CAPÍTULO 2
Lo que Anton entendió
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KAZ
El celular vuelve a vibrar.
Sigo en el piso. La espalda contra la puerta, las rodillas que no se quieren enderezar, el costado que me arde bajo los puntos.
No sé cuánto tiempo ha pasado. Una hora, tal vez dos.
Blair del otro lado no se ha vuelto a mover.
El silencio de una que terminó de llorar y ahora está decidiendo cuánto me odia.
El celular. Otra vez.
Nikolay. Lo ignoro. Vibra una tercera vez. Una cuarta. No para.
Me levanto. Me duele todo. Las piernas, la espalda, el costado bajo los puntos. Me levanto porque el mundo allá afuera no espera a que yo termine de sentirme de la mierda. Nunca le ha importado un carajo.
Su cara. Cada vez que cierro los ojos está su cara. Las lágrimas, la palabra que me aventó como la taza, como los platos, como todo lo demás.
Monstruo.
Tiene razón.
En el baño me echo agua fría en la cara. El espejo lo evito.
La cocina está como la dejé. Café seco en la pared, chorreones oscuros sobre los azulejos blancos. Pedazos de loza debajo del refrigerador. El blíster en el centro de la mesa. Las pastillas. Las que le cambié. Las que se tomaba cada mañana mirándome a la cara mientras yo la miraba y no decía nada.
No lo toco. Ni siquiera logro acercarme a la mesa.
Mi padre construyó un imperio y me lo puso en las manos. Y yo no logro estar en el mismo cuarto que una caja de pastillas.
Le devuelvo la llamada a Nikolay desde la entrada.
—Habla.
—Te llamé cuatro veces.
—Ya estoy aquí.
—Tienes que venir al Voss.
Miro la puerta del cuarto. Cerrada. Podría quedarme. Podría sentarme otra vez en el piso y esperar a que despierte y me diga lárgate. Por lo menos me hablaría. Por lo menos oiría su voz, aunque dijera lárgate.
—Voy para allá.
Salgo. El elevador se abre y me meto. Las puertas se cierran y el penthouse desaparece. Blair desaparece. La cocina con los pedazos de loza desaparece. Queda mi reflejo en las puertas de acero, y tampoco a ese lo miro.
* * *
El Voss es el único lugar donde todavía sé cómo funcionar.
Nikolay está en su lugar. Dos celulares, laptop, taza vacía. Me ve entrar y no dice nada. La misma camisa de esta mañana, el mismo pantalón. Me veo de la mierda y los dos lo sabemos.
—Declan Callahan. Silencio total desde anoche. Ningún movimiento, ningún contacto. Sean tiene el celular prendido pero no llama. El abogado no ha dado señales.
—¿Ronan?
—Newark. Pelvis, costillas, pulmón. Meses.
Ronan no me preocupa. Ronan está en una cama de hospital y ahí se va a quedar hasta el verano. El que me preocupa es Declan. Declan que no llama, no amenaza, no da señales de vida. A un hombre que grita lo lees. Un hombre que se calla está eligiendo dónde pegar. Y Declan es de los que eligen bien.
—Anton.
Nikolay deja la taza. Me mira un segundo de más.
—Lev lo encontró. Greenpoint. Java Street, tercer piso. Renta en efectivo, nombres falsos. Está ahí con Evelyn Sinclair.
—¿Desde cuándo?
—Desde anoche. Se movió de la casa de Connecticut sin avisarle a nadie.
Greenpoint. No la casa segura donde tenía que tenerla. No un refugio. Un departamento rentado con nombres falsos. Agarró a la hermana de mi esposa y se la llevó a otro lado sin decirme nada.
No sé si está huyendo. No sé si nos está traicionando. No sé qué carajo está tramando.
—¿Algo más?
—Nada. Lev los vio desde el edificio de enfrente. Están bien. Fuera de eso, no sabemos nada.
—¿Quién lo sabe?
—Yo, Lev, tú.
—Que siga así.
Me levanto. El costado me duele. No ha cerrado desde que fui por Blair.
—Voy para allá.
—Te mando a alguien.
—No.
Nikolay no discute. Sabe cuándo no tiene caso.
Agarro el saco. Me sigue hasta la salida.
—Kaz.
Me volteo.
Tiene algo que decir. Lo veo en la mandíbula, en cómo se le cierran los labios. Luego baja los ojos.
—Nada.
Lo oí de todos modos.
* * *
Manejo hacia Greenpoint con el tráfico de media tarde. Las manos en el volante, la radio apagada, el silencio que pesa más que el ruido.
No sé qué me espera. No sé si Anton está huyendo, si alguien lo está buscando, si hizo una pendejada o si está por hacer una más grande. Solo sé que agarró a Evelyn y se la llevó a un lugar donde yo no tenía que encontrarlos. Y con eso me basta para ir en persona.
