas.
No lo decidí yo. Me salió y ya.
Se acuesta encima de las mantas. Me volteo y la cabeza me queda sobre su pecho y su brazo me encierra y su corazón late debajo de mi mejilla. Las manos en el vientre.
Me duermo así. Con sus nudillos rotos entrelazados con mis dedos y la boca pegada a mi pelo y las manos en el vientre donde hay algo que tal vez sigue vivo. El hombre que me quitó todo es el único lugar donde me siento a salvo.
Y eso me da más miedo que la van.