CAPÍTULO 7
No decides tú
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BLAIR
La náusea me despierta a las cinco.
No la de siempre. La que te saca de la cama a patadas y te tiene doblada sobre el inodoro con la frente en los azulejos hasta que el estómago termina de decidir qué hacer contigo.
Veinte minutos. Treinta, tal vez. Las rodillas en el piso helado, las manos agarradas del borde, el sabor ácido que no se va ni después de tres vasos de agua.
Cuando termina, me levanto. El espejo del baño está ahí enfrente y me miro sin querer.
La panza no se nota. Nada. El mismo cuerpo de hace dos meses, el mismo estómago, las mismas caderas. Si no fuera por la náusea y por los senos que me duelen desde hace tres días, podría mirarme y decir: aquí no pasó nada.
Y el pensamiento llega solo.
Podría no tenerlo.
No como decisión. Como posibilidad que existe. Seis semanas. Siete, tal vez. No lo sé con exactitud porque no he ido al médico. No he visto a nadie. Llevo días encerrada en un penthouse vomitando, contando las horas y odiando al hombre que está del otro lado del pasillo.
Seis semanas. Hay tiempo. Todavía hay una ventana.
La miro, esa ventana. No la abro. Pero la miro.
Me lavo la cara. Me visto. Jeans, camiseta holgada, el pelo recogido de cualquier manera. En la cocina me hago un pan tostado y me lo como de pie porque si me siento me vuelve la náusea. Me tomo el agua. Me sirvo otro vaso. El estómago aguanta.
Agarro el celular y llamo a Sofiya.
Contesta al tercer tono.
—Blair.
—Necesito el nombre de un ginecólogo.
Un segundo. Dos.
—¿Qué clase de ginecólogo?
—Uno que no sea de los suyos. Uno que no le vaya con el chisme a Kaz.
Sofiya no pregunta por qué.
—Te mando el número.
Cuelgo. Un minuto después llega el mensaje. Dr. Weisberg. Consultorio en Manhattan. Número directo.
Llamo de inmediato. La recepcionista me da cita a las once. Hoy. En cinco horas puedo estar en un consultorio médico para que me expliquen cómo funciona si no lo quiero tener.
* * *
A las diez agarro la bolsa y el abrigo. Zapatos. Llaves. El celular con la dirección de Weisberg guardada.
Kaz está en la cocina con la laptop. No lo miro. Paso de largo y llamo al elevador.
—¿Adónde vas?
No me volteo.
—Blair.
Las puertas del elevador se abren. Él ya está de pie. Lo siento detrás de mí antes de oír la silla que se arrastra. Lo siento porque su cuerpo mueve el aire de una manera que el mío reconoce aunque yo no quiera.
Me pone una mano en el brazo antes de que entre.
—Quítate.
—¿Adónde vas?
—No es asunto tuyo.
—Eres mi esposa y no sales de este edificio sin que yo sepa adónde carajo vas.
Lo miro. Lo odio. Lo odio porque ni siquiera puedo salir a hacer mis putas cosas sin pasar por él.
—Tengo que ver a un ginecólogo.
Se le aflojan los hombros. Los ojos le bajan a mi vientre un segundo.
—Espera.
Agarra el saco del banco. Las llaves. El celular.
—Te acompaño.
—No te pedí que vinieras.
—Ya sé.
Le manda un mensaje a Nikolay. Treinta segundos. Se pone el saco. Me abre la puerta.
Lo miro. Para él es fácil: su esposa está embarazada, va al doctor, él la acompaña. Agarra el saco y viene. Como un marido normal. Como si fuéramos normales.
No sabe a qué voy de verdad.
* * *
En el auto no hablamos. Nikolay maneja, nosotros atrás. Un asiento de distancia entre los dos. Manhattan del otro lado de la ventanilla, gris, invernal, viva. Llevaba días sin salir y la ciudad se me mete adentro como el aire en los pulmones después de aguantar la respiración.
El consultorio de Weisberg está en el quinto piso de un edificio de ladrillo en la calle Setenta Este. Sala de espera pequeña, sillas blancas, revistas que nadie lee.
Kaz se sienta en la silla junto a la puerta. Las piernas abiertas, las manos en las rodillas, la mirada clavada al frente.
Weisberg es mujer. Cincuenta y tantos, pelo corto, lentes delgados. Me hace pasar. Kaz entra detrás de mí como si fuera lo más natural del mundo. El marido que acompaña a su esposa embarazada. Normal. Se queda de pie junto a la pared, de brazos cruzados, y no dice nada.
Me pide que me acueste, me hace las preguntas, me saca sangre. Rutina. Todo normal. Luego agarra el gel y me lo pone en el vientre.
—¿Quiere verlo?
—Sí.
La pantalla se prende. Gris, negro, formas que no entiendo. Weisberg mueve el transductor sobre mi vientre, presiona, busca. En la pantalla, una mancha oscura, luego algo más claro, una forma diminuta que no parece nada.
