AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 4
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CAPÍTULO 4

Sofiya

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KAZ

Sofiya no toca.

Nunca ha tocado en su vida. Ni en mi casa, ni en la de Mikhail, ni en ningún lado. Sofiya Voronova entra y ya.

Tiene el código del elevador. Se lo di hace tres años y nunca se lo cambié, porque con Sofiya las cosas no funcionan así. No pides, no negocias, no pones límites. Sofiya se los pasa por encima y ya.

Estoy en el estudio desde la mañana. La pantalla de la laptop prendida en una página que no leo.

El café frío en el escritorio. No dormí.

Ni en el cuarto, ni en el sillón, ni en ningún lado.

Pasé la noche en la butaca del estudio con las piernas sobre el brazo y los ojos abiertos, clavados en el techo.

El elevador se abre. Los tacones. Su forma de caminar, precisa, sin titubeos, como si cada cuarto ya fuera suyo antes de entrar.

Salgo del estudio.

Ahí está. Abrigo negro, la bolsa apretada bajo el brazo, el pelo suelto sobre los hombros. Me mira. No saluda. No sonríe. No pregunta cómo estoy.

—Qué tan grande es el desastre.

No es una pregunta. Ya sabe. No sé quién le dijo. No importa.

—¿Cómo llegaste?

—En auto, Kaz. Como llega todo el mundo.

Silencio. Me mira sin decir nada durante diez segundos largos.

—¿Dónde está?

—En el cuarto.

—Voy.

—Sofiya.

—Voy a ir, Kaz.

Se va. Los tacones en el pasillo. Cortos, decididos. Se detiene frente a la puerta del cuarto. Toca. Dos golpes. Yo me quedo al fondo del pasillo como un perro que sabe que no puede entrar.

La puerta se abre. No oigo la voz de Blair. Oigo a Sofiya decir algo, bajito, demasiado bajito para entender las palabras. La puerta se vuelve a cerrar.

Me apoyo en la pared. Las manos en los bolsillos porque no sé dónde ponerlas. Miro el pasillo vacío y la puerta cerrada y pienso que en toda mi vida nunca había esperado nada como estoy esperando ahora.

No sé qué le va a decir. Con Sofiya nunca se sabe.

Dos minutos. Tres. Oigo las voces pero no las palabras. La pared es gruesa y el penthouse se traga los sonidos. Oigo el tono de Sofiya, bajo y firme. Nada más.

Voy a la cocina. Abro el grifo. Me sirvo un vaso de agua y me lo tomo de pie frente al fregadero. Me tiemblan las manos. Poco. No tanto como para que alguien lo note. Pero yo lo noto. Lo noto desde hace tres días.

Blair está en un cuarto con Sofiya. Y yo aquí, tomando agua y esperando que alguien más haga lo que yo no soy capaz de hacer.

Cinco minutos. Tal vez siete. Cada segundo pesa el doble. El ruido del penthouse es mi respiración y el refrigerador y el tráfico allá afuera y nada más. Dejo el vaso en el fregadero. Regreso al pasillo.

La puerta se abre. De golpe.

Sofiya sale y viene directo hacia mí. Los tacones pegando contra el piso como golpes. La cara de alguien que acaba de oír algo que no tenía que oír y ahora alguien lo va a pagar. Los ojos encendidos. La mandíbula apretada.

—Siéntate.

—Sofiya.

—Siéntate, carajo.

Me empuja hacia la sala. Las manos en mi pecho, la fuerza de una que pesa la mitad que yo y a la que le importa una mierda.

Me siento en la butaca porque no me lo esperaba y porque a Sofiya, cuando se pone así, no la para nadie.

Los brazos cruzados. El pakhan recibiendo a su hermanita en su sala.

Como si fuera una junta de negocios y no el juicio final.

—No me lo esperaba de ti.

—¿Qué quieres, Sofiya?

—Un hijo se hace entre dos, Kaz. Se decide entre dos. Se elige entre dos. Tú lo decidiste solo.

—No sabes una mierda de lo que pasó.

—Sé lo suficiente. Y sé que decidiste por ella. Como decides todo. Como decides siempre.

—Cuidado.

—¿O qué, Kaz? ¿Me echas? ¿Me quitas el código del elevador? —Se inclina hacia adelante—. ¿Me cambias las pastillas?

Se me cierra el estómago. Se me cierra la mandíbula. Se me cierra todo.

