CAPÍTULO 6
Declan no olvida
❧
KAZ
Nikolay llama a las seis de la mañana. El celular vibra en la mesita de noche y me incorporo en la cama antes de contestar. Cuatro noches sin dormir con ella: solo, con la puerta cerrada y Blair del otro lado del penthouse.
—Tres cuentas congeladas. El Voss, Greenpoint, la bodega de Long Island City.
—¿Quién?
—¿Quién crees?
Declan.
—¿Cuándo?
—Anoche. Las tres. A la misma hora, del mismo modo. Orden de embargo firmada por un juez del distrito sur. Todo en regla. Demasiado en regla.
Un juez del distrito sur. Los Callahan no tenían un juez en el distrito sur hace una semana.
—El proveedor de Hunts Point no se presentó esta mañana. La bodega cerrada. El celular apagado.
—¿Y Lev?
—Lev no contesta desde anoche.
Me levanto y el costado me jala debajo de los puntos. Me visto rápido, camisa, pantalón, zapatos, sin prender la luz.
—Voy para el Voss.
—Kaz.
—¿Qué?
—Hay otra cosa. Dejaron un sobre en la entrada del Voss esta mañana. Adentro hay una foto de Blair. Saliendo por la puerta del edificio del penthouse.
—Una foto de Blair.
—Tomada desde la acera de enfrente. Un primer plano.
Cuelgo y salgo al pasillo. La puerta del cuarto de Blair está cerrada, oscuridad debajo de la puerta.
Vuelvo a llamar a Nikolay.
—Duplica la seguridad del penthouse. La puerta principal y el elevador de servicio.
—Hecho.
—Y averigua cuándo tomaron esa foto.
—¿Y tú?
—Me quedo aquí.
Pausa.
—Kaz, las cuentas…
—Mándame todo a la laptop.
Cuelgo. Llamo a Mikhail.
Contesta al primer tono.
—Nikolay ya me llamó —dice.
—Vente al penthouse. No al Voss.
—Voy.
—Mikhail. Nuestro padre no tiene que enterarse de nada.
Silencio del otro lado.
—Si le llega por alguien más…
—No le va a llegar. Nikolay lo sabe y tú también. Declan es asunto mío.
—De acuerdo.
—La foto del sobre. Es de Blair. Primer plano, desde la acera frente a la puerta.
Mikhail no contesta enseguida.
—Veinte minutos.
Cuelgo y me voy al estudio. Prendo la laptop, me siento y abro todo.
Tres cuentas congeladas. Embargo preventivo por lavado de dinero. Pruebas vacías. Cuarenta y ocho horas sin liquidez.
La foto. La abro en la laptop. Blair en la acera frente a la puerta, el abrigo oscuro, el pelo recogido, la bolsa al hombro. Sin fecha. No sé cuándo la tomaron. Hace días, hace semanas. Declan ya la seguía antes de pegarle a las cuentas.
Y ella no se dio cuenta de nada.
Cierro la foto y abro las cuentas.
Los números en la pantalla. Las transacciones congeladas, los códigos de embargo, las firmas. La hora. Quién firmó, quién entregó. Todo coordinado.
El proveedor de Hunts Point. Ivan Morozov. Cinco años con nosotros. Uno no desaparece así sin más.
Lev. Lev que no contesta. Lev que anoche estaba en Greenpoint. Lev que trabaja para mí desde los veintitrés años.
Mikhail llega a las siete y media. Saco, sin corbata, ojos de haber dormido poco. Se sienta frente a mí en el estudio. Le paso la laptop con la foto abierta.
La mira. Se queda un rato sin decir nada.
—¿Qué tan cerca?
—Tres metros. Tal vez menos.
—¿Cuándo la tomaron?
—Nikolay está en eso. Y quien estaba de turno ese día no vio nada.
—Lev.
—Ahí iba.
—Si Lev habló con Declan, sabe todo. Números, contactos, horarios.
—Ya sé.
Mikhail agarra el celular. Sale al pasillo. Lo oigo hablar en voz baja.
Son las ocho y la puerta del estudio está abierta.
La oigo en la cocina. El pan tostado. El agua. La silla que se arrastra. El vaso en la barra. El grifo que se abre y se cierra.
Mikhail vuelve a entrar.
—Lev está vivo. Un motel en Newark, cuarto pagado en efectivo. Un sobre con cincuenta mil dólares y una nota.
—¿Qué nota?
—«Tómalos o la próxima vez son para tu esposa».
