ALTA TENSIÓN (HISTORIAS PARA UNA NOCHE - ROMANCE EROTICO PARA ADULTOS 8) Epílogo · 1.2
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Epílogo · 1.2

No me perdonó. Me dio otra cosa, que cuesta más: se quedó. Y a eso hay que responder cada mañana.

TASIO

Lo conté en el bar al día siguiente de la tormenta, como dije que lo iba a contar.

Entero. De pie, con el valle delante, sin cerveza en la mano esta vez.

Lo de aquella noche, que ya estaba firmado.

Lo del grupo que oí arrancar. Lo del técnico y la carpeta.

Lo de Sagrario y el patio del aserradero.

Y lo del jueves anterior, en aquel mismo bar, cuando el primo de Pardina me preguntó delante de todos y yo contesté con una frase verdadera que dejaba a una mujer en el sitio de la culpable.

No hubo gritos. Ya lo dije: aquí la gente no grita.

Beni Lascorz se levantó y se fue a la mitad, y al pasar por mi lado no me miró, y aquello fue lo peor de la tarde.

Dos hombres del aserradero se pusieron a discutir entre ellos.

Nieves Barrau se quedó con el paño en el hombro y el grifo abierto, y cuando acabé me sirvió un vaso de agua que yo no había pedido y que era exactamente lo que necesitaba.

Deo se puso a mi lado en la barra, sin decir nada, con el bigote y su cerveza, y ahí se quedó hasta que salimos.

Ella no estaba. Se lo pedí a Nieves antes de empezar: que si bajaba, la avisara de que no bajara. No porque tuviera vergüenza, que ya me sobraba, sino porque una cosa así, delante de ella, se convierte en una manera de pedirle algo. Y yo no tenía ningún derecho a pedirle nada.

Así que no le pedí nada. Durante siete semanas.

Cumplí el último mes de contrata. Trabajé el deshielo, subí el seccionador al collado, cerré el anillo con sus maniobras y sus fórmulas y su «recibido».

La veía cada mañana en el tajo y cada mañana me daba su palabra con una limpieza que dolía, y en dos meses no hubo entre nosotros un solo comentario que no fuera de trabajo, ni un roce en el pasillo del hostal, ni una mirada de más.

Devolví la ayuda de Sagrario aquel mismo sábado, como me ordenó mi hermano.

Lo hablé con ella, que es una mujer que no se merece ser un peón de nadie, y acabó volviendo a casa de Rai tres mañanas por semana pagada por Rai, con el dinero que le llegó en otoño, y se pasa la mitad del tiempo diciéndole que es un desastre y la otra mitad diciéndole que se ponga el abrigo.

Y en abril, cuando ya no quedaba ni obra ni contrata ni excusa, Delia Solans apareció en mi casa un sábado por la tarde con una bolsa del supermercado y un candado.

Abrí la puerta y me la encontré allí, con la furgoneta de empresa aparcada en mi era a la vista de toda la aldea, que en este valle es una declaración pública con notario.

—Tengo dos cosas que decirte —dijo—. La primera es que no vengo a perdonarte lo del bar.

—Ya lo sé.

—No, no lo sabes, porque llevas siete semanas mirándome como un perro.

—Pasó por delante de mí y dejó la bolsa en la cocina—.

Escúchame bien: lo del bar no te lo voy a perdonar.

No es una cosa que se perdone y ya está, como un plato roto.

Vas a tener que ganártelo cada mañana, durante mucho tiempo, y algunos días no te va a salir, y yo te lo voy a decir. ¿Lo quieres así?

—Sí.

—Contéstame en serio.

—Lo quiero así —dije, y me oí la voz—. Llevo dos años queriendo que alguien me ponga una condición en vez de una palmada.

—Pues ya la tienes.

—¿Y la segunda cosa?

Sacó del bolsillo del plumas un candado nuevo, de los nuestros, amarillo, con la pegatina de su nombre puesta y la llave colgando de una anilla.

Fue a la entrada, al tablero donde tengo colgados los cascos y los cinturones, y lo enganchó al lado del mío, en el mismo gancho. Los dos juntos, el rojo mío y el amarillo suyo.

—La segunda es que me quedo —dijo—. Y que aquí no le da tensión nadie sin que estemos los dos de acuerdo.

A esa mujer la cogí en brazos en mi propia entrada, entre los cinturones de trepar, y ella me dejó hacerlo porque quiso, y estuvimos así un rato largo, de pie, sin decir nada, oliendo los dos a nieve derretida y a valle.

Y luego, dentro, la llevé al dormitorio, que es una habitación fea con una ventana buena, y allí me quedé parado como un pasmarote, porque me di cuenta de una cosa que no había previsto: no sabía empezar.

—Pídelo —dijo ella desde la cama.

—No.

—Tasio.

—No. —Y me oí decirlo y no me reconocí—. Aquí ya no.

Porque llevaba siete semanas dándole vueltas y era eso.

La fórmula la inventó ella para que no se nos mezclaran las dos cosas, y funcionó, y nos salvó de nosotros mismos más de una vez.

Pero la fórmula existía porque yo no me fiaba de una palabra sin comprobarla, y de eso hacía ya una noche de tormenta y un cobre fundido en la nieve.

—Ya no tengo que pedirte permiso para creerte —dije—. Eso está hecho y no se deshace.

—¿Y entonces qué dices?

—No lo sé. Esa es la putada. Que se me ha acabado el idioma.

Y esa mujer, que tiene el don de saber cuándo callarse, se incorporó en mi cama, en mi habitación fea, en mi casa, con la luz de abril entrándole de lado, y dijo:

—Prueba con lo que dirías si no fueras electricista.

Tardé un rato. Un rato de verdad, de esos en los que a un hombre grande le sudan las manos delante de una mujer a la que ya conoce entera.

—Quédate a dormir —dije—. Y mañana también. Eso es lo que quiero decir.

Se le puso una cara que no le había visto nunca.

—Eso ha estado muy bien.

—Hay más.

—A ver.

—Tócame.

Y me tocó. Se tomó su tiempo, que es como se lo toma para todo, y me tuvo con las manos y con la boca hasta que dejé de saber en qué habitación estaba, y cuando ya no pude más se lo dije con esas palabras, sin protocolo y sin una sola cosa de mi oficio, y ella se rió con la cara pegada a mi vientre de oírme decirlo tan mal.

Después la puse debajo. Le quité la camisa de faena que se había puesto una noche de enero y que no ha devuelto nunca.

Le besé la cicatriz de la rodilla de la bici, y el hueso de la cadera, y el sitio del cuello donde se le va la voz, y fui bajando y le pregunté las cosas con la boca, que es la única manera en que a mí me salen bien preguntadas, y ella me contestó agarrándome del pelo y diciendo mi nombre de una manera que no se lo he oído a nadie.

La tuve así hasta que me lo pidió ella, con esas palabras y con ninguna otra. Y cuando entré me estaba mirando, y no apartó los ojos ni un segundo en todo el rato, y eso es lo que me voy a llevar yo al final del todo, más que nada de lo demás.

No hubo en toda la tarde una sola palabra de la radio. Ni una. Y funcionó exactamente igual de bien, que era lo único que yo necesitaba comprobar.

Cuando se puso el sol, aquella mujer se sentó en mi cocina con un jersey mío y los pies encima de la silla, se comió dos huevos fritos con pan mojado, me dijo que mi casa era una vergüenza y que allí lo que faltaba era una lámpara encima de la mesa.

—Pues ponla —dije.

Y a los dos se nos quedó la frase ahí, encima del hule, ocupando sitio.