AMARGA CURA (Ónix nº 2) CAPÍTULO 3
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CAPÍTULO 3

Lo que no se negocia

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BLAIR

Las náuseas llegan a las seis.

No como un aviso. Como un puñetazo. Me despierto y ya estoy doblada en el borde de la cama, con la boca que sabe a metal y el estómago que se me voltea.

Llego al baño justo a tiempo. Las rodillas en el piso frío, las manos en el borde de la taza, el cuerpo que hace lo que quiere sin preguntarme nada.

Como todo lo demás.

Dura diez minutos. Tal vez quince. No cuento. Me quedo ahí, la frente contra el brazo, la respiración corta, el sabor ácido que no se va. La luz del baño es blanca y cruel y me hace ver muerta en el espejo de enfrente.

Cuando termina no pienso en Kaz.

Lo primero que pienso es en el bebé. Lo segundo es pánico. Puro, frío, total. Como una mano que me aprieta el pecho y no deja pasar el aire.

No lo quería. No así. No ahora. No con un hombre que decidió por mí cuándo y cómo tenía que pasar.

Estaba segura de mí. Era la mujer que sabía lo que quería y cuándo lo quería.

Algún día tal vez sí, cuando estuviera lista, cuando lo eligiera yo.

Cuando mi vida fuera mía y no el resultado de una noche en el Voss que me quitó todo.

Nunca pensé que iba a terminar aquí. Doblada en el piso de un baño de mármol que no elegí, embarazada de un hombre que me alteró las pastillas como si mi cuerpo fuera un proyecto que administrar.

Me levanto. Me tiemblan las piernas. Me lavo la cara, me enjuago la boca, me miro en el espejo. La cara de una que no durmió, los ojos hinchados, el pelo pegado al cuello. No me reconozco.

La mano se me va al vientre. Automática. La quito enseguida. No estoy lista para tocar. No estoy lista para nada.

Me siento en el borde de la tina. El frío de la cerámica a través del pantalón de el pijama. Afuera de la ventana el cielo está gris, ese gris que en Nueva York nunca se va, que se asienta sobre los edificios y las aceras y la gente y los vuelve a todos del mismo color.

Hace dos días era una mujer que amaba a su marido.

Ahora soy una mujer embarazada que no sabe si quiere estarlo.

No sé qué hacer. No sé qué quiero. Ni siquiera sé qué siento, porque dentro de mí está todo junto: la rabia, el miedo, el asco, y debajo, en el fondo, algo pequeño y tibio que no me atrevo a mirar de frente porque si lo miro me derrumbo.

Mi cuerpo está cambiando y yo no lo elegí.

Me visto. Jeans, camiseta, el pelo recogido. Nada de maquillaje.

En el cuarto la cama está deshecha solo de un lado. El mío. La otra mitad está lisa, intacta, fría. Kaz no vino. No intentó abrir, no tocó, no dijo mi nombre a través de la puerta. No sé si lo hizo por respeto o por miedo. Con él nunca queda claro dónde termina uno y empieza el otro.

La cocina está limpia. La limpié yo anoche porque no soportaba ver los pedazos en el piso y el café en la pared. No por él. Por mí.

Como. Un pan tostado, un vaso de agua. El pan me vuelve a dar náuseas, pero me lo trago igual. Lavo el plato. Lo pongo en el escurridor. Gestos pequeños, precisos, controlados. Como si mantener la cocina en orden fuera lo único que me separa del caos.

Kaz no está. Lo oigo moverse en el estudio. La puerta cerrada. El ruido de la laptop. Vive del otro lado del penthouse como un fantasma que paga la renta.

Bien.

* * *

Llamo a mi mamá.

No sé por qué. No sé qué le voy a decir.

Pero los dedos se mueven solos y el teléfono suena y yo me quedo sentada en la cama esperando a que conteste, porque cuando estás mal y no sabes adónde ir, la primera persona que buscas es la que te trajo al mundo.

Aunque no pueda hacer nada. Aunque no sepa nada.

—Blair, mi amor.

Su voz me rompe algo por dentro. Ese tono cálido, preocupado, un poco agitado, como si hubiera corrido a contestar. Diane Sinclair contestándole a su hija como si todavía fuera la niña de diez años que la llamaba cuando tenía fiebre.

—Mamá.

—¿Todo bien?

No. Nada está bien. Nada está bien desde hace meses.

—Estoy embarazada.

Silencio. Luego un sonido pequeño, una especie de suspiro que se rompe a la mitad. Siento la sonrisa antes de que hable.

—Blair. Pero si es maravilloso.

Maravilloso. Lo dice con esa alegría plena, sincera, total.

La alegría de una madre que esperaba esta noticia sin decirlo.

Se me hace un nudo en la garganta, porque debería sentir lo mismo, debería ser un momento bonito, uno de esos que recuerdas para siempre, y en cambio me estoy aguantando los sollozos con la almohada apretada contra la boca.

—¿Desde cuándo lo sabes?

—Desde hace unos días.