Atlantic Avenue está parada. Tres carriles, un autobús detenido. Me da igual esperar. No tengo prisa por llegar y no tengo prisa por regresar. Ni siquiera sé dónde debería estar ahora. No en el penthouse. No aquí. En ningún lado.
Una mujer cruza la calle con un cochecito. Rubia, chaqueta de jean. El bebé duerme. Volteo la cabeza. Luego la vuelvo a voltear.
Carajo.
Blair encerrada en un cuarto. Mi hijo dentro de ella. Y yo en el auto en Atlantic Avenue mirando al hijo de otra.
El tráfico avanza. Manejo.
Greenpoint es un barrio tranquilo. Árboles en las aceras, una tienda de vinos en la esquina, una lavandería con las luces prendidas. Olor a asfalto mojado. El tipo de lugar donde la gente vive sin cuidarse la espalda.
El edificio es viejo. Ladrillo rojo, escaleras angostas. Tercer piso, la puerta de la izquierda.
Toco.
Pasos. Ligeros, no son de Anton. Alguien en la mirilla. Un segundo, dos, tres.
Evelyn Sinclair. Flaca, el pelo oscuro jalado hacia atrás, ojos grandes. No tiembla. No retrocede. Se hace a un lado y me deja pasar como si supiera que iba a llegar.
Departamento chico. Cocina abierta, sillón hundido, un libro abierto sobre el brazo. Una maleta junto a la entrada. Cerrada. Lista. Ventana abierta, lluvia y calle.
Anton está en la mesa. Las manos alrededor de una taza. Me mira y en sus ojos no hay disculpa. La cara de uno que sabe cuánto le va a costar y ya decidió pagar.
Evelyn se le para detrás. Una mano en su hombro. No la quita. No la mueve.
Dos personas que eligieron dónde estar. Y lo defienden.
—¿Qué carajo estás haciendo, Anton?
No contesta enseguida. Luego:
—Encontró los documentos. —Despacio, como si las palabras pesaran—. El expediente del Ónix. Todo. Cuentas, nombres, transacciones. Ella lo tiene.
Lo sé. Ya lo sabía. Evelyn escarbó en la Orden y tocó lo que no debía tocar. Por eso Anton se la llevó. Por eso estoy aquí.
—¿Dónde están?
—A salvo. Copias encriptadas, en dos lugares distintos. Los originales los destruyó.
Anton deja la taza. Me mira de frente.
—Richard está metido hasta el cuello, Kaz. No es la deuda. La deuda es la fachada. Debajo está todo el sistema, el dinero que pasa por sus empresas desde hace años. Lo sabes mejor que yo.
Lo sé. Siempre lo supe. La deuda de Richard la cubrí sabiendo lo que había debajo. Le dije a Blair no te preocupes, todo está bien, y mientras tanto su padre se pudría frente a ella sin que ella lo supiera.
Como las pastillas. Como todo lo demás. Cosas que sabía y que elegí esconder.
—Y decidiste moverte solo.
—Decidí mantenerla viva. Si el Ónix descubre lo que tiene Evelyn en las manos, no va a esperar a que tú mandes a alguien.
Tres semanas. Tres putas semanas encerrado con ella en esto sin decirme nada. Lo miro y quisiera romperle la cara. ¿Pero cómo le rompo la cara por hacer exactamente lo que hago yo? Decidir solo. Proteger sin preguntar.
—Y se te ocurrió desaparecer.
—Se me ocurrió que era lo único que se podía hacer.
—Eso me toca a mí.
—No. —Levanta los ojos—. Me toca a mí.
El grifo gotea. Un golpe cada tres segundos. El ruido más fuerte del cuarto.
Lo miro. Y lo veo.
No los documentos. No el Ónix. No Richard.
Veo a Anton. Frente a Evelyn. El cuerpo entre ella y yo. La mandíbula apretada, la barbilla en alto. La mano de ella en su hombro. Uno que dice tócala y te mato sin abrir la boca.
La misma postura que tengo yo cuando Blair está en el cuarto. La misma manera de ponerse delante. La misma manera de decidir por alguien más porque preguntar da demasiado miedo.
Se me cierra el estómago.
Es como mirarse en un espejo sucio. El reflejo está deformado, pero igual se ve. Mi primo hizo lo que hago yo. Agarró a una mujer y decidió por ella. Se la llevó, la escondió, la protegió sin preguntarle si quería que la protegieran. La amó de la manera equivocada porque es la única que conoce.
Como yo. Exactamente como yo.
—Te la llevaste sin preguntarle.
Silencio.
—Le dijiste vámonos. Y ella vino. Pero no se lo preguntaste.
—Se lo pregunté.
Lo miro.
—Se lo pregunté, Kaz. —Despacio. Como un hecho—. Y dijo que sí.
Evelyn no habla. Pero la mano en el hombro de Anton aprieta un milímetro.