Entonces Weisberg gira una perilla y el sonido llena el cuarto.
Rápido. Rítmico. Como un galope. Como un tren a lo lejos. Un latido que no es el mío, porque el mío está aquí, en el pecho, y ese está allá, dentro de mí, separado de mí, vivo por su cuenta.
Las manos se me cierran en los bordes de la camilla. El sonido no para. Sigue, regular, rápido, más rápido que el mío, y el cuarto es pequeño y ese sonido lo llena todo.
—Siete semanas. Todo normal. Latido fuerte.
Oigo a Kaz moverse. Un paso. Luego otro. Se detiene junto a la camilla. No me mira. Mira la pantalla. Escucha.
Se le traba la mandíbula. Las manos a los costados, los dedos que se cierran. La boca entreabierta. Inmóvil. El latido de su hijo metiéndosele en los oídos como se me acaba de meter en los míos.
Los ojos húmedos. Se los veo. Y algo se me abre en el pecho, algo que no quiero, que no le debo, que no me puedo permitir. No después de lo que me hizo. No después de todo.
Pero ese sonido. Ese maldito sonido que llena el cuarto y no se calla. Me arden los ojos igual que a él.
Weisberg apaga el monitor. Se quita los guantes. Sonríe.
—Felicidades, señora Voronov. El bebé está perfecto.
Señora Voronov. No la corrijo. No ahora.
No miro a Kaz. Pero siento su cuerpo junto al mío que se relaja un segundo, un solo segundo, y el aire entre nosotros se vuelve algo que no me puedo permitir.
Y entonces me acuerdo.
La farmacia. Las cajas que ya llegaban cambiadas. Las semanas en que creía que estaba protegida y no lo estaba. Sus manos en mi cuerpo mientras él sabía lo que había hecho y yo no.
Aparto la mirada de la pantalla apagada.
—Si no lo quisiera tener, ¿cómo funciona?
Weisberg deja de escribir. Me mira por encima de los lentes.
Kaz se mueve. Lo siento antes de verlo. La mano que tenía apoyada en el borde de la camilla se cierra de golpe, los nudillos blancos. Un paso hacia mí. Cerca. Demasiado cerca.
—Blair.
Mi nombre en su boca como una advertencia. Como una amenaza. Como si pudiera detenerme solo con decirlo.
Weisberg nos mira. Luego mira a Kaz. Una mujer de cincuenta y tantos que ha visto entrar a su consultorio mil parejas como nosotros. No se asusta. No toma partido. Hace su trabajo.
—A las siete semanas tiene todas las opciones abiertas, señora Voronov. Con medicamento, hasta la semana nueve. Quirúrgica, hasta la doce. Tiene tiempo.
Kaz da otro paso. Lo siento respirar encima de mí. El calor de su cuerpo, la rabia que le sale por la piel.
—No necesita tiempo.
Weisberg no lo ignora. Lo mira. Tranquila, directa, sin miedo.
—Lo entiendo, señor Voronov. Pero la decisión le corresponde a mi paciente. Es la ley.
La palabra ley se queda suspendida entre nosotros. Kaz la conoce, la ley. La conoce y le importa una mierda. Pero no aquí. No en un consultorio médico con una mujer que lo mira a los ojos sin bajarlos.
Respira con la boca cerrada. Los músculos de la mandíbula trabajando bajo la piel. Luego da un paso atrás. Uno solo.
Weisberg vuelve a mí.
—Por lo pronto le imprimo los ultrasonidos y le doy cita en tres semanas. Decida lo que decida, necesita un control. —Me limpia el vientre. Imprime dos imágenes, pequeñas, en blanco y negro. Me las da—. Y le voy a recetar ácido fólico y un suplemento. Tómeselos de todos modos.
Agarra el recetario. Escribe. Me da la receta y la cita.
—Si quiere hablar de las otras opciones, llámeme. Mañana mismo. O la semana que viene. No hay prisa.
—Gracias.
Los ultrasonidos los meto en la bolsa. La receta también.
Me visto en el baño del consultorio. Me miro en el espejo. La misma cara de esta mañana. Pero distinta. No sé cómo. Distinta.
Salgo.
Kaz está en el pasillo. De pie. La espalda contra la pared. Las manos en los bolsillos.
—¿Todo bien?
—Todo normal.
No le digo que cuando vi ese puntito en la pantalla la ventana se cerró sola. No le digo que ya decidí. Que al bebé lo voy a tener. Que es mío, no suyo, y lo tengo porque yo lo elegí.
No se lo voy a decir mientras me mire con cara de que puede decidir por mí.
* * *
Nikolay cierra la puerta del auto. El motor arranca.
Kaz me agarra de la barbilla. Los dedos apretando, mi cara volteada hacia la suya. Su boca a unos centímetros de la mía. Los ojos encima de mí.
—No entendiste una mierda de mí si crees que puedes interrumpir este embarazo.
