AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 5
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CAPÍTULO 5

El nombre de mi padre

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BLAIR

La mañana es igual a las demás.

Náuseas. Baño. Agua fría en la cara. El cuerpo hace lo que quiere. Yo lo sigo porque no tengo opción.

Me visto. Jeans, camiseta. Me dejo el pelo suelto porque no tengo fuerzas para recogérmelo.

Nada de maquillaje. Nada de joyas. Ni siquiera el anillo de bodas.

Me lo quité hace dos días y lo guardé en el cajón de la mesita de noche.

No se dio cuenta. O se dio cuenta y no dijo nada, que con Kaz es lo mismo: registra, archiva, usa después.

En la cocina me preparo un pan tostado. Me lo como de pie. Me tomo el agua. Las náuseas van y vienen como una compañera de departamento con llaves de la casa que entra cuando se le da la gana.

El elevador se abre y se cierra. Kaz sale sin despedirse. Las ocho de la mañana, puntual, como si todavía tuviera una empresa que sacar adelante y no una esposa embarazada que lo odia desde el otro lado del pasillo. Bravo, Kaz. Puntual como tu padre.

Yo también tengo una oficina en Voronov Group.

Piso dieciséis. Asistente personal, con escritorio y credencial y el café de la máquina que sabe a quemado y a decisiones que otros tomaron por mí.

Hace semanas que no voy. Nadie pregunta nada.

La esposa del jefe puede desaparecer y nadie levanta la mano para preguntar por qué.

El pasillo vacío. El estudio de Kaz al fondo. La puerta cerrada con llave.

Hoy no. La manija baja y la puerta se abre.

El olor de Kaz. Piel y café. El escritorio ordenado como una escena del crimen recién limpiada. La laptop cerrada. La butaca con la manta aventada encima. Durmió aquí. Otra noche.

Dormir es mucho decir. Quedarse despierto a oscuras en el cuarto equivocado, seguramente.

No busco nada. Nada más entro. Me siento en su silla. Las manos sobre el escritorio. Los cajones.

El primero está abierto. Bolígrafos, cargadores, un pasaporte ruso. La vida organizada de un hombre que podría desaparecer en veinticuatro horas si hiciera falta. El segundo tiene las llaves puestas. Lo abro. Una carpeta. Negra, delgada.

La abro.

Las primeras hojas son números. Cuentas offshore, estructuras, firmas. Tres jurisdicciones. Caimán, Chipre, Malta. Siete años de transacciones. El nombre al pie de cada página lo leo tres veces antes de que el cerebro acepte lo que ven los ojos.

Richard Sinclair.

Mi padre.

Se me cierra el estómago, pero las manos siguen pasando las hojas.

Esta es la parte de mí que nunca me ha gustado: la que sigue adelante cuando debería detenerse.

La que abre las puertas que deberían quedarse cerradas.

La que le dijo que sí a Kaz Voronov la primera noche en el Voss sabiendo perfectamente que no era una invitación sino una trampa con las luces bajas.

Los números no los entiendo todos. Pero entiendo las firmas.

Entiendo siete años. Entiendo que no es una deuda.

Una deuda se paga y se cierra. Esto es un sistema.

Mi padre dentro de un sistema, página tras página, firma tras firma.

Richard Sinclair, el hombre que en las cenas se quejaba de los impuestos y de los políticos corruptos y de que la honestidad no paga.

La ironía sería graciosa si no fuera mi vida.

Siete años de papeles en una carpeta en el estudio de mi marido. Kaz tenía todo esto. Aquí. En el cajón, junto a los bolígrafos y el pasaporte. Y no me dijo nada.

Las hijas no revisan. Las hijas confían.

Las hijas confiaban.

Luego las fotos.

La primera la miro tres segundos antes de entender qué estoy viendo. Un cuarto. Luces bajas. Sillones. Hombres de saco y muchachas. Muchachas jóvenes. Demasiado jóvenes.

El estómago se me sube a la garganta.

Mi padre está en la segunda foto. Sentado en un sillón con un vaso en la mano y una muchacha al lado que podría tener la edad que yo tenía en la secundaria.

La mano de mi padre en la pierna de esa muchacha.

La sonrisa. La reconozco. Es la misma sonrisa de las cenas de Navidad.

La misma sonrisa de cuando pasaba por mí a la escuela y me preguntaba cómo me había ido.

Volteo otra. Otro cuarto. Otra fiesta. Mi padre otra vez. Otra muchacha. La mirada a la cámara como si no supiera que lo están fotografiando. O como si le diera igual.

Las manos dejan de temblar. Se me enfrían. Todo se enfría.

El verano de mis doce años. Connecticut.

Papá en la parrillada con el delantal de rayas.

Evelyn y yo en la piscina. Mamá leyendo en la tumbona.

Esa muchacha de la foto tiene tal vez dieciséis años.

