AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 9
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CAPÍTULO 9

Las mujeres Voronov

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BLAIR

En la barra hay un tazón tapado con plástico. Fresas, mango, arándanos. Picados en trocitos. Al lado, una botella de agua y una nota.

Jengibre en el cajón de arriba a la izquierda. Para el estómago.

Abro el cajón. El jengibre cristalizado está en una lata, nueva, que ayer no estaba.

Cabrón.

Se lo digo a la cocina vacía, a nadie, porque así es él.

Me cambia las pastillas y luego me compra jengibre para el estómago.

Me tiene prisionera y luego me pica la fruta a las seis de la mañana, en cubitos perfectos, todos iguales, porque Kaz no sabe hacer nada sin que parezca una operación quirúrgica.

Agarro un pedazo. Lo mastico. El estómago se abre.

Le quito el plástico al tazón. Las fresas están frías, dulces. El mango. Los arándanos hasta el fondo. Como con los dedos, de pie, chupándome el jugo del pulgar. No toco el pan tostado que me dejó en el plato, pero la fruta sí.

El ácido fólico. La pastilla. El agua.

El celular en la barra. Cinco mensajes.

Camille: ¿Ya fuiste al doctor? ¿Cómo te fue? Contéstame.

Camille: Blair, van tres días. Dime por lo menos que estás comiendo.

Camille: Ok, si mañana no me contestas voy para allá y te tumbo la puerta. Y sabes que lo hago.

Jade: BLAIR. Camille me contó. ME CONTÓ. ¿¿¿Por qué no me lo dijiste tú??? Estoy llorando en serio.

Jade: Espérate, ¿de cuánto estás? ¿Tienes náuseas? Dios mío, te tengo que comprar un millón de cosas.

Jade: Ok, no contestas, pero que sepas que ya estoy viendo ropita de bebé. ROPITA, Blair.

Le escribo a Camille: Ya fui al doctor. Todo bien. Solo estoy cansada, te llamo pronto.

Le escribo a Jade: Jade. Respira. Te llamo mañana.

Tres mentiras y media verdad en cuarenta segundos.

Un mensaje de Noah de anoche. Llámame cuando puedas. Lo leo, lo vuelvo a leer, lo dejo ahí.

* * *

A las once se abre el elevador.

No es Kaz. Kaz no regresa antes de la noche.

Lo primero que veo son las bolsas. Bolsas blancas, un recipiente térmico, una bolsita más chica. Luego el abrigo color camello, los tacones bajos, brillantes, y esa cara que me sonríe antes de salir siquiera del elevador.

Irina Voronova.

Detrás de ella, Sofiya, con chaqueta de piel y botas, las manos en los bolsillos y la media sonrisa de quien ya sabe lo que está por pasar.

—Blair.

Me abraza antes de que yo diga nada. Fuerte, con los brazos llenos de bolsas, su perfume encima de mí, las manos apretándome la espalda como si no nos hubiéramos visto en años. Yo ahí, con el pelo sucio y el suéter de ayer, y esta mujer me abraza como si fuera su hija.

—Déjame verte.

Me agarra de los hombros. Me estudia la cara. La panza. Otra vez la cara.

—No estás comiendo lo suficiente.

—Estoy bien.

—Tienes la cara gris. —Se voltea hacia Sofiya—. Mira nada más qué cara.

—Mamá. Déjala respirar.

—Tiene que comer, no respirar. —Abre el recipiente térmico en la barra y el vapor sube hasta el techo. Caldo, pollo, arroz. El estómago me jala hacia ese plato como si tuviera voluntad propia.

—Siéntate.

Me siento. Me pone el plato enfrente, el pan, el agua. Se sienta frente a mí con los brazos cruzados y me mira como se mira a alguien a quien no piensas soltar hasta que se acabe el plato.

—Todo.

Como. El arroz con caldo, el pollo, el pan. Y el plato se vacía antes de que me dé cuenta.

Sofiya se prepara un café y se sienta junto a mí como si estuviera en su casa.

—Papá le dijo anoche.

—Sofiya.

—¿Qué? Ya lo sabe.

Irina me toma la mano. Los dedos calientes y fuertes, las manos de una mujer que nunca necesitó que nadie le explicara cómo se hacen las cosas.