—¿Agarró el dinero?
—Lo agarró.
—Entonces está fuera.
—Llevaba siete años con nosotros.
—Llevaba.
—¿Y el juez?
—Ferretti. La hija del juez tiene una deuda de juego que los Callahan le cubren desde hace dos años. Si no levanta el embargo antes de mañana por la mañana, el nombre llega a la fiscalía.
—¿Y el proveedor?
—Para nosotros Morozov está muerto. Tiene una prima que trabaja con los Callahan en Bay Ridge. Volkov tiene un contacto en Red Hook, lo reemplazamos.
—¿Cuándo le vas a responder a Declan?
—Cuando termine.
Mikhail se levanta.
—Me quedo por la zona. Cualquier cosa, llámame.
—Mikhail.
Se detiene en la puerta.
—Sean Callahan. Date una vuelta, fíjate adónde va, con quién habla.
—¿Piensas en el Ónix?
—Si Declan está buscando fuera de la familia, quiero saberlo.
Mikhail sale.
Me paso la tarde con los números, una cuenta a la vez, un contacto a la vez. El celular no para. Nikolay, el abogado, el contador, Volkov.
Las cuatro. Las cuentas del Voss se descongelan. Ferretti hizo su parte. El juez retiró la orden.
Las cinco. El nuevo proveedor confirma. El flujo hacia Hunts Point se reanuda mañana.
Me levanto por agua y el costado se me traba. Me quedo doblado, con una mano en el escritorio y la otra apretando la herida hasta que se me pasa. En la cocina me tomo dos vasos de agua de pie; del pasillo, ni un ruido. Regreso al estudio.
A las seis llama Mikhail.
—Vieron a Sean Callahan en Midtown esta mañana. Saco, corbata, portafolios.
—Sean no es abogado.
—Exacto. Está hablando con alguien que no es de los nuestros ni de los suyos.
—No le quites el ojo de encima. Con quién habla, adónde va, todo.
Cuelgo.
* * *
A las siete me levanto; el estudio está a oscuras.
En la cocina, Blair está sentada en la barra. Un plato vacío enfrente. Un vaso de agua. Me ve. No habla.
No le digo nada.
Me siento en la barra. Del otro lado. Dos bancos entre nosotros. Abro la laptop.
Su respiración que cambia. Los dedos en el borde de la barra. Las náuseas.
Se levanta. Va hacia el baño. Camina derecha.
Abro el refrigerador. Pan, queso, un poco de miel. Pongo todo en un plato. Lo dejo en la barra.
Me voy a la sala y me siento en el sillón con la laptop en las rodillas.
La oigo regresar a la cocina. El ruido de un plato que se mueve. Luego nada.
Una hora. Dos. Trabajo desde el sillón. Los correos, los números, las respuestas de Nikolay.
Blair sale del baño. Los pies descalzos en el parquet.
Entra a la sala. Se sienta en la butaca del otro lado del cuarto. Toma un libro de la mesita. Lo abre. No pasa las páginas.
No la miro.
Las nueve. Las diez. El libro en las manos de Blair no se mueve. La pantalla de mi laptop se apaga y la vuelvo a prender.
En algún momento levanto los ojos. Me está mirando. Un segundo. Luego regresa al libro.
Las once. Se levanta. Va al cuarto. La puerta se cierra. Despacio.
Cierro la laptop y me quedo en el sillón. El costado me arde debajo de los puntos; tendría que cambiarme las vendas, pero llevo dos días sin hacerlo.
Blair lo hacía. Antes. Los dedos fríos sobre la piel caliente, el desinfectante que ardía y su voz diciendo quédate quieto. Me sostenía el costado con una mano y limpiaba con la otra, y yo me quedaba quieto.
El celular vibra. Nikolay.
Mensaje de Declan Callahan. Propone una reunión. Dice que quiere negociar.
Leo el mensaje. Lo vuelvo a leer.
Ahora que ya golpeó, quiere sentarse a hablar. Primero te mueve el piso y luego te ofrece la silla.
Declan quiere una reunión. La va a tener.
A las dos la oigo. El baño. El agua corriendo. Luego los pies descalzos en el pasillo. Pasa frente a la sala. Se detiene.
Sigo en el sillón con las luces apagadas. No me muevo, cierro los ojos.
Luego los pasos que vuelven a arrancar. La puerta del cuarto que se cierra.
Me levanto y me voy a mi cuarto. Me acuesto en la cama.
Blair está en su cuarto. Yo estoy en el mío.