Yo tenía doce. Me tiraba de cabeza desde el borde de la piscina y mi padre aplaudía, y las mismas manos que aplaudían están en la foto sobre la pierna de una niña.

No vomito. Las manos se detienen. La respiración se detiene. Todo se detiene.

Cierro la carpeta. La vuelvo a abrir. La vuelvo a cerrar. Como si la segunda vez pudiera ser distinta.

La segunda vez nunca es distinta. A estas alturas ya debería saberlo.

Me levanto. Las rodillas aguantan. Las rodillas siempre aguantan cuando tienes que ir a algún lado. Es después, cuando te sientas, que se doblan.

Agarro la carpeta. Me la pongo bajo el brazo. Salgo del estudio y cierro la puerta.

* * *

La butaca de la sala. La carpeta en las rodillas. Las cortinas abiertas.

A las diez me como una galleta salada. A las doce me tomo un vaso de agua. A la una regresan las náuseas y me encierro en el baño. A las tres me toco la panza y retiro la mano. A las cinco reviso el celular. Ningún mensaje.

El elevador a las siete. Los pasos. Las llaves en el mueble.

Kaz entra a la sala y me ve. Ve la carpeta. Se detiene.

—Estuviste en mi estudio.

Las manos, a los costados, se le cierran en puños.

—La puerta estaba abierta.

—El cajón estaba cerrado con llave.

—Las llaves estaban en el cajón de arriba.

Se quita el saco. Lo avienta sobre la silla. La mirada en la carpeta.

—¿Qué son estos papeles sobre mi padre?

—Blair.

—Qué. Son. Estos papeles. Sobre mi padre.

Se pasa una mano por la cara. La mandíbula apretada. Los ojos buscando un punto del cuarto donde no esté yo.

—Tu padre está en el Ónix desde hace siete años. Lava dinero a través de estructuras offshore. Las fotos son de las fiestas de la organización.

Silencio. Lo miro. Espero que agregue algo. Que se justifique. Que diga lo siento, o no sabía cómo decírtelo, o cualquier cosa que se parezca a un hombre que se equivocó y lo sabe.

No dice nada. Se queda ahí. Las manos en los bolsillos. La cara cerrada.

—Siéntate.

—No me digas que me siente.

Me levanto. La carpeta cae en el sillón. Me le voy encima.

—¿Desde cuándo lo sabías?

—Siéntate, Blair.

—¿Desde cuándo carajo lo sabías?

Me agarra la muñeca. La aprieta. Yo jalo. Él no me suelta.

—Tenías fotos de mi padre con muchachitas en el cajón y dormías a mi lado como si nada.

La cachetada sale con la mano libre. La mano abierta en su mejilla. El ruido seco en el penthouse vacío. La cabeza se le va de lado. La mejilla roja. Me suelta la muñeca.

Luego me mira. Los ojos fijos. Oscuros. No enojado. Peor.

—Pégame otra vez si te hace falta.

Le pego. Más fuerte. En la misma mejilla. Me arden los ojos, pero no lloro.

Kaz no se mueve.

—Mi padre va a esas fiestas con muchachitas que podrían tener la edad que yo tenía en la secundaria. Y tú lo sabías. Y no me dijiste nada. Y mientras tanto me cambiabas las pastillas. ¿Cuántas cosas decidiste por mí, Kaz? ¿Cuántas?

Me agarra la barbilla. De golpe. El pulgar en la mandíbula. Me sujeta duro. Me obliga a mirarlo. Cerca. Su aliento en mi cara.

—Suéltame.

Me jala más cerca. El pulgar sube de la mandíbula al labio de abajo. Lo aprieta.

—Te odio.

—Ya sé.

—Te odio, Kaz.

Su boca sobre la mía. Dura. Los dedos apretándome la mandíbula mientras me besa como si estuviera tomando algo que no le di. Mis manos en su pecho. Para empujarlo. Los dedos que se cierran sobre la camisa. Que jalan.

Los dientes en su labio. El sabor de la sangre. Se aparta. Un centímetro. El aliento corto. La sangre escurriéndole por la barbilla.

—Esto no cambia nada.

—Ya sé.

—Te odio.

—Ya sé, Blair.

Me aparto. Me doy la vuelta. Voy al cuarto. Cierro la puerta.

* * *

El sabor de su sangre en la boca.

Me acuesto de lado. Las rodillas contra el pecho. Aprieto.

Mi padre en la parrillada. El delantal de rayas.

El protector solar en mis hombros. Las mismas manos.

Las mismas manos en las piernas de esas muchachitas.

La cara de Kaz cuando le di la cachetada.

Su boca sobre la mía. La sangre. Las pastillas.

El bebé que crece dentro de mí mientras todo lo demás se muere allá afuera.

Lloro.

Lloro y no puedo parar. Lloro y lo odio y extraño el calor de su mano en mi mandíbula, y eso me hace llorar más.

La oscuridad entra por las ventanas. Las rodillas contra el pecho. Las manos en la panza.