—Un hijo es algo bonito, Blair. Aunque todo lo demás no lo sea.

—Ya sé que mi hijo es un idiota.

Levanto la cabeza.

—No soy tonta. Sé lo que es vivir con un hombre como Kaz. Viví con su padre. —Se levanta, agarra el plato, lo lava—. Pero ese bebé es mi nieto. Y mi nuera no se queda aquí encerrada sola.

—Irina, yo no…

—Te vistes. Nos vamos.

—No tengo ganas de…

—Te vistes.

—Ni se te ocurra decirle que no —dice Sofiya desde detrás de su café.

* * *

Jeans. Suéter holgado. Abrigo. Me amarro el pelo y me pongo un poco de corrector en las ojeras, porque Irina me está mirando y no quiero esa cara encima todo el día.

El elevador, el lobby, la puerta del edificio y el frío que se me mete en los huesos. Llevaba días sin salir y Manhattan me cae encima de golpe, el ruido, los autos, la gente en las aceras que va a algún lado como si fuera lo más normal del mundo ir a algún lado.

La camioneta de Nikolay está estacionada frente al edificio. Irina ni la mira. Se cuelga la bolsa al hombro y arranca hacia Madison como si la ciudad fuera el pasillo de su casa.

Sofiya camina junto a mí.

—Respira.

Respiro. El aire frío en los pulmones, la acera bajo los zapatos. Camino. Pongo un pie delante del otro y camino por primera vez en no sé cuánto tiempo sin tener una pared a tres metros de la cara.

Entramos a una tienda en Madison. Irina le habla a la vendedora como si la conociera de hace veinte años, a lo mejor la conoce de hace veinte años, y me planta frente al espejo con tres vestidos en la mano antes de que me dé tiempo de decir que no necesito nada.

—Pruébatelos.

—No necesito vestidos.

—En dos meses ya no te va a quedar nada. Pruébatelos.

En el probador me quito el suéter. Los jeans todavía me cierran, pero me aprietan en la cintura. El primer vestido es suave, azul oscuro, holgado en las caderas. Me miro en el espejo y no parezco yo. Parezco alguien que sale de su casa, que hace cosas, que vive.

—A ver, enséñame.

Salgo. Irina asiente.

—Ese. Los otros dos. Y el abrigo gris.

—Irina.

—No me discutas, Blair.

—Resistirse es inútil —dice Sofiya desde la butaca de la tienda.

Salimos con cuatro bolsas. Irina carga la más grande, Sofiya dos, yo la más chica. El sol en la cara. El frío en las manos. Las bolsas golpeándonos las piernas mientras caminamos.

Irina se detiene frente a una pastelería.

—El bebé necesita azúcar.

—Tiene ocho semanas, Irina.

—Necesita azúcar.

Sofiya se ríe. Una risa corta, de verdad, y algo se me afloja en el pecho. Sonrío. Un segundo. Una sonrisa apenas, que no sabía que todavía tenía.

Irina entra a la pastelería. Sofiya se queda afuera conmigo, las bolsas a los pies, las manos en los bolsillos de la chaqueta de piel.

—Mi hermano es un idiota.

—Ya me lo dijo tu mamá.

—Ella lo dice como mamá. Yo lo digo como hermana. —Me mira—. Lo que te hizo con las pastillas no se hace.

Aprieto las manos dentro de los bolsillos del abrigo.

—Pero el bebé no tiene nada que ver con él. El bebé es tuyo.

—Ya sé.

Se voltea hacia la vitrina.

—Nunca lo había visto tenerle miedo a nada. Hasta que llegaste tú.

Irina sale con una caja de pastelitos y una sonrisa que podría iluminar toda Madison Avenue.

—Vámonos. Demos otra vuelta.

Caminamos. El sol, las bolsas, Irina contando de cuando estaba embarazada de Kaz y vomitaba hasta la noche. Sofiya burlándose de ella. Yo en medio de las dos con este peso en el pecho que por un momento, solo un momento, se aligera.

La camioneta de Nikolay nos sigue a paso de hombre del otro lado de la calle.

Volteo una vez. Dos. Una van blanca parada en la esquina con la Setenta y Dos que hace cinco minutos no estaba.

Irina me toma del brazo.

—¿Todo bien?

—Sí.

La van no se mueve. El motor está prendido.