—¿Y Kaz? ¿Cómo está? Me imagino que está loco de felicidad.

Loco de felicidad. Si supiera. Si supiera que este embarazo no es un regalo sino una trampa armada con mis pastillas cambiadas y mi cuerpo usado como un medio para llegar a un fin.

—Sí. Está muy contento.

Le estoy mintiendo. A mi mamá. Y lo que me destroza es que no es la primera vez. Le mentí sobre la boda, le mentí sobre cómo nos conocimos, le mentí sobre todo. Y cada vez es más fácil. Cada vez la mentira sale más lisa. Y cada vez me odio un poco más.

—¿Cuándo vienen a vernos? Tu papá va a estar feliz. Un nieto, Blair.

Mi papá. Richard Sinclair. El hombre al que Kaz cubrió. El hombre cuya deuda esconde algo que ni siquiera logro enfocar. Otra mentira encima de otra mentira encima de otra mentira.

—Pronto, mamá. Te llamo.

—Blair. Estoy feliz por ti.

—Yo también.

Cuelgo. Me tiembla la mano. El celular se me resbala sobre la cama.

Yo también. Lo dije. Le dije a mi mamá que estoy feliz y no es cierto. No sé qué soy. No sé qué siento. Solo sé que la felicidad de mi mamá me dolió más que cualquier insulto.

Llamo a Camille.

Porque Camille es la única que no se conforma con un «estoy bien». Porque Camille me mira y ve lo que los demás no ven. Porque necesito a alguien que me haga la pregunta correcta.

Contesta al segundo tono. Como siempre.

—Blair.

Mi nombre en su boca suena a chequeo médico. Preciso, calibrado, sin adornos. Camille Hart nunca ha desperdiciado una sílaba en su vida.

—Estoy embarazada.

Silencio. Un segundo. Luego:

—Blair. —Distinto esta vez. Más cálido—. Wow. ¿Cuándo te enteraste?

Lo dice con alegría. Como mi mamá. Como lo diría cualquiera que no sabe. Pero en Camille la alegría dura menos, porque Camille nunca se queda en la superficie.

—Hace unos días.

—¿Y cómo estás?

No cómo lo tomó Kaz. Cómo estás tú. Camille siempre va al grano.

—Bien. Contenta.

Silencio. El tipo de silencio que hace Camille cuando algo no le cuadra. Cuando pesa las palabras y el tono y la respiración y entiende que hay algo debajo.

—Blair.

—Estoy contenta, Camille.

—Okey. —Pausa—. ¿Pasó o lo buscaron?

Se me cierra el estómago.

—Pasó.

—Okey.

Silencio. El mío. Largo.

—No sé si lo quiero, Camille.

Ahí está. La verdad. La que no le dije a mi mamá. La que no le puedo decir a nadie más. Se me sale con Camille porque Camille es la única persona en el mundo a la que no logro mentirle hasta el fondo.

—No sé. No sé si estoy lista. No sé nada, y yo no soy así, yo siempre he sido la que sabe, y ahora ni siquiera sé lo que siento.

—Está bien.

—No está bien.

—Está bien no saberlo, Blair. No tienes que decidir ahora.

Me muerdo el labio. El nudo en la garganta sube.

—¿Quieres que vaya?

—No. Estoy bien.

—Blair.

—Estoy bien, Camille.

No me cree. Lo sé por el silencio. Pero Camille nunca insiste dos veces. Espera. Es su manera de quererme. Esperar a que yo esté lista para decir la verdad.

—Decidas lo que decidas, es cosa tuya. Solo tuya. Lo sabes.

—Lo sé.

—Llámame. Cuando quieras.

—Okey.

Cuelgo.

Pasó. Así lo dije. Como si fuera un accidente. Como si nadie tuviera la culpa. Y Camille se lo creyó, o hizo como que se lo creía, porque así funciona nuestra amistad desde que me casé con Kaz: yo miento y ella espera.

Me da asco. Me da asco proteger a un hombre que me quitó el derecho a elegir. Me da asco que mi primer instinto siga siendo cubrirlo. Me da asco que una parte de mí, esa pequeña y tibia que no me atrevo a mirar de frente, lo haga porque todavía lo ama.

¿Por qué lo defiendo? ¿Por qué carajo lo defiendo?

Me levanto. Voy al baño. Me lavo la cara. Las lágrimas se las di a él hace dos días junto con los platos y las tazas, y ya no me quedan.

Agarro el celular. Busco el número de Ethan Cole. El abogado de mi papá. Un hombre al que conozco desde que tenía dieciséis años, que venía a cenar en Navidad, que me decía niña y me jalaba el pelo. No un amigo. Pero alguien que me debe suficiente lealtad para contestarme sin mentir.

—Blair. Qué sorpresa.

—Ethan. Necesito hablar contigo de algo.

—Dime.

—Si una mujer quisiera divorciarse en Nueva York. Sin recursos propios. Sin casa propia. Embarazada. ¿Qué tan complicado sería?