El corazón se me dispara. No de miedo. De rabia. Y de otra cosa que no quiero: su aliento caliente en mi boca, el olor de su piel, el cuerpo tan cerca que si me muevo un centímetro lo toco.
—Quítame las manos de encima.
No lo hace. Aprieta. Me mantiene la barbilla levantada hacia él y me mira como si quisiera metérseme dentro. Como si pudiera tenerme quieta con los ojos además de con las manos.
—Ese bebé va a nacer. No es una negociación.
—Tú no decides lo que hago con mi cuerpo.
—Con tu cuerpo haz lo que quieras. Con mi hijo, no.
Le tiembla la boca. Un segundo. Uno solo. Luego desaparece. Le agarro la muñeca, la de la mano que me sostiene la barbilla, y le clavo las uñas. No se mueve. Me mira la boca. Yo miro la suya. El aire entre nosotros está espeso, caliente, mal.
—Ya me quitaste la opción una vez. No va a volver a pasar.
Y ahí cambia. Lo veo en tiempo real. Los dedos me sueltan la barbilla. Se echa para atrás. Despacio. Y cuando habla ya no es el hombre desesperado con el aliento encima de mí. Es el pakhan. El cabrón frío del primer día.
—Te recuerdo lo que hay en un club de Brooklyn con tu ADN encima.
El club. La noche. La sangre. El Callahan que ya no se levantó.
—Te recuerdo que tu padre le debe a esta familia más de lo que tú podrías pagar en tres vidas.
Los papeles. Las cuentas. Las firmas de mi papá en siete años de mierda.
—Y te recuerdo que la única razón por la que sigues aquí es que yo lo decidí así.
Nikolay maneja. No voltea.
Las lágrimas suben. Las siento venir y las detengo en la garganta, las dejo ahí, porque no lloro delante de él. Hoy no. No por esto.
Así que esto eres.
No el hombre con los ojos húmedos frente a la pantalla. No el que me sostuvo la barbilla con los dedos temblando. Ese era falso. Este es el de verdad. El chantaje, el club, mi papá. Este siempre fue el verdadero Kaz Voronov. Y yo fui una pendeja por pensar que había algo más.
Nunca me amó. Quería al bebé. Un hijo, una correa, algo que me tuviera amarrada a él para siempre. Y lo tiene. Lo tiene y lo sabe.
—Por fin te muestras como eres.
No me contesta. Lo miro.
—Y yo que me había hecho ilusiones. Que había pensado que un monstruo como tú era capaz de sentir algo. Me equivoqué. —La voz me sale firme. No tiembla—. Igual que me equivoqué al creer en un nosotros. Porque nunca existió un nosotros, Kaz. Nunca.
No me corrige. No dice nada. Y que no diga nada es peor que cualquier respuesta.
—Pero ese bebé va a nacer.
Va a nacer. Pero no porque él lo haya decidido. Porque lo decidí yo, en esa camilla, con el gel frío en el vientre y un corazón que iba como un tren dentro de mí. Lo decidí yo y él nunca lo va a saber.
Me volteo hacia la ventanilla. Manhattan pasa afuera y no la veo porque me arden los ojos y tengo la garganta cerrada y las manos apretando la bolsa donde traigo los ultrasonidos de un bebé que es mío. Solo mío.
* * *
En la casa me voy directo al cuarto. Cierro la puerta.
La cama. El techo. Los ultrasonidos en la bolsa. Los saco. Un puntito blanco en un mar gris. El mío. No el suyo. El mío.
La receta. Ácido fólico, suplemento. Cita en tres semanas. Cosas normales. Cosas de una embarazada normal con una vida normal que va al doctor y compra sus vitaminas y regresa a su casa y no tiene un marido que la chantajea en el auto.
Guardo los ultrasonidos en el cajón de la mesita de noche. El mismo donde guardé el anillo de bodas hace unos días. Los ultrasonidos junto al anillo. Todo lo que ya no sé ni qué hacer con eso, en el mismo cajón.
Me acuesto en la cama. Miro el techo.
El club. Mi papá. Las cuentas. Las firmas. Brooklyn. Todo lo que Kaz puede usar contra mí si intento irme. Todo lo que me tiene aquí.
Pienso. Pienso como se piensa cuando estás encerrada en un lugar y tienes que encontrar la salida.
Ethan Cole. El abogado. Lo llamé hace días por lo del divorcio y ya no lo volví a llamar.
Pero un abogado quiere decir papeles, quiere decir juzgado, quiere decir poner por escrito lo que pasó.
Y si pongo por escrito lo que pasó, sale el hombre que maté en el Voss.
Sale mi papá. Sale todo lo que Kaz tiene en un puño. Un abogado no me salva. Me entierra.
Me pongo una mano en el vientre. No siento nada. Es muy pronto. Pero está ahí.
Tengo que salir de aquí. Hoy no. Mañana no. Pero tengo que encontrar la manera.
No borro el número de Weisberg. No cancelo la cita de dentro de tres semanas. Mañana compro el ácido fólico. Sola.