—No viniste a ayudar. Viniste a desquitarte conmigo.

—¿Desquitarme? —Se ríe. Una risa corta, seca, que no tiene nada de divertida—. Yo no estoy furiosa, Kaz. Me das asco. Hay una diferencia.

—Yo no soy como nadie.

—No. Eres peor. Porque eres un egoísta. Quisiste un hijo y lo tomaste. Sin preguntar. Sin pensarlo ni un segundo. Como si ella fuera el medio y tú el fin. Eres igualito a nuestro padre con nuestra madre. La misma mierda. Las mismas excusas.

—No soy como él.

—¿No? Entonces dime cuál es la diferencia. Porque yo no la veo.

No contesto.

—Si yo estuviera en el lugar de Blair, no te lo perdonaría nunca. Nunca. Le quitaste el derecho a decidir qué pasa en su propio cuerpo. No existe un hombre en el mundo que valga algo así.

Me levanto. De golpe. La butaca se corre hacia atrás. Las manos a los costados, los puños cerrados. La sangre latiéndome en las sienes.

—Tú no sabes nada de mi matrimonio.

—Sé lo que veo. Un hombre que perdió el control de su esposa y está perdiendo el control de todo lo demás.

—No he perdido el control de nada.

—¿No? ¿Entonces por qué estás aquí sentado a las dos de la tarde sin rasurarte, con cara de alguien que no duerme desde hace tres días, mientras tu esposa está encerrada en un cuarto y no quiere ni respirar el mismo aire que tú?

Silencio. Mi respiración. Corta. Las manos temblando dentro de los puños. Lo sé. Sé que tiene razón. Lo sé y no lo soporto.

—Vete a la mierda, Sofiya.

—Vete a la mierda tú. —No se mueve. No retrocede.

Me mira desde abajo, sentada en el sillón, y no tiene miedo.

Nunca me ha tenido miedo. Es la única—. Vete a la mierda tú, que tenías a una mujer que te amaba y la trataste como un recipiente.

Decidiste que te hacía falta un hijo y lo hiciste.

Y ya. Sin preguntarle nada. Como si su cuerpo fuera tuyo.

Me volteo. Voy a la ventana. Manhattan, el cielo gris, las grúas, el río al fondo. El vidrio frío contra la frente. Mi aliento empañándolo.

—La perdiste.

—Todavía no.

—Si yo estuviera en su lugar, ya me habría ido. Y no habría vuelto.

—Tú no estás en su lugar.

—No. Pero la entiendo. Mejor de lo que tú la vas a entender nunca.

Silencio. Sirenas afuera. Cláxones.

—¿Qué le dijiste?

—No es asunto tuyo.

—Es mi esposa.

—Exacto. Es tu esposa. No es tuya.

Me volteo. Sofiya está sentada con las piernas cruzadas, la espalda derecha. No me mira como una hermana. Me mira como una mujer que ya ha visto a otros hombres así.

—Necesitas un terapeuta. Uno bueno. Eres un psicópata, Kaz.

Lo dice bajito. Como un hecho.

Sofiya se levanta. Toma el abrigo. Se lo pone sin prisa, un brazo, el otro. Se lo abotona de abajo hacia arriba.

Se detiene en la entrada. Se voltea.

—Blair es más fuerte que tú, Kaz. No la subestimes. Y ni se te ocurra pensar ni por un segundo que un hijo te da derecho a retenerla. Porque si juegas esa carta, estás acabado.

Se va. El elevador se cierra.

Me quedo de pie. La sala vacía.

Voy a la cocina. Me preparo un café. Me lo tomo de pie, hirviendo, sin azúcar. Me quema la lengua. Me da igual.

Sofiya no tiene razón. Tomé una decisión. Mía.

El café quema. Me lo trago.

¿Pero la decisión era mía o de mi padre? El estudio. La puerta cerrada. La voz baja. «Un heredero, Kazimir». Lo mandé a la mierda. Salí azotando la puerta. Y luego hice exactamente lo que me había pedido. Mi padre decidía por mi madre. Yo decido por Blair.

Carajo.

Lavo la tacita. La pongo en el escurridor.

* * *

Nikolay llega a las cuatro.

Trae una carpeta. Negra, delgada.

—Siéntate.

Me siento en el estudio. Él cierra la puerta. Se sienta del otro lado del escritorio. Abre la carpeta.

—Los documentos de Evelyn. Me llegaron esta mañana. Anton mandó las copias, como prometió.