Silencio. Largo. Oigo a Ethan acomodarse en la silla. Siento el peso de la pregunta cayéndole encima.

—¿Hablas en general o hablas de ti?

—En general.

—Blair.

—Contéstame, Ethan.

Suspira. Luego la voz del abogado le gana el lugar a la del amigo de la familia.

—Complicado. Sin recursos propios, el juez se fija en quién le puede garantizar estabilidad al menor. Estabilidad quiere decir dinero, casa, estructura. Y si la otra parte tiene medios ilimitados y mejores abogados que los tuyos, el camino es largo.

—¿Qué tan largo?

—Años. Y al final podrías no conseguir lo que quieres.

Se me hiela la sangre. Lo sabía. En el fondo lo sabía.

—Pero el embarazo es tuyo, Blair. Sobre eso no decide nadie. Ni un juez ni un marido.

—Gracias, Ethan.

—Blair. Si necesitas un abogado de verdad, no un amigo de la familia, te paso un nombre. Una que no le tiene miedo a nadie.

—Todavía no. Pero guárdame ese nombre.

—Lo tienes cuando quieras.

Cuelgo.

Tres llamadas. Tres versiones distintas de la misma mentira. A mi mamá: todo es precioso. A Camille: pasó. A Ethan: hablo en general.

No le dije la verdad a nadie. La verdad está encerrada aquí adentro conmigo, en este penthouse, entre estas paredes pagadas con el dinero de un hombre que me quitó el derecho a elegir lo que pasa en mi cuerpo.

Pienso en mi mamá. En cómo se quedó. En cómo eligió el silencio porque la alternativa era demasiado complicada. En cómo envejeció dentro de un matrimonio que la consumía. Nunca dijo basta porque no sabía adónde ir.

Como yo ahora. La misma trampa. La misma jaula con otro nombre.

La comparación me congela por dentro. La echo fuera. Yo no soy ella. Todavía no soy ella.

* * *

De noche.

Salgo del cuarto. No porque esté lista para hablar. No porque haya decidido algo. Salgo porque esta es mi casa. La mitad de los muros, la mitad del piso, la mitad del aire. Ya no me encierro en un cuarto porque él está del otro lado.

La cocina está a oscuras. Prendo la luz. Pongo el agua para el té. La tetera, la taza, la bolsita. Como si fuera una noche cualquiera.

Lo siento. El estudio está al fondo del pasillo y la puerta está abierta.

Su respiración. La conozco mejor de lo que quisiera.

Conozco cómo se mueve, el peso de sus pasos, el ruido que hace cuando se pasa la mano por la cara porque está cansado.

Lo conozco y lo odio por eso. Porque mi cuerpo lo reconoce antes de que mi cabeza decida qué hacer.

La tetera silba. Sirvo el agua. El olor de la manzanilla sube de la taza y por un segundo me recuerda a casa. No a esta casa. A la otra. La de antes. Esa donde nadie me controlaba porque no tenía nada que valiera la pena controlar.

Agarro la taza y voy a la sala.

Me siento en el sillón. Piernas cruzadas, la taza entre las manos. No miro hacia el pasillo. No miro hacia él.

Pero sé que me siente. Como yo lo siento a él. Así funciona en este departamento maldito. Nos sentimos a través de los muros, a través de las puertas, a través del silencio.

El té quema. Me lo tomo igual.

Oigo la silla en el estudio. Se levantó. Los pasos en el pasillo. Se detiene. Lo sé sin voltear la cabeza, lo sé por cómo cambia la densidad del silencio cuando él está cerca.

No volteo. No le doy nada.

Se queda ahí. Tres segundos, cuatro, cinco. Luego los pasos se alejan. La puerta del estudio se cierra.

Dejo la taza. La mano se me va al vientre. Otra vez. Automática. Esta vez no la quito.

No sé qué eres. No sé en qué te vas a convertir. No sé si te quiero o si te odio o si se pueden sentir las dos cosas al mismo tiempo. No sé si cuando nazcas te voy a mirar y lo voy a ver a él. No sé si voy a poder amarte sin acordarme de cómo llegaste.

No sé nada. Y para alguien como yo, que siempre lo ha sabido todo, no saber es lo más aterrador del mundo.

Me levanto. Lavo la taza. Paso por el pasillo. La puerta del estudio está abierta. No miro adentro. No bajo el paso.

Pero lo siento. La mirada. Como un peso en la espalda.

La puerta del cuarto se cierra detrás de mí. Despacio. Sin azotarla.

Me acuesto. Las manos en el vientre. El techo blanco.

Tres llamadas. Tres mentiras. Y la verdad que no le dije a nadie es que una parte de mí, la que odio, la que quisiera arrancarme, todavía ama al hombre que me hizo esto.

No decidí nada. Ni sobre el bebé, ni sobre el matrimonio, ni sobre mi vida. Pero tengo el nombre de una abogada que no le tiene miedo a nadie. Y mañana por la mañana la llamo.

Es poco. Pero es mío.