Se lo preguntó.
Anton se paró frente a la mujer que ama y se lo preguntó. ¿Quieres venir conmigo? ¿Quieres esto? ¿Lo quieres tú?
Y ella dijo que sí.
Una pregunta. Una respuesta. La cosa más sencilla del mundo. La que yo nunca he sido capaz de hacer.
—Los documentos.
—A salvo.
—Los quiero.
—Los vas a tener. Pero ella se queda conmigo.
Podría llevármelos. A los dos. Una llamada y en veinte minutos Lev está aquí. Es lo que haría mi padre. Es lo que habría hecho yo, antes.
No lo hago.
Los miré y nos vi a Blair y a mí. Y no pude romper eso también. No pude agarrar lo único que se parece a lo que quisiera tener y destruirlo porque es la jugada correcta.
—Si el Ónix descubre lo que sabe Evelyn, no basta con un departamento en Greenpoint.
—Lo sé.
—Los voy a mover a uno de los refugios de la Bratva. Unos hombres para la seguridad. No se discute.
Silencio. Luego asiente.
Voy hacia la puerta. Evelyn me mira. Tiene los ojos de su hermana. La misma forma, la misma manera de clavarte la mirada sin moverse mientras decide si confiar.
—Gracias.
No contesto. No hay nada que agradecer. No hice algo bueno. Hice lo único que podía hacer.
Las escaleras rechinan. Afuera llueve despacio. El asfalto brilla bajo los postes de luz que se están prendiendo.
En el auto no arranco enseguida. Las gotas en el parabrisas se abren y se juntan. Miro la ventana del tercer piso. La luz está prendida. Están adentro. Juntos. Porque él le preguntó y ella dijo que sí.
Yo no pregunté. No a Blair. Ni para la boda, ni para el hijo, ni para nada. Tomé. Decidí. Controlé. Y ahora tengo una esposa encerrada en un cuarto que me llama monstruo y tiene razón.
Arranco.
* * *
El elevador se abre en el penthouse.
De noche. Las luces de la entrada prendidas, la sala a oscuras. La cocina está limpia. Los pedazos de loza ya no están. El café en la pared ya no está. El blíster desapareció. Como si esta mañana no hubiera pasado nada.
Lo limpió ella. Mientras yo estaba en Greenpoint mirando la vida que no tengo, ella estaba aquí recogiendo los pedazos de la que destruí.
Blair está en la cocina. De espaldas. Un vaso de agua en la mano. La espalda derecha, el pelo recogido, el cuello descubierto. Los pies descalzos en el piso frío.
No se voltea.
Sabe que estoy aquí. Lo sabe por el ruido de las llaves, por los pasos. Como yo sé dónde está ella antes de verla. La siento. Siempre.
Me detengo. Cinco metros. Podría decir su nombre. Podría decirle algo. Lo que fuera. Podría decirle que hoy vi a un hombre hacer lo que yo nunca he sido capaz de hacer y que desde ese momento no puedo pensar en otra cosa.
No digo nada. No sé por dónde se empieza.
Voy al estudio. Me siento. Abro la laptop. No miro la pantalla.
Cinco minutos. Diez.
Sus pasos en el pasillo. Lentos. Medidos. Pasa frente a la puerta del estudio. No entra. Pero afloja el paso. Un segundo de más.
Vainilla. Su shampoo. Me llega desde ahí, desde la puerta abierta, y se me mete como un cuchillo porque me recuerda Moscú, me recuerda las mañanas, me recuerda su cabeza en mi hombro y cómo se volteaba dormida y me buscaba sin saberlo.
La puerta del cuarto se cierra. Despacio. Sin azotarla. No como esta mañana.
Me quedo sentado. La pantalla prendida que no miro. Las manos en el teclado que no se mueven.
Anton y Evelyn en la cocina de Greenpoint. La mano en el hombro. La maleta lista y sin usar. El libro abierto en el brazo del sillón. Una pregunta y una respuesta.
Dos hombres. El mismo miedo. Uno entendió antes que el otro.
Sé cuál es el error. Lo vi hoy en la cara de otro. Uno sentado a una mesa con la mujer que ama, la mano de ella en su hombro, la ventana abierta a la lluvia. El otro sentado en el escritorio de un penthouse en Manhattan con la mujer que ama encerrada del otro lado de una pared.
La diferencia es una pregunta que nunca hice.
Cierro la laptop. Me tiemblan las manos. Poco. Pero tiemblan. No temblaba antes de ella. No temblaba nunca.
Apago la luz. El penthouse se queda a oscuras. La ciudad entra por las ventanas, luces lejanas, sirenas lejanas, el mundo que sigue sin mí.
Me siento en el piso. La espalda contra la puerta. Como esta mañana. Como cada noche hasta que aprenda a tocar.
No sé hacer otra cosa que quedarme.