—Habla.

—Transacciones. Tres estructuras offshore ligadas a la Orden. Cuentas en las Caimán, un fideicomiso en Chipre, una holding en Malta. Todas activas en los últimos siete años. Todo lo que sabíamos de Richard ahora está en papel. Con firmas.

Nikolay pone una hoja sobre la mesa. La voltea hacia mí.

Miro. El nombre de Richard está abajo. La firma. El número de cuenta. Las fechas.

Ya lo sabía. Lo sé desde que cubrí esa deuda y los números no cuadraban. Lo sé desde que mi padre me puso a Richard enfrente en aquel cuarto y le preguntó por el archivo. Lo sé desde que me casé con su hija sabiendo lo que había debajo.

Pero saberlo es una cosa. Verlo por escrito, con las firmas y los números y siete años de transacciones, es otra. Porque ahora ya no es algo que sé yo. Es algo que puede saber cualquiera. Incluida Blair.

—¿Cuánto?

—En papel son millones. Pero lo que importa es la estructura. Richard no es un cliente del Ónix. Es un engranaje.

Nikolay saca otro sobre. Más chico. Lo abre.

Fotos. Fiestas. Cuartos con luces bajas y sillones. Hombres de saco y muchachas jóvenes. Demasiado jóvenes. Richard Sinclair sentado con un vaso en la mano y la otra mano en el muslo de una muchacha que podría tener la edad de Blair en la secundaria.

Cierro el sobre.

—Así funciona el Ónix —dice Nikolay—. Los llevan ahí. Los graban. Los tienen agarrados.

Lo sabía. No los detalles. No las fotos. Pero sabía que el Ónix tenía amarrados a los suyos con algo más fuerte que el dinero. Ahora sé con qué.

El padre de Blair. El suegro que me da la mano en las cenas. El hombre que lloraba en la boda de su hija.

—Si Blair las ve…

—No es si.

Tiene razón. No es si. Es cuándo. Y tengo que ser yo quien se lo diga. Antes de que lo descubra sola, antes de que alguien más se lo cuente, antes de que encuentre una hoja en el lugar equivocado. Tengo que encontrar la manera.

—¿Qué quieres hacer?

Miro la hoja. El nombre de Richard. La firma. El número de cuenta.

—Guarda todo. No muevas nada. No le digas nada a nadie.

—¿Y Richard?

Miro por la ventana. El cielo se está oscureciendo. Las primeras luces de los edificios de enfrente se prenden una por una. Esta ciudad nunca duerme. Esta ciudad no se detiene por nadie.

—Con Richard voy a hablar yo. Pero no ahora.

—¿Cuándo?

—Cuando sepa qué decirle a mi esposa antes de decírselo.

Nikolay me mira unos segundos. Luego asiente. Cierra la carpeta. Se levanta.

—Kaz.

—¿Qué?

—Sofiya estuvo aquí.

—Sí.

—¿Cómo estás?

No contesto. No porque no quiera. Porque no lo sé.

—Cierra la puerta cuando salgas.

Nikolay se va. La puerta se cierra. Me quedo sentado.

La hoja sigue en el escritorio. El nombre. La firma. El número.

Richard Sinclair. El suegro que compré. El hombre con las manos encima de las muchachitas en las fiestas del Ónix.

Abro el cajón del escritorio. Meto la carpeta. Lo cierro. Con llave.

Algún día ella va a tener que ver estas hojas. Las fotos. Y ese día va a ser peor que lo de las pastillas.

Me levanto. El pasillo está en silencio. Blair está del otro lado del penthouse.

Voy hacia el cuarto. Me detengo frente a la puerta. Como esta mañana. Como anoche. Como todas las noches desde que lo rompí todo.

La luz está apagada debajo de la puerta. Duerme. O finge. Nunca lo voy a saber.

Pongo la mano en la manija. No la bajo. Me quedo así. Diez segundos. La mano en la puerta de una mujer que no me quiere, en un penthouse que apesta a mentiras, con una carpeta bajo llave en el estudio y la voz de Sofiya diciéndome que soy un psicópata.

Quito la mano. Voy al estudio. Me siento en el piso. La espalda contra el escritorio. Las rodillas dobladas.

Hoy dos mujeres me miraron a la cara y me dijeron la verdad. Sofiya con palabras. Blair con su silencio.

No sé cuál de las dos duele más.

Apago la luz.