CAPÍTULO 8
Konstantin
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KAZ
No dormí.
Nunca existió un nosotros.
El techo del estudio. El amanecer que entra por las ventanas. Las cuatro palabras de Blair que no se detienen.
Nunca existió un nosotros.
El sillón me sostuvo la espalda toda la noche. No me quité la ropa. No cerré los ojos. Las manos en el pecho, la oscuridad, el silencio del penthouse, y ese latido.
Ese maldito latido en el consultorio de Weisberg.
Más rápido que el mío. Un galope.
Me levanto. Las piernas tiesas. En el baño me lavo la cara con agua fría. El espejo. Ojeras oscuras. La barba crecida.
Camisa. Pantalón. Café. Las manos hacen lo suyo. La cabeza sigue en esa camilla, en la pantalla gris, en los ojos de Blair que miraban el monitor y después me miraron a mí. Un segundo. Luego se cerraron.
Un monstruo como tú no es capaz de sentir algo.
El café me quema la lengua. Me lo tomo igual.
* * *
El elevador se abre a las siete y media.
Konstantin Voronov entra al penthouse como entra a todos lados: como si fueran suyos. Abrigo oscuro, zapatos lustrados, la espalda derecha de un hombre que nunca le ha pedido permiso a nadie para nada.
No lo esperaba. Nunca lo espero. Llega cuando él decide.
—Papá.
No contesta. Se quita el abrigo. Lo dobla. Lo deja en el banco. Se sienta en la barra. Mira mi taza de café. La jala hacia él. Toma. La vuelve a dejar.
Me mira.
No habla. Espera. El silencio crece hasta que el cuarto se vuelve demasiado chico.
—¿Todo bien?
Lo digo yo. Para romperlo.
—Si todo estuviera bien no estarías aquí a las siete de la mañana con cara de haber dormido en el piso.
Me sirvo otro café. Me tiemblan las manos. Las dejo en la taza para que mi padre no las vea.
—Tuve una semana complicada.
—Siéntate.
Me siento.
Konstantin se toma mi café. Despacio. Luego se levanta. Le da una vuelta al penthouse. Las manos en los bolsillos. Lo mira todo.
La puerta cerrada del cuarto. La chaqueta de Blair en el banco junto a la entrada. El vaso en el fregadero con el labial corrido en el borde. El plato de anoche, lavado pero todavía en el escurridor.
Regresa hacia mí. Se vuelve a sentar.
—Richard Sinclair.
—Estoy trabajando en eso.
—Llevas tres semanas trabajando en eso.
—Tengo mis tiempos.
—Tus tiempos. —Lo repite despacio—. Mi nombre está en ese archivo, Kaz. El mío. No el tuyo. No el de tu hermano. El mío.
Se me cierra el estómago.
—Ya sé.
—¿Entonces por qué estás parado?
—No estoy parado.
Se vuelve a levantar. Recorre el pasillo. Las manos en los bolsillos. Se detiene. Mira la puerta cerrada del cuarto. La chaqueta de Blair en el banco. Regresa. Se sienta.
—Richard está a quince minutos de aquí. Tú eres su yerno. Y estás parado.
—No estoy parado. Estoy esperando el momento correcto.
—El momento correcto. —Los dedos en la taza. El pulgar que da vueltas sobre el borde—. El momento correcto fue hace tres semanas, Kaz.
Me levanto. Voy a la ventana. Afuera Manhattan está gris. Llovizna. Los autos pasan allá abajo.
—Mírame.
Me volteo. Lo miro.
—Viví treinta años con mi nombre en manos de otros. Treinta años comprando, tapando, sosteniendo todo. No voy a vivir otro. Ese archivo lo quiero, y lo quiero ya. No en una semana. No cuando estés listo. Ya.
—Ya sé.
—Entonces dime qué carajo te está frenando.
Silencio.
—Kaz.
—No me frena nada.
—No. —Se levanta. Dos pasos hacia mí—. Llevas días aquí encerrado con cara de no dormir. Si no me dices qué te frena, mando a Mikhail con Richard y esto lo cierro yo. A mi manera.
El corazón me late demasiado fuerte. Las manos a los costados. Los dedos que se cierran.
—Está embarazada.
Sale. Como un golpe. La boca que se abre antes de que el cerebro decida.
Konstantin no se mueve. Los ojos encima de mí. Dos segundos. Tres. Cuatro.
Luego algo le cambia la cara. La mandíbula se le afloja. Los hombros le bajan medio centímetro.
—¿Desde cuándo?
—Siete semanas.
Asiente. Despacio. Se pone frente a la ventana. Las manos en los bolsillos. La lluvia afuera rayando el vidrio. Y cuando se voltea tiene los ojos de un hombre que acaba de poner las piezas en su lugar.
—Ve tú mismo con Richard.
Me volteo.
—Eres su yerno. Su hija está esperando un hijo.
Siéntate frente a él y quédate con ese archivo.
—Camina hacia la entrada. Agarra el abrigo.
Se lo pone—. Richard sabe lo que hay ahí adentro.
Sabe que si no me lo da a mí, alguien más va a venir por él.
Tú le das la oportunidad de hacerlo por las buenas.
Se detiene frente al elevador. Se voltea.
—Un hijo, Kaz.
Las puertas se cierran.
* * *
El estudio. Las paredes. El silencio.
Me siento al escritorio. Las manos abiertas sobre la madera. El celular frente a mí.
Llamo a Nikolay.
—La reunión con Declan. Organízala. Mañana. Lugar neutral. Solo nosotros dos y nuestros segundos. Nada de armas.
—¿Dónde?
—La bodega de Red Hook. La nave grande. Que la barran antes.
—Yo me encargo.
Cuelgo.
Las manos sobre la madera. Los dedos que aprietan. La laptop abierta con los correos que no leo. Los números del Voss que no miro. Las cuentas que Declan trató de congelarme y que reabrí ayer.
Del otro lado de la puerta la oigo.
La tetera. El agua. Un vaso. Pasos ligeros en el piso. Blair en la cocina.
Luego nada. Luego la puerta del cuarto que se cierra.
Me levanto. Salgo al pasillo. Su puerta. Tres metros. Madera oscura. Manija de metal.
Levanto la mano. Los nudillos a medio centímetro de la madera.
No toco.
Regreso al estudio. Me siento en el piso con la espalda contra la pared. Las rodillas dobladas. Las manos entre las rodillas.
* * *
La noche. Las siete.
Blair no ha salido del cuarto en todo el día.
Voy a la cocina. Abro las alacenas. Pasta. Aceite. Parmesano. Pongo el agua al fuego. Espero a que hierva.
La pasta se cuece. La escurro. Aceite, parmesano, un plato. Un vaso de agua. La caja de ácido fólico que le recetó Weisberg. Todo en una bandeja.
Me detengo frente a su puerta.
Toco. Despacio.
Nada.
Dejo la bandeja en el piso. Me voy al estudio.
Cuando salgo, el plato está en el fregadero. Vacío. La caja de ácido fólico ya no está.